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    La propuesta del derrotado



    ¿QUIÉN ES SALVADOR GALLO?
    Por Santiago Andrés Gómez

    Antes de explicitar el sentido que bulle entre líneas en este blog, preciso revelar al lector quién es Salvador Gallo. Un familiar muy querido por mí insiste en que Salvador Gallo es Santiago Gómez, y la última nota que hemos publicado, de nuestro nuevo director, pareciera confirmarlo. Yo también cumpliré treinta y ocho años muy pronto, sufro las dolencias que acusa Gallo, y he venido a tropezar en los afanes de un mundo en el que sólo creo a medias, como pareciera confesar él. Sin embargo mi visión de las cosas es distinta, oscila siempre en relaciones opuestas a las de Gallo, que me equilibra con la visión de todo lo que somos “fuera de nuestra cabeza”.

    Este evento de lo que es, nos resulta inconcebible, pero el cine se acercó a su revelación, y se sigue acercando, según los postulados de Madera Salvaje. Creemos que la cámara no es expresión de nadie, sino como una pala. Cava uno donde puede, debe o le toca, pero lo que halla no está del todo en su haber (y desde luego le será, en cierto sentido, siempre ajeno). Es decir, la realidad no está en una imagen. La realidad es un bloque hollado, como decía Tarkovski del tiempo, una unidad indisoluble. La imagen viene a hacer virtual la realidad: al tiempo que la confirma, la transforma en el tiempo. Nuestra conciencia tiene el deber de actuar, cuando reconoce su existencia.

    ***

    En 1994, en agosto de 1994, nuestro trance apenas se iniciaba al calor de esperanzas tremebundas, pogos o bamboleos arrolladores, raciocinios explicados sin uno oír más que en ellos ruido bello que se hablaba. Un joven de trenza como ducha negra, crespa, muy rojo, prematuramente arrugado, llamado Germán, me buscaba a los días de las fenomenales rumbas.

    -          Santiago, usted se fue temprano, ¿se fue a estudiar, a ver cine…?

    “A oír música, Yerman, estaba muy triste, muy loco”…

    -          Se le veía, se notaba que estaba como ofuscado…

    Germán me sonreía, pero ladeando con fuerza la sonrisa, inyectando la mirada con una inquisición peligrosa…

    -          Te estoy interrumpiendo, ¿no es cierto?

    Era cierto, yo no quería ver a nadie.

    -          No, fresco. Claro que sí tengo que irme ya.

    -          Vamos, ¿a dónde va?

    -          Me va a llevar mi hermano a la casa de mi hermana…

    -          Ah, ¿y por dónde vive ella?

    Yo no sabía cómo quitarme a Germán de encima. Cada fin de semana se aparecía en casa y me decía que fuéramos a cine, a cualquiera de los cineclubes que había por ese entonces los domingos en Medellín (el cineclub Era, el cine-Búho, Ukamau –el de Carlos Henao, ya sin él y en declive)… Yo no aceptaba, alegando cualquier falacia, pero conversaba un rato con él, hasta que me empecé a negar, indicando en la portería que le dijeran siempre que me había ido de paseo con mi hermana para su finca en un lugar incierto que me inventé (El Peñol, o Santuario, no recuerdo).

    -          Vos no me querés ver, ¿sí o no? –me preguntó un día con infinita e inexplicable tristeza.

    “Lo que decís es muy raro, hasta que te das cuenta y te empezás a explicar, pero no necesitás hacerlo y sobre todo no hacés que uno entienda nada”… “¿Para usted esto es qué? ¿Qué fue lo que usted dijo ayer…? ¿Una cebolla de retinas? ¿Qué es eso?”

    -          Un solo corazón.

    Germán se mató en noviembre, apareció colgado en la sala de su casa. Por esos días también se mató el Elegante, y a Caliche lo mataron en Cali. Fueron los días en que todo se desmadró, los que cuento en el arranque de la segunda parte de la novela Madera Salvaje.

    En diciembre Raúl Soto me entregó un gran sobre de manila, lleno de cartas en sobres de correo postal. Decía que me lo había dejado Germán. Cada carta estaba fechada y decía que sólo se podía abrir en esa determinada fecha, todas en el 2011.

    Dudé mucho en abrir las cartas.

    Me decidí a esperar.

    ***

    La más próxima era de febrero de 2011, y la abrí "el día señalado". La firmaba un tal Salvador Gallo. Pero era como si la hubiera escrito yo. Decía lo que me había pasado un día antes, como si le hubiera pasado a él. Me llamaba a ser lo que aún no era y, pudiendo ser, me negaba a ser. Lo decía en esas palabras, conjugando todas las acciones en primera persona, y concluyendo que él era un artesano del verbo, con cierto grado de experiencia que nadie podría determinar en pericia, pero que, textualmente, “ya ha templado mi voz”.

    Era un texto breve. Concluía así: “Déjate vacilar”.

    En el siguiente mensaje, de marzo, Gallo hablaba de ecologismo y de cine documental. Decía haber visto películas recientes “en Cartagena”, como El edificio de los chilenos (xx, 20xx) o Meandros (xx, 20xx), películas que Germán, desde luego, nunca habría podido ver, y ahora se dirigía a mí como si no fuera yo quien hubiera llegado del Festival de Cartagena unos días antes.

    Salvador Gallo me pedía reflexionar sobre lo que yo mismo había vivido, y su escritura era un espejo transverso de mi experiencia, más decidido hacia pasiones cuya manifestación parecía “venir de vuelta”. Al final, me decía que Madera Salvaje no era nada distinto al grupo de amigos, y que por ahí se colaba hasta el último confín de lo desconocido. Me decía que la labor de la consciencia era el silencio aplicado a la acción.

    Me decía cosas muchas y muy tranquilizadoras y muy exigentes.

    Mientras recibía una nueva carta (y la veía y tomaba a ratos sin abrirla), otros hechos y todo lo que había leído de Gallo me decidió a crear el blog que usted tampoco ha podido dejar de seguir.

    La carta posterior era un texto para el blog, firmado por Salvador Gallo.

    ***

    Ahora la intuición me lleva a proponer a Joche y Raúl que dejemos la guía de Madera Salvaje a Salvador Gallo, y ellos aceptan con actitud diversa, entretenidos.

    Igual, Ana dice que Madera es la vida.

    Pero lo que vemos en la última nota de Gallo es un activismo al que no le importa ganar, que sabe que no somos nosotros los victoriosos cuando somos todos los derrotados, ni somos los derrotados cuando nuestro ser trasciende al individuo.

    Lo admirable de mi otro yo es que no se ahorra calificativos ni ahoga sus sentimientos. Salvador Gallo es el otro yo de Germán y el otro yo suyo, por si no lo sabe. Porque usted también es en parte mi propio yo, y yo soy parte del [*] de la mariposa que volará y desde ya vuela por última vez en este mundo, que la habrá, que existe desde antes de que existiera todo.

    Si se calma, entiende que hay un loco rondando.

    Déjelo ser.

    La paja seca, al fin, sólo es paja seca.