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    II Festival Internacional de Cine de Cali (2010)




    Este artículo, escrito originalmente para la revista virtual Extrabismos, es publicado ahora como celebración y preámbulo del III Festival Internacional de Cine de Cali (2011) 
    y como homenaje a quienes fueran invitados de honor
    el año pasado,
     los catalanes Isa Campo e Isaki Lacuesta,
     que acaban de ganar la Concha de Oro
     en el Festival de Cine de San Sebastián
    con Los pasos dobles (Lacuesta, 2011)


    CALI, CIUDAD ABIERTA

    Por Santiago Andrés Gómez

    El pasado Festival de Cine de Cali, y eso siendo apenas el segundo que se realiza, fue de lujo. Luis Ospina, su director artístico, nos ha confiado su intención de posicionar el evento –objetivo que se está alcanzando con enormes méritos de su parte– antes de darle un carácter menos apoteósico, cosa esta última que tal vez facilitaría las cosas a los propios asistentes. En esta ocasión se proyectaron más de trescientas películas, entre cortos y largometrajes, en treinta y cinco salas de la ciudad, todo según un criterio tan exhaustivo que uno se sentía frustrado de antemano por no poder ver todo lo que quisiera. Si tal día, en la sección Haciendo visible lo invisible (cuyo nombre era eslogan del festival), proyectaban la Crónica de Ana Magdalena Bach (Chronik der Anna Magdalena Bach, Jean-Marie Straub y Danièle Huillet, 1968), uno debía buscar –en vano– si la repetían, porque a esa hora Isaki Lacuesta, de quien se hizo una interesante retrospectiva, presentaba su tercer largometraje, Los condenados (2009), y José Luis Guerín, en competencia oficial, colmaba la sala 2 del Multiplex Royal Films para estrenar Guest (2010).

    Afiche diseñado por Ever Astudillo
    ¡¡¡Y ya llega, en este octubre de 2011, el III Festival...!!!

    Para disfrutar de un modo ordenado el festival, lo mejor era escoger tres o cuatro aspectos o muestras en qué centrarse, pero ni siquiera podías ser del todo fiel a ellas, pues llegaba el momento en que también, incluso siendo unas pocas, se cruzaban. Pero tanto mejor: esa frustración anticipada y pertinaz es en verdad un privilegio para la sana negligencia del cinéfilo curtido, como un pico más elevado para el montañista exhausto, y un síntoma de suficiencia, de salud, en cualquier festival que se respete. De otra parte, la organización, sobre todo si se piensa en la juventud del certamen, no mereció ni la más mínima queja. Los más de veinte invitados recibieron cada día una atención entre hogareña, festiva y profesional, y las esporádicas quejas por la falta de puntualidad en uno que otro lugar de proyecciones (como la Cámara de Comercio, o la Biblioteca Departamental), no llegan a hacer mella en la imagen que nos dejó esta verdadera celebración del cine y de todo lo que provoca: discusiones interminables, nuevas amistades, reencuentros sorprendentes, deleite en el ambiente, visiones inesperadas…

    LA SELECCIÓN OFICIAL INTERNACIONAL

    Entre las más de veinte secciones del II Festival Internacional de Cine de Cali, me ocuparé sólo de unas cuantas, y entre la totalidad de películas que constituían a estas secciones de las que me ocupo, hablaré de las que pude ver, y que por una amable casualidad fueron, casi siempre, las más importantes. Empecemos por la Selección Oficial Internacional. No había en esta competencia ni una sola película de la cual no se recibieran buenos comentarios e insistentes recomendaciones. Sin embargo, cintas como Memorias del desarrollo (Miguel Coyula, 2010), Banaras Me (David Varela, 2010) o A segunda vista (Double Take, Johan Grimonprez, 2009), no fueron, ni mucho menos, del todo aprobadas por quienes aceptamos tales recomendaciones. Ni aun la esperada y muy bien recibida Guest, ni la suntuosa Morir como un hombre (Morrer como um homem, João Pedro Rodrigues, 2009), que luego se alzó con la María a Mejor Película de la Selección Internacional, escaparon a la polémica. La única cinta de esta sección que en todo lugar cosechó elogios, fue el documental Cuchillo de palo (Renate Costa, 2010).

    Una obra maestra
    Morir como un hombre
    (Morrer como um homem, João Pedro Rodrigues, 2009)

    Con todo, Memorias del desarrollo fue uno de los platos más exóticos y, en ese sentido, la ampolla que levanta, en algunos con violencia, o simplemente la inconformidad que genera, es un fenómeno igual de interesante que la película. Para la historia quedará que la adaptación hecha por el joven realizador cubano Miguel Coyula a la novela homónima de Edmundo Desnoes (que prosigue a su clásico libro Memorias del subdesarrollo), contiene todos los elementos de una forma de cine que cada vez es y será más común. El “facilismo” con que el video reviste a la puesta en escena, haciendo que el nuevo cineasta casi desestime una preparación laboriosa de las actuaciones, es un rasgo que se puede apreciar en muchos largometrajes hechos actualmente en ese formato. La pregunta es por qué el escándalo de algunos admiradores del cine clásico ante actuaciones no convincentes, cuando lo verosímil ha sido entendido, desde hace ya mucho, como una ilusión de la que el cine puede prescindir, y de la que prescinde casi siempre, en beneficio de otras motivaciones, a veces narrativas, a veces ideológicas.

    El trabajo de Coyula esconde una malicia intelectual, una ironía, que en su misma esencia es el polo opuesto del verismo, y el desapego de su personaje hacia el prójimo, hacia sus parejas sucesivas, y hacia el mundo en general, desapego que es el de la propia película, no puede generar mucha simpatía. Pero tampoco es posible negarle a Sergio, ni quizás a Coyula ni a Desnoes, que sus fracasos amorosos, laborales e ideológicos los derrotan de verdad. La búsqueda de algo en lo que puedan creer, o con lo que puedan estar un poco cómodos, es constante, pero todo es ajeno, y más que por desinterés del protagonista o de los autores, por las voluntades contrariadas en que está envuelto el caos externo, ese caos del que hacemos parte, como un collage que nos viera saltar de la olla católica del sancocho al capuchino ateo del exilio. Como en lo más estimulante del cine de hoy, Memorias del desarrollo no es una película cuya calidad esté en lo agradable, en un eventual placer, y lo mejor es que las ideas con que se mueve son vivencias interiores, vibraciones que un otro invisible, pero perceptible, sufre.

    Polémica como pocas... Fría, irónica, deslumbrante
    (¿o nada más molesta?)
    Memorias del desarrollo (Miguel Coyula, 2010)
    Mejor Película del año 2010 en la Revista Cinema Without Borders
    y con más de 15 premios internacionales
    Foto facilitada por el autor: Miguel Coyula ©

    Guest, de José Luis Guerín, también recibió varias críticas, algunas mucho más sesudas que las de la mayoría de personas que no gustaron de ella, pero todas coincidentes en la superficialidad con que Guerín desarrolla el planteamiento preliminar de la película: el registro de la vida corriente en las ciudades a las que él mismo asiste como invitado de tal o cual festival de cine o, como pasó en la propia Cali, unos años atrás, como profesor de un taller. Cierto es que el director, con su pequeña cámara de video, es más atrevido que sensible al buscar “un retrato”, en sus propias palabras, de la gente en Cuba, Brasil, Estados Unidos, Filipinas o Perú, y a veces ni siquiera ese atrevimiento salva a la película de un arrastre repetitivo e intrascendente, pero la película al menos sirve como evidencia perfecta e irrefutable de los alcances y las limitaciones del llamado “documental de observación”. Por momentos el retrato, aunque no pase de ser un bosquejo fugaz, como de artista callejero, es encantador, pero a veces se nos antoja que la gracia anterior sólo se debió a la suerte. Otros dicen que Guest no es sino pornomiseria.

    Marta Andreu, documentalista catalana que estuvo presente en el Festival, tiene razones veraces, al haber trabajado con Guerín en En construcción (Guerín, 2001) y otras obras,  para suponer que algo muy distinto a pornomiseria hay en Guest, y lo llama “irresponsabilidad”, no considerar frente al sujeto que se filma su existencia al margen del filme. En cambio, es la responsabilidad lo que hace más valioso a Cuchillo de palo, documental de la paraguaya Renate Costa, producido por Andreu. Dedicada a una búsqueda penosa, ardua, arriesgada, por establecer no sólo lo que le sucedió a un tío suyo, sino a toda una generación de homosexuales en Paraguay, perseguidos socialmente como política de estado, la realizadora se planta delante de su padre y de su familia en exigencia de una explicación, una mínima palabra que aclare el callado porqué de la tragedia. Muchas cosas quedan en el aire, y lo que ella muy difícil y secretamente alcanza a recuperar de esa historia, no logra dejarnos satisfechos ni por haber entendido al menos algo, ni por ser más tolerantes que los antagonistas de la cinta.

    Cuchillo de palo (Renate Costa, 2010)
    Aun más que entrañable
    Documental perfecto / No Ficción contemporánea

    Al contrario, si nos consideramos del todo distintos a quienes discriminan y condenan, permanece la angustia por saber que del otro intolerante –y en este caso es para Renate su padre– nunca podremos librarnos, y que su intransigencia está tan profundamente arraigada en la sociedad y en nosotros mismos como las libertades que quisiéramos dignificar. El silencio de Renate frente a las palabras de su papá cuando éste se entera de lo que le pasó a su hermano y prefiere no creer en ello, es uno de los momentos más tensionantes que pueda vivir uno en cine, y el acto de retirarse al que ella se ve impulsada, es la protesta más sensible que pueda hacerse ante un hecho así, y la más dolorosa. Porque ese hombre que parece justificar el oprobio que sufriera el tío, es el padre de Renate, y ella lo ama, y nosotros hemos aprendido a valorarlo en su ternura, y a soportarlo en su sermoneo… Y si nos defrauda, también nos sorprende, elevando un papalote, dando de comer a una perra intrusa que él dice no querer. Cuchillo de palo recibió el Premio Especial del Jurado, y fue la película estrella del festival.

    MARÍA A LA MEJOR PELÍCULA

    Sin embargo, el premio mayor lo recibió, y con justicia, un filme extraño como pocos, una cinta que tiene razones para ser considerada por algunos como una obra maestra y un verdadero clásico de nuestro tiempo. Morir como un hombre tiene el aliento del mejor Fassbinder, y un poco del de Visconti (y por lo tanto de Bertolucci) y aun de Anghelopoulos, pues las opciones estilísticas aquí lo son todo, y en esto tienen su semejanza con las del griego. Cada imagen es tan inspirada, que su textura respira como la tibia nariz de un gato dormido, y su ritmo es el del gato soñando. Tonia es un transexual que trata de sacar a su novio del pozo de la heroína. El intento se frustra por su propia muerte, a la que ella al fin desea llegar como un hombre. La secuencia del paseo por el bosque, cuando los dos deben buscar ayuda porque su carro se ha varado, y la encuentran en una casa perdida donde otros dos transexuales replican la figura de la ama de casa y la doméstica, luego de lo cual todos salen a caminar, es un pasaje inolvidable con su tinte rojo y su arrullo en un aria que sublima las emociones mudas de la cinta.

    Momento imborrable...
    Morir como un hombre
    (Morrer como um homem, João Pedro Rodrigues, 2009)


    Morir como un hombre juega con la tentadora idea de que la muerte es una reconciliación. Rosario continúa entregándose al letargo de la heroína y, desde luego, no puede contestar ninguna llamada entre tanto. Pero quien llama es Tonia, la difunta Tonia, y lo hace desde el cementerio, donde ahora ambos yacen juntos. Ese monumental plano secuencia del final porta claves que permanecen ocultas y que, sin embargo, han pasado soplando por nuestro cuello a lo largo de todo el filme. El amor tiene una metafísica que conduce cualquier representación realmente abismada en su misterio. Son otros los seres que perciben y sufren el periplo de los cuerpos, otros abandonados a un mundo familiar y extraño a la vez, pero el amor decide que al fin ellos no sean sino esos cuerpos, tanto para el goce como para la muerte, tanto para el encuentro como para la separación. La muerte nos otorga una identidad inexpugnable, y el siempre enrarecido deseo, no más enrarecido por uno del propio sexo que por otro del opuesto, sólo llega a ser conquista cuando nos vemos forzados a su renuncia, ya sea pasajera o total.

    PANEO VELOZ POR ISAKI

    Consultado por la conveniencia de un diálogo con Guerín sobre el “documental de observación” y su encrucijada actual, Óscar Campo me recomendó hablar mejor con, y ver la retrospectiva dedicada a, Isaki Lacuesta, joven y prolífico realizador español que no por nada ha realizado un documental sobre ese hito misterioso del género que es Chris Marker –trabajo que al fin no pude ver–, además de haber sido escogido para realizar un mediometraje a cuatro manos, una correspondencia audiovisual o conjunto de cartas en video (al estilo de la de Erice con Kiarostami), con Naomi Kawase, la muy reputada documentalista japonesa que hace tres años recibió el Gran Premio del Jurado en Cannes por su primer largo de ficción, la hermosa El bosque del luto (Mogari no mori, 2007). La charla con Isaki quedó en veremos, pues tuvo que irse de Cali antes de lo que él mismo esperaba, y el examen de su obra –como se podrá adivinar– fue limitado, pues era imposible, en el apretado flujo del festival, ver la totalidad de películas que ha hecho Lacuesta, ya de por sí nutrida. Pero al menos, y eso está muy bien, pudimos ver sus largos.

    La leyenda del tiempo (Lacuesta, 2006)
    El magnético e indescifrable debut de Lacuesta en el largometraje

    Como Kawase, Isaki Lacuesta no se limita al cine documental, y habla mucho de la complejidad o, más bien, de las afortunadas mixturas con que se enriquece su obra, el hecho de que en el Festival de Cine de Las Palmas, en 2006, su segundo largo, un documental titulado La leyenda del tiempo (2006), haya recibido el premio al mejor actor. Y es que, ¿acaso no merece ser considerado como un actor, y de los mejores, un personaje de a pie, que viva la realidad y la historia que recupera o nos descubre un documental, y que lo hace justo cuando la cámara y el resto de aparatos de ese documental se inmiscuyen en su vida? Hay lugar allí para una discusión interesante, pues sin duda que algo de actuación tiene todo documental, y algo de puesta en escena, y no a partir de Isaki Lacuesta, sino, como lo manda cualquier ética del documentalista, desde siempre. Sabido es que, a no ser de que la cámara se oculte indolentemente, el acuerdo del cineasta con un personaje para hacer un documental comporta una representación, no necesariamente falaz, pero, por turbia naturaleza, tampoco del todo “cierta”.

    A la búsqueda es a lo que nos lanzamos entonces, o a lo que nos lanzaríamos, porque Isaki (en La leyenda del tiempo) se acredita también como guionista. Graduado, y ahora profesor, del famoso e influyente Máster en Documental de Creación de la Universidad Pompeu Fabra, Lacuesta no tiene problema en asumir en un caso como el de la película que tratamos, la elaboración de un tipo de documental en el cual el realizador va deshaciendo con los sujetos filmados el ovillo de una vida en la que ya está de sobra claro que hay un interés externo y una motivación enfocada por manipular, al modo del mago que saca monedas de tu oreja. Siente uno a veces que está de más mencionar estos asuntos, sobre todo entre los entendidos, ¿pero Makiko se entera de la muerte de su padre cuando filman la llamada en que eso vemos? ¿Se filmaron otras llamadas? ¿O se supo el hecho y luego se procedió a recrearlo? ¿O se lo inventó Isaki Lacuesta y Makiko lo representa luego, en esa y en las secuencias siguientes, tan vívidamente que no sería del todo justo hablar de documental, así se llame “documental de creación”?

    Hace pocos días…
    Lacuesta, Luisa Matienza e Isa Campo reciben la Concha de Oro
    en el Festival de Cine de San Sebastián de 2011
    por Los pasos dobles (Lacuesta, 2011)

    Porque de ser esta última hipótesis la cierta, entonces Elia Kazan es el mejor documentalista que hayan dado los Estados Unidos. El hecho central es que ante la obra uno no sabe. Isaki Lacuesta, como buen maestro que es en el documental de creación –pues ha probado serlo–, es ante todo un cineasta versátil. Cravan vs. Cravan (2002), su primer largometraje, es un falso documental, estrechamente relacionado, por lo delirante y por la afinidad de las épocas que tratan, con Un tigre de papel (2007), de Luis Ospina –en el caso de Cravan vs. Cravan son los locos años veinte–, mientras que el último largo de Isaki, La noche que no acaba (2010), producido por la cadena TCM, es de un convencionalismo tan marcado que, sin ninguna vergüenza, el director lleva ciertos recursos televisivos a giros extremos que no imaginaría un documentalista más ortodoxo. En cualquier caso, la relación del documental con la realidad se hace en estas obras un fenómeno aparte, necesariamente contextual. Ya uno no puede confiar en la imagen, ya uno no sabe si son tan reales Cravan y su historia como Ava Gardner y sus amantes.

    Sobre Los condenados (2009), el primer y, hasta ahora, único largometraje de ficción de Isaki Lacuesta, valdría la pena hablar con mejor conocimiento, pues los diálogos son toda una columna de sentido en la película, y como pasa con La leyenda del tiempo (o con El vuelco del cangrejo [Ruiz, 2008] o el cine de Gaviria), a veces es difícil entender acentos muy peculiares sin la ayuda de subtítulos. De hecho, hay que subrayar este contratiempo porque, como dijera alguien, en esta cinta los diálogos, que a primera vista pueden parecer muchos y muy recargados, son excesivos porque tal es precisamente el sentido de la historia. Muchas cosas hay que se han callado los personajes de esta película, y cuando empiezan a gritar de buenas a primeras, hay toda una serie de razones que se escapan si no se han entendido bien por el alto volumen de los parlantes, o por la falta de costumbre del espectador con el acento regional. Hecha esta precisión, hay que destacar la seguridad y la fluidez con que Lacuesta pone en acción cada imagen, aunque a veces tal orden parezca demasiado frío (el vicio del realizador versátil).

    Los condenados (Lacuesta, 2009)

    PARTIDA APRESURADA

    Como Isaki tuvo que irse de Cali, así cuestiones de espacio fuerzan a que deba detenerme aquí. Apenas podrá esbozarse una referencia menor a la estupenda muestra del cine que se ha hecho por, con y sobre Andrés Caicedo, al formidable privilegio de poder asistir a la presentación en 35 mm de varias cintas del maestro, muerto muy joven, Jacques Demy, indispensables en la vida de cualquier cinéfilo, así como a la retrospectiva de Alexander Kluge, filósofo del cine… ¡Larga vida al –ya tan pronto mayor– Festival de Cine de Cali…! Y una recomendación para quien quiera seguir el pulso del cine contemporáneo: no hace falta conocerlos todos para saber que, hoy por hoy, el de Cali es el mejor festival de cine de Colombia…

    Los invitados recibidos personalmente
    por Luis Ospina (aquí Sergio Wolf, director del BAFICI)...
    Foto facilitada por el autor: Luis Ospina ©