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    EDITORIAL MAYO




    EN TORNO A LA LEY LLERAS

    Por José Andrés Gómez * (especial para Madera Salvaje)

    Hace un par de semanas, por los días en los que Barack Obama visitaba nuestro país y a propósito de la aprobación de la llamada Ley Lleras 2.0, Santiago me pidió que escribiera unas palabras al respecto de tal situación. Mi negativa inicial, argumentada en el hecho de que no soy ningún experto, dio paso con el transcurrir de los días a una reflexión. La reacción de la gente, como ya había visto antes y sabía que pasaría de nuevo, duró apenas una semana, si mucho, para luego volver a la normalidad. Yo no tenía una respuesta en cuanto al tema, no conocía la ley a fondo, y suponía que, aunque la estudiara, se me escaparían muchos detalles que otros con más conocimiento podrían captar. Sin embargo fue esta precisamente la razón para ponerme frente al teclado y redactar algunas líneas: tal vez con ello podría aclarar un poco mis ideas, en lugar de estar esperando a que alguien me diera la respuesta, y tal vez podría contribuir con mis opiniones a formar la de otras personas, de la misma forma que otros han hecho conmigo. Por tanto, de entrada, quiero advertir que esto no es un estudio sobre las consecuencias de lo aprobado, sino algunas inquietudes que me quedan, con todo el beneficio de ser modificadas, pues creo que las opiniones dogmáticas e inflexibles no son una virtud, y más en estos tiempos en los que las circunstancias exigen la capacidad de adaptarse.

    ¿Cuál es, para mí, el problema con las medidas aprobadas, y la causa del malestar que deberíamos sentir? No es, como algunos dicen, el control a internet. El problema, para mí, insisto, es que lo aprobado no se ajusta a la dinámica de los tiempos que corren. Lo que hubiera podido ser una oportunidad para crear un marco legal que entendiera las nuevas tecnologías y los posibles usos que la cultura y el arte hicieran de ellas, se ha convertido en una extensión de lo que hasta el momento existía, ignorando que el cambio de los medios ha traído como consecuencia un cambio en los usos y las formas de pensar. En otras palabras, se sigue legislando para lo análogo cuando ya vivimos en lo digital. Por supuesto, el que desee usar copyleft en lugar de copyright podrá hacerlo (estúpido argumento que nos hace pensar que el gobierno nos toma por imbéciles: es obvio que no se nos obligará a usar copyright si no queremos, eso lo entendemos), peor lo que hubiéramos querido ver sería un verdadero beneficio en favor de los ciudadanos en lugar de las compañías. ¿Qué pasará, por ejemplo, si un artista decide usar para una videoinstalación fragmentos de imágenes o textos protegidos? Tal vez nada, tal vez su obra no será perseguida por nadie, pero si existiera una legislación que entendiera el mundo en el que vivimos en lugar de ignorar infructuosamente su facilidad para el cambio, estas areas grises no se presentarían. Pero el gobierno solo parece observar la tecnología y sus consecuencias con miedo y prevención: prohibirá y sancionará la manipulación de los mecanismos usados para evitar las copias ilegales. En otras palabras, en estos tiempos la tecnología solo parece tener un uso maligno, no uno que puede beneficiar a los demás, y como tal decide ignorar esa otra cara. Hubiera sido esta una oportunidad de oro entonces para legislar mirando al futuro, no al pasado, para abrir puertas, no para crear limitaciones. Todo lo pertinente a derechos de autor se enfoca en limitar, no en abrir puertas a las posibilidades que actualmente se están construyendo entre todos.

    Todo esto se hace, supuestamente, para ponerse al día en cuanto a las leyes internacionales de derecho de autor, pero el mismo proyecto revela que se hace en virtud de acuerdos hechos con Estados Unidos para la entrada en vigencia del Tratado de Libre Comercio. En otras palabras, el gol ya nos lo metieron hace rato, apenas ahora se está cantando, y la supuesta benevolencia para con los autores es en realidad una negociación hecha entre empresarios (porque ni siquiera debería decirse entre gobiernos). No puede verse de otra manera el hecho de que en medio de esa discusión se cuele un artículo que cambie el mínimo de programas de producción nacional que los canales nacionales pueden emitir en su franja triple A de fin de semana, pasando de un 50% a un 30%. Se argumenta que se cambia el mínimo, más no el máximo, diciendo que no es una obligación poner solo un 30%, que si un canal quiere poner el 100% lo hará. La pregunta que nos hacemos es, ¿qué es más rentable para un canal: producir a riesgo un programa nacional, o comprar uno ya hecho y probado en otro país? Así las cosas, la puerta queda abierta para la sustitución de programas nacionales por otros internacionales (norteamericanos, por supuesto). Dicen los ponentes, ingenuos ellos, o torpes, o sencillamente mentirosos, que hicimos el gran negocio en realidad, puesto que la televisión norteamericana no tiene mínimos de producción nacional en sus franjas. ¡Por supuesto! ¡Ahora en lugar de ver Alcatraz, Spartacus, Breaking Bad, A Game of Thrones o cualquiera de las estupendas series que se están produciendo allá, verán telenovelas colombianas! El descaro o la ignorancia, en ambos casos errores imperdonables de un gobierno, son de no creer.

    Como dije, no tengo la respuesta, y probablemnte mis argumentos puedan ser refutados con facilidad, pero es la búsqueda de una respuesta lo que me lleva a plantearme estas dudas. Hubiera sido preferible tener una discusión seria para encontrar propuestas realmente progresistas, mirando hacia adelante, antes que, de nuevo, sufrir un encarcelamiento mental por parte de los ineptos gobernantes que negociaron la cultura como mercancía. Pero esto me lleva a otro punto que quisiera tratar brevemente, y es que las soluciones no están definidas de antemano. Así como los tiempos cambian, es entre todos que debemos encontrar soluciones, las cuales no existen en algún manual, sino que deben ser elaboradas de la mejor forma, no en beneficio de las compañías y multinacionales, sino en beneficio de los ciudadanos. Por esto me tengo que mostrar en total desacuerdo con ciertas manifestaciones de desaprobación de la ley que reducen el asunto a un simple “Internet es libre” (como si la virtualidad lo fuera, más la realidad no), que en últimas es una excusa para decir “Uno debería descargarse lo que le diera la gana”. La profundidad de esta discusión ameritaría un artículo más, pero desde mi punto de vista, si alguien quiere invertir creando una obra, tiene el derecho de ponerle el precio que le dé la gana. Ya en uno está decidirse a pagar o negarse a ello, pero además, si uno está tan en contra del sistema, ¿no haría mejor en ignorar a toda costa el cine y la música producidas dentro de ese sistema, y consumir otra clase de obras culturales? Digo yo, la mejor manera de hacerlo morir, sería ignorarlo hasta que se marchite.

    Quisiera concluir pidiendo una verdadera discusión sin encerrarnos rígidamente en una sola postura. No habrá otra manera de convencer a un gobierno más que las razones, y eso lo vimos el año pasado con las marchas estudiantiles, cuando no pudieron desvirtuar los argumentos que no necesitaron de la fuerza. Derribar un sitio web en forma de protesta, aunque divertido como acto de rebeldía, no lleva a ningún  resultado real. Lo que se necesitan son ideas y propuestas, no solo muestras de inconformismo. Indignarse es el primer paso, pero si nos limitamos a decirlo en el muro de Facebook los caminos se cierran solos. Entre todos podemos construir algo, todos vivimos día a día las posibilidades de la web, por eso la defensa debe provenir de nosotros, pero con ideas reales, no con el equivalente a dogmatismos fanáticos religiosos. La discusión, desde mi lado, queda abierta, y los invito a eso mismo. Solo así podemos formarnos ideas sólidas y resistentes que puedan resistir los embates de poderes que solo buscan su beneficio propio y no el común. Pero hace falta la acción de verdad, no solo los cuchicheos en la red.


    * José Andrés Gómez (1977 - ) es realizador de cine y video (El otro lado [sin estrenar], RCT 1139 [2009]) y miembro del grupo de programación del cineclub Cinema Zombie, del Centro Colombo Americano de Medellín. Actualmente termina estudios de Comunicación Audiovisual en la Universidad de Antioquia. En la Revista Kinetoscopio escribe con frecuencia y publica desde hace varias entregas una sección llamada Serie B, bajo el seudónimo de Dr. Calamar.