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    Paréntesis: autenticidad documental del testimonio



    MESURA EN LA INTERPRETACIÓN

    Por Santiago Andrés Gómez

    Profesor Bill Nichols
    Universidad de San Francisco

    El concepto de autenticidad histórica en el video documental se ha enfrentado a diversas revisiones, y no por capricho, sino por lo engañoso que resulta. Quiero remitirme, por lo pronto, a las observaciones de Bill Nichols, a quien siempre habrá que retornar por el eje central que es lo externo, lo que “excede” al discurso, en sus reflexiones sobre la representación –o interpretación audiovisual– del mundo en el documental. Para nosotros, esta prevalencia de lo que nos excede también a nosotros, a nuestra percepción y nuestro intelecto, reviste un carácter moral, que, según consideramos, debe o debería ser como un lastre para cualquier aventura mental, un poco como cuando el Narrador de Sodoma y Gomorra, en En busca del tiempo perdido, apunta: “Cualquier acción de la mente es fácil, si no está sometida a la realidad”.

    (Las ideas de Nichols encuentran objeciones en otros pensadores, como Antonio Weinrichter, o Luis Ospina en nuestro medio, que consideran al documental, sobre todo en estos tiempos, como un régimen discursivo mucho más amplio… Pero en Colombia, y quizá ya en todo el mundo, la preocupación por centrar al documental en torno a la realidad histórica no es gratuita… Sencillamente, no es sano evadir la situación poco menos que apocalíptica que vivimos…)

    Triunfo de la voluntad (Triumph des Willens, Leni Riefenstahl, 1935)
    Sus imágenes primero fueron prueba del poder hitleriano,
    luego (también en otros documentales) fueron prueba de otra cosa...

    De cualquier manera, la autenticidad histórica, la veracidad de cualquier imagen documental, no está dada, ni la garantiza la imagen de ningún reportero. “Si no estamos familiarizados con los acontecimientos históricos cuyo aspecto se une a los sonidos e imágenes que vemos, entonces es posible que estas imágenes carezcan del poder referencial que el documental requiere de ellas”, señala Nichols en el fragmento “Reconocimiento y autenticidad históricos”, del capítulo “Fiel a la retórica: la retórica y lo que la excede”, en La representación de la realidad (Paidós, 1997, p. 210s), y concluye con un relativismo del todo pertinente, pero también un poco preocupante: “El acuerdo que establecemos con el texto que vemos tiene un efecto determinante sobre el estatus histórico que concedemos a sus imágenes” (Ibíd, p. 213).

    Sin embargo, como permite entender el autor más adelante, en el apartado “Autenticidad y realismo documental” del capítulo “La realidad del realismo y la ficción de la objetividad”, en el mismo libro (pp. 238s), el cuestionamiento teórico a la veracidad o autenticidad histórica de cualquier testimonio aislado, en sí mismo –veracidad o autenticidad que sólo estaría definida por el rigor de la lógica explicativa en la que el autor lo inserte–, no mengua para nada las fuerzas autónomas del testimonio, en el sentido de que él mismo propugna una entidad propia como suceso.

    Louisiana Story (Robert Flaherty, 1948)

    Hablando de Louisiana Story (Flaherty, 1948), que no es sólo un documental sino también, en muy buena medida, una obra de ficción –recordemos que los Flaherty, Robert y Frances, fueron postulados al Oscar a Mejor Guión por su trabajo en esa cinta–, dice Nichols lo siguiente: “Lo que restaura el equilibrio documental (…) es la representación de fidelidad indicativa. Las imágenes (mucho más que el sonido con su banda sonora musical y su falta de sonido grabado en directo) atestiguan la autenticidad histórica de los pantanos. Los pantanos no se han fabricado ni recreado. Flaherty estuvo allí (…)”. La reflexión se extiende, y es uno de los pasajes más asombrosos y, sin embargo, encantadoramente elementales del texto clásico de Nichols.

    Refiriéndose al tono optimista de la cinta, continúa así: “Lo que el musical de Hollywood siempre había destacado que era una cuestión de voluntad (haz una mueca de felicidad, sonríe y el mundo sonreirá contigo) Flaherty arguye que es un aspecto de la propia realidad (…) no necesitamos voluntad sino capacidad de verlo. El realismo documental nos ayudará a ver lo que quizá no hayamos visto aún, a pesar de que está ahí, en el mundo, esperando nuestro descubrimiento”.

    Louisiana Story (Robert Flaherty, 1948)


    Recordemos que, según Nichols, el realismo documental tiene que ver más con una lógica, de nuevo, argumentativa, pero ésta apunta siempre a hechos históricos, de los cuales la “fidelidad indicativa” de la imagen atestigua su veracidad, como esa “autenticidad histórica de los pantanos” (¡!)… Ahora bien, si el escéptico y muy riguroso Bill Nichols concede que un pantano puede ser históricamente auténtico, o tener un cierto e innegable nivel de autenticidad histórica, y tan sólo por la fidelidad indicativa, o sea por el registro fotográfico, ¡qué no se podrá decir de la grabación de un ser humano –una víctima de la violencia, por ejemplo– que, mientras habla, se queda sin palabras, o se atreve a decir (entendámoslo como aportar) algo!

    Sin embargo la cuestión es de más largo aliento.

    La interpretación de la historia como discurso o relato es inevitable: uno nunca ve u oye a alguien y ya, uno siempre lo ubica en los antecedentes previos que tenemos sobre el asunto y lo reubica según el tratamiento del realizador, pero por eso mismo todo documental nos pide alinearnos con una postura frente a la que el registro es una prueba manipulable nada más que en virtud de su misterio o autoridad inasible.

    No es Mussolini

    Aquí la cuestión no es tanto de credulidad por parte del espectador como de sensibilidad. Es decir, no es una credulidad infundada –pero desde luego nos pide mesura en cuanto al inevitable afán explicativo, interpretativo, de todo ser humano (para hallar causas, responsables, lógicas definitivas que cierren el círculo abierto de la experiencia). Esto es difícil, porque casi nadie quiere aceptar que además de que cada hecho “tiene sus propios contextos”, como decían Carlos Bernal y Beatriz Bermúdez a principios de los noventa (Kinetoscopio 9, entrevista con Luis Alberto Álvarez), también es independiente e incluso huérfano, tal vez no de razones, pero sí de cualquier “significado”.

    Sin embargo, cada quien está en la libertad y la obligación de creer o descreer, esa toma de postura no la puedes eludir, y por eso un documental como el de Henryk Morales, Después de la ausencia de él, centrado en testimonios –así como Testigos de un etnocidio (Rodríguez, 2010)–, puede muy bien hacer de ellos, o sea, de lo que sus hablantes pretenden, “su única postura”, o bien un centro del que no se aparte demasiado.

    Impunidad (Impunity, Lozano & Morris, 2010)

    Por lo demás, si ningún discurso audiovisual (ni siquiera el documental de observación) puede renunciar a una perspectiva, aunque sea inconsciente, en este caso la llamada “autenticidad histórica” no puede o no debería ser, y quizás es imposible que sea, una categoría absoluta por alcanzar, y mucho menos verificable exclusivamente por la sutileza o complejidad intelectual del documental –mejor dicho, lo más seguro es que ese tipo de autenticidad no existe, o es indiferente, pues su afán de exactitud o incluso de mera coherencia es, para nuestro dolor, inalcanzable, por resultar improbable, e incluso poco recomendable, como discurso realmente “contenido”, “definido”, “sistematizado”.

    Nadie, y sabemos que tampoco la imagen, puede “demostrar” nada distinto a su dolor y a su confusión (esta frase es su única prueba, y cualquier reacción que se tenga a ella la reafirma, por contraste).

    El camarógrafo (The Cameraman, Sedgwick & Keaton, 1928)

    Por eso, a mí, en lo personal, no me importa ni me dice nada una autenticidad certificada académicamente, frente a algunos “indicios visuales” que me hacen, no por nada, compartir esa postura de denuncia y, si se quiere, panfletaria, condenatoria e “indignada” que, me imagino, un crítico sofisticado como Pedro Zuluaga –según muestran sus textos sobre Testigos de un etnocidio (Rodríguez, 2010) e Impunidad (Impunity, Morris & Lozano, 2011)[1]– puede no condenar, sino simplemente menospreciar por resultar de enorme simpleza en sus argumentaciones (como si tal simpleza, además, tampoco mereciera un paso atrás del crítico, si es que no del espectador, es decir: ese análisis más serio de quien a cada instante aprende a enfrentar una obra por lo que es y no por lo que “debiera”).

    En ese sentido, lo mejor del alucinante teórico, documentalista y narrador de ficción caleño Óscar Campo, es que pese a todo simulacrum, pese a conocer a Baudrillard al dedillo, no deja de reconocer la gravedad infranqueable de los cuerpos frágiles (pronto, quizá ya el próximo mes, hablaremos más a fondo de Óscar y su estremecedora visión de Colombia en el documental –y la ficción).

    Tiempos modernos (Modern Times, Chaplin, 1936)
    Va devolver una bandera que ha caído
    ¡y de pronto es líder sindical en los Estados Unidos de los treinta!


    8 comentarios:

    Pedro Adrián Zuluaga dijo...

    Qué tema tan actual e inescapable. Yo tiendo a creer que las imágenes y los testimonios son siempre algo más que su dolor y confusión. Dejarlas ahí es renunciar a comprender, y es nuestra obligación intentar justamente esa comprensión. Una vez más Santiago, me siento interpretado con demasiada simpleza. No desprecio el testimonio ni lo uso para condenar los documentales que se basan en él. Al contrario, intento mostrar que el testimonio es complejo, y que en él no se cierra la interpretación como si fuera un límite último, sino que por el contrario, a partir de su fuerza, en el testimonio y su autenticidad histórica incierta, la interpretación se dispersa en múltiples sentidos.

    lightdreamer dijo...

    Santiago, me parece muy valiosa e interesante tu discusión con Pedro. Sin embargo, te confieso que no entiendo muy bien tu argumentación. Me parece que saltas de una cosa a otra sin mucha claridad.

    Pedro Adrián Zuluaga dijo...

    La lectura que Santiago hace de lo que yo escribo es tan ligera que como bien pueden comprobar los lectores, lo que digo respecto al uso de los testimonios en Impunity es justamento lo contrario de lo que él quiere entender.

    Madera Salvaje dijo...

    Vale, lightdreamer. A falta de mayor claridad, trato de resumir y, de paso, responder a Zuluaga.

    Justamente, no creo que una interpretación simple sea necesariamente incorrecta.

    1. La autenticidad histórica de un testimonio en documental es una categoría que permite diversas aplicaciones. Acudo a ese texto de Nichols para verificar que hay una autenticidad histórica que no tiene significado. La interpretación de la imagen es posterior, pero su autenticidad está desde antes (claro, si uno cree en la imagen fotográfica, lo cual también, y sobre todo hoy en día, pero desde Stalin, es debatible). Dependiendo del contexto, yo decido creer o no en algo que ya llamaría "rotundo" (la filmación de Abraham Zapruder de la muerte de Kennedy, por ejemplo -versiones posteriores son jugueteos).

    Cuando Zuluaga pone en duda la autenticidad histórica de los testimonios de Testigos de un etnocidio, pasa por alto esto, porque lo que en verdad pone en duda es la ética del registro de Marta. O sea, según él están doblando los testimonios o haciendo algo así en la sala de edición, o si no, entonces de lo que habla el crítico es de una autenticidad histórica en verdad irrebatible.

    2. En otro nivel, apoyar en tal o cual sentido un testimonio lacrimoso o simplemente "victimizador" no admite "un justo lugar de enunciación". Te pones de un lado o de otro, y si admites que el que eliges es fruto de una parcialización, eso templa tu postura, la define mejor que si buscas interpretaciones correctas, o sea una supuesta Autenticidad Historica con mayúsculas, que como el justo lugar de enunciación, es otro sueño imposible.

    Así, volviendo a Zuluaga, ¿por qué vale poner víctimas y no a Petro como hablante en Impunity?

    Esa es mi idea.

    Madera Salvaje dijo...

    Margarita de la Vega ha escrito a maderasalvaje@gmail.com y comenta también esta última entrada...

    "Queria comentarte algo sobre los conceptos de Nichols son interesantes pero son bastante anteriores a loq ue piensa actualmente., especialmente en cuanto al documental historico.Te recomiendo que leas su obra mas reciente , donde ha aclarado y refinado su posicion teorica.
    He tenido ocasion de escucharlo y discutir estos temas varias veces del 2005 (cuando participo en un Seminario Flaherty sobre Cine e Historia, discutiendo la obra de Peter Forgacs que utiliza "home movies" de la segunda guerra mundial) a este año, precisamente porque hemos compartido varios seminarios y tambien tiene muchas publicaciones donde ha modificado y ampliado sus conceptos anteriores.
    La historia es siempre dependiente en quienes la cuentan y en cuales son los testimonios que se validan, tal es el caso con el mockumentary o "falso documental" , del cual un excelente ejemplo es Tigre de Papel de Luis Ospina.

    Para hablar de Flaherty y de sus peliculas, quien el siempre nego fuesen documentales y las cuales gozaron del mismo estatus que el cine de ficcion producido en Hollywood (tal era el caso para los documentales hasta los años 40). Flaherty siempre se rebelo contra el termino documental, inventado por Grierson, y tanto el como Frances defendieron el concepto de que sus peliculas eran narraciones de la vida real, inspiradas y baadas en la investigacion de la vida en lugares especificos, tales como los pantanos de Louisiana, las islas del Pacifico Sur o el Artico. Emplearon metodos que catalogamos como pertenecientes a la ficcion tales como casting, recreaciones, simulacros pero quien no lo hace en el documental contemporaneo (Moore, Earl Morris, y muchos mas) y a veces son los mockumentales (tales como EL TIGRE DE PAPEL, excelente representacion de la historia reciente del arte y la politica en Colombia) los que mejor documentan una epoca historica.

    Solo uans observaciones para ampliar la discusion."

    Madera Salvaje dijo...

    Estimada Margarita, es un verdadero honor tu presencia en el blog...

    Es cierto que mi lectura de Nichols es incompleta y desactualizada, pero también los pensamientos actuales del profesor podrán ser revisados por él mismo en el futuro. Por el momento, acudo a ideas suyas de hace tiempo que considero vigentes, como pueden serlo las actuales más allá de los cambios del sujeto que las plantea... (puede uno tener razón primero y equivocarse después, pero no es del caso, lo que quiero decir es que ese apunte sobre autenticidad de la imagen indicativa es, justamente, como la imagen sola de los pantanos, pervive más allá del tiempo y de la interpretación).

    Con respecto a Flaherty (como director de ficción, o como autor que trasciende las fronteras entre ficción y documental) es un placer anticipar que en una o dos semanas habrá en el blog una amplia entrada sobre él, aprovechando y promoviendo el ciclo nuevo de Kinetoscopio Cineclub...

    Por demás, lo que dices sobre autenticidad, por ejemplo, del falso documental, y todo lo demás, como "las dependencias de la historia", es muy grato leerlo además en la perspectiva que señalas, porque esto es un diálogo largo... E inconcluso, además... Un abrazo...

    Pedro Adrián Zuluaga dijo...

    Santiago, las discusiones tienen que tener un mínimo de honestidad intelectual. Lo veo demasiado predispuesto a citarme fuera de contexto, a poner en boca mía argumentos que no uso y a malinterpretar de forma paranoica. Por fortuna los lectores de este blog pueden leer en el mío los argumentos completos y no frasecitas sueltas y manipuladas. En mi caso me retiro de esta discusión.

    Madera Salvaje dijo...

    Amigo Pedro, amigo de toda la vida:

    Así como usted sabe que las discusiones públicas en torno al cine son necesarias, usted mismo es un referente indispensable en Colombia frente a las temáticas que se están planteando.

    Es muy probable que yo esté acudiendo mucho a sus observaciones, pero si no estoy de acuerdo con su postura frente a muchas cosas, no es algo ni voluntario ni tampoco fruto de la paranoia.

    No sé si penosa o naturalmente tengo que decirle que yo no me retiro de la discusión, y creo que es innecesario señalarle que estos temas no son su monopolio, y que no los debería eludir.

    Lo que le aclaro e insisto es que mi honestidad intelectual está (al menos para mí, claro que luego de evaluarlo a cada instante) fuera de duda, y de cualquier modo, es indecoroso acudir a ese criterio moral -al estilo de un Uribe- para descalificarme.

    Presente sus contrargumentos o señale dónde están mis falencias, en lugar de decir que soy deshonesto, porque muy por el contrario, yo también estoy en busca de aportar a este debate con tanta sinceridad que sé que a veces soy chocante, pero en todo caso nunca con coartadas ni por quedar bien con nadie.

    La verdad, sólo estoy en contra de una forma de juzgar suya que, como bien sabe y dice, todos podemos evaluar. Si estoy equivocado o no, eso no tiene por qué herirlo. Considérese afortunado de ser la persona digna que usted sabe que es, pues la discusión no es personal.

    Pero no me diga, como suele decirle a los documentalistas y cineastas en general, qué es lo que tengo que hacer o decir y qué no.

    Con la firmeza de un amigo y colega,

    SAG