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    Carta abierta a Alberto Velásquez Martínez, del periódico El Colombiano




    EL QUE NADA DEBE NADA TEME


    Medellín, febrero 1 de 2012

    Señor
    Alberto Velásquez Martínez
    Periodista
    PERIÓDICO EL COLOMBIANO
    Medellín
    Digno señor Velásquez,

    Sé que, si no sabe de mí, no le será difícil encontrar mis señas. Yo, como usted, soy una figura pública, soy periodista y he cosechado amigos entre mis lectores y hecho lectores fieles a mis amigos y también a quienes, bien que mal, por tales o cuales caminos, puedan considerarse o ser realmente “mis enemigos”.

    Sabrá usted que en la vida no falta el enemigo, aunque, hablando sanamente, quisiera uno que no fuera del todo así con ciertas personas que uno quiere o teme. Pero también sabe, estoy seguro, que es necesario a veces acabar amistades o incluso entregar la vida.

    Le escribo con motivo del artículo que hoy, miércoles 1 de febrero de 2012, ha publicado en el periódico El Colombiano, el famoso “diario leer de los antioqueños” (http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/H/hombres_estorbo/hombres_estorbo.asp?CodSeccion=219), que también fue como una casa, un hogar amigo para mí por muchos años. Con esto, le doy a entender que el pilar de nuestro asunto es la influencia de El Colombiano en la mentalidad de los individuos, las familias y las empresas antioqueñas, por no hablar del sector oficial, que a partir del influjo del periódico sobre aquellos, muchas veces se orienta, por no decir que se doblega ante lo que El Colombiano, en su línea editorial, proclama cada día como un sentir colectivo y no empresarial ni sectorial, que es (esto último) lo que naturalmente representa cualquier medio de comunicación.

    En las columnas de opinión de El Colombiano es muy fácil advertir un patrón común, una postura ideológica clara, aunque no siempre, pero sí de tal manera que quien exprese y argumente una opinión lejana o apenas distinta, pero reiterada, a la línea editorial del periódico, debe retirarse, sea por una petición de renuncia que se hace desde las directivas, por la cesación vertical del vínculo o motu proprio, por dignidad, como fue mi caso, aunque yo escribiera en el suplemento Generación.

    Tal línea incluso puede diferir en la visión sobre algunos puntos particulares, de modo harto astuto, como ha sido la postura de Juan Gómez Martínez sobre el Túnel de Oriente, pero eso es harina de otro costal, como diría Raúl Tamayo Gaviria, y hace parte ya del documental ensayístico que estoy elaborando sobre El Colombiano.

    Hoy usted titula su artículo con dos palabras revulsivas, propias de un tirano del corte de Stalin o de Hitler: “Hombres estorbo”.

    Argumenta las necesidades de la construcción de las Autopistas de la Montaña con los idearios desarrollistas del siglo XIX, que entran o se actualizan en el momento de su elocución por don Jesús Gómez, el siglo XX, tal como usted lo hace ahora en el XXI, pero que desde luego no aplican igual ahora que antaño, pues hoy una gota de agua, y cualquier recurso natural afectado por la visión tradicional del progreso en Occidente, vale mucho más que lo que valieran miles de litros de agua hace cien años.

    Lo curioso es que usted dice que quienes se opongan a “todo lo que es progreso”, son hombres estorbo.

    Ahí entro yo, que tengo un blog “estorboso” dentro de tales parámetros. Ahí entran muchas personas que sabemos bien lo que supone contrariar los intereses de grupos económicos tan poderosos como los que construirían las Autopistas de la Montaña. Son ya bastantes en Colombia y América Latina los líderes ecologistas y/o ambientalistas que han caído asesinados por balas ciegas, y ayer un ataque a nuestro líder Juan Ceballos en el Centro de Medellín le permite a uno suponer que de cualquier lado pudo haber venido el ataque, incluyendo desde luego a aquellos para quienes él es un “hombre estorbo” (primeramente la multinacional canadiense Prima REM).

    Pero la cosa se complejiza mucho más cuando vemos que nuestra postura no es violenta, o sea que nosotros, prioritariamente, acudimos a vías legales, y que nos manifestamos activamente con protestas callejeras pacíficas porque somos una minoría consciente de sus libertades y derechos democráticos. Y lo más importante es que hay argumentos y capacidad de diálogo para entablar los debates con seriedad ante un país muy desinformado.

    Los términos con que usted se refiere a quienes nos oponemos a ese “desarrollo a cualquier precio” que para usted pareciera una obviedad o casi un dogma que no mereciera y ni siquiera admitiera o tolerara cuestionamiento alguno, son una calificación, más que insultante, peligrosa para nuestra integridad física, pero tiene antecedentes, desde luego. Sin embargo, la razón pareciera dárnosla no solo la legislación colombiana, sino nuestro esfuerzo por entender que, sencillamente, toda actividad humana debe estar siempre en tela de juicio, incluyendo el ecologismo.

    Uno, señor Velásquez, no puede acudir al refranero y sacar conclusiones inapelables, sin enfrentar luego un refrán que lo contradiga (es algo que pasa desde Esopo, cuyas moralejas a veces se oponen, como hemos visto en otro documental que mi empresa, Madera Salvaje, le regalará a Medellín dentro de poco, para tratar de menguar nuestros moralismos).

    Lo que yo quiero preguntarle a usted, que es alguien cultivado, como lo era nuestro comúnmente amado Don Quijote, es si desde su punto de vista alguien como Marguerite Yourcenar sería una mujer estorbo, o si un hombre estorbo lo sería el maestro Ernesto Sábato. Ellos supieron y supieron expresar que el desarrollo tiene límites, y que el ser humano no puede imponer sus absurdos complejos de inferioridad y sus muy fértiles ansias de conocimiento y dominio sobre la tierra, el espacio y el tiempo, si no es con el riesgo de mutaciones peligrosísimas para su propia sobrevivencia y para la lograda expresión de sus ideales más profundos.

    En últimas, el desarrollismo, lo que Florent Marcellesi llama “jugar al aprendiz de brujo”, no es sino la fábula de Fausto, que usted muy bien conoce. A ese dilema mortífero nos enfrentamos hace tiempo en Antioquia, porque son muy otras las cosas principales en la vida, distintas a construir edificios y poblar el mundo, que es lo que nos forzamos a creer como necesario e ineludible.

    Por eso, si usted y otros, como Álvaro Villegas Moreno por Teleantioquia el día de la inauguración de ese desfalco regional llamado Túnel de Oriente, nos llaman “aguafiestas” y “hombres estorbo” por avisarles de nuestras contradicciones como sociedad y por desnudar ante el pueblo los intereses particulares que, tal vez sin darse cuenta, usted y la dirigencia tradicional antioqueña defienden hace muchas décadas mientras se llenan la boca diciendo que es progreso para todos, esos apodos escueleros o carcelarios son casi un honor.

    Pero no lo somos, señor Velásquez. Con nosotros se puede dialogar, y las cosas se someten a consenso.

    No nos teman tanto, ni le teman tanto a la justicia.

    Con todo respeto,



    Santiago Andrés Gómez Sánchez
    Periodista
    Cc 71.742.283 de Medellín

    PD: Envío copia a diversos medios de comunicación


    2 comentarios:

    lightdreamer dijo...

    No se trata de pelear contra el viento, sino contra los molinos de viento, cierto Santi?

    En fin, buena suerte con tu campaña, me parece valiente de tu parte plantearle oposición al diario leer de los antioqueños, a diferencia de otros, como yo, que simplemente dejamos de leerlo hace mucho rato.

    Madera Salvaje dijo...

    Yo no estoy peleando... Plantear oposición, como dices muy bien, no es pelear, lightdreamer... Un abrazo fuerte.