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    Experiencia de lo sagrado


    EL MILAGRO TERRIBLE

    Por Santiago Andrés Gómez

    El centro de Medellín visto desde el cielo
    Foto: Adriana Rojas E. ©


    Todos hemos pasado por esto, cada uno ha vivido cualquier cosa. Cualquiera. La frase de Blake que reza: “Todo es sagrado”, podemos entenderla justo como lo contrario, y más que a ninguna otra, sin desvirtuarla ni siquiera un poco, porque igual que el panteísmo de Fellini, busca redimir o entronizar hasta lo más vulgar y nimio, e incluso al satanismo o al relativismo con que podríamos responderle (“Todo es maldito”, o: “Todo es profano, todo es uña”).

    Si quiere saberlo, yo que me las doy –pues algo tengo– de profeta, puedo recomendarle que abra un poco los ojos: le aseguro que este asunto de la vida es más delicado de lo que cada uno cree, y que hay una sorpresita reservada que usted ni se imagina.

    Un secreto, o una clave, al menos para entender y aceptar nuestra desmedida ignorancia, y nuestra necesidad innegable de fe en algo trascendente –quizá interior, puede estar en mirar a lado y lado. Fije su atención en lo que mira, y vea cómo cambia y, literalmente, desaparece sobre sí mismo. Cierre los ojos y respire. Si nada permanece, ¿dónde está usted? ¿Qué es la soledad, si usted la percibe? ¿Por qué la angustia del aburrimiento, si está vivo?

    La vida es una maldición, en términos prácticos no es otra cosa, pero también, y sobre todo, es un milagro, algo portentoso, inexplicable, insuperable, y nadie que se respete puede darse el lujo de celebrar o de condenarla –o sea, de interpretarla, de filosofar pagando– sin tener en cuenta ese doblez (que es triple, porque la vida es todo, es nada).

    No más se dice que arriba puede ser más arriba, que cada estrella está en un punto distinto, o sea, que en el cielo estamos, y que abajo siempre puede ser más abajo y más y más y más y más… ¿Diremos que esta es la Colombia de tal o cual, o que este es el siglo XXI, tan campantes? Mejor es poner todo eso en un sitio más relativo, en una perspectiva más honda, al menos de vez en vez en la vigilia, en la conciencia, y no sólo cuando estemos soñando por la noche, viendo ahí sí las cosas como son por dentro del infinito.

    Tú eres alguien, cierto; pero no lo que crees.


    En el cielo
    Foto: Adriana Rojas E. ©

    Cuando vi el cine por primera vez, que fue en televisión, me pregunté de inmediato por la propia experiencia, y advertí que ya alguna vez lo había visto antes: en mi memoria y en el discurso asociativo de mi entendimiento infantil. La memoria y la comprensión atrapan o reproducen algo perdido, en cierto sentido inexistente. Pueden ser un engaño. La vida puede ser una ilusión, pero es una ilusión compartida, al menos con uno mismo.

    Porque se dice también que todo está en el presente, pero eso no es del todo cierto “para el animal humano”, y tal vez para ningún otro. O si acaso lo es, en el presente también está nuestra memoria, y una cierta expectativa, muy sabia por otra parte… Y yo creo en mí. O sea que creo en ti, y en todo –creo que fue, creo que está más allá de lo que veo, creo que es más.

    Decir que no hay realidad fuera del sujeto, o fuera del lenguaje, no quiere decir que no la haya, ¡al contrario! Digamos pues que está adentro, pero entonces también es una realidad que me condiciona. Si me la invento, hace rato me jodió.

    Y yo no me ando con mentiras. Ahí está el mundo, y no me baja la mirada. Me pide algo, y yo sé que lo conseguirá.

    Entre tanto, sólo le ruego que me deje dormir cuando esté cansado. Ese favor no me lo niega.


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