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    Smells Like Teen Spirit, de Nirvana



    ENTERTAIN US”…


    Por Santiago Andrés Gómez


    Como el Jeremy de Pearl Jam, Smells Like Teen Spirit, el tema que tan pronto salió al mercado hizo de Nirvana una banda de culto, absorbe una vibración de la vida norteamericana que ha delineado, más que una tradición, casi un género, una convención formal, en el arte del Imperio (¿quién dirá que Estados Unidos no es, o al menos que no ha sido, “el Imperio”?): la psicopatía juvenil. Desde They Live by Night (Ray, 1948), y sobre todo desde Bonnie and Clyde (Penn, 1967), el inconformismo de la juventud, patente hasta extremos demoniacos en Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, o Natural Born Killers (Stone, 1995), y convertido luego en gracejo y en pastiche estilizado por Tarantino y toda una corte de artistas –en el comic, especialmente–, tuvo en Cobain y en el grunge una forma quizás, y paradójicamente, más trágica y tierna que en las artes descriptivas o visuales que ya habían incursionado hasta el último confín de esas tierras de sangre y desolación. Lo que es importante advertir al recordar los veinte años de esta canción inmortal, es su mayor autenticidad al respecto que la de cualquier espectáculo hecho para agradar, o aun “filosofar”.

    No es raro que Gus van Sant, el director de Elephant (2003), la famosa cinta sobre la masacre de Columbine, haya realizado también Last Days (2005) inspirado en los últimos días de Cobain, e incluso uno podría pensar que si el bardo de Aberdeen hubiera sobrevivido, no a su disparo, sino a sus sobredosis de heroína y amor (o, es curioso, “Heroine and [Courtney] Love”, el nombre de su esposa), habría llegado a retornar, como hoy sucede con el propio Eddie Vedder, líder de Pearl Jam, a esas vertientes formales y espirituales del folk y de la generación beat, “on the road” (“de a pie”), que son las raíces legítimas de aquel inconformismo y de aquella psicopatía, tan tendiente, al fin y al cabo, en sus masacres o correrías homicidas, a la autodestrucción y al suicidio, como lo recordaba Paul Schrader, el maravilloso guionista de Taxi Driver (Scorsese, 1976), al señalar que, en Estados Unidos, el héroe o anti-héroe existencialista de Camus o Sartre, opta por matar a los otros antes de suicidarse, como en una venganza última contra quienes el Sueño Americano le vendió siempre como iguales, siendo en verdad, como yo lo soy para ti, “el infierno” (Sartre).



    Cobain en sus temas expresa un desacomodo enquistado en su organismo y manifiesto por esa somatización de modo patológico: en la desgarrada forma de cantar, en la decisión expresa de admitir errores en la grabación, como la entrada en falso de Polly, o en la imposibilidad de tocar de un modo distinto, ya fuese mejor o peor, lo cual resulta indiferente, a como lo hacía por puro compromiso individual, o fidelidad al ser, o algo así como sinceridad. Sabemos que Something in the Way no pudo salir a la luz sino dejando de lado todos los recursos del estudio donde el productor Butch Vig era testigo de, y casi instrumento o medio (un instrumento sin par, como es sabido), para la emergencia de una efusión lírica delicada y centelleante como ninguna otra. Por demás, las letras de estos dos temas evocan mentalidades alteradas: un violador, desde el punto de vista de la mujer violada, y un indigente que vive bajo un puente, aislado con sus animales; pero en la misma vena, la posterior All Apologies, del aun más atrevido álbum In Utero, o el tema que nos ocupa, nos muestran a un Cobain asustado, hastiado, y expuesto de cuerpo entero. Como nos pedía en uno de sus himnos, en esos temas “he came as he was”.

    El día, o hay que decir la noche en que Smells Like Teen Spirit fue interpretado por primera vez en público, el álbum Nevermind aún no se había terminado de grabar, la voz hacía un giro distinto en el inicio de cada estrofa y, de cualquier manera, la multitud enloquecida de ese pequeño salón de un hotel en Seattle no tenía idea de que estaba oyendo algo muy distinto a cuanto se oía por ese entonces en la propia ciudad, ni tampoco podía imaginar que ese tema se convertiría en un himno generacional y en una de las canciones realmente legendarias en la historia de la música. De otro lado, no es desconocida la similitud que encontraba Cobain entre Smells… y un tema de Boston, así como es reconocido por el compositor el influjo de los cambios de dinámica de Pixies en el sonido de Nirvana, pero es muy posible que en el momento culminante, o digamos decisivo para la composición, Cobain fuera inconciente tanto de esas influencias como de la “posible” gloria futura de la canción. Y tal como nos dice Dave Grohl que era acostumbrado para Kurt, lo primero que debió surgir fue la melodía, y luego esa serie estremecida de visiones borrachas…



    Nirvana en concierto
    No se equivocaba ni nada...

    Las tres estrofas centrales de Smells Like Teen Spirit constan de cuatro líneas muy vagas y, aunque no son tan inconexas como el más extenso coro, tejen algo más que un desequilibrio o una visión paranoica de las rumbitas juveniles gringas. “Carga tus armas y trae amigos, es gracioso perder y pretender”, no es una fórmula que puedan celebrar un futbolista o un redneck, ni que entiendan los estudiantes juiciosos, ni nadie que no se sepa enclenque ante un fierro pero muy bravo con amigos, o que no se haya emborrachado y sepa ya, en el ultramar de los tragos, que perder y pretender es lo mismo. Todas las vitrinas que derrumba Kurt Cobain con Smells Like Teen Spirit, todo el desorden que se arma en el inolvidable video-clip oficial de la canción, provienen de la pesadilla de la comedia televisiva de nuestros domésticos decálogos: son un desacato y un ataque violento a la necesidad o exigencia de tener éxito, de poseer cuerpos, de ser perfecto… “Con las luces apagadas es menos peligroso”, canta el coro, y celebra “estar acá” porque “nos entretiene”, pero esa afirmación es por igual una orden que se escapa para todos: “entertain us”, “entretennos”…

    Si usted tiene la catadura suficiente para oír con atención el final de Smells Like Teen Spirit, oirá una salmodia efervescente que se eriza hasta salpicar todo el lodo y la sangre que nos rodea en la vida, como una anguila en nuestros intestinos que al fin despertara y recobrara la dignidad que nos robó la existencia en esa vida horrenda donde prima el bien común. “A denial, a denial, a denial, a denial, a deniaaaaaal”… Difícil comprender cómo puede doler tanto a un muchacho o una chica encontrar la negación al final de una noche semejante a la odisea homérica, supongamos, o al final de una vida entera, digamos quince o diecisiete largos años en busca del Santo Grial que solo tu entrepierna puede encontrar en mí… Pero es justamente la noción espantosa de que tu dignidad, o el reino de tu voluntad, es un doblez infamante para mí, y que Carreño, o bueno, Lutero manda hasta al borde de la cloaca… Quisiera uno perder la compostura del todo, pero solo mientras el otro sepa para dónde voy, y lo acepte… De otro modo se topa uno con un lindo no, un no tan hermoso que es como si mamá te aplazara para siempre la vida del otro día.



    El grito final de Cobain no es preludio de nada, o no de su suicidio, es algo que todos llevamos dentro, es como un recuerdo eterno que no es recuerdo, que se vive, es la muerte.

    Esa muerte que solo el difícil amor (propio) apaga.