• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Mejor no menosprecies al cine



    “¿SABE QUÉ PUEDE HACER CON ESA PLATA…?
    ¡ESTO, VEA…! ¡VEA…!”
    (LUIS ALFONSO LONDOÑO EN AGARRANDO PUEBLO 
    –OSPINA & MAYOLO, 1977)

    Por Santiago Andrés Gómez

    Agarrando pueblo (Ospina & Mayolo, 1977)

    Dicen que Álvaro Uribe Vélez, un sujeto que casi ni duerme, entregado ciegamente a sus labores, pasó más de cuarenta años sin ver una sola película, desde su juventud hasta que un día alguien logró ponerlo en el Palacio de Nariño (y al menos en principio) en la actitud de contemplación que tanto nos gusta a los cinéfilos desde pequeños… Esa actitud que cuando se intensifica puede volverlo a uno, si no más tolerante, por lo menos sí más perceptivo. En general, el cinéfilo que no comprenda mejor al otro y trate de aceptarlo en su misterio, al menos sí será alguien que no se dé tanta importancia frente a los demás… Porque el cine nos enseña cosas, nos muestra, por definición, muchos puntos de vista, y llega a convencernos de que hay algo, o infinidad de cosas, más allá, que no conocemos. ¿Cómo va a haber un político que valore al cine, y en general a la cultura, desde este punto de vista?

    Caramba, el alcalde de Cali decía en una entrevista que se le hizo con oportunidad de la primera versión del Festival Internacional de Cine de esa ciudad, que la idea era formar públicos, generar una apreciación distinta de las películas de todo el mundo, entre las gentes de una ciudad cuyos cineastas y críticos a todo el país le han enseñado cuánto hay de liberador en ese oficio, que es un medio de expresión ideológica, un crisol sandunguero y refinado de culturas, y una industria, si no próspera, fundamental en nuestros tiempos.

    ¿Por qué cancelar el apoyo a la nueva versión de ese Festival de buenas a primeras, sin buscar ni una sola alternativa de índole mixta –de financiación público-privada–, y sin avisar de la decisión a los directivos del Festival sino hasta hace muy poco, cuando ya los recursos oficiales eran imposibles de conseguir porque ese evento que el Municipio tanto se preciaba de apoyar fue desplazado desde finales del 2010 de todos los planes para este año?

    El problema es de fondo, y no hay muchas esperanzas si se piensa, por poner un ejemplo, que un político tan interesado en la educación como el otrora alcalde de Medellín –y quizá futuro presidente de Colombia–, Sergio Fajardo Valderrama, le preguntaba en sus años de candidato a un conocido mío: “Hombre, ¿y para qué le sirve una orquesta filarmónica a la ciudad?” La respuesta, en este caso, tendría que haber sido: 1) forma ciudadanos responsables mediante la disciplina y el trabajo conjunto, 2) … (¿? –espacio por llenar por un asesor), 3) genera dinámicas que favorecerían la aparición de un nuevo cluster en la subregión…, y 4) en voz baja: “puede ser una plataforma favorable, Sr. Alcalde”.

    El prolífico e influyente cineasta español Isaki Lacuesta
    en el II Festival Internacional de Cine de Cali
    Foto: Luis Ospina ©

    ¿Podremos confiar alguna vez en el apoyo a la cultura de los políticos, o sería mejor sencillamente que tratáramos de sacar ventaja de ello los “gobernados” de que habla Fernando Vallejo? Para conciliar, primero seámonos francos… Luis Ospina, director artístico del Festival Internacional de Cine de Cali, recordaba en su discurso de mil palabras del año pasado, en el teatro Jorge Eliécer Gaitán, de Bogotá, cuando recibió el Premio a Toda Una Vida y Obra Dedicada al Cine, esta frase de Jean-Luc Godard: “El cine no está hecho para conseguir plata, sino para gastársela”, y una periodista del periódico El Colombiano, de Medellín, informando sobre el evento, se refirió tiernamente a esa frase como “esta frase matapasiones”.

    ¡No lamentemos tanta pobreza de espíritu en los gobernantes, pues es la de mucho más de medio mundo! De hecho, puede que los cinéfilos y realizadores tipo Godard u Ospina estemos pasando por, o nunca hayamos salido del bajón por el que pasaron los hippies a principios de los setenta, cuando, luego de los desórdenes monumentales de Woodstock y sobre todo de Altamont, los grandes festivales de rock dejaron de ser gratuitos: mientras los políticos sólo hablan con los números de un desarrollismo gris y arrodillado, sin pensar más que en un prestigio personal que confunden con el bienestar de la comunidad, otros con toda razón decimos que el cine, al menos el cine, es para gastarse la plata sin reparos, que la cultura, o el arte, o como sea que se llame la creación y el disfrute con las formas y las imágenes, no tiene más sentido que el infinito o inabarcable que ella pueda potenciar desde sí misma, entendida como un todo y un fin que llegue a bastarse y anularse.

    Porque no puede continuar siendo vigente la idea de que la cultura vale en función del desarrollo, y para esto lo mejor pueden ser iniciativas, no locales, sino barriales, comunales, en ocasiones, por supuesto, exclusivamente privadas, o grupales, tribales. Sergio Wolf y Luis Ospina hablaban de festivales de cine el año pasado durante la segunda edición del Festival de Cine de Cali, y parecían cuestionar los festivales chicos, o arrebatarles su propia categoría de festival, para dejarlos en “muestras”, o algo así… Pues bien, sea el momento de decirlo: el Festival de Cali no morirá, y no hay que pedirle a nadie nada: si quieres ayudar, sé bienvenido, alcalde. ¡Qué bueno que no haya discursos en la inauguración! Y si el cine es para gastarse la plata, y no para conseguirla, ¡pues no la consigamos, gastémonosla! Es algo así como decir: Vaca, o esto es lo que hay.

    No quiero ser muy duro, pero la actitud de Luis Alfonso Londoño en Agarrando pueblo (Ospina & Mayolo, 1977) puede ser un excelente ejemplo de dignidad y orgullo. ¡Muéstrenle al establecimiento lo que puede hacer con sus billetes! Y hagamos un festival como haya de ser… Que políticos serios y que cultiven el amor a la vida, el desapego al Rolex y al aplauso, y la invaluable estima por la ironía, quizás irán llegando, y pegándose, y yéndose otra vez… Al fin, los gobernantes de Cali tendrán que aceptar que esa ciudad ya nunca será la misma, que Cali ya no podría ser Cali, sin su Festival Internacional de Cine…

    Por el momento, me pregunto… ¿Cómo llegó a hacer tanto, pero tanto, Andrés, nuestro buen amigo?

    Andrés Caicedo en las afueras del Teatro San Fernando
    con el público del Cine Club de Cali


    2 comentarios:

    Watesam dijo...

    Bastante reflexiva la entrada, se la mandare a mis amigos

    Luis Rodevia dijo...

    Los políticos hablan sin sentir, prometen sin querer... y al final refunden sus propósitos e intereses y como los mentirosos ya no saben que dijeron porque no lo sentían... así paso con el Festival... igual lo haremos