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    El diablo también sale de día, de Fernando Puerta


    UN MUNDO INTERIOR

    Por Santiago Andrés Gómez


    Foto: Locomotora Producción Audiovisual ©

    Estoy convencido de que es mejor tener una película con falencias, pero original, que tener una película muy pulida, pero que se quede en lo convencional. Me parece mejor en el sentido de que así se crea, se logra expresar algo especial, único, y lo que uno busca comunicar o transmitir no termina reducido a un efecto común.

    Digo esto para hablar de El diablo también sale de día (2011), el primer cortometraje que dirige el talentoso creador de video-clips Fernando Puerta, realizado por la productora audiovisual Locomotora, que él ha sacado adelante con un combo de laboriosos, animados y competentes amigos.

    Los creativos de Locomotora, amantes descomplicados del cine industrial de entretenimiento, se parecen mucho a otros creadores antioqueños más inclinados a la poesía o a lo popular, en su excesiva confianza en los propios instintos, su aparente incapacidad para –o rechazo a– la actitud crítica y reflexiva, racional, a la hora de crear.

    Esto hace que cuando van a contar una historia, a generar una emoción determinada con la edición o la imagen, o simplemente a divulgar un producto con el tráiler, casi siempre usen determinadas fórmulas (la continuidad es el menos problemático, pero a veces no menos ciego, de estos esquemas, la edición juguetona en los créditos iniciales es otro).

    En el caso de Locomotora, así como en el de muchos de los jóvenes realizadores audiovisuales de la región, existe una marcada tendencia a enfatizar el suspense con efectos sonoros propios del cine de Hollywood de los noventa, como un golpe fuerte, o la resonancia de una especie de silbido…

    También el uso de lo que llaman “cámara subjetiva” para indicar peligro, o de imágenes ralentizadas o aceleradas con su correspondiente acompañamiento musical para mostrarnos cuándo hay que sentir una emoción determinada, dentro de un rango bastante limitado, son formas comunes.

    Transportes Benito (2011), también producida por Locomotora y estrenada la misma noche en que se pasó por primera vez en Medellín el corto de Puerta, es un compendio de este tipo de efectos que llevan lo audiovisual a un nivel estándar, en que la comunicación es muy efectiva, pero también muy mecánica, y usualmente indiscriminada, o sea, manejada sin criterio.

    A lo grotesco se le aplica luego una musiquita triste y ya hay que llorar.

    El diablo también sale de día llega a sufrir por momentos de esa simplicidad de fondo, de ese glamour superficial pero insignificante, que puede rendir ganancias en muchos campos del audiovisual, pero que por su facilismo frustra la voluntad expresiva de quienes a veces ni se atreven a aceptar que lo que desean es comunicar sentimientos sutiles, reales, no tan serios como verdaderos y humanos.

    Pero en cambio, la película de Puerta cuenta con momentos que hacen prever un talento no menos interesante ni poderoso que el de cineastas como el Javier Mejía de Apocalipsur (2008) o el Carlos César Arbeláez de Los colores de la montaña (2010). Sobre todo la parte intermedia está llena de acentos mágicos.

    El encuentro con el loco, el diálogo de los niños con Luis Tejada, interpretado con soltura por Juan David Márquez, el hallazgo del diablito en una maleta y, sobre todo, la conversación de los amiguitos sobre el diablo, gozan de una vitalidad y un candor tanto más atrayentes cuanto se cierne sobre ellos una amenaza constante.


    Foto: Locomotora Producción Audiovisual ©

    Y esto no depende de ningún efecto técnico, sino de otro tipo de logros de producción diseñados y puestos en escena según una sensibilidad, la del director, muy determinada, comunicativa y segura. Hablo de la extraña atmósfera visual, del tono delirante de las actuaciones de los adultos, de la distante confianza que hay entre los niños.

    El arranque, no tan elocuente, tiene un valor especial, y es la preponderancia de la imagen y los sonidos naturales, incluyendo la música de la banda del pueblo, por encima de diálogos que no existen porque no son nada necesarios, en este caso, pues Fernando Puerta no es un cineasta realista.

    Aquí hay que decir que las mismas actuaciones de esta película parecen ir encontrando un tono a la representación en Antioquia que no precisa de la improvisación ni de la búsqueda de lo natural.

    Tal como se halló una forma matizada y recursiva de pronunciar en recitado en el cine de Hollywood en los treinta, lo cual perduró mucho tiempo, esas formas de hablar dentro de la imagen, más sintéticas, sin necesidad de acudir a la imitación de la realidad propiamente dicha, son posibles en Antioquia, a nuestro modo, y este corto lo demuestra.

    Al final, lo que le falta a la película es control sobre la trama, y en un realizador como Puerta esto puede ser fatal. Es un problema que tal vez se originó en el guión, o que tal vez halló su forma decisiva por dificultades de producción… El caso es que perdemos de vista el hecho traumático central.

    A la madre del niño no parece importarle que su hija haya desaparecido, y el mismo niño parece alucinar con su hermanita, en las procesiones de semana santa en Barbosa, de modo totalmente indiferente, como si ya la hubiera olvidado (pero para la película esa hermanita debía ser lo más importante)…

    Por todo eso, cuando el niño se pone a tirar piedritas en la carrilera, uno ni recuerda que es la carrilera en la que él paseó por última vez con ella, y tampoco sentimos que la pueda estar recordando. Ni a uno ni a otra los sentimos cerca.

    Y lo más desafortunado es que para esa última imagen se ponga, por ese convencionalismo del que hablo, y con el que Puerta tiene en su película una difícil ambivalencia, un rock muy bueno de La cuerda floja, pero que no se relaciona para nada con el universo audiovisual que hemos visto desplegar con tanta fuerza popular, ruda, rural (incluyendo el caótico final de la semana santa en Barbosa, de imágenes innegablemente poderosas).


    Foto: Locomotora Producción Audiovisual ©

    Con todo, El diablo también sale de día permite advertir lo que, en cualquier cine, industrial o de autor, poético o de entretenimiento, resulta siempre no sólo valioso, sino fundamental, y es la manifestación de un mundo interior, de algo que precede a la obra y pugna por salir…

    Ese mundo no es otro que el de un cinéfilo apasionado, un realizador juicioso y capaz, que todavía tiene mucho para enseñarnos y mucho camino por recorrer.


    5 comentarios:

    William Zapata M. dijo...

    Hombre, Santi, la originalidad se ha convertido en el gran pretexto para disimular el desconocimiento de los géneros y escuelas tanto como de las tradiciones y los resortes narrativos.

    Ya no hay nada que inventar y ya todo se dijo en el cine, quién lo ignora.

    Las vanguardias no son más que un mecanismo de encubrimiento para los mediocres.

    Madera Salvaje dijo...

    Viejo Willi, estoy de acuerdo con vos, pero a veces las cosas no son tan extremas, o digamos, tan blancas o negras... A veces influyen las prácticas de la cotidianidad, que nos automatizan, pero en el fondo suele haber una sensibilidad que es preciso saber estimular...

    Madera Salvaje dijo...

    Por otra parte, no sé si entendí bien... Yo no hablo de vanguardias, hablo de originalidad según el impulso íntimo, pues creo que hay cosas que no se han dicho en el cine, ni que lo que se ha dicho se agote, o sea, que no pueda ser dicho otra vez, de otra manera. Tradiciones y resortes narrativos son a veces también un mecanismo de encubrimiento para los mediocres, tanto como las vanguardias hoy en día... En ambos casos, digo que estoy de acuerdo con vos porque prima la forma por encima de lo que se dice, que es grande cuando haya su forma, no cuando se le impone...

    Madera Salvaje dijo...

    ese 'haya' era con ll -de encontrar...

    William Zapata M. dijo...

    Eso. En mi comentario, tal vez lo que quise decir fue ¨experimentos¨a cambio de ¨vanguardias¨ y ¨neófitos¨a cambio de ¨mediocres¨