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    Antioquia audiovisual (6): RCT 1139, de José Andrés Gómez




    MAVERICK SIN CORRAL

    Por Santiago Andrés Gómez


    RCT 1139
     (José Andrés Gómez, 2010)
    Foto: Facultad de Comunicación Audiovisual - Universidad de Antioquia - JAG ©

    Para cerrar este módulo del audiovisual de ficción contemporáneo en Antioquia, hablaremos hoy de dos realizadores antípodas, salvo si entendemos, como dijera Borges, que todos somos antípodas (a última hora, Juan David Suárez, portentoso creador de la imagen, no mandó las fotos de su visionario cortometraje Carcinoma [2010], por lo que es un poco inútil escribir de él, si además tenemos en cuenta que lo escrito sobre Jóse se ha ido ya un poco largo).

    José Andrés Gómez es un joven científico (si mal no recuerdo, es egresado de Biología), estudiante de último semestre en la Facultad de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Antioquia, y fundador del ya muy bien establecido cineclub Cinema Zombie. Igualmente, bajo el nombre de Doctor Calamar, sostiene actualmente en la revista Kinetoscopio, del Centro Colombo Americano de Medellín, con la cual colabora desde hace ya un buen tiempo, una serie fascinante dedicada al cine de la serie B. Gómez también es escritor, y el Municipio de Medellín ha publicado un libro suyo de cuentos infantiles, apropiadamente traviesos e intranquilizadores.

    RCT 1139 (José Andrés Gómez, 2010)
    Foto: Facultad de Comunicación Audiovisual - Universidad de Antioquia - JAG ©


    Así mismo, como Oswaldo Osorio, es uno de quienes ha llegado a explicar y defender la noción de “cinéfago” como un tipo de espectador, consumidor o apasionado por el cine, o digamos incluso un enfermo por el cine, que casi no tiene opción frente a lo que para otros puede ser simplemente un placer, una filia o un oficio. Desde luego, lo interesante es la inflexión que acentúa la postura de Gómez en un terreno de vendaval titiritero. A Corbucci, a Fulci, a Carpenter, obviamente a Tourneur y Lewton, no los mira él de una manera idolátrica, o al menos no solamente: su paganismo, su literal veneración esconde una vertiente herética que resulta deliciosa para quien sabe, como él [y como Bloom], que no hay nada más elogiable que una irrupción amorosa, ni nada más dignificante que la distancia que nos reclama y evidencia. Jóse paga así la dicha que ha vivido con las cintas de Corman o de tantos otros: con una Liberación egótica que tergiversa todo cuanto pretendió el otro con su búsqueda vanidosa, dadivosa y demandante de depauperado mago o fúlgido charlatán; y así le pasará a él, porque aviso que es un maestro, o bien un cuatrero, para hablar en mejores términos.

    Eso es la historia del cine, de Hitchcock a Truffaut,
    de Truffaut a Gaviria, de Gaviria a Orozco…

    RCT 1139 (Gómez, 2010) puede ser considerada como una cinta afortunada gracias a la producción que se ejerció en la Universidad de Antioquia, al trabajo en equipo, a la laboriosidad, el orden y la existencia de buenos recursos, pero tal fortuna es justamente la que requiere no solo un cine como el suyo, sino justamente la sociedad para, entre otras cosas, crear un cine significativo, coherente[1]. El corto es posterior a El otro lado (Gómez, sin estrenar), la cinta con cuyo proyecto Gómez accedió a un estímulo del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico en 2008, y el autor me dice que por lo pronto se siente satisfecho con él, aunque hasta el momento no haya corrido por muchos lugares e incluso no goce de la acogida que, desde mi punto de vista, no solo merece sino que cosechará en un futuro no muy lejano entre cineastas paisas que sepan valorar la concepción, el diseño y los mecanismos audiovisuales, o sea la narración cinematográfica en su sentido más abstracto: su formalismo puro (Orozco entre ellos, quien es en ese sentido un verdadero prodigio en nuestro contexto, y a quien todavía no se le tiene por todo lo que vale).

    RCT 1139 (José Andrés Gómez, 2010)
    Foto: Facultad de Comunicación Audiovisual - Universidad de Antioquia - JAG ©


    No me explico, por ejemplo, cómo nadie advierte que la cinta no tiene ninguna razón para invocar el espíritu distraído de la calle neorreal o de la sábana trasudada de la Vieja Ola rohmeriana, para hablar en términos casi arcaicos pero que, quien hable de naturalidad como seña de una buena actuación o verosimilitud, no sabe que los maneja sin saber como presupuestos teóricos igual de esquemáticos e incluso tan falsarios como, pero más engañados en sí mismos que los manejos payasos, rocambolescos, estrambóticos o excéntricos de los grandes caricaturistas del cine, tipo comediantes del slapstick, poetas del sueño como Cocteau o Fellini, cierta onda godariana (la de Los carabineros [Les carabiniers, Godard, 1963]) o Rocha, sin duda, e incluso mucho del cine que llamamos normal y clásico, de Almodóvar para atrás, mucho Fassbinder, pero también casi todo Kubrick, y algo de lo mejor de Bergman, sin hablar de Méliès, o bueno, más oportunamente, de Sergio Leone.

    Es lo que yo haré en Perro malvado.

    Estamos hablando de cine en una cualidad excepcionalmente elevada, mejor dicho, de ballet, de cartel callejero alla Toulouse-Lautrec (desde las perspectivas inversas del Giotto y las embrujadas proporciones del arte rupestre), como la opción que toma, por fuera de borda, un cúmulo de muchachos que se apartan de las vertientes naturalistas de nuestro cine paisa, o diré mejor montañero, y no propiamente para hacer un cine conformista o tibio en la expresión de sentimientos vehementes o posturas políticas (este es por ejemplo un aspecto interesante de El saco [David Quiroz, 2012], que se acaba de estrenar). Más delicado es el asunto de los matices, de los tiempos, de la armonía y los timbres, aspectos puramente formales, y cuya terminología, de hecho, es más musical que dramatúrgica o pictórica, aunque por supuesto se puede aplicar a estas otras líneas o códigos estilísticos que inevitablemente cruzan al cine, por esa absorción e influencia penetrante que ejerce sobre un orbe del todo humanizado, o formalizado según sus cualidades múltiples, discernibles pero ilimitadas. La relación de ciertos aspectos muy específicos de la forma con los contextos diversos, con las figuraciones imaginarias y con el tiempo concreto de la elocución, hace del cine un gesto mucho más formal o artificial que crasa o directamente representativo, ilustrativo o narrativo, una constelación precipitada de pálpitos, resplandores, gemidos y cascadas.

    [edición, luz, sonido y música]

    RCT 1139 (José Andrés Gómez, 2010)
    Foto: Facultad de Comunicación Audiovisual - Universidad de Antioquia - JAG ©


    En tal sentido, RCT 1139 logra eludir al mundo para crear otro orbe interno, haga usted de cuenta al estilo en que mira el sujeto de Eraserhead (Lynch, 1977) un calentador y ve allí cosas, como si por dentro de una hoja corrieran en veloz persecución cuatro estudiantinas disociadas por el ramal hechicero de la nervadura bestial. Pesadilla, ni más ni menos, RCT 1139 debiera tener, digo hoy, pero me equivoco, “un filtrico”, una pátina de análogo granizado o sepia azulino o verdoso, algo así como la pastosidad que hoy vemos en el cine mudo pero que quizás entonces no se advertía y apenas los rayones horizontales del video de los 80, o incluso los devaneos cuadriculados que hoy vemos en imágenes aporreadas y llamamos “drops”, o nada más tal o cual peculiar cualidad del video de hoy, pueden aportar luego… Hoy esa pátina la crean los mejores programas de edición, y quizá se practicó algo de esa manera en el corto, pero no hasta el extremo encantado que quizá merecería una apuesta onírica de tal magnitud. Por lo pronto, la cinta corre y se ajusta con una relojería perfecta, hasta que se indigesta en la tradición "significativa" y verbal de mucho cine estudiantil norteamericano, como herencia de algunas moralejas chistosas y otros discursos alucinantes del cine de grinjaus (el ejemplo gracioso de ello son las parrafadas patrioteras de John Rambo vuelto nada al final en sus películas, mientras que los ejemplos irritantes y más geniales pueden estar ejemplificados por el sermón de Samuel Jackson Jr. al final de Pulp Fiction [Tarantino, 1994]). En ese punto no hay relojería, salen fantasmas que uno no puede discernir, todo es borroso, pero no por ello diría yo que se pierde la gracia, tal vez se gana en cierto tipo de misterio que hace de algunas cintas imprescindibles en la historia, pero inentendibles, obras que uno no termina de ver y rever, del corte de Out of the Past (Retorno al pasado / Traidora y mortal, Tourneur, 1947) y otras…

    Hay en cualquier caso detalles formales que revelan un real talento, y hay que agradecer a los profesores (especialmente a Ernesto Correa) que permitieron esos jugueteos de alguien que, muy probablemente, podía tener un conocimiento particular que ellos, en lo general, no tenían. Hablo por ejemplo del paneo que precede al flashback y/o recuerdo del protagonista: la cámara se aparta de su gesto un instante, sin abandonarlo, y una disolvencia nos lleva a otro lugar, otro espacio, con él habitando un muy otro momento, y luego volvemos al plano aquel, también por disolvencia, y la cámara retoma al personaje en su encuadre inicial. Este paréntesis es del tipo de efectos protocolarios, tan magistralmente articulados por genios de la forma narrativa, como Hitchcock, Truffaut,  Scorsese o Almodóvar, que definen una expresión no tan clara como hipnótica, desde luego por lo sólida u orgánica, por la autonomía del sistema en la pertinencia y coherencia interna de sus dispositivos. Para José Andrés, el referente es más bien Brian de Palma, pero a mí poco me gusta este director, y mejor no pronuncio su nombre escandaloso como escandaloso es su cine mucho más que venenoso.

    RCT 1139 (José Andrés Gómez, 2010)
    Foto: Facultad de Comunicación Audiovisual - Universidad de Antioquia - JAG ©


    Pero en cualquier caso, sería dable suponer que el veneno de Brian de Palma esté justamente en ser un juego de diversiones tan pueril que excita la imaginación de cualquiera con muy poco sustrato, casi ningún humus animal ni esa serena victoria de la muerte que a mí me deleita en los mareos de autores un tanto más atormentados, que se Libra echando paladas de plumas de luz en el pecho de mi ángel… Más bien, de Palma sería esa palada, y el genio del sistema (cinematográfico) quien la arroja, muy probablemente, como sucede con tantos autores de género, tantos autores como Mario Bava o en nuestro medio Jairo Pinilla, que gozan con el cine como si fuera un simple, o no tan simple, al contrario, nada inocente truco de magia negra o una bofetada aliviante que te aplaca, "argentina", que te calma, un gesto de fuegos en honor al diablo, cómo no, en honor al diablo que nos aterra, para que las pesadillas nos favorezcan, cuando ellos nos encierran, cuando la noche llega, cuando otra luz, roja, se enciende y nos dice que hay mucho mar negro por dentro, que tal vez nos toque su bestia, que nos llama…

    Buen augur para el Dr. Calamar…







    [1] Ya me da hasta risa y un poco de vergüenza tener que decir esto, porque mucho cineasta independiente cree que Víctor Gaviria, por poner un ejemplo elocuente, ha hecho sus películas sin plata y solo, cuando ha gastado más y en cada película llega a trabajar con más gente que cualquier cineasta colombiano normal, tipo Lisandro Duque o el mismo Dago García.