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    Una nota sobre Samuel Johnson



    EL ORIGEN DEL CANON



    Por Santiago Andrés Gómez

    Entretener y enseñar: desde el inicio de la crítica literaria ha sido común ver en esta doble tarea el objetivo de la literatura. De hecho, para Aristóteles el aprendizaje era el más humano motivo de placer, aquel por el cual buscamos hacer y contar historias, e incluso en el prefacio anónimo de Las mil y una noches, tan ajeno a la teorización Occidental, encontramos esta intuitiva explicación del sentido de la escritura y lectura de relatos, “para deleitarse y aprender”.

    Son las formas del deleite y las posibilidades del conocimiento lo que varía de un escritor a otro, lo que los hace más o menos valiosos a ojos del lector, y ya que tanto el gozo como el discernimiento sólo son verificables en quien lee, se puede decir que el intrincado sendero de la literatura ha sido abierto en toda la historia por los lectores, más que por los escritores, como si el narrador fuera nada más una especie de geniecillo sugerente, un diseñador de plausibles y variables vías.

    Samuel Johnson, el crítico literario más famoso de todos los tiempos, nacido hace poco más de trescientos años, fue un punto de quiebre en ese laberinto que los lectores hemos creado a lo largo de los siglos y que, con los (hoy muy vejados) críticos, se espejea y determina urdiendo nuevos vericuetos, y a veces caminos ciegos, vueltas al bobo.

    En cualquier caso, ¿quién puede señalar al más grato y edificante escritor? ¿Tiene más razón el crítico que alaba un libro que el que lo denigra?

    Samuel Johnson (1709-1784)

    En su Prefacio a Shakespeare, Johnson dice: “La validez de toda demostración se manifiesta de inmediato y no tiene nada que esperar ni que temer del paso del tiempo, pero las obras de carácter tentativo y experimental deben ser juzgadas en relación con la capacidad general y colectiva del hombre, tal como esta se nos muestra en una larga sucesión de esfuerzos (…) La escala numérica de Pitágoras se reveló perfecta al instante, pero ni siquiera ahora podríamos saber si los poemas de Homero trascienden los límites de la inteligencia humana salvo por la constatación de que siglo tras siglo, nación tras nación, no hemos sido capaces de hacer otra cosa que reescribir sus episodios, dar nuevos nombres a sus personajes y parafrasear sus opiniones”.

    DIGNO DE POLÉMICA

    Retrato de James Joyce, por Aubrey Schwartz
    Borges decía que las virtudes de Joyce “sólo son técnicas”…
    Otros saben de su demonio…


    Por medio de la lógica más pura y suelta, Johnson concede el mérito justo al consenso de las generaciones para deducir qué es lo más agradable y constructivo, o al menos aquello que en verdad sea digno de polémica al respecto. Por otro lado, puede entenderse en este fragmento que la subjetividad es el elemento primordial del que surge la valoración universal de las obras. Así, Johnson, que según Bloom siempre fue “un hombre de ideas propias”, acepta al final de su Prefacio a Shakespeare que todo crítico debe aceptar que siempre será un poco negligente, y no deja de relajarlo a uno el famoso juicio en que el inglés aseguraba que la novela Tristram Shandy, de Laurence Sterne, esencial en la historia de la literatura, no perduraría.

    En pleno siglo de la Ilustración, Johnson fue un conservador sectario y un chovinista capaz de afirmar que el más bello paisaje que pudiera ver un escocés era la carretera hacia Londres. Sin embargo eso no impide que su obra crítica siga demostrando un carácter tan autónomo que de inmediato, sin ningún remilgo, se sintoniza entre el lector y la obra, privilegiando al individuo en su sensibilidad y capacidad intelectiva, e induciéndolo a pensar por sí mismo.

    Las famosas tertulias de Johnson


    Además de haberse convertido él también, como crítico, en un escritor canónico, emulado y debatido, Johnson coqueteó con la poesía, labor que abandonó por sentirse incapaz de seguir los pasos de Pope, escribió una novela –Rásselas, que como Don Quijote pasa por ser de caballería, siendo en verdad su asunto el pensamiento de los personajes–, y su Diccionario de la lengua inglesa, que le cosechó gran fama en Inglaterra, sigue siendo visto como uno de los trabajos lexicográficos más esmerados e influyentes en su ramo, aunque sin duda su obra más famosa es la imperecedera Vida de los poetas ingleses.

    Con todo, este hombre esencial en la cultura inglesa afirmaba que “la silla de un café es el trono de la felicidad humana”, pues pese a su carácter difícil su mayor placer era reunirse a hablar en un café con amigos que siempre estimaron su generosidad y su total carencia de ínfulas.

    Su obra más famosa