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    ¡ Para la Feria del Libro !



    LA FICCIÓN ARREBATADA DE MI MEMORIA
    Sobre la novela Madera Salvaje, de Santiago Andrés Gómez, Ediciones B

    Por Santiago Andrés Gómez



    A veces algunas personas que vivieron los noventa y por ventura supieron, fuera de lejos o de cerca, de la existencia de ese combo indómito y un poco irritante que fue Madera Salvaje, o algunos de los que se han enterado luego, por la novela del mismo nombre, afirman que el libro es autobiográfico. Quiero señalar en este escrito la irrealidad de tal creencia, y aclarar ciertas cosas referentes al pasado y la situación real de Madera Salvaje, el grupo, con respecto a la obra literaria.

    Mi única pretensión con la novela Madera Salvaje era rendir tributo a mi pasión por la literatura.

    En 1999, luego de salir del Hospital Mental de Bello, retorné atolondrado a la casa de mis padres. Este hecho, sus antecedentes y algunas de las situaciones que le sucedieron, son narradas en Madera Salvaje, pero no lo principal que me pasó en ese instante –y que, además, daría origen a la propia novela.

    Yo a la literatura la amaba desde pequeñito. Escribí a los nueve años un cuento que al año siguiente publiqué en El Colombianito, luego de ganar un concurso en mi colegio. En el 85 me leí lo que era la obra entera de García Márquez hasta ese momento, con excepción de El otoño del patriarca, y de inmediato el turno fue para Borges, que casi me castró con su inconcebible genio.

    Pero entre tanto, Rulfo, el “pecado mortal” de Salom Becerra, cuya obra completa devoré varias veces, aparejado con Cortázar, y las producciones contemporáneas de Álvarez Gardeazábal (que hacía por ese entonces un escándalo nacional con El divino), eran el placer de mis días, junto con Maradona, Ceulemans, Butragueño, Preben Elkjaer Larssen…

    Lo digo porque el cine, con su imaginería alocada, con su tránsito deshilvanado que de pronto te revela lo más "inevitable e inesperado", me absorbió por muchos años. En mis películas todas quise mostrar el frenesí de la vida mental, más que otra cosa. En ellas el cine siempre sería no el retrato que tanto me conmovía del tiempo congelado en ámbar, sino esa evaporación entre hormigueros incendiados que para mí siempre fue y será una película.

    De modo que es tan raro que más de trece años después, cuando ya yo estaba en las peores, después de que el genio desmadrado que encontramos en la botella de una cámara de Hi-8 nos mandó a evangelizar la decadencia a mí y a mis hermanos del alma, porque era un genio maligno que con el video nos mostró la verdad, sin compasión, y sin compasión me dijo que me fuera y sólo volviera por estos días, cuando ya hubiéramos crecido, ¡es tan raro, digo, que por esos días de locura real, de extravío sombrío, mi papá llegara a casa y, tal como cuando perdí noveno y me regaló las Obras Completas de Borges, me saludara con su sonrisa beatífica y me entregara, envuelto en un papel regalo de relojes y relojes, una novela del último Premio Nobel de Literatura, un señor llamado José Saramago…!

    A partir de ahí, y con las lecturas siguientes de José Libardo Porras, Graham Greene, Isaak Bábel, Siervo sin tierra, El Quijote y, sobre todo, la obra entera de Vargas Llosa (dieciséis novelas que me cambiaron para siempre), me di cuenta de que el vuelo imaginativo de la literatura podía aterrizarme en una tierra, en una realidad, que de pronto se me revelaba también como mía. Fue la purga de los lúcidos delirios de Borges, entender que podía haber una emotividad sobria, incluso una pasión quemante pero transparente…

    Graham Greene, maestro...

    Fue descubrir el realismo, o más bien, fue vislumbrar la coherencia, en ese curso loco que es una letra seguida de otra y una palabra montándose en otra y una frase impecable pero inaprensible.

    Entonces quise contar mi vida, ya lo dije alguna vez en este blog, pero descubrí en la práctica lo que ya había sabido por otros, y es que para contarse mejor, la vida casi siempre te pide lo que Borges llamaba “memoria creativa”.

    Un libro pide ser capturado. Pide ser libro. Ser escrito, no ser otra cosa sino lo que es –o debe ser.

    Secretos de la hechura: empecé por un lado que no terminó siendo sino justo la mitad de la novela (e incluso un poco diferido: la mitad empieza allí, pero con un añadido previo)… Los personajes se llamaban todos de otra manera, porque quise ser discreto, pero en el libro final los tres personajes centrales llevan el mismo nombre de los seres de carne y hueso que los inspiraron.

    Sin embargo, ellos mismos, como los otros personajes de la novela, son sumatorias imposibles. Hay uno que es la combinación de una antropóloga que era mi mejor amiga,  con un crítico de cine que era mi maestro, más una mujer mayor que me descubrió al sexo, Paul Bardwell –el fundador de Kinetoscopio–, el guionista Carlos Henao y el novelista Juan Diego Mejía… Otro, el personaje llamado Mauro, es la suma de cuatro personajes y fragmentos sucesivos de sus historias, a quienes puedo mencionar perfectamente: el abogado Esteban Uribe, el realizador de televisión Andrés Montoya, el empresario José Luis Bohórquez y su hermano Alejandro… Y algo parecido sucede con "el Filósofo".

    Por su lado, la Monja, en el libro, es un personaje que no tiene nada que ver con la verdadera Monja (mi hermana del alma, y raíz del colectivo madero, la documentalista Ana Victoria Ochoa), y Baúl y Taché y Mancha se inspiran en amigos míos, pero la historia  real de éstos es utilizada de manera tan abusiva que, por supuesto, evité en lo posible cualquier referencia directa a ellos, aunque era muy difícil eludir algunos puntos cruciales de coincidencia entre la trama literaria y la experiencia original, por lo que a veces puede uno pensar que esas figuras de tinta y papel “son” estrictamente tal o cual individuo… No es así, y más bien las diferencias son enormes.

    Afortunadamente, uno de los amigos que podrían estar implicados me dice, animándome: “fresco pa, que ahí lo que se dice no se le sostiene a nadie”…

    Como he dicho, yo les cambié la identidad por varias cosas: por delicadeza, o porque, por más que fuera prudente en la información, lo que iba a contar variaría cuando menos pensara, y ya habría falsedad… Pero a tres personajes los dejé con su nombre completo, advirtiendo en la dedicatoria inicial, y reconociendo, que hay otros, los reales, de quienes, en términos prácticos, realmente “tomé prestado" ese nombre –incluyéndome a mí, como hago siempre que escribo ficción y aparezco allí…

    O sea que ni siquiera esos tres personajes, "Santiago" y los otros dos que sufren tanto en la novela por cuenta de un destino que incluye la voluntad compensatoria o simplemente explicativa del autor, somos históricamente lo que cuenta el libro.

    Madera Salvaje expresa una visión interna que se abrió paso por entre los pasillos, por entre los rincones, escalones y atajos de una voluntad creativa que desde el principio quiso aplicarse a ello con rigor, y que en la larga elaboración del texto pudo encontrar salida a sus mayores problemas (los de la drogadicción y el resentimiento)…

    Intenté, sobre todo al final del libro y de la propia escritura del mismo, poner allí donde no hubo, o donde hubo de modo inconsciente, un acto interno de reconciliación con las personas que tanto quise, que tanto me quisieron, y con quienes tanto daño nos hicimos…

    Vaya a ellos mi reafirmación de gratitud y de respeto…


    Yo también soy, ni más faltaba, objeto del sueño de sus mentes, y no siempre silencioso… Porque para mí y para cualquiera, lo más satisfactorio de la vida, me parece (y hablo de la vida, de toda vida, como escritura íntima, espiritual), puede ser la precisión con que uno lo manifieste, con que uno atrape su sueño, y con él, esta cosa tan extraña por la que pasamos...


    2 comentarios:

    El Gatillo dijo...

    Esta entrada me hizo recordar lo que alguna vez un amigo me decía sobre el poder cabalístico de los libros, de esas paradojas de la existencia que quedan tan bien en ellos. Yo apenas conocí el amor por la literatura hace un año, una mañana de viernes, con olor a tinto. Pero ha sido un año hermoso, coincidente con mi entrada al segundo piso de la existencia; doce meses de aprender a amar ese material compaginado, que a veces se compra, otras se recibe de regalo, que tiene dedicatorias y que hace un pequeño dios a quien lo regala. Muy bonita la entrada y espero leer el libro. Me entusiasma esa idea.

    Cerezo

    Madera Salvaje dijo...

    Sobre el poder cabalístico de los libros, Cerezo, tengo anécdotas verdaderamente increíbles... Cuando hago las "suertes virgilianas" (buscar citas al azar en la Biblia), pero de modo profano, o sea en cualquier libro, porque Shaw decía que todo era escrito por el Espíritu (Santo), a veces simplemente encuentro una palabra nona ("Ema", "a", "siendo"), entonces leo la frase y tampoco encuentro siempre algo que pueda interpretar... "Llévale la parva a donde la abuela". ¡Pero en momentos de veras cruciales, han pasado cosas de no creer, y para juagarse de la risa...! "¡No vuelvo a hacer esto!", me digo, "es ridículo... Esta es la última, la última vez... Lo que salga será la verdad"... Y abro el libro (era 'Moby Dick'). Decía: "Usted parece un niño".

    Esa es una de las varias. Hay otra peor. Pero no la cuento.

    No ahora. Saludos, tu comentario fue entusiasmante.