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    Un comentario a la Ecología Política



    Ofrecemos la primera de dos cartas cruzadas
    entre dos amigos ecologistas. Este primer texto fue publicado 
    en la revista Asfódelo No. 8, Año V – Vol. 8, pp. 58 – 60, 
    dedicada al ecologismo.
    La respuesta de Salvador Gallo, que publicaremos mañana, 
    lunes 27 de junio, es inédita.

    LA BESTIA FRENTE AL ESPEJO

    Por Santiago Andrés Gómez

    2001: Una odisea del espacio
    (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1969)
    ¿No importamos o sí importamos tanto?

    Lo peor, o lo más triste, de la causa política de la Ecología, es que, pese a los más sensatos intentos de sus ideólogos de cabecera, o a los que pueda hacer uno mismo, nunca dejará de ser romántica. Aunque más bien, en cierto sentido, tanto mejor… A la Ecología Política le resulta indispensable una dimensión espiritual, o al menos el reconocimiento de ciertas cosas “sagradas”, pero precisamente esa faceta impide que su programa pueda acomodarse a los límites de la realidad humana. Desde luego, se puede decir, y con razón, que, al contrario, las propuestas de la ideología verde no sólo son las más humanas de todas cuantas existen en el espectro político contemporáneo, sino además las que con mayor sabiduría nos invitan a comprender y aceptar nuestros límites, uno de los cuales, ya bien enfatizado por los ecologistas, es la imposibilidad de hacer realidad una utopía… Esto es digno de todo elogio, pero ahí comenzamos a hacer agua…

    El proyecto general del ecologismo abarca muchos campos, y entre ellos el económico es algo central. Ahora bien, si por lo que abogamos es por dejar de lado el afán productivista de Occidente (y no sólo de Occidente, ni tampoco exclusivo de la Era de la Globalización), a lo que nos enfrentamos es a un cambio en la mentalidad del ser humano tan radical que sólo puede entenderse como otra utopía, si no como una fantasía. En sus conversaciones con Mathieu Galley, Marguerite Yourcenar cita a Platón para recordar que el Ática, luego de la guerra del Peloponeso, se había vuelto “seca y semiárida” porque los bosques fueron talados “para devastar los territorios enemigos y destruir flotas”. Igualmente, todo pueblo a lo largo de su historia ha sufrido las consecuencias de su “desarrollo”, y si los más “primitivos” manifestaban un respeto básico por la naturaleza, no eran –y quizá no podían ser– igual de benignos con su propia especie humana.

    Sacrificio humano en la cultura azteca

    Puede que allí radique el nudo del asunto. Según los vegetarianos y los ecologistas, alguien que sienta compasión por un venado o por una tortuga, jamás será violento con otro ser humano. Eso está por verse, y es una idea quizá tan ingenua como la de que una persona amable y respetuosa con sus congéneres jamás levantaría su mano contra un animal. La cuestión es que, si se asume el pragmatismo humanista de la ideología verde, reverente ante cada ser vivo, como la perspectiva más sagrada y al tiempo racional del ecologismo, entramos en una coacción inútil, que sólo logrará ejecutar con justicia el entorno, o en el sueño de una telepatía, de una instantánea toma de conciencia colectiva, imprescindible tan siquiera para adelantar los procesos educativos que ningún grupo es capaz de aplicar a una totalidad, como siempre, heterogénea. Por más que nos convenga, nunca seremos del todo benignos, ni con la naturaleza, ni con nuestros hermanos.

    El camino que el perro kafkiano de Investigaciones de un perro lamentaba porque su especie lo había perdido, camino que no admite la palabra santidad, pero que sí consiste en la fidelidad o el respeto al misterio de la existencia (una existencia primordialmente natural, sobrehumana), es un camino que, como el de Sócrates, o como el del psicótico Abraham de Kierkegaard –padre, en el crimen, de la fe individual–, nadie puede asumir por la guía de otro, y que no es constatable, ya que la visión del otro, o el desgaste, la erosión de cualquier acto en sus secuelas, distorsionan o mutilan a perpetuidad toda intención, todo pensamiento, ante la vida pública, y ante la más íntima vanidad[1]. No sería aceptable entender al Desarrollo y al Progreso como consecuencias espontáneas y necesarias del ser humano, en vez de simples artificios sujetos a la crítica y a la revisión, lo cual es más cierto, ¿pero qué hay de necesario y de natural en el propio ser humano?

    Kafka en varios cuentos humaniza ratas, perros o insectos,
    pero parece más bien mirar al humano como animal

    La respuesta inevitable es que nuestra realidad física, material, se reduce a nuestro carácter depredador, al tiempo que nuestra conciencia entiende muy bien, para quien acceda a ella –lo cual es un tanto más difícil–, que ese carácter depredador conlleva un canibalismo, si bien un canibalismo que nos hermana directamente con el flujo cósmico, un concepto visceral cuando hablamos desde la conciencia. Suponer, como supongo yo, que hay un alma individual o un mínimo criterio que discierna entre lo más adecuado y lo que no lo es, simplemente parte de una visión (plenamente humana) que hace divisiones donde no las hay, en busca de una supervivencia espiritual, con temor a la muerte y al dolor propios, y de nadie más. Por eso algunos atacan a los ecologistas, y por eso los ecologistas se escandalizan ante los progresistas. Y quien no ataca a nadie, es porque se lo reserva, pero tampoco puede evitar estar en un bando, o pasar de uno a otro.

    Ya el ecologismo ha aceptado que ver en la humanidad un problema grave para la contingente vida del planeta es ocultar el hecho de que aquélla es ante todo un problema letal para sí misma. Sin embargo, por eso también es imposible una solución “humana” para tal problema: en ese aspecto, hace tiempo cruzamos el umbral de no retorno. Y si algunos piensan que una perspectiva apocalíptica es todavía más romántica que alguna que plantee soluciones, tienen toda la razón. Lo más seguro es que luego de las transformaciones radicales, y ciertamente catastróficas, que sin duda se vienen para el planeta, sobrevivirán unos cuantos, quizá los que más se hayan preparado para ello, o quizá los que sin proponérselo estén efectivamente mejor preparados. El antagonismo entre el ser humano y su propio mundo no será de la magnitud desproporcionada que acusa hoy en cuanto a nuestra incidencia pestífera sobre él, pero eso, y siendo optimistas en cuanto a nuestro futuro como especie, sólo será, de nuevo, cuestión de tiempo.

    La delgada línea roja
    (The Thin Red Line, Terrence Malick, 1998)
    La muerte y la vida son movimientos de una misma danza



    [1] Así, por ejemplo, la recomendación de algunos budistas y taoístas de “respirar lo menos posible” para no lesionar o transformar el entorno, no nos ofrece un acto menos lesivo y presuntuoso que cualquier ritual sangriento, pues si no implica necesariamente el sacrificio de uno mismo, al menos nos ubica en un plano “superior” al de las demás criaturas, supuestamente “inocentes”. Esto sin contar con el matiz mecánico y desalmado que termina adueñándose de cualquier práctica ritual y de cualquier disciplina, si éstas no surgen de la luz de un criterio interior y, desde luego, espantosamente solitario, y de cierto modo anárquico. Lo sagrado es una dimensión que la realidad no tolera, sino que desvirtúa.


    2 comentarios:

    Simón Puerta Domínguez dijo...

    Muy interesante el artículo. Me pone a pensar una cantidad de cosas. Lo sagrado, como elemento que articula y a lo que está ligado el pensamiento ecologista, no sé si se tenga que exponer de forma tan abstracta y metafísica. Lo sagrado ha sido siempre coherente con las necesidades reales de las diferentes culturas, y por lo tanto, es una respuesta a coyunturas y dificultades de relacionamiento entre seres humanos y entre éstos y su entorno. Lo sagrado es entonces la consecuencia de las crisis ambientales contemporáneas, y más que metafísico, es una real necesidad.

    Madera Salvaje dijo...

    Lo sagrado lo menciono desde Kierkegaard (aclarar términos es lo más mamón, pero muy importante al especular sobre algo). Quiero decir, lo sagrado no como lo social, sino como la experiencia íntima del pensamiento o del sentimiento con algo divino, trascendente o atemporal y, por supuesto, metafísico, por eso menciono también a Sócrates, que era un desobediente, y podía retar lo social, lo articulado con su comunidad... En esa perspectiva, cuando uno pretende comunicar o difundir su experiencia personal con lo trascendente, entra al campo de la religión... Y eso es tan parcializado, que es como reducirte a vos a un nombre o al número de la cédula, es entrar a debatir lo absoluto, porque confundís la palabra con el concepto. Y eso pasa también con los orígenes del ecologismo, que buscan despojar a nuestra relación con la naturaleza de su dimensión instrumental y utilitaria, y sacralizarla... Sin atender que para ella eso, realmente, es indiferente...