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    La jetée, de Chris Marker



    El crítico de cine Juan Carlos González,

    editor de la Revista Kinetoscopio, nos comparte

    este texto suyo sobre la película

    que colgamos el pasado viernes en nuestro blog

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    IMÁGENES COMO CONFESIONES


    Por Juan Carlos González Arroyave (publicado en la Revista Universidad de Antioquia no. 276 [Medellín, abril-junio/04],  págs. 142-44)


    “Te escribo desde otro mundo, un mundo de apariencias.  De alguna manera, lo dos mundos se comunican entre sí.  La memoria es para uno, lo que la historia es para otro.  Un imposible.“
    -Chris Marker, Sans Soleil (1983)

    La jetée (Marker, 1962)

    Christian François Bouche-Villeneuve, mejor conocido como Chris Marker, nació el 21 de julio de 1921 en Neuilly-sur-Seine, Francia. Licenciado en filosofía, colabora para Cahiers du cinéma cuando esta revista daba apenas sus primeros pasos. Debutó en el cine con Olympia 52, un documental sobre los juegos olímpicos de Helsinki y al año siguiente se une a Alain Resnais para hacer Les Statues meurent aussi, una denuncia al colonialismo. Vendrían a continuación títulos como Dimanche à Pékin (1956) o Description d’un combat (1960), filmes ambiciosos e inteligentes y de un tono político indisimulable. Tras describir la represión policial parisina en Le joli mai (1962), realiza ese año La jetée (1962), con un cambio de temática que asombró a todos. Ya en ese entonces se le consideraba, junto a Resnais, Cayrol y Varda, como representantes del grupo de “la orilla izquierda”, en oposición a los directores de la nouvelle vague que provenían de Cahiers. Marker pretendía renovar el documental del cine, por medio de unos “ensayos fílmicos” donde la imagen pura reemplazaba la acción y donde la libertad era el componente principal de una nueva gramática audiovisual que no conocía límites.

    Haciendo un viaje circular entre el pasado, el presente y el futuro, el director francés–mediante un narrador omniciente- juega en La jetée  con el tiempo y el espacio, para contarnos la historia de un niño que es testigo de su propia muerte ya adulto. Ese niño contemplaba a una hermosa mujer en el aeropuerto de Orly y tal recuerdo –esa mano izquierda sobre la boca, esos ojos nostálgicos, el mechón de cabello en la frente, esa expresión calida- se grabó en su memoria de manera indeleble, mezclada a una sensación violenta, pues en ese mismo instante vería a un hombre morir. "Su punto de transición entre la paz y la guerra era ese rostro. Se preguntó si realmente existió o si sólo lo imaginó  para aminorar los terribles momentos que vendrían" -nos dice el narrador de la película. Poco después estallaría la tercera guerra mundial y París sería destruida. Pasa el tiempo y el niño ya es ahora un adulto (el actor Davos Hanich), prisionero de guerra de aquellos que sobrevivieron al holocausto y que se esconden todos en un refugio subterráneo, que les sirve para escapar de la radioactividad que azota la superficie del planeta.


    La jetée (Marker, 1962)


    En busca de recursos alimenticios, médicos y energéticos para sobrevivir, los científicos del régimen realizan experimentos con los prisioneros, haciéndolos viajar por sus recuerdos hacia el pasado o aventurándolos hacia un futuro del que poco saben. Hasta ahora los resultados son malos y los “conejillos de Indias” han muerto o han enloquecido.  Nuestro protagonista, espiado mientras soñaba con la evocación de esa mujer, es elegido para hacer parte de los experimentos, y sus recuerdos logran llevarlo al pasado, reconociendo imágenes reales, cosas simples de un tiempo pacífico y prospero. Y lo vemos encontrar a esa mujer (Hélene Chatelain) cuya imagen se grabó obsesivamente en la cabeza desde esa vez en el aeropuerto. “A ella no le sorprende. No tienen recuerdos, no tienen planes. El único tiempo existente es la felicidad que les provoca el momento que están viviendo y las marcas en las paredes” –nos dice el narrador.  Ahora adulto empieza a vivir junto a ella un tiempo que sabe finito, pero que disfrutan con toda intensidad. La cámara se enamora de esa mujer sin nombre, de su expresión, de su cuello, de esos ojos que dicen mucho. Arrobado, Marker nos la enseña desde todos los ángulos, tan enamorado de su imagen como lo está el hombre que viajó hasta su pasado.  Entonces la vemos reír, caminar, agacharse, dormir. Velamos su sueño y la edición de las imágenes nos permite verla moverse, abrir los ojos, mirarnos.

    Con un presente gris, nuestro prisionero encuentra en los experimentos del pasado un oasis, una justificación para tanto dolor. Ni siquiera una promisoria visita al futuro logra conmoverlo. Su lugar está allá atrás, junto a esa mujer con la que todo es posible y que “quizá lo está esperando”. Por ella hasta intentará escapar. Pero pagará un alto precio por intentarlo, y volverá al aeropuerto de Orly, como cuando era un niño, para ser ahora quien muere, a manos de uno de sus captores, quien también ha viajado hasta allá. El círculo se cierra magnifico sobre el pasado y el filme concluye. Pero la reflexión sobre lo que acabamos de ver apenas empieza. Sobre todo porque las imágenes de La jetté… son inmóviles.



    La jetée (Marker, 1962)

    Cine desde el origen

    El cine es primero un fotograma. Repetido con sutiles variaciones para producir el efecto de movimiento, el celuloide no es sino una larga tira de fotogramas individuales. Si los miramos uno a uno, podremos contar una historia que carecerá de movimiento, pero que narrativamente será cine, imágenes con sentido, con drama, con algo que decirnos.

    Contarnos una historia de ciencia ficción con fotogramas fue lo que intentó y logró Chris Marker con La jetée, un cortometraje experimental repleto de algunas de las imágenes más cautivadoras de la historia del cine y que no necesita del movimiento para contarnos su relato. Es tal la fuerza de su expresión visual, que logra que nosotros mismos llenemos los espacios de los fotogramas faltantes y en nuestra memoria logremos recordarla  hasta con el movimiento del que carece. No son fotos fijas unidas, hay todo un trabajo de narrativa, de composición visual y musical, de enfoque, de elección de ángulos y encuadres de la imagen, que las llenan de ritmo dramático y sentido estético, son cine, aunque no se muevan. Lo más curioso es que con este recurso, el director ha desnudado las estructuras básicas del cine, mostrando la esencia básica del medio.




    Honrando la sencillez, Marker ha construido una historia de ciencia ficción con elementos mínimos, llenando con creatividad las carencias técnicas y narrativas que el mismo se impuso al diseñar esta especie de estática fotonovela. La elección de las fotografías en blanco y negro que componen la película  fue realizada con la intención que se asemejaran a la fotoreporteria de tiempos de guerra, donde es más lo que evocan que lo que muestran. La expresividad reemplaza entonces al movimiento. La edición de las imágenes, realizada por Jean Havel,  las dota de una velocidad con la que es posible imaginar cierto tipo de suspenso, aunado todo a una narración que describe y comenta con acierto lo que vemos, sin que suene artificiosa o superflua.

    ¿Qué es el pasado? ¿Qué es nuestro pasado? Experiencias, vivencias, fotos, objetos –sí- pero, ante todo, recuerdos y la memoria que los nutre y los recrea cuando cerramos los ojos. En La jetée el túnel del tiempo hacia el pasado lo constituye la memoria del protagonista y el viaje hasta allá parece un proceso mental, más parecido a soñar que a viajar hacia atrás. La diferencia es que tiene la posibilidad de vivir de nuevo esas épocas y de experimentar allá cosas que antes no vivió.  El tema último de la película, cual es la posibilidad de recrear y reescribir la realidad, venciendo la muerte y jugando peligrosamente a ser Dios, relaciona a La jetée con una película previa a la que hace explícito homenaje en una escena que el narrador describe con estas palabras: “Ellos caminan. Miran el tronco de un árbol cubierto con fechas históricas. Ella pronuncia un nombre en inglés que él no comprende. Como en un sueño, él le muestra un punto más allá del árbol y se oye a sí mismo decir “Esto es de donde vengo...” y no puede proseguir, y cae exhausto”. ¿Será que el nombre en inglés es Hitchcock? Probablemente, porque la película  a la que se refiere la escena es Vértigo (1958), cuando sus protagonistas, Madeleine y Scottie, recorren el bosque de secoyas. En esa película Scottie trata también de superar la muerte, de encontrar una mujer perdida en sus recuerdos, de recrearla en el cuerpo de otra. Al final se dará cuenta de lo inútil del intento. ¿Será que no es posible reescribir la memoria? ¿Mejorar los recuerdos? En La jetée el prisionero tiene una nueva oportunidad de revivir sus recuerdos, de mejorarlos, de ampliarlos, de formar otros a partir de los primeros.



    Pero como Vértigo, La jetée es también una malhadada historia de amor, el de este hombre junto a una mujer que pertenece a otro tiempo. Este tono romántico la salva de ser un frío relato de ciencia ficción con visos metafísicos. El protagonista viaja al pasado en busca de alimentos y otros recursos, pero ya allá parece olvidar tal misión y se entrega a la contemplación de esa mujer cuyo recuerdo lleva fijo desde que la vio cuando era un niño. En un sentido platónico, sale de la caverna oscura donde vive -el presente- y llega a la luz verdadera junto a esa mujer que acepta que aparezca y desaparezca como un fantasma. La búsqueda de energía y alimentos es reemplazada por la búsqueda de la felicidad que ella representa, símbolo de la pasión física, del amor de carne y hueso. Por ese sentimiento nuestro protagonista lo jugó todo, en una romántica causa que fracasó, pero que –como toda empresa del corazón- valía la pena correr ese riesgo y muchos más.

    La jetée fue la inspiración para una película de Terry Gilliam, Doce monos (Twelve Monkeys, 1995), que aunque inteligente, palidece frente a la integridad y claridad del filme de Marker, una joya pequeña, pero perfecta desde todos los ángulos.




    La jetée (Marker, 1962)