• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Antioquia audiovisual [1]: Proemio



    Iniciamos en forma una serie dedicada
    al audiovisual antioqueño contemporáneo
    con un grupo de textos enfocados en el muy mal llamado
    “cine comercial”
    del cual lo más impropio que uno puede decir es verdad
    y es que es “demasiado” fácilmente reconocible …

    Pero antes una suerte de proemio…

    ***

    CUESTIONES DE PROYECCIÓN

    Por Santiago Andrés Gómez


    Juan Carlos Orrego, protagonista del audiovisual paisa en los noventa, director de fotografía en varios cortometrajes de aquellos tiempos e inmediatamente luego a lo largo de la odisea de Apocalipsur (Mejía, 2008)...
    Actualmente asiste en diversas faenas a Sandra Higuita en El gancho (Higuita, sin estrenar)
    Foto:http://www.ojodetigre.com.co/index.php?page=juan-carlos-orrego

    Hace unos catorce o trece años, la convocatoria “Chiquitos pero picosos” del apenas por entonces creado Ministerio de Cultura, dio muestra de una violenta necesidad en Colombia, con una intensidad y una adicional capacidad mayores por esos tiempos en Antioquia: la necesidad, muy desavisada, de hacer cine. No importaba para qué, nadie lo tenía en verdad muy claro, ni siquiera en el Ministerio, pero definitivamente esa necesidad era real. Un crítico muy mentado lo decía alguna vez, y todo indicaba que sus observaciones eran de más importancia que sus reflexiones: en el mundo contemporáneo, en los albores del siglo XXI, ningún país, ninguna cultura, y acaso ningún ser humano, podía darse el lujo de no tener cine.

    Esa frase de Álvarez, por mí recuperada de modo interventor en aquello del imperativo individual de “tener un cine”, puede y deberá matizarse en otra ocasión, aunque de nuevo basta una ligera mirada al mundo para darse cuenta de que hoy todos, o casi todos, podemos crear cine, cosa absolutamente imposible hasta hace unos diez o veinte años, y que gradualmente se convierte en algo tan decisivo como escribir bien a un jefe o saber hablar con la pareja (saber hablarle a alguien no es saber hablar con ese alguien, por ejemplo, puede ser más importante lo primero para llegar a lo segundo, pero esto último a veces no tiene interés para uno o para el otro, aunque debería tenerlo siempre, desde un principio).

    Todas estas cosas esconden más de lo que imaginamos.

    En uno de los videos que colgamos en la serie “Cine no, universo audiovisual” (La razón del garrote, Arango & Restrepo, 2011), veíamos cómo en las manifestaciones callejeras nos grabamos todos a todos, unos para denunciar, otros para vigilar y castigar. El cine, como prueba de la realidad, es muy distintas cosas, ni siquiera cine. El video, por su parte, no sería –estrictamente hablando– cine, pero “puede ser” cine. El cine con que el régimen militar registra las entradas a un baño público sospechoso de hospedar placeres ilícitos en la Argentina de los sesenta, no es lo que uno estudia cuando se matricula, pero puede convertirse en cine hoy, en manos de un artista, o de un investigador, y ya siempre en video, es cine del mejor.



    Angelitos empantanados (Caicedo & Carvajal, 1975)
    Video viejo, nada, ya es cine... (aunque te duela, y nadie puede decir que no)

    En cambio, los oficiosos cortometrajes antioqueños de “Chiquitos pero picosos” fueron saludados por mí con hastío y clemencia. En 1997, un amigo, el bajista de Coffee Makers (mi tocayo Medina), me decía: “¿Es que ahora quién hace lo que ustedes están haciendo…? ¡Nadie!” Hablaba de los desvelos en un cortometraje que grabábamos varios amigos y yo pero que sería rechazado por Telemedellín, o digamos ignorado por mi estimada compañera Ana María Marín, por razones que uno no podría elucidar por más que lo intentara, ya que nunca se me dijo, y cuando reclamé tras varios meses por la falta de respuesta del canal público ante las propuestas de emisión del ciudadano, quedé obviamente como un problemático[1].

    Para mí lo lamentable no es que hoy en día Barrio Cine (Gómez & Grisales, 2010) o el cortometraje que realicé en 1997 sean tildados como “pesados” y su emisión se niegue en el instante fundamental de su estreno por causas morales o educativas (de hecho, debo aceptar, más en mi descargo que en el de cualquier otro, que varios cortos míos han tenido mejor suerte en los canales locales, de Teleantioquia a Canal U, incluyendo años después a Clemencia [1997], del cual hablo). Lo lamentable es que solo se piense al cine en una sola función, usualmente de emprendimiento y exportación. En ese sentido, yo asumí que todo el movimiento del 98 y el 99, con su profesionalismo exaltado y su gremialismo festivo, ya era “pura frivolidad”, y traté de seguir varios años solares de mucho desgaste como rueda suelta. Al mismo tiempo, anuncié mi retiro de la crítica por considerarme juez y parte.

    Hoy miro distinto, y seré juez y parte, pero no por cambiar de postura, sino por ampliar la previa…

    II. UNA POSTURA AMPLIA


    El cine, y me enorgullezco de ponerme en una postura como la que manifestaré aquí, tiene repercusiones tan hondas que no podemos dejar de advertirlas sin que nuestra forma de ver el mundo cambie radicalmente. Las implicaciones que tiene el hecho de disfrutar el cine, o de angustiarse o alegrarse por, o "informarse con" un noticiero, o de huir a una película, hacen de nuestra experiencia común e individual una cosa muy distinta si asumimos que cada imagen audiovisual que percibimos en una pantalla puede ser otra si la asumimos radicalmente como tal: como una imagen, una sombra artificial, y entendemos de esa manera la realidad, o lo que parece mostrar esa imagen, como algo muy diferente, lejano y, al mismo tiempo, concerniente casi exclusivamente a nosotros mismos, o por lo menos sí en lo que se refiere a nuestra vida, que es lo único que tiene uno.

    Por algo existen las facultades de comunicación audiovisual, aunque no respondan ni puedan responder del todo a ese porqué, ya que la razón es más filosófica, teórica o, más bien, espiritual, que simple o puramente técnica.



    Capacitación audiovisual en el SENA (Servicio Nacional de Aprendizaje)
    Foto: http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/O/oferta_audiovisual_con_sena_y_u_de_a/oferta_audiovisual_con_sena_y_u_de_a.asp

    Como señala el afilado Frederic Jameson, la sociedad busca un espacio, o un escenario, una plataforma de discusión donde mediar sus pareceres, pareceres formados a partir del prejuicio, del dolor subjetivo o de castas o gremios, y esa búsqueda de un diálogo racional, el llamado de lo que él llama un “inconciente político”, no es muy distante de lo que, según el teórico del documental Michael Renov, encontró en un momento dado el pueblo norteamericano en Michael Moore: un periodista político, alguien que asumiera un cómo y un a quién decir, si no las verdades que no se dicen, al menos las mentiras que nadie se atreve a contar pero todos sospechamos como ciertas.

    De algo así se trata, también en la ficción, aunque desde luego la ficción se ve sometida por igual a (e incluso somete mucho más) todos nuestros modos de sentir, reír, amar o pensar.

    Si se piensa en las invectivas que puede deducir uno de Iron Man (Favreau, 2008) a la idea de tomar la justicia por cuenta propia –el ideal del superhéroe–, o si se mira como Up (Docter, 2009) busca y consigue derrumbar la idea de un protagonista que vence al mundo, incluso con o sobre todo por motivos altruistas, científicos o patriotas (hablamos de la figura del explorador que busca un ave hembra en la selva amazónica para embalsamarla y llevarla a un museo estadounidense), descubriremos la incidencia subliminal, tendenciosa, del cine más supuestamente inocuo o sencillo en la expansión de formas de ver el mundo que, acaso, o quizá desde luego, han sido las mismas que lo han llevado a ser así y a tratar de potenciarlas en la sociedad de una manera no más deliciosa que subyugante, sino subversiva por sus encantos.


    Up (Docter, 2009)
    Aprendemos jugando (pero aprendemos, pues)...
    Foto: http://www.pixartalk.com/2009/09/up-panel-discussion/

    Del mismo modo, la cualidad informativa de la imagen, y el énfasis moral y educativo en “lo que nos dice” una película u otra, provoca giros que no están tanto en la cinta como en una serie de atributos que nosotros ponemos a funcionar en torno a ella, y que son o pueden ser activados de diversas maneras, con resultados impredecibles en los que el único que gana o pierde, o el primero, o el principal afectado, en cualquier caso, es uno mismo. La cuestión de una más real convivencia, o de asumir formas de entender el mundo no solo más tolerantes sino más desinhibidas, o menos prejuiciadas, o cualquier otro beneficio social que se te quiera inculcar, es un deber que se te impone por la convicción de unas ventajas, entre las cuales el mero placer de suponer una comprensión del mundo, un entendimiento con el otro, o un provecho para ti mismo, son la más pura y legítima proyección del yo en esa maestra vida que te quita y te da a ti, solo a ti.

    En esta línea, el cine está dando bandazos desde hace un buen tiempo dentro de los senderos en que todos aceptamos hace mucho tiempo que debía andar, o que le era preciso, no sin reparos u objeciones elevadas desde diversos y casi siempre muy privilegiados, pero minoritarios sectores. Hoy el cine, como he dicho en algún lado, es una licuadora. ¿Para qué hacemos cine? El hecho de que en el SENA, en el CESDE, en otros institutos tecnológicos, se valore el lenguaje cinematográfico (estamos hablando de cursos de guión, de edición, de iluminación, de camarografía, de cosas que implican manipulación de códigos estéticos de trayectoria milenaria [incluso el de edición, como bien sabían Eisenstein e incluso Griffith]), demuestra que es un arte, así sea en los términos prácticos del Renacimiento, o  una ciencia, en los términos empíricos de la arriería, que tiene que ver profundamente con nosotros, que necesitamos saber emplear, que amamos, que nos da para vivir en muchos sentidos, para conocer mundo, tratar colegas, sentirnos parte de todo, ayudar a otros, a un líder barrial, a un ser que no se conoce, a un hijo que no recordará estos días suyos, e incluso para expresarnos nosotros mismos, manifestar nuestros desacuerdos y cariños, proponer ideas nuevas o, simplemente, desoídas…


    Invitación a estreno de cortometrajes de la Universidad de Antioquia, en 2011
    De esto hay que hablar, porque estoy hay que verlo (para hablar)...
    Foto: http://tuciudadalternativa.com/eventos/premiere-cortometrajes/

    En la variedad insospechada de propuestas, hay vertientes más fácilmente agrupables, opuestas por tradición: la formativa y la realista. Pero en esa pugna, que tiene no pocas connotaciones económicas, metodológicas, políticas y filosóficas (en la acepción gimnástica o dietética del vocablo), siempre hay un maravilloso tira y afloje que Luis Alberto Álvarez consideraba la verdadera gracia del cine: la combinación de lo físico e incluso histórico, con lo imaginario, que da como resultado una experiencia sensual en los límites de la realidad vital. De hecho, cuando alguien le preguntó, o en un artículo en torno a El obispo llega a Apartadó (Gaviria, 1988), Álvarez habló de esa mixtura como el valor esencial del cine de Víctor Gaviria. En Antioquia podemos crear, y lo hacemos con cierta frecuencia (basta mirar las obras de los Orozco, de Javier Mejía, o lo último de Arbeláez), un cine que, más que nada, pueda importarnos, no unánimemente, quizás, pero sí con un grado de impacto que es superior a lo global, a lo macro, para incidir en relaciones laterales de apropiación y diálogo definitivo. Porque, de hecho, las películas, en su máxima expresión, son para ser vistas no una sola vez, ni en ámbitos únicos, sino que adquieren esplendor cuando, como hago por mandato de la vida que varios maestros locos me dio, las recuperamos y ponemos en contexto, para quererlas más por lo que son que por lo que debieron ser.
     
    ___________
    [1] El problema ha sido repetitivo, aunque un canal como Telemedellín sea público y deba responder con alguna explicación ante peticiones de ese corte: hoy, Barrio Cine (Grisales & Gómez, 2011), no es emitido por Telemedellín porque, estoy seguro, pese a haber sido el cortometraje ganador de las Becas del Municipio en 2010, escandaliza a quien se dé cuenta de que los personajes de Barrio Triste que aparecen en tal video, no quieren salir de pobres, y son felices así.