• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Hace veinte años, Nevermind…


    HOY NO VERÁS EL MAÑANA

    Por Santiago Andrés Gómez

    Kurt Cobain
    (Aberdeen, estado de Washington, 1967
    - Seattle, estado de Washington, 1994)

    La muerte de Kurt Cobain, el 5 de abril de 1994, no fue poca cosa para el mundo. Para muchos, su significación, o lo que representaba trágicamente, venía atado a su inevitabilidad, o cuando menos al hecho de haber sido un suicidio mucho más previsible que, digamos, el contemporáneo de Nubeluz, esa dulcísima presentadora peruana de un célebre show televisivo infantil. Hoy sigue siendo rememorada la caída de Cobain bajo su propio fierro en cintas como El primer día del resto de tu vida (Le premier jour du reste de ta vie, Bezançon, 2009), tal como fue para mí claramente perceptible en esos tiempos: una sorpresa inaceptable pero secretamente celebrada, una confirmación temida y al mismo tiempo admirada por todos quienes llegaron a sentir como propios los gritos enloquecidos, la autodestrucción manifiesta de ese temible anti-himno, no generacional, sino puramente individual, que era Territorial Pissings, uno de los temas más avasalladores del glorioso álbum Nevermind


    Territorial Pissings
    La voz rota

    Hace veinte años, Nevermind desbancó del primer lugar en las listas de ventas al Dangerous, de Michael Jackson. ¿Es posible entender hoy lo que esto fue en un momento en que la venta de CD’s era para cualquiera el mayor índice de éxito de un músico en el mundo? ¿Será posible entenderlo cuando ahora el mismo azúcar refinada de Michael Jackson tiene también, como Cobain, un aura de mártir del rock, bastante ridículo en su caso? Jackson era el padre de todo lo poppy, al decir de los grunge, y por su parte, Bon Jovi, Guns’n’Roses, el mismo Metallica, eran bandas seudo o anti-rocker que colisionaban con desencanto o se integraban con bullicio al pop, al tinturado glam de Cinderella o admitiendo, al fin, que MTV “no tenía por qué ser un enemigo”, mientras recibían un cheque gigantesco con un suspiro no menor por esas ilusiones perdidas y aun laboriosamente exacerbadas que acabaron, justamente, con Bon Jovi, con Guns’n’Roses e incluso casi con la misma orden senatorial del infierno: Metallica.

    Es decir, desde Thriller, la hegemonía del pop hizo del rock y de su marginalidad o  rebeldía un opuesto que al fin se integraba a la perfección con el dominio del mercado. Al fin y al cabo, fueron esos los tiempos en que los fraudes de Milli Vanilli proyectaron su reflejo encandilador con bandas fabricadas, como New Kids on the Block, que invadieron emisoras dedicadas antes a estilos de vida mucho menos almibarados. La llegada de Nevermind al primer lugar de las listas, en enero de 1992, fue un remezón motivado por las fibras más profundas del rock, que definiría buena parte de los noventa y que no ha vuelto a hallar una expresión tan fuerte pues, al parecer, si el rock es en verdad un mensaje con profetas y seguidores, ya debemos aceptar que nuestro batir a contracorriente siempre, y cada vez más, oscilará entre la farándula y el hastío. La muerte de Cobain confirma esta suposición, y debe entenderse no como un acto heroico sino simplemente coherente: un gesto angustiado, y una postura política.


    Something in the Way
    El último tema del Nevermind,
    en la muy apropiada versión del Unplugged

    Sabemos que Nirvana provenía de un pueblito cercano a la metrópolis. A fines de los ochenta, Aberdeen, en el estado de Washington, era para jóvenes como Kris Novoselic y Kurt Cobain, bajista y voz guitarra de la banda, un lugar donde mirar el mundo desde abajo y recibir lo mejor de sus desperdicios era una ventaja grande, que les permitía vestirse como quisieran (y no era bien). A unas cuantas millas estaba Seattle, la ciudad que en poco tiempo se convertiría, justo de la mano de Cobain, en capital mundial del grunge y del rock Indie (independent), pero que ya para entonces gozaba de una movida quizá mucho más auténtica que cuanto pudo verse después. En esos días, Sonic Youth, Pearl Jam, y un tanto más lejos Red Hot Chilli Peppers, eran apenas las más célebres entre muchas otras bandas, como la propia Nirvana, que encarnaban una actitud de desencanto y extravío más delirante aun, y mucho más violenta, que lo que se hubiera visto en los años sesenta, aunque similar al hipismo en su desconfianza ante el poder y el orden, y en una necesidad de paz y amor bastante más melancólica y angustiada. De hecho, era una juventud que si tampoco renunciaba a los privilegios que ofrecía el Nuevo Orden Mundial a los americanos, mucho se avergonzaba de ello.

    En ese universo nocturno de iluminadas esquinas basuriegas y atestados bares estridentes, remecidos por el chillo de llantas criminales de parafernalia y el envión de muchas ebrias parejas, el acechante universo noctámbulo de cualquier ciudad real, Cobain llevó todo al extremo: el lirismo y la aspereza, todo. Hay quien dice que él “no sabía lo que es un acorde”, pero la respuesta adecuada para rebatir tal simpleza debe aceptarla yendo más lejos. Cobain no sabía lo que era un acorde, porque sabía lo que es la música: dos o tres, y de hecho varios grupos de varios acordes cada uno, tampoco muchos… Al decir de Leonard Bernstein, la música no es un sonido, un tono, una nota, y ni siquiera un acorde, sino su secuencia, pautada por un ritmo especial que encuentra su desencanto, de forma inesperada, para salvarse en el auxilio que le pueda brindar otro tono, u otro acorde, otro grupo armónico, o una variación de sí misma, en esa forma impalpable de drama existencial que la música libera. En tal sentido, Kurt Cobain era ciertamente, si no un inspirado (voz que condenan muchos críticos anti-románticos, sin “explicar” aun la gracia única de Lennon o de Marley), sí entonces un zorro sagaz, un rockero que captó la clave para hallar su propia esencia.


    Come as You Are
    El video que los confirmó como los artistas de la década

    Esa clave, si se me permite aventurarlo así, está en coger al aire un sonsonete cansado, el suspiro de una dormitante fiesta extinta, o su rugido, en el sofá, y sentarse a recordarlo, mejor que nada con una guitarra y, si no tienes memoria, con una grabación (o la notación escrita, si te has cultivado). Luego, el paso atractivo, discreto y maldito, es dejar a la intemperie tu visita, para que vuelva, o se gire y diga, ¿pero es que no fue con cachaza?, o cosa otra que, sin que tú lo creas o te des cuenta, será la mejor respuesta. Dos días luego verás más claro que allí había un camino abierto al sector verdeante del jardín simétrico en que horrendamente estamos perdidos. Oyéndote sabrás que pisas los senderos húmedos y musgosos que te saludan y alivian sumido en el caos. Los estribillos más obsesivos o desanimados, se vuelven con un solo giro, con una elongación, una espera, con un silencio, algo desmedido en donde el sol que cae se hace amable, y es como si ascendiera en ti la noche prometiéndote la paz de un día que no llega, que no llegará, la paz de un día que no ha llegado, justo porque no ha llegado. Podemos oírlo en temas no muy famosos, como Breed, podemos oírlo en el coro de todos los temas que se le parecen en este disco laberíntico y genial…

    Así, toda influencia, por ejemplo los contrastes dinámicos de Pixies, o la que tendría el propio Nevermind sobre Nirvana, se veía transformada por una acentuación de lo más profundo y demoniaco que habitara al joven Cobain. Las relaciones con el arte al que decidió abandonarse con devota terquedad siempre fueron más sobrias y elegantes de lo que muchos grunge quisieran creer. Según Dave Grohl, el casi temible, enfurecido y esmirriado, pero siempre contenido y vigoroso baterista que supo completar a Nirvana luego de su primer disco (Bleech), músico de múltiple vocación, Cobain compartía con él gustos de abigarrada profusión, de Lennon en adelante, lo cual, en palabras del posterior líder de Foo Fighters, no era usual. Pero es solo otro de los extremos abrasadores de Nirvana: cada elemento de la creación, desde los fraseos derivados o volubles hasta los doblajes instrumentales o vocales en la producción, pasando por rasgos melódicos más autónomos, era repartido o insuflado entre todo el resto de elementos, como en una comunión diseñada para uno y los músicos encarnar o disgregarse en el tema, sin que lo imaginaran o quisieran. Como el Adrian Leverkhün de Thomas Mann para la música armónica, Cobain fue el ocaso culminante del rock.




    In Bloom
    La mejor parodia a todo lo que el rock y el pop fueron,
    con el tiempo se ha hecho más triste que graciosa...

    Un culmen, uno de esos “rayo verdes” de que hablan Verne y el bello Eric Rohmer…


    2 comentarios:

    Santiago Mejía dijo...

    Hola Santiago. Para contrastar, mira este artículo tan interesante que he leído y releído estos días, es de un autor local del que he encontrado cosas muy buenas, a lo mejor te dice algo:
    http://www.revistacronopio.com/?p=10981

    Madera Salvaje dijo...

    Gracias, tocay. He mirado por encima y se ve bien interesante... Lo tengo ya en mi lista de lecturas.