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    La Competencia Oficial Documental en el 51º Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI 2011)




    Texto escrito originalmente para la Revista Virtual
    Extrabismos


    LA IDENTIDAD IMBORRABLE

    Por Santiago Andrés Gómez – Enviado especial

    El edificio de los chilenos (Macarena Aguiló, 2010)
    Premio Especial en la Competencia Oficial Documental

    Al menos en cuanto a cine documental se refiere, una presencia de peso, influyente y hasta cierto punto dominante, fue Fredrik Gertten en el quincuagésimo primer Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias.

    Gertten, documentalista sueco, fue parte del jurado de la recién creada Competencia Oficial Documental, junto con los productores Diego Ramírez (Todos tus muertos, 2010), de Colombia, y Martha Sosa (Amores perros, 2000), de México. Así mismo, presentó fuera de competencia su reciente largometraje Bananas!* (2009), uno de los documentales más polémicos de los últimos tiempos –sobre los abusos de la multinacional Dole con sus trabajadores de Nicaragua–, y por último, el miércoles dos de marzo, último día del Festival, Gertten dictó una “clase magistral” en la sala de prensa del Festival, en la sede de AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo).

    Podemos decir que, en cierto sentido, Gertten –quien además es productor de un celebrado documental titulado Burma VJ: Reporting from a Closed Country (2008), que en su momento fuera postulado al Oscar–, puso su sello en la apreciación del documental en el FICCI 2011.

    Fredrik Gertten
    Documentalista sueco
    Jurado Competencia Oficial Documental

    Desde luego que para la Competencia Oficial Documental hubo una selección previa en la que él no participó, pero por eso podemos señalar que todo cuanto pueda tener relación en varias películas de esa sección con su forma peculiar de ver el documental, nos habla de una vigencia o corriente mayor en la cual Gertten está firmemente integrado como representante característico.

    Hablamos de una tendencia que me atrevo a llamar “anglosajona” en el documental contemporáneo, de la cual es ejemplo elocuente el impecable y estremecedor Trabajo confidencial (Inside Job, 2010), de Charles Ferguson, proyectado también en la sección Gemas del FICCI 2011 y ganador, semanas después, del Oscar a Mejor Largometraje Documental.

    Bananas!*, de Gertten, que en el Festival de Los Angeles 2009 levantó una polvareda no sólo muy conveniente para la película sino de veras afortunada para sus realizadores, ya que las demandas jurídicas que entablara Dole contra Gertten se volvieron en contra del gran emporio, expone con suficiencia las características de este tipo anglosajón de documental, características que el cineasta sueco también supo exponer muy claramente en su clase magistral.

    Personajes llamativos, como el más que efusivo, estridente abogado Juan Domínguez en Bananas!*, y una narración simple, un conflicto muy elemental, que hagan contacto rápido con el público, que generen identificación y lo atrapen, son los elementos principales de esta concepción sobre lo que debe ser el documental –una concepción que, como hemos dicho antes, no es invento de Gertten ni es exclusiva de él–. Añadamos que la narración simple soporta o es pretexto para una progresión emocional que exige cierto tipo de efectos formales convertidos cada vez más, para ser francos, en un cliché no menos que insoportable.


    Bananas* (Gertten, 2009)

    El conjunto de violines que acentúan una nota grave en el momento más conmovedor, el paso inesperado de situaciones dramáticas a otras más distendidas, usualmente con un montaje más picado o juguetón, los créditos finales con música entusiasta, de corte de iglesia evangélica y toques de hip hop u otro ritmo popular, mientras una serie de disolvencias sobre lentos zoom in nos muestran imágenes indignantes pero romantizadas –niños famélicos festejando para la cámara, un campesino viejísimo y ceñudo con su machete en alto, una osa polar y su cachorrito mirándonos desde un iceberg diminuto, en el que apenas caben–, alternadas a veces con fragmentos previos del documental que dejan en ridículo a los antagonistas (porque todo personaje llamativo debe ser “ejemplar”, y pide antagonistas)…

    Las publicitadas y exitosas Invisibles (2007), de Coixet, Wenders, León y otros, y producida por Javier Bardem, y Una verdad incómoda (An Unconvenient Truth, 2006) de Davis Guggenheim y Al Gore, así como las recientes Bicicleta, cuchara, manzana (2010), de Carles Bosch, y Waste Land (2010), de Lucy Walker, João Jardim y Karen Harley, que participaron en la Competencia Oficial Documental del FICCI, hacen parte todas de esta corriente, sin duda verificable como tal, y casi predominante en la actualidad, pero a la que, por diversas razones, tampoco sería justo valorar o descalificar de plano, en bloque, pues estos mismos ejemplos divergen entre sí, ofrecen muchos matices y, de hecho, son a veces mixtos.

    Lo que distinguimos es una serie de rasgos que afectan la relación con el tema tratado. Así como para mí Una incómoda verdad es, por la contundencia y universalidad de su mensaje ecologista, una especie de texto guía de nuestros tiempos[1], del mismo modo Waste Land, sobre la creación conjunta de una laboriosa obra de arte entre un cotizadísimo artista brasileño y la comunidad de trabajadores que viven de lo que logren sacar de un basurero de Río de Janeiro, me resulta conmovedora, pero al ver ambas debo mentalmente hacer limpieza de todo el decorado con que sus directores buscan provocar en mí una adscripción plena a sus sucesivos y concéntricos intereses, desde la lectura unívoca de su argumentación hasta el sentido emotivo de las situaciones que nos presentan.

    No me extiendo en el contenido de estos trabajos, porque otra cosa me interesa, y es hacer énfasis en su retórica, excesivamente dramatizada.

    Waste Land (Walker, Jardim & Harley, 2010)

    Gertten explicaba en su clase que la búsqueda de financiación para el documental es en el mundo un tema cada vez más espinoso, y tanto que no sólo iguala en pertinencia para el documentalista a cosas tan importantes como la selección, el acercamiento y el tratamiento de los temas, sino que aquellas variables de oferta y demanda están determinando cada vez más estas otras cuestiones discursivas, que en el cine documental han sido por tradición un tanto más neutras (no digamos puramente objetivas, pero sí más serias, menos dadas al espectáculo).

    Ante ese panorama, el documental que, a falta de otro nombre, he optado por llamar “anglosajón contemporáneo”, y que no es sino una variante más frívola y a la vez mucho más panfletaria y rosa del documental expositivo clásico, se ve como una alternativa que la necesidad y el descarte, en el mercado del cine documental, van convirtiendo casi en puro ruido, en una lucha en la que, con frecuencia, uno “disfruta” y se siente exaltado y enaltecido con aquel filme que divulgue aquello con lo que estemos previamente de acuerdo, pero a veces, y no sé si como de carambola, de una manera que a veces podría generar en la opinión pública actos de conciencia quizá transformadores (o inducir a debates que resultarían provechosos) sólo a corto plazo, por la ausencia de una visión más reflexiva.

    Como siempre, cuenta más que nada (mucho más que cualquier rigor en el pensamiento del realizador o en la interpretación que pueda hacer uno del mismo), de qué lado, por quién estarías tú dispuesto a jugar en la realidad. Porque como cualquier película, y tal vez de modo más notorio, cada documental hace parte de todo el esquema mental con que estamos hechos o con que decidimos hacernos como ciudadanos o seres políticos.

    Bicicleta, cuchara, manzana (Bosch, 2010)

    EL JOVEN DOCUMENTAL POLÍTICO FEMENINO

    Quiero tratar ahora una pequeña pero, a mi modo de ver, muy significativa tendencia en el cine documental de nuestros tiempos, una que hasta el momento sólo puedo reconocer en Latinoamérica, básicamente en el Cono Sur, pero que no sería raro que tuviera sus paralelos con expresiones espontáneas y simultáneas de otros países, como por ejemplo los que pertenecieron a la Cortina de Hierro (esto es una hipótesis).

    Pero antes he de decir que, como es apenas lógico, a la tendencia dominante, tan elaborada como maniquea, del documental anglosajón, se oponen no una ni dos, sino muchas otras tendencias en el documental actual, representadas por un sinnúmero de trabajos que tejen, destejen y entretejen posibilidades mucho más amplias de entender o acercarse al mundo audiovisualmente.

    En Cartagena hicieron parte de estas tendencias variadas, que no menciono a profundidad por falta de espacio, Pequeñas voces (Óscar Andrade y Jairo Carrillo, 2010), desgarrador “documental de animación” sobre los efectos de la violencia rural en los niños de Colombia, que terminó ganando la India Catalina en la Competencia Oficial Documental –algo tan destacable como imprevisto y que hay que abonar a un jurado presidido por Gertten–; Santos Dumont pré-cineasta? (Carlos Adriano, 2010), una atrevida variación moderna, por medio del video, del cine de “actualidades” de principios del siglo XX, al que además recupera en ejemplos bellísimos, alternándolos con otros de ficción, gracias a una larga y profusa pesquisa; y por último, Meandros (Héctor Ulloque Franco y Manuel Ruiz, 2010), un sensible internamiento en el Guaviare que con su multiplicidad de voces contradice admirablemente los presupuestos del “personaje llamativo” y la “narración simple”, pero cuya capacidad de diálogo con los numerosos personajes que aparecen en el filme recompone con notable solvencia la inasible complejidad cultural del territorio.

    Meandros (Ulloque & Ruiz, 2010)

    Ahora, además de que se le agradezca a Ramírez, Sosa y Gertten el privilegio que como jurado hicieron con Pequeñas voces, más meritorio me parece que se considere, así sea con el Premio Especial en la Competencia Oficial Documental, esa obra intimista y abismal que es El edificio de los chilenos (2010), por encima de otros documentales más esplendorosos en su forma, y ciertamente mucho más comerciales, como los mencionados Waste Land y Bicicleta, cuchara, manzana, o también por encima de los sensacionalistas La toma (Angus Gibson, Miguel Salazar, 2011) y el además deleznable, por no decir odioso, Los hipopótamos de Pablo (José María Yazpik y Antonio Von Hildebrand, 2010).

    El edificio de los chilenos se relaciona muy interesantemente con otros documentales hechos por mujeres jóvenes y que tocan temas de explícito carácter político, casi todos en el Cono Sur, pero desde una perspectiva arraigadamente personal. Me cuenta Juana Suárez que la cinta que inaugura esta suerte de vertiente menor, es Los rubios (2003), de Albertina Carri, que relata las memorias de la autora sobre sus padres, desaparecidos durante la dictadura argentina de 1976, pero a esta cinta se le pueden sumar el cortometraje Telón de azúcar (2005), de Camila Guzmán –hija del legendario documentalista chileno Patricio Guzmán–, sobre su propia experiencia con la realidad de la Revolución Cubana, y sobre todo el largometraje Cuchillo de palo (2010), de Renate Costa, ganador del Premio Especial del Jurado en el II Festival Internacional de Cine de Cali, acerca de la represión a los homosexuales en Paraguay bajo la dictadura de Strossner, a partir de una oculta tragedia en la familia de la directora.

    El edificio de los chilenos se ocupa, como Los rubios –aunque sólo en parte–, de las vivencias de los padres de la propia documentalista, Macarena Aguiló. Ellos, como otros chilenos exiliados y convencidos de la necesidad de luchar contra el régimen militar de su país, luego de la trágica caída de Salvador Allende, tomaron la decisión de regresar y entregarse en cuerpo y alma a la resistencia, y no sólo arriesgando sus vidas, sino con una estrategia delicada: dejar a sus hijos, sesenta niños en total, en Europa, a cargo de unos veinte adultos que servirían como padres sustitutos, en lo que se llamó el Proyecto Hogares.

    El edificio de los chilenos (Macarena Aguiló, 2010)

    Algunos padres morían. Macarena conversa con sus antiguos compañeritos o, como se les decía, “hermanos sociales”, recordando cómo recibían la noticia los hijos de esos papás muertos en su ley. Hablan las y los que no se sentían a gusto con tantísimos otros niños, uno que asumió desde el principio el asunto como una realidad que debía saber afrontar, los que no se enteraban de casi nada, y los pocos que, como Macarena, no es que por medio de las confidentes cartas de sus padres estuvieran al tanto de lo que pasaba en Chile, sino que eran tratados como seres pensantes por ellos y se mantenían en contacto con sus ideas, con el sentido que movía a esas personas a abandonar no lo que más querían, sino aun más, lo único que, quizá sin saberlo bien todavía, podría dar a sus vidas un sentido mayor y más profundo todavía que el sueño por un mundo fraterno y justo.

    Desgarradora es la conversación de Macarena, al final, con uno de los padres. Luego de que el documental cuenta los hechos centrales, vamos adentrándonos en la implicación de éstos, y de la perspectiva de los niños –documentada en filmaciones y muchas fotos de aquellas épocas, de aquellos viajes continuos, de aquellas experiencias que terminaron por asentarse en La Habana, en un edificio que el barrio y la ciudad enteros aprendieron a conocer como “el edificio de los chilenos”–, pasamos a descubrir lo que toda esa situación fue realmente para los padres, por boca de un hombre que en medio de la conversación se ve preso de la angustia por explicarse, pero por explicar justamente que lo que hicieron no tenía justificación, y que era bárbaro, terrible para los hijos, e infinita, indecible, insospechadamente cruel para los mismos padres.

    El edificio de los chilenos (Macarena Aguiló, 2010)

    El hombre no llora, simplemente dice que ella, su compañera, debía tomar algo apenas llegando a Chile, no recuerdo qué (limón con leche tal vez), para evitar que sus pechos siguieran dando el alimento para un bebé o bebita que estaba al otro lado del mundo… Ahí él pide que corten, y dice: “No está fácil… No está fácil…” Se levanta, se ausenta. La cámara sólo gira y encuentra a Macarena tensa, mirando al cielo. Al fondo se ve el hombre, pasándose un pañuelo por los ojos[2].

    En el documental es impactante la presencia de un muchacho de admirable entereza que dice no haber juzgado nunca a sus padres por lo que hicieron, y que elogia con admiración su entrega a un ideal. “Nunca les he hablado de eso, Maca, jamás… ¿Para qué les voy a amargar más la vida, si todo por lo que lucharon se vino abajo?”… En cambio, otra de las “hermanas sociales” de Macarena manifiesta no haberse sobrepuesto jamás de la ausencia o incluso carencia práctica de sus padres, y no los perdona…

    El Proyecto Hogares duró más de lo que la vida de un ser humano demora para verlo encarar el mundo con la extrañeza suficiente de un adolescente tan seguro e inseguro de sí mismo como la adultez vendrá a comprobar implacablemente. Para entonces, los afectos están casi del todo jugados, porque hasta la capacidad de renacer, de reencontrarse y de ser, ha cuajado en lejanías y fríos que sólo uno sabe cuán irreparables o indestructibles son.


    El edificio de los chilenos (Macarena Aguiló, 2010)
    Premio Especial en la Competencia Oficial Documental

    Es maravilloso que un documental acuda a las necesidades personales de reconstruir la memoria y explicarse la propia experiencia para comunicar y compartir algunas de las sensaciones más críticas y decisivas de la vida, desde situaciones peculiares que además dan luz sobre la profunda realidad de los atropellados, silenciosos, engañosos y letárgicos eventos sociales, históricos.

    Esto es una veta que podría ser interminable, pero, curiosamente, documentalistas como Macarena Aguiló, como Renate Costa o Albertina Carri, son las voceras casi únicas, un poco como elegidas, de un coro de espíritus mucho mayor: su historia es de todos ellos, su presencia como autoras es una suerte de metáfora… Como testigos y protagonistas absortas y perplejas de una serie de experiencias compartidas en su niñez con un entorno poblado de soledades mudas, incomprensibles para sí mismas, para la sociedad opresora y para estas mismas tejedoras del relato, las jóvenes documentalistas de los traumas políticos de los setenta y ochenta en nuestro continente, sin ser muchas, cumplen un papel casi totalizante y, sin duda, trascendental: tienden un puente de luz hacia el corazón frágil y tenue de nuestra ignorada, violada, pero imborrable identidad…

    Y pueden decir lo que quieran: tienen toda la autoridad que ningún documentalista podrá abrogarse usando “personajes llamativos” y “narraciones simples” para generar buena conciencia, porque ellas, lo saben bien, simplemente son personas.

    Macarena Aguiló



    [1] Me he enterado luego de algunas falacias de esta cinta, como el empleo retórico de la catástrofe del huracán Katrina para argumentar a favor de la idea de un cambio climático perjudicial y provocado por las acciones humanas, supuestamente en beneficio de las inversiones de Al Gore en combustible no fósil, pero no creo que hayan sido deliberadas. En su momento, la conclusión ya era atrevida, pero no arrevesada: lo más probable es que se trate de una inexactitud, no propiamente de una tergiversación maligna. En cualquier caso, los intereses económicos de Al Gore no descalifican sus postulados, aunque desde luego los hagan sospechosos. Lo importante aquí es que el documental citado, por intereses aun más comerciales que retóricos, jamás volvería sus ojos sobre este tema particular, y es preciso reconocerlo aunque uno en general comparta sus puntos de vista y sus intenciones.
    [2] Ese silencio conmovido de Macarena se puede contraponer interesantemente al silencio indignado de Renate Costa ante su propio padre, en Cuchillo de palo.