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    Antioquia audiovisual (4): Fortich, Gil Sánchez



    PERTINENCIA Y ABERRACIÓN

    Por Santiago Andrés Gómez

    El año pasado, tuve la buena fortuna, y el honor (más que nada el placer), de ser invitado por la Facultad de Cine y Televisión de la Universidad Manuela Beltrán, de Bucaramanga, junto con Jaime Manrique, director de Laboratorios Black Velvet y del Festival Internacional In Vitro Visual, para tutelar la muestra de trabajos de grado. Apreciar estas “obras estudiantiles” supuso, como señalarlo viene siendo una “dominante” en esta serie (y en este blog), cosas distintas para los dos tutores.

     Foto: http://extroversia.universia.net.co/buscadortags/in_vitro.html

    Jaime fue mucho más exigente, en cierto sentido, pero solo en cierto sentido. En otro, yo rebajé las exigencias hacia un nivel del que se pueda arrancar o, de hecho, el único desde el que se puede, para que la competitividad, muy importante dentro de los objetivos de formación de cualquier universidad, se robustezca con un sentido de identidad que, desde luego, y en cualquier lugar, debe sacar ventaja de las limitaciones, pero que además, para ello, no solo debe surgir de las condiciones propias sino de un apropiamiento de las mismas que no es fácil y que supone, para ser exactos, “soñar menos”.

    Es muy lamentable ver que en ocasiones los eventos busquen ser copia de las más estridentes parafernalias de la farándula, o que un buen diseño de las piezas de difusión (desde el afiche hasta las copias) de un corto, factor  indispensable, como el anterior, para la firme inserción de una obra en la corriente de sentidos de la sociedad, termine no tanto por ser más importante, sino por prometer lo que no entrega. Y esto no quiere decir tanto que los productos deban cumplir la promesa de ser películas eximias, sino enfocarse hacia lo que es posible en términos de producción y de capacidades en experiencia, conocimiento y sensibilidad.

    Esta semana, alumnos de tercer semestre de la misma Facultad de Cine de la Manuela Beltrán, sede Bucaramanga, ganaron en la categoría Mejor Comercial en los Premios Césares, y luego, en su paso por Medellín, fueron quienes nos contaron del triunfo de nuestro alumno en Cinefilia, y estudiante de la Facultad de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Antioquia, el cartagenero Freddy Fortich, en las categorías de Mejor Guión y Mejor Ficción con El miedo y la gallina (2011), cortometraje que en Ojo Mágico habíamos visto hacía pocos días junto con el, por decir lo menos, muy provocador documental El hombre imaginario (2011), del propio Fortich.

    UdeA en los Premios Césares 2012

    Fortich había pasado ya por la competencia Nuevos Creadores, del Festival de Cartagena, y por Caja de Pandora, la muestra audiovisual de Santa Fe de Antioquia, su documental había sido comentado con inquietud por Mario Pizarro, decano de la Facultad de Cine de la Manuela Beltrán (Bucaramanga), y los alumnos de esta facultad ganadores en Manizales no se ahorraban elogios para El miedo y la gallina… Definitivamente, y en esto radicaban mis diferencias con Manrique en Bucaramanga, si no se toma en serio lo que significa para el cine y el audiovisual regionales la producción efectiva, real, o sea lo que hay, o si no se valoran las cosas por lo que son, siempre quedaremos “por debajo” de otros, y jamás lograremos “lo que queremos”.

    ***

    El miedo y la gallina es un cortometraje de menos de quince minutos, elaborado con una visión conceptual tan definida y, al mismo tiempo, engastada con tal suficiencia en un esquema de producción estándar, que no es de extrañar su triunfo en Manizales ni los comentarios entusiastas que provoca. En esto, se aprecia que no solo Fortich, sino la Universidad de Antioquia, se han dado cuenta de que realizar películas es algo más que coordinar un equipo de trabajo.

    Fortich, gran admirador de Charlie Kaufman, cinéfilo avanzado hasta el delirio, pretende generar una tensión en torno a un animal que simboliza sencillamente su propia vida (es decir, la de la misma gallina), una gallina que no sabemos nunca por qué la mujer protagonista la quiere tanto y la defiende hasta jugarse enterita por ella, y que en la exposición dramática pareciera también despertar en esta anciana un amor filial casi porque apenas pone en evidencia la fragilidad de su vida individual (la de la anciana).

    Trailer El miedo y la gallina (Fortich, 2011)


    Desde luego, El miedo y la gallina, es un ejercicio, pero también es una obra ante la cual, si se transmitiera en casi cualquier canal de televisión, el público no se pondría a buscar diferencias, justo porque no las tiene, con lo que muchos todavía podrían llamar una película “de verdad”, o “estrictamente hablando”. De hecho, para mí el problema es ese, y es el mismo que sí delata la cualidad de ejercicio “de verdad” y “estrictamente hablando” de esta obra.

    Hay un notorio, un poco excesivo afán por cumplir con el objetivo de generar una ilusión narrativa, claro que tan bien logrado que se percibe de inmediato la presencia de una especie de agitado motor inmóvil, una imaginación certera en su búsqueda de imágenes, cuestión que a veces obvia si algo es convencional o no, porque ya poder comunicar un sentido de continuidad con el adecuado nivel de emoción y expresividad es una labor suficientemente ardua, sesuda.

    Lo que se consigue, en ese sentido, es algo más, pues, ya se ha dicho, hay una estética, un concepto (especialmente desde el guión) que concilia con los valores más estrictamente funcionales y operativos. Sin embargo, el afán de metaforizar con la presencia trascendente de la gallina el ridículo de la tragedia guerrerista en Colombia, puede quedar en un gesto formal, algo que consigue una perplejidad muy al uso en los cortometrajes, muy superficial también, y en ese sentido la cinta pasa rauda por encima del problema que representa.

    El miedo y la gallina (Fortich, 2011)
    Foto: http://festivallumiere.jimdo.com/el-festival/inscritos/el-miedo-y-la-gallina/

    Allí podría uno hallar una crasa deficiencia, si es que ponemos el video en una perspectiva ajustada meramente, por ejemplo, a la imitación o recreación verista de los espacios o a la ubicación histórica de los hechos, con letreros pintados en las paredes y demás… En ese sentido, al menos, hay un desequilibrio: El miedo y la gallina es un admirable ejercicio formal, pero insustancial como comentario del mundo, sobre todo porque esto último, hacer tal comentario, pareciera importarle mucho al realizador y termina convertido en un álgebra bastante forzada.

    Más valiera no mencionar hechos o referentes específicos, y forzar la nota por otro lado. En esto, hay que estar seguros: el realismo de aguas tibias no es solo lo peor, sino lo más narcotizante para un espectador y ante todo para el realizador y el sistema (esa sí es la verdadera “mata que mata”), mientras que lo mejor de El miedo y la gallina son sus giros subjetivos, su inmersión en la protagonista, su miedo, o sea: ella, y no otra cosa.

    Digo, pues.

    ***

    Por su parte, otro estudiante, Vincent Gil Sánchez, de la tecnología de Producción de Televisión del Politécnico Jaime Isaza Cadavid, ha logrado también, claro que muy de otro modo, iniciar un camino propio. Es muy distinto a Fortich, y diría casi que a cualquiera en nuestro medio, por cuanto su trabajo se relaciona mucho más con formas de realizar caseras, aunque su último cortometraje, según me ha contado, es más elaborado, y ese es su objetivo de ahora en adelante.


    T is for Tuonela (Gil, 2010)

    Por supuesto, que Vincent ponga a circular sus películas por Internet, colgándolos en You Tube, y que haya conseguido participar con una de ellas en un festival internacional de cine de horror en la Web, es algo que da pie para que uno hable de ellas, quizá no tanto pensando en su futuro, sino viéndolo ahí mismo, y creándolo ya, ya mismo, con él, gracias a él, siendo uno ya un poco, como espectador efectivo, ese futuro de Vincent.


    T is for Tuonela (Gil, 2010) es la película que conquistó la participación en el festival del que hablamos (la información del vínculo, o Google, dan cuenta suficiente del evento), y es un ejercicio más atrevido o descarado que el de Fortich, cierto que en el cine de género, o sea en un cine que puede beber tanto de un cine preceptivo, o regulado, como de un cine más enrarecido, rasero a conciencia o demencial. En cualquier caso, al mismo modo de Fortich y de muchos o casi todos los realizadores paisas o de provincia en Colombia, su pasión por el cine esconde preferencias, como decía Caicedo, aberrantes… (“Cada gusto es una aberración”: Caicedo, “De la crítica me gusta lo audaz, lo irreverente”, en Ojo al cine, Norma, Bogotá, 2009, p. 40).

    En esta pequeña pieza, todo queda en el aire de una manera tan suelta que la sensación es de novedad, no de brillo estratégico. Hay una fuerza menos maquinal, y sin embargo del todo provocada, diseñada, y eso es parte de su vértigo, solo que desde un orbe movedizo, oscuro, no tan claro como definitivo. Desde luego, si buscas a M. N. Shyamalan, y te encuentras con un giallo de Robledo, de Itagüí o no sé dónde viva mi amigo, sentirás que algo falta. Yo digo en cambio que aquello que supuestamente falta, sobraría…

    Rewind (Gil, 2010)

    Lo mejor, en suma, de los videos de Gil, es un aspecto descuidado que logra convertirse en fogata al viento, en hojarasca revuelta por sí sola. Otros cortos de realizadores afines tienen desde luego una apariencia similar, punto por punto, pero cada película tiene un sello distinto, como nos lo reveló la política de autor de Cahiers du cinéma: no importa, y quizás es mejor, si uno está embebido en cualquier convención, sea la de un cine del desparpajo o la de un cine (aquí en pos de lo) industrial, con tal de que uno ponga su gusto, su placer, su sentido, su alma en la película.

    Rewind (Gil, 2010) es una idea formidable cuya simple premisa lo induce a uno a seguir viendo la película sin perder segundo. Desde un principio es notorio lo sorpresivo y casi inagotable de lo que estaríamos mal en llamar “recurso”, y si uno luego se entera de que el producto final fue resultado de muchas repeticiones, lo menos que puede advertirse es que Gil es un creador al que hay que mirar con atención e incluso sin que se note mucho, con un sano desgano… Esta idea es de esas que uno tiene en Amadís, con Memo y Juanpa en confusa risueña, o en cualquier bar con cualquiera, pero nunca lleva a cabo.


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