• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Antioquia audiovisual (3): moción de orden


    ELOGIO DEL ESPECTADOR


    Por Santiago Andrés Gómez

    El miedo y la gallina (Fortich, 2011)
    Ganadora a Mejor Guión y Mejor Ficción
    en los Premios Césares 2012

    El problema gigantesco de las aspiraciones es encontrar un criterio ajeno a lo que uno sospecha que es natural. No quiero ser muy insistente, pero decir que una película es buena o mala no puede basarse siempre en los mismos criterios, aun cuando sea una misma persona quien habla. En las universidades, se ha hecho común desde hace tiempo, y hasta años recientes era casi regla general, suponer que el estudio de una práctica social discursiva se aparta o toma distancia, al menos para el análisis, y desde luego se diferencia radicalmente, de los usos cotidianos que la colectividad hace de tales discursos.

    Las tendencias florecientes desde los setenta, tras la ilusoria debacle de Mayo del 68, y en especial desde la Guerra de Kuwait, cuando el fin del comunismo soviético se transformó en el ascenso de un sistema regido no solo exclusiva sino mañosamente por una oferta y una demanda mucho menos espontáneas o libres que como era el comercio de la Hansa, en los albores del capitalismo, hace poco menos de mil años, han logrado que la educación se oriente hacia fines de productividad que, si se miran como la clave para el desarrollo de un país, no pueden ser desmontados como tales sin desmontar previa o simultáneamente las demás ideas que se tienen de progreso e incluso sobre el mismo ser humano, o como hayamos de llamarlo (sociedad, aldea global, o lo que sea).

    Por ello, las facultades de comunicación audiovisual no saben muy bien a dónde dirigir sus orientaciones. Decir bueno o malo no suele ser algo que se asuma con medias tintas, pero justamente así debería ser. Si entendemos un producto o, como se le dice o quiere decir ahora, un “contenido” audiovisual, como un texto comunicativo, e incluso expresivo (en el que la estética prime de modo artístico, o sea sutil y ambiguo o indirecto, y no sólo publicitario, funcional o fastuoso), la calidad tiene diversos niveles, como en cualquier acto enunciativo, porque esto depende en buena parte del objetivo o los diversos objetivos, y la natural desviación de los mismos, que puedan existir o darse desde el llamado “lugar de enunciación” (el problemático nudo de la cuestión según la teoría del cine contemporánea).

    Pantalones Cortos: muestra audiovisual
    de creciente importancia en Medellín

    Este asunto no se trae a colación: es imperativo al hablar de películas como Benjamín en Tecnicolor (Tobón & Gil, 2011), El miedo y la gallina (Fortich, 2011) o los cortometrajes de Vincent Gil y José Andrés Gómez y Rara Colectivo Audiovisual, cuyas aproximaciones desde mi, ya parezca dislocada, más bien reacomodable perspectiva, componen el primer módulo de nuestra serie Antioquia Audiovisual, dedicado al cine de ficción. ¿Y por qué resulta imperativo? Veamos: la mayoría de realizadores que estamos tratando, y en verdad creo que todos, estudian o son ya egresados de carreras de comunicación audiovisual o tecnologías en producción de televisión que en los últimos años han experimentado un crecimiento notable en más de un sentido en nuestra región....

    Si el empeño principal siempre ha sido forjar generaciones más competentes de profesionales, pero bajo la guía de un horizonte que está más en la retaguardia que adelante, y mucho más en lo superficial que en lo emergente o que en la variedad inabarcable de quiebres sustanciales en nuestro campo de conocimiento, muy poco es aquella forma de innovación que pretenda forzar lo conocido en vez de, o incluso sin importarle el potencial de lo inadvertido. Aquí la fractura más dramática es muy semejante a la que nos señala el crítico Orlando Mora (sin duda no solo el más experimentado sino tal vez el más actualizado de nuestros críticos de cine) sobre las diferencias abismales entre el cine de entretenimiento y el cine personal hoy en día, o digamos artístico, según criterios kantianos, o románticos.

    La cerca (Mendoza, 2004)
    ¿Es posible un cine útil?

    Todo aquello que en la imagen audiovisual sea relativo no a la realidad social, que no es hipotética como sí es imposible su real adecuamiento a cualquier relato, sino atenido justamente a la manipulación de la misma, a su manoseo por parte del poder o al usufructo al que es sometida por parte de nuestras diversas oposiciones (a las cuales yo mismo, así sea de modo parcial o periodico, quiero sumarme constantemente, como todos, para conseguir el poder o beneficiarme de él), puede y debe tocar más hondamente a un cine de vocación realista, o mejor digamos verista; en tanto que un cine de marcada convicción ficcional, mucho más ilusionista que cuanto dice llamarse narrativo, si acaso pretendiera triunfar creativamente y realizar su forma por fuera de los patrones que determinan hoy esquemas dramáticos caducos y valores morales o de implicación náufragos, tal vez no logre ya hacerlo si no es sometiéndose al hecho de que las formas del espectáculo muy escasa y fugazmente conciliarían con sus afanes idiosincrásicos de originalidad o pertinencia, y que su éxito o sostenibilidad en función de una ecuación tan ambiciosa es aún menos que un albur, una quimera.


    Cine a lo grande (de mero tipo duro de estudiante)

    De resto, todo es comercio, comercio rasero y muy a veces depauperado, pero al menos no le duele, y si un documentalista "liberal" como Frederik Gerten o el desprejuiciado fabulista Almodóvar, ambos muy exitosos y taquilleros, pueden creer todavía que hacen comentarios efectivos en contra de tal o cual sistema, sea moral o económico, en poco tiempo sus lamentos serán semejantes a los de tantos realizadores de izquierda que en los noventa se dieron cuenta de que poco o nada sirvió para sus anhelos igualitarios una estructura que copiaba heroísmos y que, como señalaba Pasolini, terminaba por reproducir estructuras de poder milenarias, patriarcales,  absolutistas, dolorosamente impermeables a sus propuestas o perspectivas de un orden social alternativo. Películas como Los colores de la montaña, de Carlos César Arbeláez, o El miedo y la gallina (Fortich, 2011), son obras que apenas “parecen” alejarse de la representación usual de la violencia en Colombia, porque más en el fondo no pasan de provocar una visión de buenos y malos tan semejante a la de una serie de televisión como Bonanza, que lo más impropio sería suponer que sí pueden ayudar a entender mejor las cosas que como cuando una presentadora de noticias dice el típico: ¿Hasta cuándo?

    Esto lo produce la estructura del cine clásico, o la estructura heroica y causal del drama aristotélico, sin más. Ahí no hay vuelta de hoja. Sin embargo, siguiendo esa vía, no puedo yo hallar nada reprochable a aquellas películas, sino a lo que esperamos de ellas. Lo que hay que recalcar es simplemente que tal limitación llega a ser un problema mayúsculo y se hace perniciosa de veras cuando el realizador asume esas expectativas gloriosas y cree explicar el mundo histórico con una simple narración que no puede abarcar más que un espacio metafórico, o cuando no asume que esa forma de interpretar el cine solo es la usual entre el público, pero del todo errónea. No obstante, la contradicción entre relato y mundo pareciera estar en la diferenciación misma, ya que toda metáfora hace referencia a la realidad y pretende (y aun logra) ofrecer generalizaciones, sintetizar pérdidas, definir esperanzas... Pero las propias referencias reales no son generalidades, y por eso una metáfora certera siempre habrá de centrarse en la situación relacional de sus personajes. Penosamente, un ser humano no es el mismo en cualquier lado, y no podemos poner en cada uno las mismas responsabilidades cuando las prácticas de la experiencia hacen privilegio de los derechos, mucho más hoy en día.




    Víctimas en cápsula y copia legal
    o simplemente un cuento muy bien contado...

    El coro griego permitía una explicación que más que aterrizar, sumergía a los personajes en su destino, de modo que parecía común a todos, compartido en lo ciego, en lo ineludible, en lo inesperado. Hoy no hay coro distinto al de unos medios de comunicación que hacen eco de sentires sociales de entusiasta depredación mutua, recíproca, con la lógica que Marx previó y la escuela de Francfort no acertó a adivinar como un no-poder ecuménico del cine para vindicar y acallar por igual, haciendo de todo interés social un cómputo en ceros, una partida en tablas. Y al realizador de ficción le resulta imposible salir de esa lógica, pues sus necesidades de metaforización se exceden en su afán de representar a cada a sujeto como un ser humano que hace tiempo dejó de existir como tal, pues es menos un individuo que un cuerpo: es una mirada confundida, y su dignidad última no se corresponde con lo que convencionalmente entendemos por ello, es algo que se vuelca ya en la persecución, y en nada se relaciona con la añorada existencia.

    ***


    Miremos con cuidado, pues, las ficciones como un instrumento de cambio social que resulta así de maleable como inerte: la calidad es tan peligrosa como inútil. Y la mejor consideración, o la única fértil u optimista que podemos tener al respecto es su actualidad en la sensación inmediata y en la ideal apropiación subsiguiente, entendiéndola como algo más que ese acto reflejo en que nos creemos el Llanero Solitario, Marylin Monroe, Luke Skywalker, Rambo o Lara Croft. Sin duda el mundo entero puede cambiar si yo miro con otros ojos cada cosa que pase ante mí. Puede haber simples contingencias en lugar de accidentes fatales, puede haber placer indulgente o demoniaco en las historias, y absurdo y subversión, en lugar de moraleja, y así más tolerancia en mí mismo, en lugar de perfeccionismo... Yo puedo ser dueño de la vida.

    Versus (Vincent Gil Sánchez, 2011)
    Por mí, rebién...

    La utilidad, la calidad del cine, su sentido, o hasta su “salvación”, si uno fuera tan nostálgico como no quisiera serlo el propio Orlando Mora, están pues hoy, y como nunca antes, más en manos del espectador que del realizador, que del distribuidor o del divulgador o el crítico, contando con que al fin todos ellos, todos nosotros, somos primordialmente espectadores: somos espectadores antes que nada, antes que cualquier cosa.


    Afinar la percepción es abrirla a los hechos, aunque algunos tan notorios como que en Cannes ganen la Palma de Oro, con pocos años de diferencia, un filósofo contemplativo casi estático de la imagen, como Apitchapong Weerasethakul, y un formalista trepidante y manipulador del vacío, como Nicolas Winding Refn (Drive, 2011), son poco ante la realidad del duelo casi a muerte entre Hollywood y Sillicon Valley, o sea entre el sistema regido por el productor y el sistema regido por el usuario, y son nada, para nosotros, frente a la acuciosa búsqueda de los estudiantes de cine o comunicación audiovisual por tejer obras pequeñas y a veces nimias, pero estruendosamente lanzadas o premiadas en muestras y festivales que hasta hace muy poco parecían de medio pelo, pero no por ello eran insignificantes y hoy son la caldera en que se cuecen todas las habas de nuestra imagen audiovisual.




    LA PRÓXIMA ENTREGA DE ESTA SERIE
    -martes 10 de abril-
    SE OCUPARÁ DEL CINE DE FREDDY FORTICH
    Y VINCENT GIL SÁNCHEZ