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    E'çkwe quiere decir colibrí, de Mónica María Mondragón



    REALISMO SENSITIVO

    Por Santiago Andrés Gómez


    Es mi caballito de batalla decir que en la mayoría de realizadores antioqueños no sólo es que casi no exista, ni haya existido nunca, una actitud reflexiva, justamente “crítica”, frente a su trabajo, sino que ese orgulloso enajenamiento se debe a un temor cultural, a una tradición de nuestra tierra que tiene en muy poco a la razón, o que por lo menos la tiene muy por debajo de otros valores que el antioqueño sí privilegia, como la fe –no necesariamente en la Iglesia–, la amistad, la intuición y la sinceridad, ya sea deportista (como Maturana –un antioqueño por formación– o Cochise), político (Uribe Vélez, Belisario, y por ahí hay una excepción, una sola), o artista (Arenas, Mejía Vallejo, Gaviria).

    Hagamos el elogio de nuestra inflamada vehemencia, teniendo en cuenta sus límites, y sus peligros. Una gran ingenuidad no descalifica del todo a nadie, sobre todo porque suele esconder una impredecible malicia (los típicos empresarios antioqueños, y sus variantes delincuenciales, nos lo enseñan), pero en ese mismo sentido, ningún valor afectivo debería ponerse alegremente por encima de la razón, como hacen por principio casi todos los realizadores audiovisuales que yo conozco en Medellín, y ni siquiera por encima de otras posturas distintas a la razón pero emparentadas con ella, como la ironía, la erudición, o el pragmatismo, con las que, además, siempre nos veremos forzados a contar y que nosotros mismos, los paisas, no dejamos de asumir menor, eventual o solapadamente.

    Más allá de poder aceptar que la inteligencia es un valor tanto más firme cuanto más frío, vale entender que el frío también ayuda a serenar el corazón, y a hacerlo más justo.

    Hablaré de E’çkwe quiere decir colibrí (2010), el video argumental que ha dirigido hace poco la joven estudiante de Comunicación Social en la Universidad del Valle, Mónica María Mondragón, para enfatizar que en ese cortometraje se siente nítidamente el enriquecedor influjo de los estudios cinematográficos que saben adelantar profesores y alumnos con tanto juicio en esos claustros, una teorización admirablemente aplicada a lo creativo, pero lo haré sobre todo para señalar que es un tipo de lección que en Medellín estamos en mora de aprender a cultivar con más disciplina y menor “arrogancia de lo sencillo”.

    Una comunidad amplía sus capacidades cuando da un paso atrás, se mira mejor y aprende de otras culturas.

    En lo que tiene que ver con el cine, no por casualidad es Cali la tierra de donde han surgido recientemente largometrajes tan variados pero tan sólidos todos, tan bien pensados y originales (dentro de lo que puede decirse original hoy en día, o sea, si no insólitos, sí “con carácter”, “con identidad”), como Perro come perro (2008), de Carlos Moreno, El vuelco del cangrejo (2009), de Óscar Ruiz, Yo soy otro (2008), de Óscar Campo o, de refilón, La sangre y la lluvia (2009), de un emigrado caleño en Bogotá –Jorge Navas–, y por supuesto Un tigre de papel (2007), de Luis Ospina, que esté donde esté es Cali vuelto cine.

    El Grupo de Cali, años setenta (falta Mayolo):
    Ramiro Arbeláez, Andrés Caicedo y Luis Ospina
    Foto: Eduardo Carvajal ©

    Todas son películas que tienen, unas más que otras, vínculos con la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle, y no contamos en general con otros documentales –como Apaporis (2010), de Antonio Dorado– y cortometrajes –como el argumental Escondite (2007), o el corto documental de ensayo Migración (2008), ambos de Marcela Gómez–, porque allí el conjunto de la producción reciente es mucho más amplio de lo que conocemos, además de que basta sugerir que, aunque haya bajado desde los tiempos en que se suspendió la legendaria serie de televisión Rostros y rastros, todavía es, sin duda, mucho mayor que los largometrajes mencionados.

    Viendo E’ckwe quiere decir colibrí, Jorge Navas nos decía lo mismo que decía Pedro Adrián Zuluaga al comentar El vuelco del cangrejo: “Se nota el peso de la Academia”.

    Y esto, que incomoda a muchos en mi ciudad, así como me incomodaba a mí hace unos años, es algo que aquí hay que empezar a mirar con otros ojos. Por ejemplo, si hay alguien en Medellín que pueda comenzar a sacarnos de los automatismos con que nos movemos, cada bando diciendo que el suyo es “el Cine”, sin atender cuánto hay de teórico, de parcial, de inventado, en su aproximación, es el guionista Carlos Henao. El cine no existe, o el cine son muchos cines, y cada uno permite variedad de perspectivas. De hecho, cada película pide una reacomodación de criterios, así como cada espectador es un mundo.

    Los mismos críticos en Antioquia solemos tener la cabeza distribuida en estancos. Cuando, si acaso, aceptamos que existen diversas ópticas, creemos que están ya todas discriminadas, que hay posibilidades distintas, pero virtualmente inalterables, de acercarse a una película, y que los estilos, los géneros, las modalidades narrativas, existen de un modo específico, determinado. En lo que menos pensamos es en la ingobernable realidad interna del filme, o sea en nuestra inconfesable incapacidad para aprehenderlo.

    Paso primordial habría de ser lo que a mí, personalmente, me ha parecido siempre un supuesto convenido, pero que no es tan obvio, y es que uno sólo representa un criterio (esa “aberración” de la que hablaba Andrés Caicedo, lo que no es poco). La tarea del crítico es establecer su criterio –un criterio que también es, o al menos puede ser, cambiante–. Si toca andar repitiendo, como un borracho, que uno no se quiere creer el dueño de la Verdad, pues que sea ése el precio que se pague. Tal vez ya es hora. Y sería una buena costumbre difundirlo, porque en últimas, menos que insufrible, ya es inútil tanto decir que “las cosas son así”, tanto “lo que necesitamos es”, tanta rasgadura de ropas y tanto desquite y dictamen y doxa.

    Y con todo así… Veo una sutileza conmovedora en E’çkwe quiere decir colibrí… Una ternura que a mí me parece (dentro de una tradición humanista), algo esencial… Pero esa actitud esconde, o más bien expresa, o se traduce en, valores de representación muy precisos y complejos, que son los que resulta preciso desentrañar, hasta donde sea posible, antes de manifestar cualquier admiración afectiva o cualquier adscripción ideológica (que por igual existen y que en últimas son a donde yo quiero apuntar).

    La mirada de E'çkwe
    Foto: Taller de Audiovisuales – Escuela de Comunicaciones –  Universidad del Valle ©

    Veo defectos en la iluminación de la secuencia inicial, pero motivados por una inspiración delicada y penetrante: la de recomponer la visión subjetiva de las protagonistas en la cama, al amanecer. Mi propia fascinación es la sombra sobre el techo de una cortina movida por el viento. La luz fugitiva del amanecer demora más de lo que pide la secuencia, y eso me molesta, pero en verdad no llega a estar propiamente “mal” –o si no está bien, termina siendo lo de menos.

    La actriz que llega a decir a la madre de la niña, en una residencia de habitaciones baratas, que “hoy sí tiene que subir”, y que recuerde que siempre se debe echar labial, no lo hace con total veracidad, pero lo que dice impacta, y de todos modos hay en su actuación una atrayente ambivalencia entre la dicción de frases que se impone como si pensara literalmente desde antes, y la emanación de su propio ser en un rapto imaginativo elocuente. Dificultades para llegar a una matizada atmósfera interior de los actores, puede haber muchas, pero no siempre eso es decisivo.

    El espectador siempre, hasta en una matinée infantil, hace pactos intelectuales, distanciados con la película, aun –o por lo general– de modo inconsciente, y no siempre una actuación turbia los rompe. Es importante tenerlo en cuenta, por ejemplo, aquí en Medellín, donde buscamos lo natural a costa de todo, también a costa de la inteligencia, pero también en los Cineplex, y ante los televisores, donde a veces las actuaciones más convencionales pasan por ser inspiradísimas…

    Cuando la niña le dice a su mamá que no quiere subir a la terraza porque ella es distinta a los demás niños y por eso los molesta, la cinta se nos muestra en todo lo que tiene de más desgarrador. Madre e hija son indígenas. Por lo que ha dicho la otra mujer, uno ya supone las razones para que la madre esté allí, durmiendo con su hija en esas piezas de alquiler, y por el diálogo sabemos que la niña apenas recién llega. Algo nos toca (o nos puede tocar) muy hondo, y es la incompatibilidad entre estos seres y ese entorno, un entorno urbano muy hostil y que se les hace cada vez más común a muchos indígenas.



    El video como contacto humano... 
    Foto: Taller de Audiovisuales – Escuela de Comunicaciones –  Universidad del Valle ©


    No es lo mismo ver a una niña crecida en un barrio pesado de una ciudad, como Lovaina o ciertas calles del Corazón de Jesús en Medellín, nacida de padres nativos o vecinos tradicionales del sector, que ver a una niña indígena arribando allí, diciendo esto (“uno es distinto y molesta”) en lo que ya sabemos es un lugar que no le va a suponer más que sorpresas duras, durísimas, y a las que deberá adaptarse como sea.

    Lo peor es que quizá la situación de E’çkwe no es tan horrible como para otros hermanos suyos de etnia.

    La película corre… E’çkwe (se pronuncia escue) va a la terraza y ve la violencia del trato entre las mujeres que lavan la ropa, sus chanclas rosadas con forma de pescado, un niño en un triciclo que monta entre cuatro muritos de una plancha atestada de gente, sobre un inundado suelo de baldosas peladas, la muchacha tatuada que lo calla de un grito y que luego le habla a otra de “la india”, de que “la india esa no se pone tacones, viendo que unos tacones hacen ver las piernas tan elegantes”…

    Es una realidad que en secuencias un tanto similares, como los episodios de Barrio Triste (Corazón de Jesús) en La vendedora de rosas (Víctor Gaviria, 1998), se podría ver de una manera más cómplice, casi como comedia, pero aquí cobra otro aspecto, ciertamente amedrentador… Y además la lógica de representación, la construcción de la escena en el marco de la película, preciso es decirlo, es muy otra, y no justamente por diferencias con el realismo, sino más bien por las diferentes posibilidades del realismo…

    Jamundí: Lo que E'çkwe ve desde la terraza
    Foto: Taller de Audiovisuales – Escuela de Comunicaciones –  Universidad del Valle ©


    Aquí la acentuada perspectiva de la niña genera otra presión en el tiempo recreado, porque así lo pide la historia a su guionista, o porque ella lo ha entendido o lo ha querido así, debido a un contacto profundo con la idea que tiene del personaje y de su situación. El hecho es que el resultado es una forma muy peculiar de realismo –no es un realismo objetivo, sino sensitivo, más acorde, si acaso, con las miradas lacónicas de Rodrigo en Rodrigo D – No Futuro (Víctor Gaviria, 1989) pero sobre todo con el Wenders de Alicia en las ciudades (Alice in den Städten, 1974) o el Kiarostami de ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Jane-ye dust koyast?, 1987)…

    Luego vemos a E’çkwe en la noche. La iluminación juega con contrastes propios del lugar retratado, pero las cada vez mayores facilidades del registro en video no hacen pasar por alto a los realizadores, como a veces pasa, los detalles de reconstrucción que una ficción requiere, por ejemplo la difícil continuidad del ambiente sonoro en una situación segmentada en diversas imágenes, algunas de ellas con diálogos, y más que nada el paso a otro ambiente en el cual los sonidos del espacio anterior permanecen en segundo plano, pero también en continuidad.

    Resalto este proceder, en verdad –o en apariencia– sumario, rutinario, porque por un lado, apenas últimamente en Medellín los jóvenes están prestando atención a estos detalles, propios de la ilusión que busca transmitir el “género” argumental. Por otro, porque en medio de lo que puede parecer una mera continuidad o fluidez lineal, los pequeños giros que le dan Mónica María Mondragón y su equipo creativo a la narración visual, los matices, los entresijos por los que miran, pliegan el cortometraje hasta los últimos poros de una situación muy peculiar.

    Una revelación para E'çkwe
    Foto: Taller de Audiovisuales – Escuela de Comunicaciones –  Universidad del Valle ©

    No es algo solamente procedimental todo el oficio que esta película demuestra, sino una transmutación del aparato del cine hacia el levísimo aliento de una niña en una jornada reveladora, transformadora e inolvidable. Estos son logros que uno, incluso admitiendo, no suele valorar en toda su magnitud, pero son poesía, y son entendimiento, y son un contacto humano que engrandece el alma, desde la lucidez y la consecuencia formal, la competencia de una artista que, como se dice, sabe lo que está haciendo.

    E’çkwe quiere decir colibrí es la primera producción de una joven pareja que puede dar muy novedosos y estimulantes filmes: Jhina Hernández como productora y Mónica Mondragón como guionista y directora. Actualmente trabajan en un proyecto documental titulado Nuestra mirada (Kwe’sx thegnxisa), que estuvo el año pasado entre los diez finalistas de la convocatoria del FDC (Fondo para el Desarrollo de la Cinematografía), en la categoría de Realización de Documentales, y que cuenta actualmente con un acuerdo de coproducción con la asociación cultural colombiana –con sedes en Cali y Barcelona–, Making Docs ( http://makingdocs.org ), acuerdo que permitirá llevar a cabo su realización.

    Igualmente, Jhina Hernández tiene el blog Produciendo en Cali (vínculo abajo) en el que da cuenta de su ya nutrido trabajo, que, por lo que indica E’çkwe…, no es sólo cuestión de cantidad…


    Porque crear no es sólo “hacer y hacer”…



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