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    Madera Salvaje, la novela



    EN VEZ DE PEZ, DIABLO, MAR




    Por Santiago Andrés Gómez

    La historia de Madera Salvaje, el díscolo grupo de video que pecó por tomarse tan en serio que a todos dejó de importarnos, es tan inextricable, tan estridente y tan indefinible que la novela del mismo nombre apenas logra ser igual, sin alcanzarlo, e incluso poniendo algo de armonía, hilos entreverados en primorosos rizos donde no había sino puntas devueltas dentro de sí mismas, rollos de cera con gentes tajadas, buenas, hechas trizas, o huyendo.

    Demoré cinco años haciendo el libro, puliendo aquí y allá, traspasando una situación real dentro de otra mayor y muy distante, condensando tres, cinco amigos en uno, formando una visión más clara en las palabras que como era la realidad en los hechos, pero así de letal, de luminosa, como fue para mí la experiencia con las personas de carne y hueso.

    ¿Qué puede aportar Madera Salvaje a quien la lea? A mi modo de ver, lo que la literatura puede aportar sin dejarse atrapar por un solo concepto, ni por una serie de conceptos. Yo la hice desfogado, con la insensata convicción de que tenía una novela entre las manos y no dejaría que se me escabullera sin recuperar su tacto, capa por capa, una columna de fuego que se dejaba destejer para ofrecerme su secreto, para desvelarme y robarme.

    El centro de todo era un triángulo amoroso que había empezado a delinearse desde muchos años antes de que se consumara, sin que nadie se diera bien cuenta. A partir de ahí, el aprendizaje que más sentido da a mi vida hoy por hoy me precisó vivir para contarlo, incluso fue una de las dos o tres cosas determinantes para que al fin no muriera con esas sobredosis de cocaína que cada tres días me hundían de cabeza en los infiernos.

    Quise contar la carambola del triángulo erótico, y terminé contando más cosas: a eso me refiero cuando hablo de todo lo que puede aportar la literatura sin dejarse reducir a una sola cosa. Si quieres un buen viaje, sólo un buen libro es capaz de darte algo tan bueno como los verdaderos viajes. No hay nada más. Ni siquiera una buena película. Ni siquiera la música. Hay algo que los libros tienen de abstracto y de concreto que te devuelve al hecho humano primordial, el de revivir la experiencia con un cuento.

    No con una imagen. Ni siquiera con el sonido de la misma palabra, sino con el significado.

    Vapuleada por muchos, estigmatizada por todos cuantos suspiraban por ella en el siglo XX, la palabra tiene un misterio que no tiene más nada. Ni yo. Ni esa veleta consciente que se mueve por su memoria, apuntando indecisa a todo lo que busca y no quiere alcanzar, porque sabe que no puede. La brújula del destino es una pobre loca que sueña con merecer todo lo que ha recibido. Yo quise saltar hacia adentro y me di cuenta de que no era deber mío, sino una apuesta por conseguir lo que ignoramos.

    Una luz. Una respuesta, esquiva y transparente, pero allí. Una cierta capacidad para jurar.


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