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    Los orígenes del cine en Antioquia (c. 1898 - 1961)



    LA ANGUSTIADA
    EXALTACIÓN
    DEL TERRUÑO

    Por Santiago Andrés Gómez


    Bajo el cielo antioqueño (Acevedo, 1925)

    Sobre la llegada del cine a Medellín existen diferentes y oscuras versiones. Para empezar –y teniendo en cuenta solo las contradicciones más notorias, el crítico bogotano Hernando Martínez Pardo señala en su Historia del cine colombiano que es de esta ciudad de donde proviene el primer testimonio sobre una exhibición de cine en Colombia, debido al cronista antioqueño Luis Latorre, quien afirma en su libro Historia e historias de Medellín que el cine habría sido presentado aquí “ya en 1898”. Sin embargo tal primacía –muy insustancial, además se opone a los datos que recoge el realizador caleño Luis Ospina en su artículo El fracaso de una ilusión, publicado en la edición 38 de la revista El Malpensante, en donde se citan las noticias que dieron sobre unas funciones locales de cine, en agosto de 1897, los periódicos El Norte, de Bucaramanga, y El porvenir, de Cartagena.

    Igualmente, y sin importar cuál haya sido la ciudad que presentó por primera vez el cine en nuestro país, la reciente investigación de Víctor Ortiz sobre Don Coriolano Amador nos dice que este visionario hombre de negocios –quien, como es sabido, nos trajo también el carro, el fonógrafo y el teléfono, apenas presentó las primeras funciones de cine en Medellín entre octubre de 1899 y enero de 1900, o sea un año después de la fecha que recuerda Latorre. De cualquier modo, Ortiz dice que para ubicar esas fechas él no pudo contar más que con vestigios de la tradición oral, y añade que le fue imposible consultar otras fuentes ya que en la prensa de la época no aparece la información respectiva y tampoco había en esos tiempos ningún régimen para la importación de mercancías, por lo cual no existen documentos que indiquen cuándo exactamente entró el cine a nuestra tierra.


    Circo España, en el Centro de Medellín, en 1934
    ("en Caracas con Córdoba")

    En lo que sí están de acuerdo muchos autores es en que durante la primera década del siglo XX este espectáculo se convirtió en un pasatiempo muy popular en Medellín, aunque todavía no estuviera muy consolidado. El lugar donde se solían hacer las proyecciones era el Teatro-Gallera, y el éxito fue tan grande que poco después, en 1912, el Circo España y el Teatro Bolívar se dedicaron exclusivamente a la exhibición de cine. De la significación que para nuestra cultura representó el nuevo pasatiempo, el mejor referente es el Tomás Carrasquilla de la novela Ligia Cruz y de la crónica que él tituló El buen cine. En ambos escritos, Carrasquilla habla sobre la ilusión que el artificio ampuloso del cine mudo provocaba sobre las gentes del Medellín de aquel entonces, con una ironía tan tierna que se deja entender como una compasiva crítica a la vieja pretensión antioqueña de soñar con ser o parecer más de lo que somos.


    El genial observador, don Tomás Carrasquilla,
    en la portada de una revista cultural de la región

    Tan cierta es esa ilusión que, como en todas las ciudades del mundo, en la nuestra surgió, de la mano de la pasión por ver cine, el deseo de hacer películas, pero, como era de esperar, no de cualquier manera. Bajo el cielo antioqueño, de 1925, representa ese deseo que ya había forjado en Bogotá y en Cali otros largometrajes, aunque con una magnitud que no tuvo ningún otro filme colombiano de ese periodo. El magnate Don Gonzalo Mejía, en el prurito de crear una productora de cine de alto vuelo, se asoció con profesionales de verdad [todos foráneos], como los hermanos Acevedo, para rodar en el estilo de las más grandes películas de Hollywood una historia en la que diversas capas de nuestra sociedad y diversos territorios de nuestra geografía fueran protagonistas, lo que resulta significativo en tanto revela las variaciones de la inveterada afición de exaltar el terruño con un bello empaque ante los otros.


    Bajo el cielo antioqueño (Acevedo, 1925)

    Para esa época, e incluso desde mucho antes –como lo muestran los textos de Carrasquilla–, ya existía una conciencia acendrada del impacto que producía el cine en la sociedad, y el estamento eclesiástico había forzado la aparición de una Junta de Censura en 1916, la cual dictaminaba desde el púlpito cuáles películas eran perniciosas y cuáles edificantes, pese a que, por supuesto, la prohibición funcionara solo para las mentalidades sugestionables, pues la mayoría hacía caso omiso a las palabras del cura. También existían revistas de cine que combatían la censura apelando por lo general a la libertad de expresión, y lo más curioso es que, si bien muchas de ellas eran financiadas por las compañías distribuidoras –entre las que se destacaba muy por encima de todas Cine Colombia, de origen paisa–, ninguna de las revistas de cine que conocemos de aquel tiempo (El Olympia, El Kine, El cinematógrafo) era de acá.

    En Antioquia el primer atisbo de una crítica y de una producción más interesadas en el valor cultural del cine, o sea más desapegadas de los intereses puramente comerciales –aunque por fuerza no tanto como esos críticos y esos productores hubieran querido–, hubo de esperar varios años después de la aparición mundial del cine sonoro. Es en 1944 cuando un grupo de inversionistas funda muy al garete una empresa llamada Cofilma, que logra realizar dos películas de trayectoria menos que desafortunada, catastrófica: Anarkos (Saa, 1944) y La canción de mi tierra (Katz, 1944). La primera no alcanzó a durar más de una semana en cartelera y cosechó escasas pero virulentas críticas. La segunda duró menos en los teatros, no más de una tarde, y la espantosa reseña que obtuvo significa, si no la aparición como crítico del antioqueño Camilo Correa en la escena del cine nacional, al menos sí la de su vocación como realizador.


    Camilo Correa "rescatado" en la portada de Kinetoscopio,
    el año de su muerte (1991)
    Foto: Centro Colombo Americano - Revista Kinetoscopio

    En las columnas que publicaba en El Colombiano con el seudónimo de Olimac, o en los artículos de su revista Micro, Correa se mostraba como un temperamento visceral, algo raro para esa época en nuestro medio. Años más tarde él reconocería que no era en propiedad un crítico y se definiría estrambóticamente como un “opinante”. En verdad Correa era, para ser más precisos, un apasionado, alguien que no solo debatía la suficiencia técnica de las películas colombianas sino también su verdadera cercanía a la realidad de lo autóctono. Tal exigencia, que anticipa rudimentariamente la adusta crítica y el contrito cine de lo cotidiano que unas décadas más tarde se harían en Medellín, es la base de su ataque frontal a La canción de mi tierra, a la que reprocha, por ejemplo, inconsistencias como las “serenatas a pleno sol”, pero también es la base de su advertencia contra la “mejicanización de nuestro cine”.

    En el fondo de la crítica de Correa latía el deseo de hacer cine, y a eso se dedicó desde principios de los años cincuenta. Es famosa, ya que legendaria en un país amnésico es decir mucho, la iniciativa quijotesca que él tuvo para crear su empresa, Procinal, y para conseguir los primeros recursos del que sería su único largometraje, Colombia linda (1955). A Correa se le vino a la mente la idea de que, ya que la gente del común era el público mayoritario del cine que él quería hacer, lo más apropiado era convocarlo para que participara en la producción de Colombia linda, y así publicitó –por medio de marchas callejeras– y llegó a vender cientos de acciones de su empresa, lo que inició una serie de complejidades legales que, ante el fracaso de su película, lo llevaron a la cárcel. En este sentido, es de más trascendencia el interés que veía Correa en hacer cine que el malogrado destino que tuvo que encarar.


    Afiche de Colombia linda (Correa, 1955)
    "La patria en sus bailes y canciones"...

    A esas alturas, ya entrando los sesenta, solo Enoc Roldán, un operario ferroviario que nació en Bello, podía contarse como el otro realizador antioqueño importante y, es más, junto con Camilo (su jefe y maestro), el único existente en nuestro departamento. Menos académico aún que Correa, para Roldán lo popular era, como para el primero, el fundamento del cine, pero en su recursividad demostró ser mucho más efectivo que Camilo. Luz en la selva (1960), que trata sobre la Madre Laura, y El hijo de la choza (1961), que cuenta la vida de Marco Fidel Suárez, fueron películas únicas en la historia del cine colombiano por el sencillo hecho de lograr recuperar la inversión del mismo Roldán, que también era su propio productor. Ese éxito se debe a que el realizador proyectaba sus películas itinerantemente en los pueblos, bajo unas carpas que trasteaba de un lado a otro en una camioneta, como un juglar del Medioevo.



    El hijo de la choza (Roldán, 1961)

    Mejía, Correa y Roldán no solo son los pioneros del cine antioqueño sino figuras inspiradas en el mismo molde agreste y caprichoso, inmoderado, de soñadores como Barba Jacob y Mejía Vallejo. Solo Roldán tuvo suerte en ese arte que también es un negocio, pero todos tienen su lugar en esa historia que más tarde críticos como Alberto Aguirre, Orlando Mora o Luis Alberto Álvarez no quisieron dejar perder, u olvidar. La de los tres realizadores fue una labor que los críticos mencionados recogieron en un largo bache durante el cual no se rodó prácticamente nada que no fuera el cine publicitario de Guillermo Isaza y de Ivo Romani, para entregarla a realizadores como Juan Escobar y Regina Pérez, Gonzalo Mejía –el otro– o Víctor Gaviria, quienes por los años ochenta revivieron una tradición que con ellos se depuró de todo folclorismo y nos llegó a mostrar con angustiada poesía el tránsito vacilante de la Antioquia rural a la urbe salvaje.


    "De camino a la ciudad"...
    Los colores de la montaña (Arbeláez, 2010)


    3 comentarios:

    Dario de Jesus Gallego Suarez dijo...

    Hola Santiago
    ¿No serìa posible investigar sobre el recuerdo de otra pelicula de Enoc llamada "el llanto de un pueblo"?.

    Dario de Jesus Gallego Suarez dijo...

    Hola Santiago
    No serìa posible investigar sobre otra pelicula de Enoc llamada "El llanto de un pueblo"?

    Santiago Gomez dijo...

    Estimado Darío, hola. Sería muy interesante, pero en estos días ando en otras ocupaciones que me impiden hacer la investigación o me piden aplazarla. Saludo cordial.