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    Richard Leacock



    ESTAR O NO ESTAR

    Por Santiago Andrés Gómez

    Richard Leacock con su compañera de los últimos tiempos,
    la documentalista Valerie Lalonde

    El gran cineasta que murió el mismo día que la incomparable Liz Taylor, fue uno de los nombres fundamentales en la historia del documental en el siglo XX, testigo privilegiado de su evolución y partícipe decidido de los radicales cambios que, en los sesenta, transformaron el género por completo.

    Desde antes de su muerte era común oír decir que Richard Leacock había sido uno de los fundadores del llamado cinéma vérité americano, pero eso es como decir nada. El cinéma vérité es una cosa, y el cine directo americano, la corriente fundada por Leacock y algunos amigos, es otra muy distinta.

    La diferencia está en la aproximación a los temas y a los sujetos filmados. Mientras que el cinéma vérité (o sea, el “cine verdad”, como traduce la expresión), prácticamente fundado por el francés Jean Rouch, aunque con importantes antecedentes en el cine canadiense del National Film Board, tiende a asumir y jugar con la presencia y las funciones del propio realizador en la experiencia que el documental registra, el cine directo hace todo lo contrario.

    Bob Dylan en Don’t Look Back (Pennebaker, 1965),
    un clásico del cine directo
    Foto: http://www.geevideos.net

    El cine directo busca ausentarse o disimular tanto como sea posible la presencia del realizador y su equipo en el lugar de los hechos.

    Y fue el inglés Richard Leacock, en Estados Unidos, al lado del norteamericano Robert Drew, pero más que nada a partir de su experiencia individual y de una búsqueda de años, quien definió las reglas de ese cine directo.

    Nacido en Londres en 1921, hace noventa años, Leacock fue criado en la plantación de banano de su padre, en las islas Canarias. Al ver que el chico estaba creciendo sin ninguna guía intelectual, dedicando todo el día a trabajar, conversar y jugar con empleados analfabetos en su mayoría, su familia lo envió a un internado en su fría y gris ciudad natal. Allí, Leacock no sabía cómo explicar a sus compañeros la enorme diferencia de Londres con el más cálido entorno de donde venía, y un día, cuando proyectaron a los alumnos un documental sobre el tren transiberiano, Leacock, en sus palabras, descubrió lo que estaba buscando.

    Turksib (Dimitri Debabov, 1931)
    Un momento de revelación para Richard Leacock

    Aunque la película era muda (el año era 1933), y en blanco y negro, tan intensa fue “la sensación de estar allí” –una expresión que con Leacock se haría legendaria– que dos o tres años más tarde el sugestionado joven, con menos de quince, ya comenzaba una carrera que duraría más de siete décadas, filmando un documental sobre la plantación de bananos de su padre.

    Lo más hermoso es que él mismo se daba cuenta de que no estaba logrando aún lo que quería (o sea, comunicar a otro “la sensación de estar allí”). Su documental informaba, pero no transportaba… En adelante, toda su labor se encaminaría a provocar esa fantástica experiencia que puede ser la de ver en pantalla un lugar y una situación tan nítidamente, que uno alcanza a sentirse en otra realidad.

    No fue fácil, pero para Leacock fue una fortuna encontrar desde muy temprano a quien fuera su mentor y la persona que más llegaría a admirar en su oficio: el mítico cineasta Robert Flaherty, conocido como “el padre del documental”, y que para Leacock, en los treinta, era simplemente el papá de unas compañeritas de colegio.

    Flaherty, como Einstein, gozaba tocando el violín
    (aquí en un paraje del que no encontramos indicación)

    La suerte fue que Flaherty vio el documental aficionado de Leacock sobre la plantación de su padre, y unos años más tarde, cuando el norteamericano tuvo la libertad casi única de hacer una película a su propio gusto (que luego se llamaría Louisiana Story, de 1948), llamó a Leacock para que fuera su camarógrafo.

    La escuela que supuso para Leacock trabajar con Flaherty le enseñó que uno podía hacer uso de un guión para esbozar el camino y poder luego apartarse sin el peligro de perder el rumbo. La idea era filmar todo lo que pudiera interesar al camarógrafo, además de lo que estuviera previsto. Esta fue sólo una de las lecciones, hubo otras, pero aquélla fue una bien importante.

    Leacock (en el centro) y Flaherty (derecha)
    en el rodaje de Louisiana Story (Flaherty, 1948)

    Luego Richard Leacock se estableció en Estados Unidos y empezó a trabajar exclusivamente haciendo cámara. Se daba cuenta muy bien de que no era común encontrar jefes tan rigurosos y a la vez relajados como Flaherty, y en general percibía que el medio no consideraba como algo problemático las serias limitaciones para captar la realidad que imponían tanto los recursos técnicos de entonces como las costumbres o vicios profesionales.

    Por eso, a partir de una intuición notable para el aprovechamiento de los adelantos tecnológicos, Leacock fue sintiéndose llamado a innovar, al descubrir en el ambiente los signos de un cambio. El encuentro con el periodista Robert Drew, de LIFE, luego de varios rodajes que, por el mayor dinamismo de los nuevos y más ligeros equipos de filmación, comenzaban a mostrar el camino que llevaría luego al cine directo americano, fue un encuentro providencial.

    Rodaje de Primary (Leacock, Drew, Pennebaker, 1960)
    Robert Drew con el micrófono

    La primera película que saldría de las manos de Drew y Leacock, llamada Primary, de 1960, sobre las elecciones del partido demócrata, entre Hubert Humphrey y John Fitzgerald Kennedy, se convertiría en un golpe maestro.

    Secuencias como aquélla que captura con un fluido movimiento de cámara la llegada de Kennedy a un escenario, luego de acompañarlo desde que entra a un edificio y mientras atraviesa sus pasillos hasta llegar al estrado a pronunciar su discurso, eran cosas de una fuerza nunca antes vista.

    Primary (Leacock, Drew, Pennebaker, 1960)
    La profundidad del cine directo en su momento más memorable

    Una mirada reconocible, auténtica y genial
    Jacqueline Kennedy, mirada por Leacock, en Primary

    “Nada de luces, ni trípodes, ni micrófonos, nunca llevar audífonos (te hacen ver tonto o distraído), nunca trabajar con más de dos personas, nunca pedirle a nadie que haga nada, y en especial, nunca pedirle a alguien que repita una acción o un parlamento. Trabajar mucho tiempo, pero no filmar todo el rato, y si te pierdes algo, olvidarlo con la esperanza de que otra cosa así sucederá luego. Conocer a tu personaje si es posible, para generar cierto respeto mutuo, si es que no amistad”…

    Esto, además de nunca hacer entrevistas, era según el propio Richard Leacock lo que definió el plan diseñado por él y Robert Drew para hacer documentales. Si se mira bien, aún sigue siendo revolucionario. Piénselo usted en los sesenta, y tendrá la sensación de estar allí…

    Es un placer, maestro