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    Antioquia audiovisual (2): Benjamín en Tecnicolor (Tobón & Gil, 2011)




    ALGO MÁS QUE UN CINE DISTINTO

    Por Santiago Andrés Gómez

    En la presentación de videos que hizo el año pasado la Corporación Cinefilia durante el maravilloso Bazar de la Confianza, de la Cooperativa Financiera Confiar, los comunicadores audiovisuales Juan David Gil Palacio y Ángela Tobón, de la Universidad de Medellín, presentaron su segundo cortometraje de ficción (que yo sepa, al menos, su segundo cortometraje importante y hecho en dupla): Benjamín en Tecnicolor (Tobón & Gil, 2011), diciendo como palabras preliminares a la proyección, que con él esperaban demostrar que en Medellín es posible “un cine distinto”.


    Benjamín en Tecnicolor (Tobón & Gil, 2011)
    Foto: Máquina Espía Films ©

    Esas palabras, no solo para el gremio, tienen su importancia.

    Benjamín en Tecnicolor había resultado ganador de las convocatorias de estímulos a la creación del Municipio de Medellín en 2010, y a su estreno había acudido una verdadera multitud que hizo de la película un pequeño pero real “fenómeno” en el audiovisual local. Por demás, Tobón y Gil se habían hecho a cierta fama en los círculos académicos y de producción con la realización en sus estudios de un cortometraje contrario a las creencias comunes del medio: La nueva niña (2007), que se atreve a jugar con el absurdo y lo inverosímil, sin concesiones ni medias tintas.

    ¿Era esto realmente un nuevo cine, un cine distinto en Medellín?

    Lo absurdo no es lo mismo que un cine de género, y un cine hecho con todos los movimientos fríamente calculados, incluyendo quizá más que nada la difusión, puede ser, simplemente, un cine bien hecho, y no la simpleza con que se le suele llamar (“comercial”).


    Benjamín en Tecnicolor (Tobón & Gil, 2011)
    Foto: Máquina Espía Films ©

    Y en Medellín un cine del absurdo, y además bien hecho, no es común, en verdad. Pero esto de todos modos no nos enfrenta con, ni nos aclara la magnitud del sentido insólito que se agita en Benjamín en Tecnicolor. ¿Qué ambición insensata no será la de crear una obra que guste, ajustada en todos sus piñones, y que además se salga de los patrones no solo autóctonos sino de lo que todos entendemos como cine corriente? Lo que podríamos llamar “la apuesta” de Benjamín… es una que casi ningún estudio (si es que se les puede llamar así aún) se atreve a correr ya, es algo muy semejante a las locuras de Terry Gilliam, que exige mucho dinero, que quiere tocar a todos, que juega con partes infantiles o sencillamente irracionales de nuestro ser, pero que justo por lo desmesuradas no logran acomodarse en esquemas de corrección, y difícilmente en los del éxito.

    Sin embargo, tanto para un público cercano como para uno extranjero, la dificultad de apropiación se vence, y por el preciosismo de la producción en la creación de este mundo alterno, todo queda sometido a criterios individuales, como debe ser. Andrés Duprat, el guionista magistral de El artista (Duprat & Cohn, 2008) y otras películas esenciales del cine argentino contemporáneo, un narrador de corte menos realista que sobrio, en quien lo cotidiano es una trampa del demonio, supo explicar un detalle exigente que no dificulta tanto como en últimas sí cualifica la visión de Benjamín…, y es su soberanía, el fluir autónomo de un universo del cual el relato no te dice jamás dónde estás parado, aunque al poco rato tú ya sabes que estás allí.


    Benjamín en Tecnicolor (Tobón & Gil, 2011)
    Foto: Máquina Espía Films ©

    Es tal la virtud casi ridícula de esta película: por un lado, a su compás se le da un comino lo que de todas maneras es una falsa idea, un simplismo aceptado o una tergiversación de la narración canónica: eso de que al espectador hay que ubicarlo de entrada en una historia lógica y un universo creíble. Pero hay algo más: a esta insolencia se le suman, por un lado, la presentación inmediata, el mostrar sin ningún aviso previo "otra lógica" que se va desarrollando y crece en el espectador casi como un delirio indebido, inmoderado, escandaloso y para muchos inaceptable, y también un quiebre, un doblez permanente, una horquilla, un despuntado en todo, especialmente en los eventos.

    El mejor ejemplo de lo primero, de la autonomía del universo de Benjamín en Tecnicolor, es desde luego el carácter de Helio en la historia, o sea su función diegética, tan estrambótica que no puede menos que elogiarse la finta de no decirlo jamás, sino que el hecho significativo para el esclarecimiento de ese carácter sobrenatural suceda en la trama como parte de la historia y de súbito nos permita entenderlo: ese detalle, si se mira bien, habla de un modo de narrar cuya inteligencia o sagacidad trasciende lo absurdo, en este caso, o de cualquier modo, lo temático.


    Benjamín en Tecnicolor (Tobón & Gil, 2011)
    Foto: Máquina Espía Films ©

    Pero lo que personalmente más me fascina son los detalles salidos de cauce. Todo lo anterior es fundamental: cierto descaro para asumir un universo y una posterior adecuación a lo que ese universo es, pero el adentramiento tan desorbitado, las espirales que surgen de los puntales, como las faltas de ortografía de una mujer, la abuela de Benjamín, que lo graba todo en unas cintas magnetofónicas que conserva por temas (“hanchoas”, por ejemplo), o los mismos asuntos que graba (“nos quedamos sin pan”), son formidables excentricidades, desvíos así de alucinantes como visionarios, salidas de la cuneta que dan con el tesoro.

    Capítulo aparte, pero ineludible y esencial, es el acabado de la cinta, su producción esmerada, pero no por un formalismo estándar, sino porque el ensamblaje de todos los elementos supone un ordenamiento en cada una de las fases de realización que en el producto final resplandece como algo que no es simple rutina, sino un verdadero aprovechamiento de los recursos en función de lo que prevalece, que es la estética. Esto es de admirar, si se tiene en cuenta, especialmente, de dónde provinieron los recursos: en nuestro medio, tal eficacia es una forma rigurosa de recursividad que resulta no solo excepcional, sino ejemplar.


    Benjamín en Tecnicolor (Tobón & Gil, 2011)
    Foto: Máquina Espía Films ©

    Pero decir lo que, desde mi punto de vista, eleva a Benjamín en Tecnicolor a una casi inconfesable expectativa por lo que puedan hacer luego sus directores, no pretende decir que sea una obra perfecta ni mucho menos lo mejor o lo que hay que hacer, porque es preciso diferenciar facetas y separar esferas (algo como lo que sucede al hablar del cine de Felipe Orozco). La puesta en escena de Benjamín en Tecnicolor, queriendo decir la puesta en imagen cinética, móvil, es de una movilidad grácil que reverbera como influjo de un ángel que quisiera desordenar la mente, liberarla de toda atadura.

    Ese talento no puede ponerse como ejemplo a imitar, pero sí su peculiar descubrimiento en el interior de quien quiera crear.

    Cosa distinta pasa con la metodología, que resulta un camino del que todo un grupo de cineastas formativos, no propiamente realistas, deberá aprender. Y en cuanto al estilo y a los intereses temáticos, Benjamín… no debe ser imitado porque sí, ni por ser distinto ni por alejarse de la violencia. Los méritos de Benjamín en Tecnicolor, mejor dicho (y pasando por alto la ausencia de pausas en la narración, que son bien importantes y aquí faltan), no están en que sea un cine distinto en Medellín, sino más bien en que es un tipo de cine especial, consciente, que ha logrado serlo con rigor y confianza en sí mismo.


    Benjamín en Tecnicolor (Tobón & Gil, 2011)
    Foto: Máquina Espía Films ©

    SINOPSIS
    Benjamín es un niño de 10 años que vive en un mundo a blanco y negro, donde la única manera de ver a color es a través de unas gafas tecnicolor, sin estas gafas no se puede jugar fútbol, Benjamín necesitará la ayuda de su abuela y su ángel guardián para conseguir unas gafas tecnicolor y poder jugar la final.
    FICHA COMPLETA EN
    http://www.invitrovisual.com/sccs/nacional/02_ficcion.html