• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.


    ¿Quién será Segundo Calvo?

    Por Olimpo Leal Bravo


    El colegio ancestro que dirijo hace siglos me ha puesto en la infeliz pero fugaz tarea de recomponer para vos los últimos caminos de Segundo. Santito y Perdo, que no se ven y no se hablan, pero se saben a cada palmo (todos los guetos son perdos), buscan hoy sin cesar un monto digno de recompensa o resurrección, al menos, para su pródigo pasado.

    De él solo sabemos que goza ya de diversidad de futuros.

    Rocío Blanco Prieto fue la chica que lo trajo a nuestros deyes, entonando pasito “pasito” a cada paso, como si fuera pasita, paz ó hito. Que lo amaba no podía serle claro, pero a nos claro era, claro a más no poder aunque naiden en claramente lo atinara, lo pusiera en lleva y trae.



    Le celebraba la cosa, lo quería. Tal vez lo celaba, o nada más era pendiente, como con un cachorro. Lo trataba bien, y él se sentía, sin darse cuenta, más vivo, e incluso, yo lo sé (lo sé porque recuerdo que hace tiempo escribí esto, y ya por entonces había sido y sería muchas más veces Segundo), digo incluso, el niño, protegido. Protegido por Rocío, no, en Rocío.

    ***

    Fueron los años de las grandes cataratas y las vías y las tormentas…

    Segundo, en su tránsito a la niñez, como todo buen artista, quería o no aceptaba serlo, no sabía… (quería) Pues igual sucede con el poeta desafortunado, y ambos se ven las caras, el sufrimiento no era tanto pero sí mucho. Lo que el tiempo dijera sería inapelable, especialmente en boca del hombre y el ojo de hembra, y en tanto al pensar fuera algo que abalanza muescas sobre el desmoronado caño, confiaba. Esto es, que uñas mordía mirando la esquina del lotero grotesxo, uña que examina, de diente sucio y moneda pasita.

    Todo en sí o allí puesto por ventura del sujeto sensible, canto desmandado en oferta de bien mueble, mas no trucha, digamos, no trucha cucha, ni sablazo que importe más impune.


    La loquita Rocío parpadeaba cuando lo veía hecho volante desdibujado, cochera en orden de acuario taciturno, y preguntaba por ejemplo, hey, pedí turno, así.

    ***

    Cayó en tu casa, Santito, por aquestos días. Cayó con Raquel Funesta, vossa ves. Distábala trece mañas con pinga de voz caranga y la untaba de paz canera, de pez cañero. El mustio tornaba alegre, repentista y vocinglero. No lloraba ya, no casi. Y tú creíste que así era el hombre, el ojo de hembra.

    Rocío enterróse y dijo entre chanza y a la rüeda vera que direte lebrel, dúrala ponga jinete en diez, descarga la nubia como él quisiere, pura noctumbre, noctumbre sin techumbre dura, sea esta la que perviva.


    Pupo de tu escritorio muerto un río y alcanzaste, dijo: mirale el hombro parirle un ala y fue, mirale ser y fue, mirale mirar y mirale dormir y todo fue. Y si lo quieres ido no es, y si viento violento no fue, ya nada será ni es. ¿Prefieres?

    Ponlo a decidir, dijo Rocío.

    Y ya Funesta no estaba.

    Y Salvador como un racimo apiñaba el indecoroso grumo de sus bultos en el saledizo de tu apartado apartacho, y te contaba a ti el cuento infame, íntimo, indócxil. Tampoco Rocío era ya, ni siquiera Segundo era Segundo Calvo.



    Y tú dudaste de ti mismo
    [ver ]
    Y te puso a velar el sueño, la terrible idea del pasito remoto,
    De la vida calcinante,
    Del amor que a todos nos cuesta,
    Que al menos nos alebresta…

    Pero yo, Olimpo Leal Bravo, desde mi erecto seno y ducho mansalvo pervertí o vilo caer mansamente, irse en periplo fatuo, en ardua incandescencia…


    Él, que dijo recibir en dictado la pronunciada faz de Rocío al venderse al río por su cauce: te entrego mi ser
    con tal de que nada sea ni haya sido.

    Él que al fin era de tal incesto el único (o el último) emisario, ahora se fugaba a un orbe sin fin vuelto chispas dormidas y silentes, azules, blancas y de pálido glauco.


    Fue entonces cuando llegó a mí,
    Que te he creado,
    Ese hálito risueño…
    Ese caliente afecto que tu ilusa
    día a día pierde…
    Que el mundo recibe de nuevo en ti con piñata y redobles
    De campanas vanas…
    Sí, Santito, como un hilo de espesor inestimable
    Y tejido inmensurable,
    Pero que columna fuera poderosa
    Y me sostiene en vilo…
    Para decírtelo…
    Que todo es como ella quiso, todo como él era a su lado,
    Que todo se volvió ese invento…


    Que todo puede ser de nuevo y distinto, a su voluntad,
    ahora que lo han perdido…