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    Intermedio nuclear: Sobre el espíritu de la India




    LA TRADICIÓN DEL TIEMPO SIN LÍMITES

    Conferencia dictada en el Centro Colombo Americano,
    de Medellín, en agosto de 2008,
    como parte de un ciclo de cine indio contemporáneo

    Por Santiago Andrés Gómez

    Pese a que esta conferencia está enmarcada en un ciclo de cine contemporáneo de la India, un cine que por lo general, aunque no siempre, ha sido de puro entretenimiento, en ella quiero referirme especialmente al sustrato espiritual que de modo tácito nutre las películas presentadas por estos días en Medellín. En primer lugar hablaré de lo que yo he podido entender de mi propio contacto con las disciplinas tradicionales de ese país. Luego compartiré con ustedes ciertas ideas que el manejo del tiempo en el arte tradicional de la India suscita en mí.

    1. LA ETERNIDAD CONCIENTE

    Bajo el dominio inglés, unos y otros son hojas al viento...
    Foto: http://www.sikhdharma.org/pages/two-world-wars-and-sikhs

    Sobre un pasado no tan lejano, leemos en Las olas, de Virginia Woolf:

    “’Veo la India’, dijo Bernard. ‘Veo la plana y larga playa. Veo los tortuosos senderos de barro apisonado, por los que se va y se vuelve entre ruinosas pagodas. Veo los dorados y almenados edificios, con aspecto de fragilidad y podredumbre, como si fueran provisionales construcciones de una feria oriental. Veo una pareja de bueyes arrastrando una carreta a lo largo del camino de tierra cocida por el sol. La carreta se balancea, ineficaz. Ahora se atasca una rueda, e inmediatamente innumerables nativos únicamente ataviados con una pieza de tela alrededor de la cintura rodean la carreta y parlotean excitados. Pero no hacen nada. El tiempo parece eterno, las ambiciones vanas. Sobre todas las cosas planea la conciencia de la inutilidad de los humanos esfuerzos. En el aire flotan extraños olores agrios. En un hoyo, un viejo sigue masticando betel y mirándose el ombligo. Pero atención, Percival avanza. Percival cabalga sobre una yegua atormentada por los tábanos y se cubre la cabeza con un salacot. Por el medio de aplicar los sistemas de Occidente, de utilizar el violento lenguaje natural en él, consigue desatascar la carreta en menos de cinco minutos. El oriental problema ha quedado resuelto. Percival prosigue a caballo su camino. La multitud lo rodea como si le considerase –y realmente lo es- un dios’”.

    Este párrafo nos brinda una visión quizá muy esquemática de ese universo que es la India, más precisamente una visión muy europea que, en cualquier caso, no está tan lejos de la realidad o, más bien, en la cual es del todo comprensible que el conquistador inglés sea un dios para el contemplativo espíritu de los indios si se tiene en cuenta una de las observaciones de Bernard al final del capítulo donde está el fragmento citado arriba. Dice o piensa Bernard al final de la despedida de su amigo Percival: “No somos esclavos destinados a recibir sin cesar los jamás anotados latigazos de la mezquindad en nuestras encorvadas espaldas. Tampoco somos borregos, siguiendo al amo. Somos creadores. También nosotros hemos creado algo que formará parte de las innumerables reuniones del pasado. También nosotros, cuando nos encasquetamos el sombrero y empujamos la puerta, no entramos en el caos sino en un mundo que nuestra fuerza puede subyugar, transformándolo en parte de la eterna e iluminada senda”.


    Qué bonito
    Foto: http://chennai.olx.in/british-india-note-for-sale-iid-14312529

    Para todo quien mire desde afuera una actitud contemplativa en el otro, este sólo será como un borrego siguiendo al amo, e incluso es inevitable que tal sea uno de nuestros principales temores antes de abandonarnos a lo que parece un caos de azotes “jamás anotados”. En verdad, la cultura india, desde los Vedas, ha pasado por numerosos avatares históricos que influyen, por ejemplo, en la visión emancipada que un Budha llegaría a ofrecer sobre la concepción hinduista del ciclo migratorio del alma, o que en los días de hoy permiten que Occidente se interese en la ley del Karma porque es prácticamente idéntica a la Tercera Ley del Movimiento de Newton, vigente con tanta imparcialidad en el Reino de Este Mundo. Lo que me interesa en especial, y lo que Bernard, el personaje de Virginia Woolf, no entiende, es que en toda manifestación espiritual de la India, tanto en el más lejano ayer védico como en los casetes del Sincrodestino de Deepak Chopra, se alcanza a sentir la verdad de que los azotes que sufrimos, los azotes de ese dolor que hizo rebelar al Budha contra el Karma que su casta, la de los Brahmanes, parecía explotar a costa del sacrificio de otros, no son azotes que nadie cuente, aunque ninguno de nosotros los sepa contar. Mejor dicho, que aunque no entendamos los azotes que evidentemente sufrimos –o menos aún los que prodigamos-, eso no quiere decir que carezcan de un valor y de un sentido, cierto que nunca manifiesto.



    ¿Y lo que allí vivieron fue o lo que son aquí no es?
    Foto: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:V.M._Doroshevich-East_and_War-British_India._Common_Fire_for_Poor.png

    De cualquier modo, lo más profundo en lo que se conoce como la sabiduría inmemorial de la India es que la verdad del Ser Absoluto (la realidad de la realidad) no puede transmitirse con palabras porque si se le comprende es únicamente en la medida en que se le experimenta. La unión que alcanzamos entre el mundo y nosotros con la práctica de la meditación trascendental o de las posturas del yoga no llega a ser total ni siquiera cuando esas disciplinas se unen a una dieta adecuada, pero tampoco es jamás una unión insignificante, y simplemente debe hacerse reiterativa y convertirse con naturalidad en un estilo de vida al que, en todo caso, nadie nos invita, y que ha de ser hallado personalmente. Es paradójico que podamos emplear las mismas palabras del alentado o activista Bernard de la Woolf para expresar que esa verdad del Ser, y la unión trascendente que significa, son una sola realidad superior a nosotros mismos, pues precisamente “nuestra fuerza puede subyugar”, transformando nuestra vida en “parte de la eterna e iluminada senda”. Es como si el latigazo y el dolor fueran necesarios, pero sólo para la contemplación y la elevación de nuestra esencia por encima de unas contingencias siempre empañadas por una hora y teñidas por un color que se irá, que se va, que se fue. La contemplación se vive entonces como la fuerza mayor de nuestro espíritu, ya que es la característica más propia de la conciencia, e incrementándola descubrimos que es mediante ella como podemos ir lentamente descubriendo y ampliando de un modo espontáneo y adecuado nuestros reales límites, sin esperar que haya más justicia, más razón o más amor que el silencio generoso de una percepción limpia y conmovida por el presente fugitivo bajo un cielo encapotado o frente al rostro confuso o sonriente de una persona cualquiera. A la vez, no hay nada que transforme la realidad material con mayor gracia que ese espíritu equilibrado y alerta, porque el hecho más absoluto e incontrovertible es que estamos vivos en un mundo donde los secretos infinitos y más humanamente importantes se abren a un paso igual de cercano que mudo, y el milagro es conocer la ignorancia plena, el júbilo inapelable de la eternidad conciente y vacua.



    La Paz, una difícil conquista, como estrategia, y un camino solo ideal, interminable...
    Foto: http://www.monossabios.com/19_en_09_La_Ropa_de_Mahatma_Gandhi.html

    2. EL TIEMPO SIN LÍMITES

    Si para la mentalidad india las experiencias mundanas son algo así como un sueño, este sueño no es cosa pobre ni baladí. Por el contrario la vida es para el indio de una sensualidad infinita. En su arquitectura, su literatura, su danza, y por supuesto en su cine, las formas finales y las posibilidades de creación parecen inabarcables y caprichosas, pero detrás de esa desmesura hay realmente una serie de reglas que lo rigen todo desde principios muy sencillos. Si en la escultura y en la arquitectura hay espacio suficiente como para reproducir las ciento ocho posiciones de la danza clásica en el bajorrelieve del templo de Cindabaram, o como para vaciar cualquiera de los llamados monasterios vihara en una montaña de roca, ese vastísimo espacio exige de parte del artista, y del espectador, un tiempo incalculable e ilimitado para su conquista y su apreciación. Ese mismo tiempo se percibe directamente y se ahonda en capas sutiles y casi inextricables en aquellas artes que se componen de tiempo puro y virgen, como la música, la literatura o el cine.


    Samaveda, la literatura cantable del hinduísmo...
    Foto: http://gosai.com/writings/vajrasucika-upanisad

    La literatura védica, por ejemplo, no sólo es tan profusa que resulta imposible aprehenderla sin entregarle a ella la vida entera, sino que tiene una parte oral –los Sutras o aforismos- igual de importante que la escrita –el Rigveda-, la cual además tiene una forma melódica o cantable –el Samaveda-. En cuanto a la literatura épica, es muy conocida la extensión agobiante del Ramayana y del Mahabharata. Como es sabido, en el Mahabharata está interpolada la historia de un príncipe, Arjuna, que antes de entrar en una batalla flaquea, pues ve en el bando enemigo a sus seres queridos. El desarrollo posterior de esta escena, los consejos que Arjuna recibe de Krishna, es el episodio más famoso del Mahabharata, conocido como Bhagavad gita, y está periódicamente puntuado por una voz sánscrita, la palabra Om, conocida vulgarmente como “el mantra universal”. Ese mecanismo muy simple, el mantra, utilizado con innumerable variedad en las diversas formas de meditación trascendental, puede servirnos, si nos detenemos un poco, para entender el porqué de la dilatada duración y el despreocupado devaneo del arte de la India.


     Krishna y Arjuna, en un momento clave de la historia humana 
    en sus "eras imaginarias", cíclicas y persistentes
    Foto: http://history-of-hinduism.blogspot.com/2010/07/religious-tolerance-and-hinduism.html

    Es una hipótesis personal la de que las obras del teatro indio, fuertemente hermanadas con las formas clásicas de la danza de su país, son tan extensas porque en ellas, como en el raga o modo melódico de la música india, los abigarrados detalles pasan de la misma forma que los pensamientos fluyen y danzan en la meditación trascendental, al compás o bajo la órbita de una vibración –el mantra- que reproduce y suscita el silencio fundamental del Ser, de lo eterno, ese silencio que es matriz del mundo y de sus formas e historias y en cuya inmersión se hace sensible algo que es más que la belleza: la fuerza secreta de donde ella surge. El indio, habituado a una contemplación así del mundo, no se preocupa de cuánto pueda demorar la obra, sea musical o dramática, y si esta termina es más porque el artista está cansado. Por otro lado, es obvio que si la obra dura tanto es también porque el artista está muy bien entrenado, y hay que decir que la estilización del arte clásico indio no deja de ser ritual y muy estricta pese a la abstracción en que sume al espectador. Al contrario: eso es lo único que produce en realidad esa abstracción, muy distinta en todo caso de la catarsis del drama occidental.



    Teatro Kathakali (¿el verdadero "teatro"?)...
    Más allá de lo real, energías depuradas...
    Foto: http://www.adventuresofagoodman.com/cochin-backwater-tours-traditional-dance-chinese-fishing-nets-and-jew-town/

    El cine de la India respira con las mismas pautas que gobiernan el arte clásico de su cultura. Con frecuencia las películas sobrepasan las tres horas de duración, y su público natural las vive como vive las obras del teatro Kathakali, a veces imbuido hasta la exaltación, a veces desprevenido y sin importarle si por conversar con el vecino se pierde una parte importante de la trama. Es un cine eminentemente musical y artificioso que por supuesto sólo pudo tener partida de bautismo con la llegada del cine sonoro, pero que tan pronto apareció este se definió en una forma de ser tan original que su comprensión y disfrute en otras latitudes es más difícil aún que la del teatro que en parte la inspira. La poderosa industria del cine indio también ha dado cabida a formas de expresión más concentradas y deudoras de la mirada Occidental. Sin embargo, cineastas como Satiayit Ray o, más recientemente, como la delicada Aparna Sen, son personalidades espléndidas pero igualmente insulares en su país. Para concluir digamos que la marca peculiar del cine de la India está aún por ser conocida mundialmente. Su valor sobrepasa la mera seña de una identidad nacional, y es posible que, después de sumergirnos en una visión intensa de sus películas, los occidentales comencemos a percibir, por debajo de su apariencia fastuosa y de sus maneras típicas, la gracia serena y la originalidad incesante de ese Ser Absoluto cuya experiencia nos ha regalado la India, más allá de todas sus circunstancias, y más allá del dolor universal.


    Nirvana ó la Iluminación...
    El cerezo, el frío y el cuerpo: avatares lúcidos, transitorios...
    Foto: http://intothewildunion.blogspot.com/2011/11/siddharta-o-el-despertar.html?zx=8c6bfd0d395db4d3