• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Barrio Cine, de Juan Andrés Gómez y Juan Felipe Grisales



    VIVIR MI VIDA

    Por Santiago Andrés Gómez

    Remonto mi caballo de batalla para dar algunos pasos atrás.

    Esto no es un edificio
    Foto: Jaime Calle ©

    Barrio Cine & Las Estrellas de la Calle (2011), propuesta documental que el año pasado recibió el estímulo de las Becas de Creación del Municipio de Medellín, es un video de menos de veinticinco minutos que, de cierta manera, no sólo prosigue sino que corona, en el sentido de que da valor a, y explora, el trabajo anterior en Barrio Triste de toda una serie de creadores antioqueños, incluyendo algunos nativos de, o residentes en la comunidad que han retratado.

    El hecho de que se identifique tan profundamente con el trabajo de Víctor Gaviria, José Miguel Restrepo, Javier Quintero o Papá Giovanny, le da resonancia a ese trabajo previo y llega a reproducir tanto muchos de sus valores como algunas de sus limitaciones, entre las cuales hay varias que siempre han correspondido a determinadas influencias por acción u omisión de la institucionalidad (en este caso por acción), pero en general el proceso hay que mirarlo con amplitud de miras, y en ese sentido tiene un valor agregado que, justamente, la reflexión o la crítica puede venir a resaltar, así como a matizar.

    Es la crítica, e incluso la teoría, algo así como el “barrio cine” de los cineastas, si se me permite la expresión, por cuanto te hace ver lo que hacés y lo que sos. Mejor sería que fuera fruto por igual de los realizadores, pero eso es exactamente esta película.

    Mejor dicho, uno de los valores innegables y sorprendentes de Barrio Cine es que permite a los “cineastas y/o videoastas” (Joche) y a las comunidades retratadas en cine hablar sobre su labor en las películas, sobre el sentido de éstas.

    El equipo de Barrio Cine
    Foto: Barrio Cine ©

    Por otra parte, hay una relación enormemente valiosa con la gente, pese a resultar fascinada casi de modo sectario (y lo digo porque hay un rechazo a veces muy global a todo lo que no sea autóctono, por más que muchos realizadores foráneos hayan trabajado en llave con la gente de Barrio Triste; y al mismo tiempo una celebración absoluta –por no decir gratuita– de todo lo que sí sea propio).

    Pero, con todo, en lo que insisto es en que tal relación con la gente es indeciblemente valiosa, porque el orgullo de estas personas se afinca en una dignidad existencial de la que la imagen apenas es reflejo.

    Tantas veces que he hablado y hablaré de la carencia de una postura auto-crítica en el cine antioqueño, hay que compensarlas reconociendo en él una insolencia que es su mejor faceta. Y cuando se trata de comunidades más o menos marginales, esa insolencia es edificante, deja de ser simple insolencia.

    Uno ve explicarse a Víctor Gaviria y a José Miguel con total coherencia en esta película, y si te puede molestar, y a veces incluso ofender, que se magnifique tanto la actitud ufana, por no decir soberbia, de personas como ellos o Papá Giovanny, que se aferran con tanta obsesión a sus tradiciones populares, a sus costumbres raseras y a sus dramas increíbles e inconcebiblemente duros, para contarlos a su gente y pensar sobre ellos desde ellos mismos, tenés que aceptar que su vida es lo único que tienen, y que eso no es poco, sino al contrario: lo es todo. Ellos al menos tienen algo.

    Otros creen tener lo que tienen –puras cosas, o días prestados–, sin que sea así, y casi todos soñamos con lo que nunca se podrá tener, pero casi nadie es dueño de su vida.

    Esta gente sí (como el Ojón), y el cine les da esa conciencia. Cuando Papá Giovanny dice que su teatro hechizo, y creo que de entrada libre, es una cosa seria e importante para el barrio, y que uno no sabe los frutos que puede dar, tiene toda la razón.

    Despojado de su tablado enajenante, el cine se vuelve un verdadero espejo de gitano, una piedra mágica que llevas en el bolsillo, para amansar la corriente.



    Uno hubiera querido más cultura popular y menos testimonio en el documental (o más atenuado por otras texturas, ruidos, voces y afluencias), aunque desde su primera visión es notorio que tal limitación se debió a exigencias de la Beca, sobre todo en cuanto a duración… Pero incluso el final, tremendamente abrupto, cobra todo su sentido cuando uno recuerda lo que está diciendo el Chocolatín… ¿Sí recuerda usted?

    Cuenta lo que le dejó La vendedora de rosas (Gaviria, 1998)… “Eso fue lo que me dejó a mí… Me salí de las guerras”…