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    El cine sobre Andrés Caicedo en el II Festival Internacional de Cine de Cali


    Otro homenaje,
    esta vez a Andrés Caicedo en sus sesenta años,
    como preámbulo del III Festival Internacional de Cine de Cali (2011)

    El texto se publicó originalmente en la Revista Kinetoscopio,
    con motivo de la muestra de cine
    hecho sobre, con y por el escritor caleño
    en el II Festival Internacional de Cine de Cali (2010)

    Las opiniones del crítico
    expresadas en este artículo
    no representan necesariamente las del blog

    TRAICIÓN A LA MUERTE

    Por Santiago Andrés Gómez (publicado originalmente en Revista Kinetoscopio, Volumen 21, No 93, Enero - Marzo 2011, Centro Colombo Americano, Medellín, pp. 56-58)

    A Alberto Fuguet,
    por su compasivo veneno


    Genio y figura...
    Un autor que aún está por descubrir

    Una famosa frase del cuentista y novelista británico D. H. Lawrence pide a los narradores el suficiente mérito de hacer que el lector confíe en el relato, más que en quien lo cuenta. Milan Kundera también distingue entre novelista y escritor, dando a entender que un novelista logra desprenderse de su obra, y que así ésta logra vivir por sí sola, mientras el escritor intenta manifestarse continuamente como individuo en sus fábulas, las cuales se convierten en satélites de unos intereses demasiado coyunturales. Traigo a colación estas referencias literarias para enfrentar los acercamientos cinematográficos a Andrés Caicedo, un joven genial que hubiera sido un gran novelista, y que en algún momento (sobre todo en El atravesado) lo fue, pero que en su libro no sólo más popular sino más ambicioso terminó por ser no tanto un novelista como un escritor, en la acepción que indica Kundera, o sea, no tanto un artista como el voceador de una ideología, un anarquismo harto insistente y además falso, esencialmente confundido.

    ¿Por qué confundido? En la lista de consejos rebeldes con que concluye ¡Qué viva la música!, María del Carmen Huerta, hecha una feroz diosa de la vida, el combate y el rebusque, dice: “Tus padres te tuvieron, que tus padres te mantengan, y págales con mala moneda”. Tal incoherencia, que era la del escritor, es validada líneas más abajo, cuando María del Carmen recomienda la contradicción como forma de vida, pero por eso mismo sería impropio celebrar a Caicedo por un supuesto discurso individual y definido… (Igualmente, en la dedicatoria, Clarisolcita, ya idéntica a María del Carmen, “desmerece por completo” el libro.) Ahora bien, haciendo eco de ese extravío, los lectores de Caicedo crecen día a día en virtud del inimitable vuelo imaginativo del caleño, pero suelen admirar más al autor suicida que a sus relatos ternísimos, y de esa manera dan a su literatura un significado que no se corresponde con el sueño que él albergaba por que su obra lo trascendiera… Es como si no lo hubiéramos dejado morir.

    Con la Poker,
    en las afueras del cineclub San Fernando...

    DÉJALO MORIR

    La obra audiovisual sobre Caicedo está definida por cuatro extensos videos, algunos ya lejanos en el tiempo, y una situación actual en la que pululan, más que nada, homenajes muy breves, casi siempre reconstrucciones de pasajes de su obra en las que el texto toma la delantera y las imágenes ilustran el sentido. En el pasado Festival de Cali pudimos verlos en la atmósfera más perturbadora, pues para ir al lugar de proyecciones había que pasar por donde Caicedo murió, y uno sentía que estaba pisando su tumba. Entre los mini-metrajes de homenaje es interesante Jamás dijo nunca nada (Esteban Arango, 2009), que supone una actualización de los traumas de Andrés, debida entre otras cosas al manejo dislocado de la imagen, que pone al espíritu caicediano en una onda de puro video-clip. Otros brevísimos videos, como Infección BsAs (Harbyn Patiño, 2007) o El último fragmento (Anónimo, 2009) permiten sentir la crudeza con que la obra de Caicedo impacta a la juventud hoy.

    Tanto impacto es, que en Buenos Aires existe ahora el mayor interés por Caicedo, y Noche sin fortuna (Álvaro Cifuentes y Francisco Forbes, 2010) viene a ser el mejor ejemplo. Estrenado en el Festival de Cali, este largometraje es la búsqueda que un joven argentino emprende para ahondar en el misterio de un escritor a quien el narrador del video, inquieto por la juventud en que murió Caicedo, sabe ya “inabarcable”. Una de las mejores cosas de Noche sin fortuna, y la más memorable, es la animación de la historia Los amantes de Suzie Bloom, un western que Andrés intentara vender en Hollywood. Como Angelita y Miguel Ángel (Caicedo & Mayolo, 1971), filme inconcluso que Luis Ospina reconstruye en su documental sobre Caicedo, o como el “video del Absurdo” Angelitos empantanados (Caicedo & Carvajal, 1975), Los amantes de Suzie Bloom, es indicio del excelente cineasta que el escritor pudo haber sido, o que, gracias a “unos pocos buenos amigos”, tal vez ya es, a despecho de sus frustraciones.

    Los amantes de Suzie Bloom,
    argumento cinematográfico de Caicedo,
    llevado a animación en
    Noche sin fortuna (Forbes & Cifuentes, 2010)

    Del espacio televisivo Rostros y rastros surgen otros dos trabajos importantes: el documental Un ángel del pantano (Óscar Campo, 1997) y el experimental Calicalabozo (Jorge Navas, 1997). Realizados simultáneamente, muestran dos caras opuestas del cerrado misterio caicediano, de su mito y su realidad arrasada por los años, pero subsistente de modo espectral. En Un ángel del pantano, Guillermo Lemos, uno de los íntimos de Caicedo, cuenta cómo sufrió cambios decisivos al conocer al escritor, y es reveladora la forma en que confiesa su admiración por su suicidio, ya que, en sus palabras, así Caicedo fue fiel a sí mismo. Calicalabozo, poema vasto y laberíntico, explora el universo de Caicedo poniendo al autor como una voz más entre la de sus personajes, y el destino que todos encuentran al final parece comprobar, cierto que con estilizado lirismo, la idea de Lemos, y es que al hacerse Caicedo sujeto de su propio fatalismo, fundió, malogró y al tiempo magnificó a su persona en su obra.

    Con todo, luego de más de veinte años, Unos pocos buenos amigos (Ospina, 1985) sigue siendo el filme al que siempre habrá que acudir si queremos conocer mejor a Andrés Caicedo. Ospina dice que en sus documentales busca no intervenir sino dejar que los personajes hablen por él. Su diestra forma de ensamblar los testimonios da cuenta de un lúcido estupor ante lo que ellos dicen, pero también de una comprensión cabal del asunto. Es apropiado, pues, concluir este fugaz examen del cine sobre Caicedo recordando estas palabras de su amigo Alfonso Echeverri: “Lo mitificamos, hacemos una cantidad de ideas con respecto a él, pero no vemos que hay una claridad, una inteligencia y una fuerza muy temprana y muy sabia, y tal vez no muy respetada… Por nadie, porque fue muy incomprendida, también”… Aceptémoslo como un reto ante el enigma de una obra que a veces logra desbordarse magistralmente a sí misma, pero que, recordémoslo, sólo es grande cuando sobrevive y rebasa a su creador.