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    Cine y derecho: la pena contra el crimen en el cine de Kieslowski



    EL JURADO ABSUELTO

    Por Santiago Andrés Gómez


    No matarás (Krótki film o zabijaniu, Kieslowski, 1988)

    “El arte es fundamental, porque en esta vida lo más importante es el hecho de que estamos con otros”. Esta frase del gran cineasta sueco Ingmar Bergman sobre la razón (tácita) por la cual el arte es útil para la humanidad, nos permite entrar de lleno en la relación del cine con el derecho. Bergman parece querer decir que el arte suaviza o lima asperezas entre los individuos, las asperezas de la alteridad y de la discrepancia, y de igual manera pudiera uno decir, entonces, en vez de arte, derecho. Lo curioso es que Bergman otorgue tal capacidad conciliatoria a una disciplina que usualmente se relaciona nada más con la estética, sobre todo en los últimos tiempos. Sin embargo, muy desde los primeros años del cine –que, como a veces hay que recordar, no eran de ningún modo los primeros de la civilización–, a ese invento se le atribuyeron poderes mesiánicos que, de haber resultado ciertos, no fueron, como en el caso de cualquier Mesías, del todo positivos.

    Baste recordar los sueños de Robert Flaherty, el padre del cine documental, quien pensaba que la capacidad del cine para retratar la cotidianidad viva de los pueblos, permitiría un mayor entendimiento entre la humanidad. La trampa para este ideal fue que quienes durante mucho tiempo filmaron a “los otros”, fueron occidentales incapaces de ver a un hindú o a un africano como alguien igual de digno o de civilizado que ellos. Así, el entendimiento universal que permite hoy hablar de Globalización, rara vez nos deja claro lo que se quiere decir con ese término. De otro lado, para poner otro ejemplo de altruismo cinematográfico malogrado, Bela Balász, el cineasta y teórico húngaro del periodo mudo, compartió, como muchos otros, ese mismo sueño ecuménico que el cine, idealmente, llevaría a la realidad, el de un “hombre visible”, en sus palabras, un ser inteligible para el otro, sólo que él le dio a tal posibilidad un carácter ya místico.

    Balász decía –y nos comenzamos a hundir en el asunto central de este texto–, que con el cine: “Miramos el balcón de Julieta con los ojos de Romeo y a Romeo con los ojos de Julieta. Nuestro ojo, y con él nuestra conciencia, se identifican con los personajes de la película, miramos al mundo a través de sus ojos y carecemos de ángulo de visión propio” (Stam, 2001, pág. 81). El sueño de Flaherty que el cine parecía cumplir, y que consistía no sólo en adquirir un conocimiento directo del mundo, sino en experimentar una comprensión cabal del otro, se veía ampliado en la idea de Balász hasta el punto de que una película lograría la migración del alma de los actores (o más bien, ¡de los personajes de la historia!) hacia nuestro cuerpo. En ese caso, si el director quisiera, los hipotéticos atenuantes de un villano serían, más que hipotéticos, necesarios, e irrefutables, y uno sentado en la butaca pasaría sucesivamente de malvado a víctima, y de émulo a héroe.

    Anita Page, gran estrella del cine silente de Hollywood,
    el nacimiento del sistema del héroe y la heroína

    No deja de inquietarnos la postura de Balász, aunque, para pesar nuestro (pero también para la conveniencia de nuestra individualidad, y al mismo tiempo para infortunio eterno de la especie humana), tampoco nos logra convencer del todo. Jamás careceremos “de ángulo de visión propio”, como suponía Balász. Su exceso en las palabras es natural, pues lo que tanto nos inquieta de ellas es que en películas como El padrino (The Godfather, 1972), para poner un ejemplo conocido, uno siente cariño por –y llega a identificarse con– criminales, y cuando don Vito muere jugando con su nieto, uno muere un poco con él. Pero menos mal que la insuperable distancia física, la propia identidad carnal, nos regala la conmoción liberándonos del destino, y para quien sepa cazar las mariposas de la razón, en virtud de esa catarsis puede uno no tanto acercarse como diferenciarse del otro y juzgar con su propio criterio, o al menos intentar construirlo.

    Y es que no sólo desde Balász, sino desde antes, muchos han creído que el arte nos libera del juicio, de la discriminación, que nos lleva a pasar por alto toda actitud condenatoria y a considerarnos como simples portadores de derechos, y no de privilegios, derechos que con el arte lograríamos reconocer mejor y defender para todos. El arte expresaría así un ideal del que en verdad, a estas alturas, ya no podemos prescindir, y al que debemos lo mejor de la experiencia humana, la comunicación, el enriquecimiento mutuo, el mismo placer erótico, la apoteosis de la vida… Pero siempre quedará lidiar con la locura, y sobre todo con la necesidad del castigo al crimen, a la alevosía y a la crueldad… ¿Debemos declararnos impedidos para juzgar a un estafador, o a un violador, o a un tirano? Si el cine nos llevara a la absolución de un torturador por permitirnos acceder a la plena realidad de sus circunstancias, ¿esto sería deseable, sano para la sociedad, o al menos coherente con el ideal de tolerancia que supuestamente promueve?

    No olvidemos que en el cine, con frecuencia, desde cintas como El vengador anónimo (Death Wish, 1974) hasta El violín rojo (Le violon rouge, 1998) y La gran estafa (Ocean’s Eleven, 2001), pasando desde luego por todas las de James Bond, el crimen (el hurto, la estafa, el homicidio), es asumido desde un principio, o justificado, o propuesto al final –y siempre de modo inconciente, no reflexivo–, como el sostén de lo que consideramos esencial en un filme, y que no es sino el triunfo de un personaje de quien buscamos ser cómplices –como quisiéramos que lo fueran con nosotros–: el triunfo de alguien a quien, por alguna razón, todo, cualquier cosa, se le perdona. De la abierta aceptación del crimen en el cine poco se ha hablado, o al menos ni de lejos tanto como debiera hacerse. Por eso podemos decir que lo que entraña ese problema, sus oscuras raíces, nadie lo ha afrontado de manera más franca y lúcida que el polaco Krysztof Kieslowski, en dos películas suyas: No matarás (Krotki film o zabijaniu, 1988) y Rojo (Rouge, 1994).

    No matarás (Krótki film o zabijaniu, Kieslowski, 1988)
    Un crimen que nadie celebra…

    Aquí lo importante es “la razón” por la que a tal o cual personaje se le puede comprender en su crimen. Veamos. En la versión breve de No matarás, que es la que yo he visto, el primer parlamento del filme es del abogado, y dice, palabras más, palabras menos, lo siguiente: “Creo que el deber del derecho es corregir la naturaleza, no imitarla”. Luego contemplamos a Jacek, un muchacho que vaga por Varsovia siendo testigo o víctima de ligeras miserias humanas, maltratos menores, como una anciana que le pide de mala manera que se aleje de las palomas que ella alimenta, imágenes de ternura con las que intenta conectarse, como unas niñas que miran por la ventana del café donde Jacek desayuna, o indignidades a las que él mismo se rebaja, sin importarle, convencido de que hace lo adecuado, como echar a una letrina a un marica que le coquetea en el baño. Al tiempo, un hombre cualquiera, un taxista, se prepara para salir al trabajo, y sin miramientos deja con los crespos hechos a una pareja que le ha pedido que los lleve.

    Regresamos al abogado, que sostiene que la pena de muerte es inútil, pues jamás consigue su pretendido efecto disuasorio, y la narración continúa trenzándose. Jacek lleva a restaurar en un estudio fotográfico la vieja foto de una niña. Después, en la calle, se le adelanta a alguien que va a subir a un taxi, y se monta primero. Él, escuálido y apocado, pide al taxista que ya conocemos ir por una vía solitaria, y este, autosuficiente y desprevenido, obedece. El estrangulamiento y la posterior lapidación del taxista son una de las secuencias más escalofriantes de la historia del cine. Entre tanto, el abogado se entera de que ha pasado el examen para recibir su título. Pero a continuación, en un corte, sabemos que ha pasado un año, y que ese abogado ha perdido la defensa de Jacek. El muchacho es condenado a muerte, y el día en que se cumplirá la sentencia el abogado lo visita en su celda. Jacek le cuenta que lo que más recuerda del día de la condena, es al abogado llamándolo por su nombre desde una ventana.

    El abogado –y Jacek, que lloraba en ese momento, lo siente en carne propia–, es el único que sabe, o que cree, que el muchacho sigue siendo un ser humano. Entonces Jacek le cuenta la historia de la niña de la foto, que es su propia historia, una historia que, de no haber sucedido, todo sería muy distinto. El colmo de la agudeza de Kieslowski es que no enfatiza algo que puede captar quien vea la película con cierta atención o más de una vez, y es que cuando van a ahorcar a Jacek, leen su fecha de nacimiento, y casi coincide, como aniversario, con el día en que murió la niña, su hermanita, al ser atropellada por el tractor que conducía un amigo de Jacek, con quien este se había emborrachado.


    No matarás (Krótki film o zabijaniu, Kieslowski, 1988)


    Tal vez no sea posible aceptar una justificación así para un asesinato como el que hemos visto, pero es innegable que el hecho de que la tragedia sucediera un día antes del cumpleaños de Jacek la hace mucho más infernal y enloquecedora para él (sin contar con la borrachera compartida con el amigo que atropelló a su hermanita). En cualquier caso, si al lado de esta historia hasta Bergman es frívolo, el crimen de Jacek sigue siendo intolerable.

    Sin embargo, ¿habríamos de asumir forzosamente una postura como la racional y gélida de Vargas Llosa cuando titula su artículo sobre El extranjero, de Camus, “El extranjero [o sea el monstruo] debe morir”?[1] Constreñido a la norma y a un examen de su conducta que pone a la vida en relación exclusiva con –o en pura función de– el orden social, el individuo jamás podrá ser asistido por el otro “en su piel”, y lo que es peor, el altruista intento de hacerlo no llegará a feliz término ni a través del arte, ni por el amor, la compasión o el igualitarismo de la religión, ni por la solidaridad ni la razón como valores por excelencia de la civilización. En este camino, el cine, a duras penas, puede sensibilizarnos sobre la delicadeza de nuestras propias decisiones en un mundo que rara vez nos perdonará una, ya que debe cuidarse de hacerlo. Al final de No matarás, el abogado, luego de presenciar el correspondiente asesinato del asesino, o en otras palabras, su ejecución legal, huye al campo para maldecir a Dios a sus anchas: “¡Te odio…! ¡Te odio…!”

    No matarás (Krótki film o zabijaniu, Kieslowski, 1988)

    OTRO CAMINO

    Otro puede ser el camino, pero, como más o menos dijera Borges en uno de sus textos sobre el Quijote[2], excede el ámbito del razonamiento. Curiosamente, es el camino al que llegó Kieslowski. En Rojo, filme elaborado en torno al concepto moderno y revolucionario de hermandad, en el contexto de la unificación europea, una sensible mujer atropella a una perrita que lleva una placa con la dirección de su dueño. Cuando ella llega a la casa de éste, la puerta está abierta. Cuando trata con él, descubre que no le importa lo que pase con su mascota. Cuando lo conoce mejor, se da cuenta de que el hombre, un juez de gran prestigio, en su ocio jubilado espía a sus vecinos interceptando sus llamadas telefónicas.

    Tanta indolencia y descaro asombran a la muchacha, y trata de entender al hombre conversando con él. En un momento dado de la improbable y, no obstante, naciente amistad, él le confiesa haber llegado a la convicción de que no podría ya juzgar a nadie, porque a su vez ya sabe que, de estar en la situación del otro, de cualquiera, “desde luego habría actuado igual”.

    Rojo (Trois couleurs: Rouge, Kieslowski, 1994)

    Esa idea es de una sencillez asombrosa, y no convendría mirarla muy de frente, por cuanto puede aflojar el control, la templanza del sujeto. En ese caso, una visión tan tolerante resultaría más perjudicial para uno que para la sociedad… Por ello, si se le tomara en serio, su relación con el derecho sería tan transgresora que terminaría en nada. Por un lado, es un simple juego intelectual, y por otro, como base de una teoría jurídica sería, si mucho, inviable, pues justamente llama al desorden. Pero sus repercusiones atraen veloz –y harto volátilmente– al pensamiento, y creo que conducirían, si se les contemplara con rigor, a novedades que, de todas formas, dejarían todo intacto. Esa idea de que un observador (un juez) no puede pretender que la realidad “haya sido otra”, preserva al sujeto hasta el punto de que todo lo que haga es, no excusable, sino inevitable, pues en la idea de base, la identidad –y desde luego la razón– no son sino una ficción pasiva. Un crimen sería inimputable, y su castigo inapelable, y la apelación indiferente.

    Kieslowski, según cuenta en su autobiografía, dejó de hacer documental porque uno de sus filmes sirvió como prueba contra un ciudadano inocente en un juicio. Esa actitud pudo ser el momento clave de su cine, cuando una forma de ver las cosas, enfrentada con la realidad, determinó un cambio radical en la manera de hacerlas. Películas como El azar (Przypadek, 1981), o la misma Rojo, en su aspecto laberíntico, rebasan esa idea transgresora tan peculiar del polaco, y que consiste en la invitación a no enjuiciar a nadie –no porque lo podamos comprender en un momento dado, sino porque es imposible hacerlo–, y la rebasan ya que, puesto todo en perspectiva, el juicio en sí mismo es inevitable, y aún irreprochable. Bien distinto es esto de cualquier altruismo; es más bien una resignación...

    No matarás (Krótki film o zabijaniu, Kieslowski, 1988)

    Si otro de los teóricos exaltados de inicios del siglo XX (Jean Epstein), decía que la imagen del rostro de un acusado en un interrogatorio, puesta en cámara lenta, ahorraría la deliberación del jurado[3], Kieslowski filmaría el rostro del jurado, absolviéndolo, benigna, cansademente.

    Rojo (Trois couleurs: Rouge, Kieslowski, 1994)
    La esperanza final del juez...
    La última mirada del cine de Kieslowski


    Krzysztof Kieslowski (1941 - 1994)
    Con usted no hay qué hacer, señor cineasta...
    Pero, ¿dónde dejó a su guionista...?

    Maestro Krzysztof Piesiewicz
    Un buen amigo, y un guionista genial...

    BIBLIOGRAFÍA

    Borges, Jorge Luis, Obras completas, Buenos Aires, Emecé Editores, 1974.
    Stam, Robert, Teorías del cine: Una introducción, Barcelona, Paidós, 2001.
    Vargas Llosa, Mario, La verdad de las mentiras, Madrid, Alfaguara, 2002.




    [1] Mario Vargas Llosa, La verdad de las mentiras, Madrid, Alfaguara, 2002, p. 203. Es necesario advertir que el artículo de Vargas Llosa ofrece otros matices a su título.
    [2] Jorge Luis Borges, “Un problema”, en Obras completas, Buenos Aires, Emecé Editores, 1974, p. 794
    [3] Jean Epstein, “Une conversation avec Jean Epstein”, L’Ami du peuple, 11 de mayo de 1928, en la introducción de Annette Michaelson a Vertov, 1984, págs. XLIV-XLV, citado por Stam, 2001, p. 52