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    Lágrima de Fuego 2012



    ¿POR QUÉ A VÍCTOR?

    Concluimos nuestro “ciclo gaviriano”
    con esta reflexión de Santiago Andrés Gómez,
    como inicio apenas, lo reiteramos, de un año laboral y lectivo que
    entre muchas otras cosas, queremos dedicar
    a la producción audiovisual urbana, regional, no-nacional.

    ***

    Víctor Gaviria, a principios del siglo XXI
    con una de esas cámaras súper 8 de sus inicios...

    Por Santiago Andrés Gómez

    Es como si no nos diéramos cuenta. El trabajo de Víctor Gaviria como cineasta comprende una obra de tal vastedad y hondura, se despliega en tantísimas capas, que sucede como cuando el crítico Pedro Zuluaga dijera, luego de ver Sumas y restas (Gaviria, 2003): “eso es demasiado para mí”.

    Víctor no es fácil de asimilar, porque es indescifrablemente elemental –y cada vez más básico: es nada, como dijera Borges sobre Shakespaere.

    Víctor es inaceptable porque muestra lo que odiamos como parte de nosotros mismos, que también adoramos y que negamos porque nos recuerda que no solo somos lo que creemos ser, ni seremos lo que queremos, que ya no fuimos, que ya no fuimos.

    Lo primero: eso de lo elemental y ahora básico, es lo formal, Víctor como cineasta. Lo segundo, aquello de lo inaceptable, es lo moral o conceptual, Víctor como humanista.

    Combínelo y verá usted el genio, y verá usted algo distinto a un profesional, verá a un creador de puentes de luz, muy arduo, más incumplido que el Estado, es cierto, más indolente que la banca, es verdad, más corrupto que la policía, más vicioso que la sociedad entera, pero tan grande humanamente y tan insondable que todo lo que logra nos llama a lo que en últimas queda y vale, que es ese cuento, esa película por donde vagamos con tanto afán irredento y solo aligerado por la paz del contacto inesperado, por el sueño del tiempo en los ojos de otro que te oye mientras tú piensas en silencio, yéndote hacia ese fin que nos demora porque todo y cada cosa vale lo que vale, y vale más, y no hay con qué pagarlo.

    ***

    Las intuiciones de Gaviria no son cualquier cosa. Hay en él una voluntad absorbente que supone para el cineasta la aplicación formal en lo audiovisual del deber de todo ser humano: entender, o tratar de entender y de explicar el mundo.

    Pero su admiración o diríase reverencia hacia el mundo de lo visible, sugestionada por las figuras semovientes y el pálpito o trasegar inmóvil de los objetos, se tradujo, con absoluta certeza “gracias al cine”, en un interés por identificar las imágenes perdidas que cifraran ciertos misterios… como la muerte provocada, o en general, la violencia de Medellín.


    Rodrigo D - No futuro (Gaviria, 1989)
    Una obra maestra del cine universal

    De la contemplación deshilvanada pero alucinante de sus primeros cortos, Víctor pasó a una evocación asociativa, especialmente en Rodrigo D (1989), y de allí, con el antecedente sui géneris de Los habitantes de la noche (1984), a la narración lineal de La vendedora de rosas (1998), que  escondía una frustrada previsión, esa ilusión del cine de que la imagen dice algo, o es portadora de una trama, o retrato de un sujeto, porque uno a la imagen “la pone a” decir, la trama escogida precisa tramas obviadas o eliminadas, y el sujeto es tácito, es ido, el cuerpo visto antes en un cuerpo que ahora vemos y no vemos. Las frases de Wilson Blandón al final de Rodrigo D ante el cadáver de Ramón (“Hey, vámonos que este man a la final se está yendo”), y del niño enmascarado con un regalito (un “traído”) de Navidad ante el cuerpo muerto de Mónica en La vendedora…, expresan esa pérdida anticipada (“Mirá esa niña cómo duerme”).


    La vendedora de rosas (Gaviria, 1998)
    La película más acabada y redonda de Gaviria
    Otra joya del cine latinoamericano

    Un tiempo como el que nos dio a Pessoa, como el que nos quita de aquí, un tiempo ajeno al hermetismo de la narración o de la misma experiencia personal, es un tiempo marginal cuya consideración subvierte cualquier pulso humano (la impuntualidad de Víctor tiene raíz filosófica) y cualquier cronograma y todo presupuesto. Por eso Víctor atendía a ciegos, muros y vagos primero, y los pelados de barriada fueron luego pilluelos que te demostraban qué tonto es creer (al menos para ellos) que en el abnegado trajín hay un valor santo, o que la ley es otra cosa que la parca (que la pelona, la muerte, en su parla quevediana). Pero ese man que se está yendo intrigaba tanto a Víctor, que el personaje logra urdir al fin una trama en La vendedora…, víctima del mundo en que ella es marginal entre marginales… Los pilluelos del “no-futuro” son ahora bandas barriales, estructuras militares gobernadas por el menudeo ilícito de jíbaros sin escuela, aunque no hay ningún analfabeto, y ya ellos en su predio son ley.


    La vendedora de rosas
    Giovanni Quiroz ("El Zarco"), antagonista exarcebado
    por derecho propio
    [Él sabe de lo que habla]...

    En Sumas y restas lo que veremos son ejércitos al mando de otro personaje central que se jacta de decir “y no estudié”, mientras le da lecciones al ingeniero Santiago de cómo hacer plata. Este ingeniero aconductado no sabe ya cómo sostener un estilo de vida “normal”, y ante las cifras que Gerardo con total autoridad expone ante sus oídos, en un entorno social fascinado ya con la mafia (solapadamente envidioso de su lujo y su poder), se asocia con él sin el menor reparo, desde luego, porque ni se le ha ocurrido pensar en lo que ello significa (“un toro capón”, como dice el Peludo, “puros lotes en [el cementerio de] Campos de Paz” como vaticina el Primo).

    En el interés por ese tiempo “anormal”, “antisocial”, gobernado primero por la ceguera de los niños o los músicos en el periodo inicial de Gaviria, y luego por la muerte y sus jaurías de monaguillos asustados o, es decir, soldados ambiciosos, Víctor pretende al fin ubicar tipologías increíblemente individualizadas, diabólicamente humanas, en contextos cuya urdimbre tan turbia no ha sido jamás aceptablemente cartografiada.

    Es lo marginal y, en últimas, lo prohibido, parte del Sistema, y convivimos con ello, negándolo, con una solvencia impotente, con una lucidez inútil, con una sordera paranoide que, en Antioquia, ha tenido su representante más notable en ese estadista engañado y avasallante que fue el doctor Álvaro Uribe Vélez.

    ¿Ha pensado usted qué influencia exacta tiene la economía informal, por no hablar de la ilegal, en el PIB? ¿Cree que otros no lo saben muy bien?


    Sumas y restas (Gaviria, 2003)
    Un filme contrahecho, azaroso, tremendo...
    Una cinta clave en la historia de nuestro país

    Pues abra los ojitos, y deje de creer a Julito Sánchez Cristo cuando se alarma por las confesiones del doctor Mestre, en la emisora la W, sobre el Proceso 8000.

    Más bien lea ya el Walden, de Thoreau.

    ***

    Un chicuelo vino o volvió a Medellín, creo que de Suecia, aliado con Alejandro Arango, de Contento Films o algo así, y decía con toda compostura en Telemedellín que en Colombia cometíamos el error de hacer en el cine héroes a nuestros villanos.

    Pero merecería un beso en la frente, sempiterno, universal, quien atine a definir la voz “delincuencia”.

    Por esto, porque el mal y el bien no toleran el alambrado de los diccionarios o de las leyes, la mirada de Gaviria tampoco alcanzará nunca a “explicar” y a salir (si es que entra) de la inestable trama de un sujeto extraviado, que en términos narrativos canónicos es a lo máximo que pudo llegar, con Carlos Henao y Diana Ospina, en La vendedora de rosas.

    Pero como supo decir tan bien el gran Gian Luigi Rondi, luego de ver Rodrigo D en Cannes, todo lo que le queda trunco a Gaviria contribuye para la expresión de una verdad mayor.

    En ese sentido, su gran mérito es haber confiado, haber sabido esperar, y haber aceptado que lo que para muchos es detestable, es por ello tanto más digno de interés y respeto.


    En plena hechura...
    Foto: Madera Salvaje - Raúl Soto ©

    Y si vamos a hablar de técnica, ahí están las películas, para que sepamos lo que es un maestro... Como decimos en nuestro documental Recuerdo de los tréboles (Montoya & Gómez, 2012), el primer capítulo de la serie Gracias por el cine, de Madera Salvaje, hecha en honor a nuestros maestros, nuestros sabios del cine, que existen y a quienes solo sabremos dimensionar realmente en el futuro:

    “ (…) tanto en Rodrigo D como en los demás largometrajes de Gaviria, la elaboración de la película, la hechura de una narración tan intrincada y tan resonante, le ha exigido, a todo un grupo de colaboradores, casi poner de rodillas al andamiaje del cine frente a la realidad”…

    POR TODO ESTO, SEÑOR GAVIRIA,
    GRACIAS, UNA Y MIL
    Y MÁS VECES…
    ____________

    Marta Rodríguez

    La serie “Gracias por el cine” continuará 
    con un homenaje a las cineastas
    Gabriela Samper y Marta Rodríguez
    Lágrima de Fuego 2013


    Gabriela Samper





    2 comentarios:

    SS dijo...

    bien decía Gaviria la otra vez(por lo lares de la iglesia veracruz)

    "te pueden juzgar por el tratamiento del tema pero no por el tema".

    que buena entrada, saludos, Santiago

    Madera Salvaje dijo...

    Gracias, SS... Un cordial saludo...