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    Los demonios sueltos (2010), de Marta Hincapié Uribe



    NI CURA, NI RECREACIONISTA, NI INCENDIARIO…

    Por Santiago Andrés Gómez

    María Teresa Uribe de Hincapié
    en Los demonios sueltos (2010)
    Foto: Universidad de Antioquia - Marta Hincapié ©

    Le dice a uno Martica Hincapié, como la conocemos en Medellín, que por lo general los recursos para hacer los documentales que uno hace son muy pocos, o que “no hay”… Que uno consigue hacerlos “y después queda otra vez en el aire”, pero que “esto es lo de uno, Santi, ésta es la misión que uno tiene”…

    Y recuerdo mi salida apresurada del auditorio de Suramericana, hace quince días, luego de mi clase con Cinefilia, para ir a toda prisa al Colombo Americano a presentar el Cineclub Kinetoscopio… Con el rabillo del ojo vi pasar frente a mí a una gente vestida de colores claros. Me di cuenta de que era una familia de campesinos, pero no pensé mucho en ello, hasta que oí, ya al rebasarlos, una recia voz femenina…

    -          Señor, ¿nos podría colaborar?

    De inmediato me frené. Los miré bien, mientras esculcaba en mi bolsillo, que menuda sí tiene casi siempre: eran tres niños y la pareja, con todas o algunas de sus cosas recogidas en atados. Se notaba que habían llegado ayer, o a lo sumo anteayer.

    -          Mi Dios le pague –fue su despedida, frase sincera, de a puño…

    Pero hubiera querido darles mucho más, o no darles nada sino ayudarles. Hubiera querido, sobre todo, que no estuvieran aquí, o que si estuvieran fuera porque habrían querido venir. Pero la situación en que me pedían limosna no era una que fuera escogida, sin duda.

    Y uno oye gente que dice que los datos de desplazamiento en Colombia son forzados, manipulados por la oposición, que no son cinco ni seis millones, sino dos.

    O sea, no tantos, sino dos, dos millones… “Como cuarenta estadios El Campín”, me hace ver Raúl Soto.

    Ana Fabricia Córdoba, líder de víctimas y desplazados en Medellín,
    asesinada el 8 de junio de 2011


    Una tragedia que iguala a Colombia con zonas de devastación tan horrendas como las que uno cree que no son las del país que tanto queremos, porque aquí –y no son pocos los que lo afirman–, se ha avanzado en seguridad. Pero la lógica no hace que un avance cualquiera niegue dos millones de desplazados, y esto sin ir más allá… Dos millones de desplazados, tres niños y sus papás echados de su tierra… La cifra es igual de horrenda, y las raíces del problema son iguales, son las mismas. ¿Pero quién se atreve a encararlo realmente si no es asumiendo el problema en el sentido de que parte esencial del mismo es la prohibición de su arreglo –o sea poniendo en riesgo su vida en “uno de los mejores países del mundo” (como Ana Fabricia Córdoba, la líder asesinada esta semana)…?

    María Teresa Uribe de Hincapié ha sido una de las personas que ha decidido investigar estos asuntos sin guiarse por otra perspectiva distinta a la de la crasa existencia del fenómeno, o digamos, por su realidad primera, irrefutable, más allá de cualquier matiz previo o explicativo, y a pesar de las amenazas que desde el principio sufrió por sus investigaciones, por ese simple interés por la tragedia del otro (la más sonada fue la de Carlos Castaño, quien previendo una retaliación de sus enemigos por el asesinato de Jaime Garzón, puso en cabeza de una lista negra, como retaliación prevista de la retaliación probable, a María Teresa… Con lo que ella hubiera sido víctima de tres retaliaciones, por mirar, pensar y hablar)…

    Ahora –el año pasado– Marta Hincapié Uribe, Martica, su hija, ha terminado un documental sobre María Teresa para la serie Grandes Maestros, de la Universidad de Antioquia, que es una pequeña obra maestra, tal cual: una cinta que perdurará quizás más de lo que Colombia pueda perdurar, algo que, desde mi punto de vista, espiritual como siempre ha sido, tiene una validez o una autoridad absoluta, imbatible, como si fuera un centro en torno al cual nada, ni los juicios ya, y ni siquiera las interpretaciones, puede ser relevante, aunque también sean necesarios e inevitables…

    De esto hay que aprender, y punto. Y nunca terminaremos de hacerlo.

    DOS ANTECEDENTES

    Piel (Pell, Marta Hincapié, 2006)

    Marta es de las pocas, aunque cada vez más realizadoras antioqueñas que soportan su trabajo sobre una reflexión muy madurada de la relación entre sus temas y los medios con que cuenta para elaborarlos y recomponerlos como un discurso ajustado, esencial, con sentido. Sus trabajos Piel (Pell, 2006) y Cartas desde la niebla (2006), realizados durante su larga estadía en España, muestran un tacto y una conciencia tan íntegras como sólo puede hacerlo posible la identificación plena, o la encarnación, de uno con su propio arte.

    Por demás, tienen las mismas características –por no decir aún cualidades– de Los demonios sueltos, el trabajo del cual quiero hablar. Son obras hechas en un tono menor. No te seducen con giros raros, ni buscan agradar. Buscan el ser de sus protagonistas. Piel nos habla de varios personajes que reflexionan sobre sí mismos grabándose, mirando su historia en su cuerpo, sus cicatrices, su relación con el placer y el dolor, con las experiencias que la sensibilidad permite, y llega a unos extremos desgarradores, sin ninguna ostentación de prudencia pero tampoco felicidad en las lágrimas que de pronto derrama ante la cámara la mujer que sabe que ya nunca podrá tener hijos… El corte de Marta es de un respeto profundo pero también muestra la convicción plena de que debe mirar el llanto oculto, de que es la manera de acompañarla, de decirle estoy contigo.

    (a propósito, si lloro escribiendo esto, es porque estoy hablando del sentido del video, de lo que tanta “competitividad” nos tiene tan engarullados en el alma…)

    Algo parecido pasa en Cartas desde la niebla. La vida no es fácil, y en este caso los inmigrantes en Barcelona son dichosos hablando ante la cámara porque saben que desde muy lejos alguien los oirá. Y son ellos, más ellos que nunca. La falacia del vaso a medias, de la que hablaré algún día en detalle, se disuelve por completo. Aquí no sólo no hay por qué, sino que no hay cómo decir que la vida es bella u horrible: es bello reconocer, aceptar que es imposible, y es espantosamente doloroso darse cuenta de qué es lo realmente bello. Esa mujer que saluda a su hijo… Esas personas que lo reprimen todo día a día, y que frente a la cámara parece que estuvieran frente a Dios o frente a su propia alma hablando, soltándose.


    Cartas desde la niebla (Marta Hincapié, 2006)

    Yo prefiero todas estas cosas, esta liberación de la humanidad más cierta, a los cuentos comunes de que uno debe reírse de todo porque ya nada tiene arreglo, o de que, en cualquier caso, hay que seguir adelante sin pensar en lo malo.

    Nada más intenso y restaurador, nada más humano, que reír llorando y mirando con asombro eso que uno no sabe definir bien qué es, y que es la vida que te tocó, y que amas, que amas tanto…

    LA SENCILLEZ

    Frente a su madre, Marta se concentra en un nivel de la vida muy sencillo. Los demonios sueltos cuenta toda una existencia en un día, un día de 2010 en que María Teresa, ya retirada de la docencia, desayuna en su cama, fuma en su cama, se levanta y va en caminador al baño, mientras la luz mañanera entra por las ventanas y el perrito hace pereza… Luego la oímos hablar, pensar, y toda esa vida suya, los setenta años que tiene, se empiezan a reordenar según aquello que les ha dado sentido desde afuera y desde adentro (desde el hecho de que sean experiencia y se conviertan en memoria para compartir, y desde las decisiones que los acontecimientos suscitaron en su criterio).

    Como si estuviera una hija, o un hijo, o una nieta de visita, María Teresa conversa con alguien ante la cámara. Un simple objeto de su cuarto hace aparición y empezamos a abismarnos. Es la foto de su padre, y nos cuenta de él, nos cuenta cómo la marcó ese hombre que, para consolarla y educarla al mismo tiempo, le decía, cuando ella aún una era niña, que sus dolores eran nada en comparación con “el dolor de la humanidad”.

    María Teresa Uribe de Hincapié
    revisando su álbum de fotos en Los demonios sueltos (2010)
    Foto: Universidad de Antioquia - Marta Hincapié ©

    Vemos un trayecto incesante… Ramas del campo rayan la imagen, vamos por una carretera, y María Teresa está leyendo un escrito suyo… Es un viaje: un viaje nuestro por la imagen que nos lleva a un viaje suyo ya remoto, el mismo viaje que emprende años después Martica para hallar en qué quedó eso que marcó tanto a su madre y que ahora nos va a marcar a nosotros. El “viaje iniciático”…

    (No hay música. Sólo el sonido de la vida, trabajado poéticamente –campanas, el tabaco ardiendo, el canto de los pájaros)…

    María Teresa Uribe escribiendo
    en Los demonios sueltos (2010)
    Foto: Universidad de Antioquia - Marta Hincapié ©

    La narración se mueve entre la lectura que hace María Teresa del relato de sus recuerdos, sus comentarios a ese relato en la conversación con un interlocutor (su hija), y las imágenes de la vida cotidiana, que avanzan dando la pauta, punteadas inteligentemente por los inspirados planos del viaje y de Uramita: la lluvia sobre el parabrisas, las piedras monumentales al borde del camino, las baldosas de la casa del abuelo –las mismas aún–, la habitación donde estuvo su ataúd, aquella otra donde ocurrió la profética reunión de liberales asustados, las calles por donde pasó el entierro y el cerro desde donde el abuelo sigue mirando el formidable paisaje de su pueblo…

    Todo es un recuerdo, y no sabemos qué motiva qué, si el recuerdo a la escritura o si la escritura al recuerdo. María Teresa se sienta a escribir, lee lo escrito, relee, fuma sin parar… Mira fotos, ya es de noche… La conversación ya ha ingresado también en la sombra… Hasta que la profesora María Teresa Uribe de Hincapié se acuesta, fuma en su cama, apaga el cigarro, apaga la luz y, sin que sepamos bien cómo, la película queda del todo a oscuras, se acaba… Debemos recordar entonces esa frase final, esa bárbara frase final, que parecía casi una frase cualquiera, y nos damos cuenta de la magnitud, de la profundidad insondable, diabólica y angelical, de todo lo que hemos visto.

     Y si, como decimos, en todo lo que fue ese día está su vida entera, o el germen de su vida entera, y el sentido de la misma, allí también está Colombia toda, usted y yo, y desde luego, los campesinos que encontré hace unas semanas y que en este instante deben estar mirando para algún lado, ojalá no tan perplejos ya, pero movidos como usted o como yo, por esos “demonios sueltos” de que habla María Teresa…

    Movidos a lados tan distintos, a destinos tan injustos…

    EL ABISMO

    La primera reflexión de María Teresa es sobre la memoria, la memoria de los pueblos y los individuos, que selecciona algunos momentos que permiten tejer la identidad. Todo se enmarca, como hemos dicho, en la cotidianidad de la profesora, y de hecho esas primeras frases pasan sobre la imagen de su estudio u oficina, llena de libros.

    Fiesta familiar (María Teresa Uribe, 1947)
    - Los demonios sueltos (2010)
    Foto: Universidad de Antioquia - Marta Hincapié ©


    Por supuesto estamos en una situación que permite la reflexión y la memoria. Es un entorno privilegiado… Por la ventana se ven árboles mecer las ramas, al balcón acuden pajaritos… Ella entre tanto desayuna cereal, y lee prensa (El Tiempo).

    Y se queda callada, mirando al vacío, o cierra los ojos, fumando. Piensa, pues. Pero aún no sabemos nada de ella, es un cuerpo anciano perdido en su propio lujo. Sólo la voz nos empieza a ubicar en cuanto ella descubre de sí misma como un camino que ha conducido hasta acá de maneras quizá retorcidas, o sin duda azarosas, pero no gratuitas.

    Las reflexiones posteriores a su observación sobre la memoria se refieren a la humanidad de su padre, un médico que ayudaba a la gente de más escasos recursos, y a sus recuerdos de lo que pensaba, cuando estaba pequeña, de cuánto él se merecía el cielo… Pero, por ser papá liberal y no ir a misa, la condena en la que estaba su alma le hacía dar cuenta a María Teresa de que había algo mal…

    Estas imágenes no las excluye Martica, aunque tal vez son las que más hubieran podido desecharse si ella acaso optara por dejar su documental con una duración comercial. Lo que demuestra su elección, en cambio, es admirable por su fidelidad a un diálogo en el que lo importante puede exceder unas convenciones formales, sin duda, muy arbitrarias, aunque habrá quién diga que así menos gente podrá ver lo que ella nos quiere contar.

    El hecho es que todo aquello da pie a un retorno a la infancia de María Teresa, imágenes filmadas en 1947, y a una nueva reflexión sobre la memoria, pero desde el punto de vista de los relatos, de la reconstrucción, del hallazgo personal que cada individuo descubre en eso que es como una reinvención del pasado, una depuración de sus hilos fundamentales.

    "El viaje iniciático"... - Los demonios sueltos (2010)
    Foto: Universidad de Antioquia - Marta Hincapié ©

    Es cuando entramos “al viaje iniciático”. Las imágenes del trayecto a Uramita, a donde su padre la lleva el día en que se entera de que el abuelo ha muerto, son de un expresionismo elevado. Manel Dalmau y Santiago Herrera, documentalistas sensitivos y visualmente elocuentes como pocos hay en nuestro medio, graban las imágenes de esta película, y en ese viaje la lluvia, las montañas que permanecen impasibles detrás de las ramas que fugadas abanican la pantalla, la dureza del camino, nos hace no retroceder al pasado, sino encontrar elementos constantes tanto en la Colombia de los cuarenta como en la de ahora: el mismo paisaje tan rudo, la misma majestuosidad, la misma amenaza…

    No hay ni un plano que muestre una falsa subjetivación puesta en escena, es más bien Martica la que mira con ojos de su madre todo en ese recorrido y en el propio pueblo.

    Entre tanto, la lectura de María Teresa es fascinante. Las enormes dificultades del trayecto, la llegada a Uramita, su visión del cadáver de Libardo Uribe, que parece mirarla por entre los ojos semicerrados… En ese momento ella se marea (la cámara delira en un indescriptible “detenimiento vertiginoso”) y su padre la saca del recinto, pone su mano sobre su cabeza y le dice que pronto se va a mejorar…

    No hay nada que sea explícito, todo es la simple memoria, la vida real. Vemos la imagen de una habitación donde estuvo ese ataúd hace más de sesenta años, y sentimos que por ahí pasó esa niña… Que la vida toda de un país está hecha de experiencias íntimas, y que el documental puede tocarlas y transmitir esa esencia de la vida y de la realidad, más allá de los conceptos con los que, sin duda, también debe trabajar.

    Porque empieza el asunto tétrico, y la necesidad de tomar postura.


    Don Libardo Uribe, el abuelo,
    líder liberal en Uramita por los años cuarenta
    - Los demonios sueltos (2010)
    Foto: Universidad de Antioquia - Marta Hincapié ©


    Llega gente con banderas rojas, hablando duro, con voces roncas. Nadie reza en ese velorio. La niña cae dormida, y cuando despierta, está a punto de ponerse a llorar, pero oye la voz de su padre en una habitación cercana. Se levanta y se asoma por la puerta, y papá al verla la llama para que se siente en sus rodillas.

    “Así asistí a mi primera reunión política”.

    A María Teresa se le quiebra la voz al recordar el miedo de la gente. Ellos hablan de masacres, de descuartizamientos… Quieren armarse… Su papá es de los que dice que la violencia no tiene sentido, que no es recomendable responder a la violencia con violencia.

    Marcha del Silencio, Bogotá, 1948

    Pero en efecto, nos cuenta María Teresa, pocos meses después, Jorge Eliécer Gaitán lideraba la Gran Marcha del Silencio en Bogotá, en protesta por los múltiples asesinatos de ciudadanos liberales, y un año más tarde, el país estaba devastado por la guerra.

    NUESTRA MISIÓN

    Para María Teresa, ese viaje la enfrentó a un país fracturado, le mostró a los indígenas reales, sin plumas, le mostró la violencia, la represión, le mostró posibilidades de humanidad y solidaridad más allá de la pacatería y la vanidad religiosas y tradicionales…

    En el desfile del entierro, “cura por ningún lado”… A Libardo lo enterraron, sin cruz, lejos de cualquier cementerio, en la cima de un cerro desde el cual podía ver su tierra… (una cruz terminaron poniéndole después, nos parece decir la imagen)…

    La tumba de Libardo...
    - Los demonios sueltos (2010)
    Foto: Universidad de Antioquia - Marta Hincapié ©

    Y Eduardo, el padre de María Teresa, se tuvo que quedar varios días en el pueblo, explicando a su familia por qué se tenía que devolver a Medellín. Pero ellos, entre tanto, no querían irse… Dice María Teresa Uribe de Hincapié, con prosa clara y precisa…

    “Se negaban a abandonar su tierra, sus querencias, el rumor del río y ese entorno maravilloso en el que habían vivido siempre… Les resultaba muy difícil abandonar la casa, construida por mi abuelo con sus propias manos y con todo el amor del mundo. De esa manera pude apreciar el dolor del desarraigo, la tragedia del desplazamiento… Lo que significaba para una familia como la mía irse a una ciudad que no tenía nada para ellos”.

    Poco después el fenómeno del desplazamiento comenzó a tomar dimensiones gigantescas en Colombia, y Eduardo, el padre de María Teresa, abrió una casa para acoger gentes que llegaban desterradas de su hogar, “y prestarles mínimos servicios de salud”…

    “Recuerdo que cuando empezamos acá a trabajar con las investigaciones sobre desplazamiento en Antioquia, una noche me soñé que yo estaba a las puertas de esa casa, tocando, tocando… Esa casa desapareció hace muchos años ya, ahí hay un edificio, pero yo me soñé que estaba tocando la puerta y que mi papá me abrió… Mi papá estaba ya muerto hacía muchos años… Y me dijo: ‘No se meta con ese problema, no se vaya a meter con esto que para usted es demasiado peligroso… Cuidado: no se meta con este problema’… Me llamó mucho la atención esa advertencia, pero era un poco también una manera de unir un evento del pasado, que era ése, con la situación que yo estaba viviendo en ese momento, que no era para mí nada fácil, porque tuvimos muchos problemas y muchas amenazas por esa investigación”…

    Son casi las últimas frases de María Teresa en el documental, y las únicas que aluden directamente a su trabajo, pero luego, como en un epílogo impredecible, oímos esta reflexión acompañada por las imágenes del cauce violento del Río Sucio:

    “Hombres, mujeres y niños, aterrorizados, adoloridos y sufrientes, nos contaban sus historias macabras, que a veces parecían sacadas de una novela de terror. Yo los escuchaba sin hablar, y me preguntaba por qué pasaba esto sin que a nadie pareciera importarle, por qué razón la vida de algunos parecía seguir su curso mientras otros se precipitaban en el abismo”…

    La última imagen...
    - Los demonios sueltos (2010)
    Foto: Universidad de Antioquia - Marta Hincapié ©

    El discurso de María Teresa viene a ser una coronación muy humilde de todo lo que ha sido una vida llena de sinsabores, pero aferrada con plena convicción a la importancia de su labor. El poema 739 de Emily Dickinson (“Muchas veces pensé que la paz había llegado”…), que Marta Hincapié Uribe pone como epígrafe al inicio del documental, define la naturaleza de este retrato, en el que la amargura y el estremecimiento más profundos hacen vacilar una vida que busca la serenidad, que sobre ella se asienta, porque es su derecho, el derecho de construir una familia, de tener un hogar, de tener una casita… De poder trabajar, de hacer lo que uno ama, y compartirlo.


    Yo a Marta Hincapié Uribe no tengo sino que agradecerle lo que hace y lo que me dice, porque la situación actual en toda parte exige ese reconocimiento. No sería igual este video si la realidad fuera distinta. Y además, no hablo sólo de la realidad a la que hace referencia el documental, sino de la realidad en que se enmarca su creación. Hoy en día los realizadores audiovisuales somos cualquier cosa, y se nos pide que seamos de todo, y en general, somos tan diversos que unos buscan y piden a sus colegas sembrar una buena imagen del país, o dar una moraleja, otros simplemente quieren hacer “buenas películas” –y entre éstos, casi todos se ubican en la esfera del entretenimiento o, a lo sumo, de las industrias culturales–, y otros, en fin, los menos, pretenden que la imagen audiovisual nos ponga de frente con una realidad que al parecer no pediría otra cosa sino la insurrección y la locura…

    Un trabajo sereno como este de Marta Hincapié, Los demonios sueltos, un trabajo reflexivo, sutil, digno por su valor pero también –y sobre todo– por su entereza, no se ve todos los días… A mí, personalmente, me reafirma en lo que puede haber de más edificante en esta labor, y quizá sin pensar en la posibilidad real o ilusa de que logre transformar algo en términos generales, porque lo que consigue es tan frágil y tan precario como el amor, pero así de profundo, así de difícil, así de redentor y de intangible…

    Sólo para quien tenga el placer, la dicha y, también, la disposición de conocerlo…

    Vuelvo a recordar sus palabras, y quiero entenderlas como la búsqueda mía y de mi esposa y de mis amigos de Madera Salvaje, búsqueda que, mientras vivamos, no terminará:

    “Esto es lo de uno, Santi, ésta es la misión que uno tiene”…

    Marta Hincapié, a la izquierda,
    en la grabación de Héctor ha vuelto (2009),
    con Marisol Soto (codirectora) y Héctor, el personaje central

    1 comentarios:

    jack casablanca dijo...

    Creo que el asunto no es pensar en lo "edificante" que pueda tener la labor del realizador audiovisual sino en su capacidad de problematizar. Hay tanta bajeza y reducción en los medios, tanto cinismo en las academias, que esta realidad, llamémosla nacional, se convierte en eso, en una suerte de episodio ridículo, de factura impecable, con nudo y desenlace, maniqueo. Me gusta mucho cuando personas como usted defienden lo que es menospreciado o ignorado por muchos en aras de la aceptación o el gran público. Me refiero a la coherencia. Bonita palabra, bonitas las cosas que se pueden hacer con ella.