• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Cine no, universo audiovisual (1)



    ALTERNATIVAS REALES

    Por Santiago Andrés Gómez

    Meshes of the Afternoon (Deren & Hamid, 1943)
    Una película marginal, que nunca deja de ser vista


    No más cine, puede uno decir, pero nos contradecimos. No más televisión, quisiéramos pedir, pero sería peor, sobre todo por lo inútil. Menos video, incluso, pero sólo en proporción con la cantidad de personas (este mes llegamos al número siete mil millones, parecía celebrar esta semana un noticiero)… Y a propósito, no es inoportuno recordar la aguda observación de Gombrowicz, citada por Kundera en El arte de la novela, sobre la disminución, psicológica o simbólica, pero entonces socialmente efectiva, del valor del individuo en un mundo cada vez más poblado: digamos que hoy yo represento una parte casi “subatómica” de la Humanidad, pero si sólo fuéramos diez individuos sobre el planeta, yo valdría más…

    Del mismo modo, hoy cualquiera puede hacer video, pero a nadie le importa. Y al mismo tiempo, en el cine se desvelan grupos enormes por dar con un producto masivo de aceptación unánime, que a estas alturas requiere ser entonces colosal, imponente, más aparatoso que la torre de Dubai… Esto lo empezó el New Hollywood (Coppola, primero que todos, apadrinado por Corman, y luego, más que nadie, Spielberg y Lucas –así como hoy lo representan Lasseter y Cameron), cuando el cine norteamericano, o sea, sin atisbo de inquina y para mayor precisión, el hegemónico, comenzaba a hacer agua.


    Si obras como Easy Rider (Hopper, 1969) y, con una mirada al pasado, American Graffitti (Lucas, 1973) tradujeron a un empaque muy chick y rentable las desencantadas ilusiones de los sesenta, Tiburón (Jaws, Spielberg, 1975) y La guerra de las galaxias (Star Wars: Episode IV – A New Hope, Lucas, 1977) convirtieron lo que el común de la gente llama cine en eso que tan bien ha descrito Luis Ospina: un simple espectáculo de feria, como retorno, cabalmente, a las raíces más primitivas del arte de Hitchcock y Buñuel[1]. Según esa perspectiva hablar de un cine que busque emocionar o incluso promover valores (o trastocarlos) antes de hacer dinero, es ridículo. Es decir, según esta óptica, muy respetable, como cualquier óptica, el cine es un negocio, y punto  –para mayor claridad al respecto, pueden verse estos enlaces:


    http://homocinefilus.com/dov-simens-el-cine-no-es-arte-es-un-negocio/

    Dov Simens: "El cine no es arte, es un negocio"
    –o deje de pensar en dos sesiones...

    Como pareciera aceptar Simens en su diálogo con El Colombiano (al conceder que: "El cine también es una forma de hacer arte"), desde luego ese negocio sigue provocando emociones y expresando valores o transformándolos, pero por una ley que no sé llamar en este momento, pero que podría ser algo así como la “ley de la caja de resonancia”, o “ley de la papa frita”, o “del bien común”, esas emociones y esos valores son los más simplificadores, aquellos que masifican, los de un sentido común de rebaño. Lo más perverso es que al margen de ello se mueve un conjunto de expresiones mucho mayor en número y en representantes y consumidores que los del cine hegemónico, pero al mismo tiempo mucho más fragmentado en sus intereses y canales y, en ese sentido, menos identificable, y menos poderoso.

    Lo mismo puede decirse de la televisión, y el hecho craso es que muchos realizadores de cine o aspirantes a ello siguen soñando no sólo con medir su competencia según el éxito de taquilla, sino que albergan la conmovedora o patética ilusión de triunfar, o incluso nada más vivir, según esos parámetros. La saga de Harry Potter y el Avatar (2009) de Cameron no son las únicas excepciones, aunque hipnotizantes, de lo que es un real naufragio de los sistemas tradicionales de difusión. Existen otras, como El paseo (García & Trompetero, 2010), en nuestro medio, y cada una de ellas redime (o al menos evoca con nostalgia) al viejo espectáculo del cine y a las promesas conciliatorias del cine clásico ante los ojos de muchos críticos eximios como el español Carlos Losilla u Orlando Mora, en Colombia, pero también ante las intenciones, muy vanidosas, para no andarnos con rodeos –y no necesariamente con ánimo de juzgar mal– de realizadores de veras talentosos, como Andy Baiz, Felipe Orozco o Ciro Guerra. No obstante, en ese aspecto me permito decir que tales “mamonazos” como en los ochenta les decían Pinilla y Nieto Roa a los filmes exitosos, son, si no pataleos de ahogado, sí puros cantos del cisne.

    Miremos estas estadísticas (muestran los desastrosos datos oficiales de ingresos por taquilla de seis películas colombianas en los últimos ocho meses –son datos de la página oficial de Proimágenes Colombia):











    Hay que enfatizar que de estas películas, En coma (Restrepo & Rivero, 2010), Lecciones para un beso (Bustamante, 2011) y Locos (Trompetero, 2011) fueron todas hechas con mucho profesionalismo y cuidado con los ojos puestos en [lo que cada autor supone que es] el público además, el director de Locos es el mismo director de El paseo, y aclarar que para sus productores pensar en recaudar ingresos en el mercado del video, y aun de la televisión, es una utopía ingrata, por cuenta de la piratería la misma que hizo reducir tan abruptamente las entradas a Los colores de la montaña (Arbeláez, 2010) a partir de su tercera semana de exhibición...


    Una alternativa indispensable es considerar un público más amplio, extranjero y no sólo nacional, pero la opción generalizada es buscar lo universal en lo mundial, en lo multitudinario, con formalismos visuales, estándares dramatúrgicos y, sobre todo, métodos de rodaje rutinarios hasta lo indecible, que aplanan del todo la obra –por muy "colombiano" que sea el tema, haciendo de las películas una penosa copia del mal llamado "cine de Hollyood", con el que, por cierto, nunca se podrá competir, entre otras cosas,  porque tampoco ya nadie da un peso por él, si no es por costumbre y para no morirse de hambre, a falta de más ingenio y atrevimiento, y justamente por el exceso de ambición y por un perfeccionismo coco y soso.


    A propósito, dejo este enlace para juicio de todos, añadiendo, claro, que desde mi punto de vista no llega a ser un descaro  porque es simplemente un síntoma del engaño en que vivimos...


    http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/E/el_cine_se_trastea_para_medellin/el_cine_se_trastea_para_medellin.asp

    Sergio Restrepo, de la Corporación Otraparte, de Envigado, que ha coordinado por varios años el Festival de Cine Sin Fronteras, de Medellín, y que por eso está bien al tanto del asunto, nos cuenta que en nuestra ciudad el promedio de asistencia a las salas de cine no sube de un 19 %, y lo más sensato es asumir que esta acusada tendencia ya no la detiene nadie. Pensar el cine con reglas del siglo pasado sólo llevará a la confusión de criterios y a la frustración.

    En cambio, la lógica bruta del mundo, esa forma de caos tolerante e incluyente que nos cobija, y que es nuestra única esperanza, permite que uno no tenga por qué pelear con esas convenciones decrépitas: son muchos los cinéfilos y profesores (como Manel Dalmau, Wilson Montoya, de Pulp Movies, o Alex y sus amigos de www.cultmoviez.com), o los realizadores –como los muchachos que a partir del domingo entrevistaremos en este blog–, o críticos, según sabemos que sucedió desde los ochenta con el gran Serge Daney, de Cahiers du cinéma, a la cabeza, o teóricos del tipo ecléctico y panorámico de Robert Stam, que saben que si basta abrir un poco los ojos para ver que lo que antes fue el cine no es ahora sino un ítem menor en el renglón de los video juegos, también muchos caminos divergentes conducen sus posibilidades más insólitas o evidentes pero inadvertidas, y nuestros gustos más sutiles o aberrados, a formas de expresión y difusión que, además de rebasar los formatos tradicionales, rebasan las formas convencionales de apreciar películas y, más que nada, la antigua autoridad de los llamados “éxitos” o “hits”.


    Desde luego ya no se trata de un negocio que mueva tan enormes cifras, y se asume naturalmente, sin el escándalo de los inmorales, como un producto de comunicación, de expresión cultural, de creación y difusión e intercambio de saberes y opiniones. Es ejemplar, en este sentido, el trabajo del portal www.cinepata.com del escritor y cineasta chileno Alberto Fuguet.

    El Sueño del Perro (Pécora, 2008), en Cinépata por Vimeo.

    Queremos en este blog, Madera Salvaje, facilitar y hacer parte de una lenta e incesante organización, sectorial desde luego –y en red–, de canales de comunicación, difusión y exhibición para la producción de nuestro (o del) universo audiovisual. La imagen digital de audio y video no es sólo arte, ni sólo entretenimiento, no es sólo negocio, ni un exclusivo objeto de estudio, sea semiótico, antropológico o sociológico… La imagen es todo esto y aun más, y en sus dimensiones políticas tiene mucho que aportar al individuo, así como su influjo sobre la psiquis ayuda a las comunidades a madurar, si aprendemos a tomarlo en serio, lo cual no es otra cosa que valorarlo, descubrir lo mucho que nos ofrece.

    En las próximas entradas de este blog publicaremos tres entrevistas, con ensayos introductorios sobre y enlaces a las obras del joven productor audiovisual y periodista Henryk Morales, quien trabaja en Puerto Berrío, del apasionado, radical y prolífico colectivo K-Minantes, de Medellín, y del joven y muy prometedor cineasta quindiano, y realmente universal, Juan Soto, un verdadero poeta de la imagen.


    Por el momento, los invitamos a ver este fascinante video de K-Minantes...





    [1] El cine en 3D –lo único que por el momento mantiene en pie a las salas de cine– es tan sorprendente y, a la larga, tan insulso o, al menos, insignificante, como el fenakistiscopio o los filmes de los Lumière, que no duraron ni diez años (si luego lleva a algo, así como los hallazgos de Daguerre permitieron años más tarde la existencia del cine de Méliès o de Griffith, ¿será para “agotar” de nuevo, en menos de un siglo, lo que Chaplin, Renoir o Fellini hicieron ver como un arte soberano, y de posibilidades infinitas?)


    1 comentarios:

    William Zapata M. dijo...

    Me parece muy interesante lo que decís, Santi, porque al final muchos directores que tanto criticaban a Hollywood, terminaron usando los mecanismos de narración en sus óperas primas.

    Como ejemplo el botón de Carlos César Arbeláez, a quien recuerdo vociferar en contra de las películas gringas de establecimiento, y si vos te ponés a mirar Los Colores de la Montaña en cuanto a ritmo y estructura y procedimientos formales, terminás fácilmente catalogándola como CINE CRISPETERO, pero sin fuerza en el final.

    Bueno, eso fue lo que me pasó a mí, al salir del teatro. O sea, una gringada más, con tema colombiano.