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    Claves de una novela




    YO NO SÉ QUÉ ES ESTO

    Por Santiago Andrés Gómez

    Nido de gulungos, la novela que acabo de publicar en este blog, surgió del deseo enorme de continuar elaborando prosas, sin saber muy bien por qué, o tal vez sí… Pero sin saber cómo expresarlo aún a mí mismo… Hacía poco había salido de la clínica La Alborada, de Hogares Claret, de hacer un tratamiento de rehabilitación por toxicomanía y diagnósticos (erróneos, según indicadores posteriores) de esquizofrenia paranoide y trastorno bipolar afectivo. En ese lugar fue donde escribí la primera parte de mi novela Madera Salvaje (la segunda la garabateé primero), y donde corregí algunos de los cuentos que ahora tengo agrupados en un volumen mucho mejor acabado que como eran entonces. Durante los ocho meses que separaron mi salida de La Alborada del febrero en que comencé a estudiar Filología en la Universidad de Antioquia, trabajé profusamente en Madera Salvaje y, más que nada, me dediqué a la lectura de Proust y a los primeros textos que, por insinuación de Carlos Henao, comencé a escribir para la revista Kinetoscopio, entre ellos los que ahora forman el libro El cine en busca de sentido. Mi sueño, mi único sueño, era ser escritor, y me había dado cuenta de que entre ello, la crítica de cine era una especie de designio providencial, una misión que, además, podría ayudar a disciplinar mi vida.

    Sucedió algo mientras estudiaba Filología… Empecé a escribir prosa narrativa, empecé a robarle tiempo al estudio de la teoría para rayar creativamente una historia que ya no recuerdo bien cómo se venía gestando, pero que dos textos, o el recuerdo de uno apareado con la primera lectura del otro, vinieron a estructurar… El primero fue Conversación en la Catedral, de Mario Vargas Llosa. La muerte de un personaje en ese libro, el modo en que la presentación de ese hecho se trastoca entre el pasado y el presente, con una simple frase (algo así como: “Ni idea, niño Santiago, primera noticia” [el niño Santiago es Zavalita]), y la manera en que luego el pasado se desenvuelve hasta alcanzar al presente dando un nuevo sentido a todo cuanto uno percibió de él en un principio como nivel desde el cual se plantea la fenomenal evocación de ochocientas páginas (la conversación entre Ambrosio y Zavalita en La Catedral, un restaurante de cholos), me incitaron a bregar cosa similar apenas leí el cuento ¿Por qué, cariño?, de Raymond Carver.

    Y bien, este escrito representó el impulso definitivo a Nido de gulungos porque nos delataba el éxito, incluso político, que puede alcanzar el dueño de las perversiones más aterradoras, homicidas también. Carver, un verdadero escritor de genio, como diría Jorge Luis Borges, aunque uno pueda o no ser parte de “sus incondicionales” (como diría Bloom), elabora, quizá por primera y última vez en su vida, un cuento a modo de correspondencia, es decir, un relato epistolar. En él, si mal no recuerdo, una mujer se expresa con angustia ante una periodista porque tiene miedo. Le cuenta que al recibir una llamada de ella, se asustó, porque el tema por el cual la periodista la quiere entrevistar era algo que la mujer consideraba del pasado, en especial en tanto su huida, su ocultamiento del mundo, era motivado por él, y de muy vieja data. Se trata del hijo de la mujer, que ahora es candidato a la presidencia, o gobernador del estado, algo así… Luego se decide a contar la historia con una ingenuidad (es decir, la historia de su hijo), con una ingenuidad, digo, que es el centro del asunto literario. ¿Cómo lo hace, por qué? ¿Cómo decide entregar a alguien los datos por los que ella ha intentado evadirse toda la vida? Hay algunos gestos definitivos que pueden tal vez darnos idea de eso, como que cuando el hijo le dice a su madre que se arrodille en frente de ella y le bese la mano, ella lo hace… Y tiene mucho miedo por lo que sabe, por la sangre que ha visto correr, y huye, pero cuenta todo… Es algo ingenuo y a la vez restaurador, para ella y para todos, aunque muera, o sea: aunque muriera –eso no lo sabremos nunca.

    Eso no lo sabremos.

    ***

    Tenía la estructura y casi “había que llenar” con hechos todo. El mérito, desde mi punto de vista, de la novela, es que no parece algo artificial, es decir: que el tono de confidencia o evocación prevalece sobre un orden de situaciones increíblemente persuasivo, o digamos afanada, supuestamente persuasivo, como un epitafio, como una declaración de amor… De eso como cuando se dice a ver, cómo lo digo mejor… Los hechos están abalanzados de tal manera sobre una simple sucesión de días ordenada como ½ jueves / viernes / sábado / domingo / ½ lunes, y en la cual los momentos definitivos están puestos simétricamente y los hechos adjetivos se relatan con atención al fin (se adelantan las conclusiones, por ejemplo), que resulta preciso que un profesor lo diga: “hay veces en que muchas cosas pasan juntas, ¿no Santiago? Yo sé que usted me entiende”… Mi temor, mi raya, como se dice, era que todo esto no pudiera sentirse con una tenue sensación de presencia en el lugar y al lado de quien narra, mi orgullo es leer la novela tres años después y sentir que eso es más real que todo lo que yo viví.

    Claro que tal vez esté equivocado.

    ***

    Nido de gulungos relata una historia de “justicia por cuenta propia” que en sus puntos superficiales diverge de los hechos que la inspiraron. Hubo un rapto, hubo amenazas, hubo un sujeto (pavorosamente inteligente) que mereció ser expulsado una y muchas veces nunca fue expulsado, hubo golpes al amenazado, golpes que le dieron entre varios, en un carro, hubo sangre, pero lo sucedido no le pasó a Carlos Mario Restrepo ni era muy distinto a lo que le pasaba a muchos y le pasa todavía a muchos en nuestros tiempos… Lo esencial es que en cualquier momento podemos decidir por acabar con la vida de otros y, si contamos con suerte, borrar “todas las huellas”… El modo de borrarlas es asombroso. No consiste en ello, sino en no hacerlas notar como tales. Las huellas son las de la complacencia, una complacencia a veces forzada. Santiago, el ente narrador, que yo asumo para no enredar la pita (y esto, aunque no aparezca luego sino en mis Obras completas del modo en que digo, debería aparecer como colofón de la novela), no dice nada porque Gonzalo es su amigo y porque Acero lo puede matar con un soplo, así es de fácil. De hecho, a Acero lo elige un pueblo igual de criminal.

    Por aquellos días le dije a mi novia de entonces, Isabel, que yo no condenaba a los políticos que estaban en el proceso de la parapolítica, y ella se escandalizó, naturalmente. Yo no sé si a mí esto me cueste cosas sagradas, pero si ese es el precio para conseguirlas, debo decirlo: acusar es tremendamente fácil. Desde luego que los procesos deben seguirse, y con el mayor esmero debemos fiscalizar, evaluar esos procesos; como dice un filósofo: “la regla cambia la regla”, porque si no, no se hace nada, o sea, no se hace nada, o sea, todo sigue igual… Escribo al modo de coloquio, para que se sepa que todos podemos hacerlo. Es la misma cosa decir: la justicia es para los ricos, que llamar esa misma tarde a un abogado para que me solucione un lío. En cambio es distinto decir: “esta ley hay que cambiarla, debatamos, denunciemos las presiones, y si me amenazan, lo digo, y si me matan, pues bueno… yo soy lo que aprendí a ser”. O decir: “si me van a matar, me vuelo, o debo callar”.

    Por eso la literatura no puede, siguiendo la moral de Henry James, juzgar sino en el tránsito de la lectura. La moraleja, digamos, queda al lector. En Colombia, y sobre todo en el mundo, y más que nada en la vida, somos todos los partícipes de una guerra en la que nos jactamos de acusar al otro siempre. Especialmente Dios, o su idea, que es tal cual lo que decimos Dios. Cuando uno sabe lo que tiene, cuando sabe lo que ha hecho, como ese periodista mexicano que sabe quién le dio ese sombrero (el mexicano), solo uno lo sabe, y si acusa, por algo acusa, y tal vez mienta. Pero el caos en el que siempre estaremos no lo soluciona tampoco el caos. Como siempre, al menos en estos momentos de mi vida, la novela es un homenaje a quienes han sido fuentes de orientación para mí, nadie más que mis padres. La tragedia, que en términos estrictos es una condición humana, existe en lo paradójico, en no aceptar la paradoja mucho más que en la propia paradoja, pero ella se basta, y lo demás es simple giro. La justicia es ciega, quizás no por ser imparcial, sino porque solo puede decidir de oídas.

    Mi próxima novela en este blog se llama No más justicia, y tampoco cuenta mi vida.