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    En recuerdo de Juan Guillermo Arredondo (1957-2011)






    Hace un mes, el 19 de julio de 2011, murió el Chiqui, mientras hacia investigación para un proyecto del cual le había contado a Milena que era la coronación de toda su carrera en el Chocó...

    Queremos recordar a nuestro amigo con un texto publicado, hace cuatro años, con ocasión del estreno de la versión definitiva de su documental La mirada de Óscar (2008)...

    Pero no es ni la primera ni la última vez que hablaremos de
    Juan Guillermo Arredondo...

    ¿QUIÉN SOS VOS?

    Por Santiago Andrés Gómez (este artículo apareció publicado originalmente en la Revista Kinetoscopio, Vol. 17 – No 80, Diciembre 2007 – Febrero 2008, pp. 106-108)

    Créditos de todas las fotos: Corporación Manigua Tantán ©



    Por los tiempos en que Juan Guillermo Arredondo estrenaba Las luces del gol (2000), un realizador cualquiera de un canal local de televisión, un amigo mío que además estoy seguro de que al menos en ese tiempo encontraba el mayor orgullo en ser llamado así, me manifestó casi con rabia su indignación por el hecho de que Arredondo fuera considerado por otros como un documentalista. Para mi amigo, los videos de aquel no estaban sustentados por una suficiente investigación previa, ni tampoco gozaban de una calidad visual mínima, y su acercamiento a los personajes era más bien improvisado. Esas afirmaciones, sin embargo, iban en contra del propio trabajo del canal local para el que trabajaba quien las decía, ya que si eran un razonamiento justo, ninguno de los programas especiales de ese canal, los cuales él me recomendaba como “documentalitos”, podría llamarse siquiera de ese modo tan paternal y cariñoso.

    Siete años después, Las luces del gol no solo se ve como un muy digno y –literalmente hablando– verdadero “documentalito”, sino que amplía su alcance al ser parte nuclear de una seria investigación que cubrió casi una década para que La mirada de Óscar (Arredondo, 2008) pudiera ser concluido, pero no por eso Arredondo deja de ser un tanto polémico en su ciudad. Al contrario, existen muchos que cuestionan su labor por el hecho, creo, de que él no se interesa por grandes temas ni es muy elaborado en la forma. Ante este proyecto, por ejemplo, algunos se escandalizan de que el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico le haya concedido un estímulo considerable y Arredondo haya salido con un trabajo que se da la licencia de mezclar formatos, o de hacerlo de un modo que no es ni avisado ni significativo, sino en vez feo. Otros dicen que tal estímulo es desproporcionado si se consideran la sencillez y la familiaridad del producto.



    Al margen de todo esto, La mirada de Óscar es un trabajo de una profundidad que casi nadie quisiera, porque son muy pocos los que pueden advertir el valor que da su director a unos detalles, a unos personajes y a unas situaciones que fácilmente pasan desapercibidos en la vida corriente y, por ello, también frente a la mirada de un espectador que por muchas razones está habituado a que el arte del cine o del video nos muestre las cosas con cierto refinamiento o, en su defecto, a que nos muestre cosas por sí solas espectaculares. Si La mirada de Óscar es el mejor documental de Juan Guillermo Arredondo con excepción de Un salve a la música (1996), que sigue siendo para mí su más bello trabajo y un video esencial para la tradición audiovisual de nuestro país es porque significa la coronación de una obra que se ha consagrado, con gran amor, a resaltar el valor más alto de la vida, que es el verdadero disfrute de las cosas sencillas.

    Con Agus...

    Una entrega así es grandiosa, porque por lo general todos damos por sentado que el color de la selva es verde y así suponemos que todos los árboles son iguales. Todos damos fácilmente por sentado que la canción que alguien canta para acompañar su oficio –como vemos que hacen casi ritualmente muchas chocoanas en Historias de mujeres colombianas: Cantaoras (Arredondo, 2002)–, o también la que una madre canta para mecer la cuna de sus hijos, representan, por si acaso, gestos superficiales y sin mayor importancia. De esa manera parece banal que un documental de una incidencia política tan grande como Los caminos de Erupuma (Arredondo, 2005), sobre la gobernadora de un resguardo indígena, esté enmarcado por una canción que a ella le enseñó su madre y que canta sin que se lo impida el hecho de que su comunidad permanezca bajo un fuego cruzado que en cualquier momento podrá apagar al sol. ¿Pero eso en verdad es banal?


    Créditos de todas las fotos: Corporación Manigua Tantán ©

    Si observamos con un criterio más abierto al fenómeno que captan el cine y el video, la imagen de unos muchachos jugando fútbol bajo un aguacero con un rancho al fondo, y más atrás la selva eso vemos en La sierpe del tiempo (Arredondo, 1999), sobre la cultura del Atrato no necesita de mucho complique para ser expresiva e insustituible, o sea algo más que valedera. De imágenes así, y además no tan despreocupadamente articuladas, abunda la obra de Arredondo, y sería muy injusto ponerlas por encima de la realidad que retratan si no fuera porque esa realidad no solo se nos está perdiendo sino que, para ser precisos, ya no está. De modo que ellas permanecen sobre su objeto más allá de lo que uno pueda decir, y el precio de lo que hace Arredondo es incalculable. Si parece cuestión de encender la cámara y ya, eso es verdad, pero ahí está su mérito: son contados quienes saben hacerlo en el corazón vivo del minuto afanoso.

    Dicho esto, La mirada de Óscar se nos muestra como un documental más complejo aún, pues gira decididamente, en el contexto de la obra de Arredondo, hacia el registro de situaciones íntimas por medio de la puesta en escena, algo a lo que de todas maneras se tendía desde el viaje o el almuerzo de los balseros en Los caminos al Norte (Arredondo, 1997) hace más de diez años. Muy al estilo de Gaviria, pero sin entrar jamás en el terreno de la ficción, Arredondo se sumerge en la vida de Óscar a partir de una relación de vieja data y de una convivencia que logra lo que para Marta Rodríguez, la decana del documental colombiano, es el fundamento de todo documental: la amistad con el personaje. Óscar comenta situaciones como su llegada a casa o su visita a los marranos como si estuviera hablando con alguno de sus amigos, y esa cercanía justifica y acentúa su tono reflexivo porque, al parecer, la ceguera invita a pensar más.

    La mirada de Óscar (Arredondo, 2008)

    Las palabras que Óscar dedica a la suerte, o sea a ese cruce decisivo y a veces fatal que nos acecha siempre, las reflexiones de Giovanni sobre la felicidad, que según él “existe” porque cada instante es para aprovecharlo, el agradecimiento que ambos tienen por el fútbol sonoro, ya que les ha permitido conocerse y compartir momentos y sentimientos de toda clase, la forma en que asumen el hecho de ser ciegos, cosa que en su criterio personal, que es el único que importa, no los disminuye ni un pelo, son cosas emocionantes que el documental permite percibir más que nada por el respeto y la admiración que Arredondo siente por sus personajes, pero también por un sabio acercamiento escénico. Cuando Óscar se acuesta a descansar oyendo música, vemos una serie de imágenes de lo que le ha sucedido en el día unidas por disolvencia, y el personaje se nos hace más cercano que nunca, porque está pensando.

    Hay algo en el destino de estos personajes que se queda muy adentro de nosotros, o que debería hacerlo. El accidente del hermano de Óscar, lesionado gravemente en una pierna por pisar una mina quiebrapatas, está naturalmente relacionado con el del mismo Óscar, que perdió la vista por unos balazos que le dieron cuando lo confundieron con otro, según él cuenta, y para los dos, reconstruir su vida con un bastón es muy semejante a la reconstrucción que nos debemos los colombianos, y que tal vez nos seguiremos debiendo todos mientras dure la humanidad. Desde este punto de vista, el documental es casi aleccionador, en el mejor de los sentidos. Seguir adelante luego de sufrir traumas indelebles física y psicológicamente es algo que no podemos entender siempre, tercamente, como una fórmula ingenua. Por lo menos, aquí nos damos cuenta de que la desesperanza nunca es aconsejable en la desgracia.

    El Chiqui y Agus...
    "Yo ya entendí uno para qué vive, Santi"...

    Juan Guillermo Arredondo es un hombre práctico y laborioso. A lo largo de todos sus trabajos se puede seguir una línea esbozada desde intereses muy bien definidos por la tradición cultural y la convivencia con nosotros mismos, con el otro y con el ecosistema. Esos intereses no son algo de lo que él hable expresamente en la conversación cotidiana, porque están más bien sugeridos en las cosas que evoca tanto en sus documentales como en las anécdotas que nutren su conversación. En cambio a mí, que soy distinto, su obra y su persona me hacen preguntar qué cosa soy, tanto social como personalmente, aunque eso no lo había advertido antes de un modo tan fuerte como cuando vi La mirada de Óscar. Son los valores táctiles y olfativos que señalaba Mayolo al exaltar el arte del realizador de provincia. Óscar reconoce las calles por dónde anda sin necesidad de la vista. ¿Cuál es pues su mirada, si no la del alma?

    Uno es lo que es por el lenguaje y por la historia, pero si el lenguaje se inventa y la historia sucede, podemos cambiar el lenguaje de la historia y ser puramente la historia de nuestro nombre, o de nuestro apodo, o sea la imagen de un gesto que se impone, como nos enseña duramente el Hamlet de Shakespeare. En una coyuntura de lenguaje crítica para el documental, en una coyuntura de descreimiento en todos los niveles, los trabajos del Chiqui adquieren un valor que tampoco es necesario hacer ver como algo mesiánico, pero estoy seguro de que nuestra cultura necesita de algunas personas como él, que generen su búsqueda con una pasión que se entronca en la necesidad más real de la gente, y de algún modo que no excluye el colectivo, en la menos institucional: esa necesidad de reconocer el sentido en que somos capaces de transformarnos a nosotros mismos y preservar sin embargo la propia identidad.

    Ahí estás pintado...
    (y ahí seguís pintando, bacán)...

    Créditos de todas las fotos: Corporación Manigua Tantán ©