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    En torno a No más justicia







    NADIE PODRÁ DISCULPARNOS


    Por Santiago Andrés Gómez

    “Desconfío de quienes tienen un interés personal en la existencia de Dios”
    Pedro Canales, en La muerte de Pedro Canales, de Manuel Mejía Vallejo

    En texto hermano anterior (verhttp://maderasalvaje.blogspot.com/2012/05/claves-de-una-novela.html), mencioné un momento de mi vida en que tuve que tomar la decisión peligrosa de acometer el impulso creativo de la narración literaria con base en experiencias vividas que, no obstante, no sabía bien cómo transmutar en una fábula consistente, emanante de una vitalidad autónoma o afirmativa. Las claves para ello, claves más que nada estructurales, aparecerían de súbito, probando las supersticiones o confiado irracionalismo de Gabo, aunque no se harían fértiles sin yo evaluarlas presto, conciente, racional y voluntariamente.

    La tercera novela que escribí, segunda después de plantearme tal reto, y que acabo de publicar en el blog Madera Salvaje, titulada No más justicia, es la más breve de todas las que componen el volumen llamado Todas las huellas, una trilogía, y antes de hablar de ella tengo que mencionar la especial estima que me merece este, digamos, formato, o no sé si género, que es la novela breve.

    Del Boom latinoamericano, que me nutre diariamente, siempre admiré con una mezcla de reverencia y complicidad anhelada, escritos cortos, reconcentrados, de pura filigrana y joyería en miniatura, como El perseguidor (relato que cambió mi vida de cabo a rabo), El coronel no tiene quien le escriba, Aura o Los cachorros (y especialmente este último, aunque todas son piezas portentosas).

    Cuando recordé una frase de Baudelaire en su famoso escrito sobre Téophile Gautier, algo así como que el escritor debe encontrar cuál es el género o forma literaria más acorde a su espíritu, me di cuenta de que en nada desmerece, sino al contrario, al menos en mi caso, mucho merece ser tenido en cuenta un tipo de narración mesurada en sus dimensiones, poderosa (por aparente)-mente directa pero al mismo tiempo elíptica, reducida, como una ecuación algebraica.

    Había algunos hechos de mi vida que podían ser tenidos en cuenta para estos efectos, dado que no eran una mera anécdota que apenas pudiera ser transformada en cuento (mediante la sumatoria del hecho y una significación o impacto humano que encarnase en imágenes metafóricas), sino que eran situaciones más extendidas en el tiempo, con fases o bloques necesariamente diferenciables, y a la vez ligados por líneas dramáticas singulares y muy simples, harto discernibles y muy elementales.

    El primero de esos hechos, como dije en mi entrada sobre Nido de gulungos, fue la golpiza que le dieron unos compañeros de colegio a un atracador, en 1989. Era algo que habría podido reducirse a un cuento, ubicando obviamente esa anécdota en un entorno que la asimilaría no de cualquier manera, pero además encarnaba muchas otras cosas y por ello se convirtió en una novela breve, con mayor o más espesa atmósfera y un trasunto interior más pronunciado y abismal.

    El segundo fue el origen de No más justicia: la temporada que pasé durmiendo en la calle, en el año 2000, si mal no recuerdo. La novela no llega a cubrir la semana que proyecta el personaje con su objetivo de tocar en un concierto con su banda de rock, porque algo lo detiene: algo que no sabemos si busca o si, sencillamente, acaece porque su destino no puede ser otro.

    Santiago, como personaje, se busca, atrae o provoca todo lo que sucede, pero en un afán distinto, como si le fuera imposible aprender de otro modo que con la experiencia directa. En tal sentido, No más justicia sigue siendo para su autor, un Santiago muy distinto, casi un manual de camino que te dice lo que no se debe hacer. Siete vidas tiene el gato, y como diría Schopenhauer, este gato no es muy distinto a cualquier gato, aunque no sea aún como ningún otro gato.

    La novela tiene como eje un concierto de rock que se viene pensando desde hace rato, que se plantea como futuro mediato desde el primer diálogo del protagonista, pero avanza en bloques temporales que enfrento con un propósito de síntesis que no sé cómo ni por qué, pero terminaba por dictaminar el modo de presentar y concluir las “escenas”, todas contradictorias del afán primero (y de los subsidiarios).

    El narrador es el personaje en un presente continuo, no hay evocación, no hay salidas temporales del tiempo del relato para saltar hacia el futuro, y toda memoria está inserta en ese presente continuo. Definitiva viene a ser la micro-estructura, el estilo, el prana, un tejido que se exacerba en su acabado gracias a la lectura contemporánea de dos libros majestuosos, ligados mucho más de lo que pueda uno suponer a primera vista, y sobre todo mucho más de lo que pueda demostrar luego de mil estudios.

    Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, y La Divina Comedia, de Dante Alighieri, son poemas (el primero novelado, más o menos prosaico) de periplos infernales, y sus juegos, en las traducciones respectivas, desde luego, están mucho en sus soberbios cambios de tiempo, propios de la más astuta y delirante elocución en un presente que la oración teje y desteje. Decir “yo sé que haré lo que ellos vieron que podía hacer”, es poner a volar al otro muy sin que se dé cuenta en un remolino de eternidades vacuas, falsas.

    En esa frase se coordinan perfectamente no tres (presente, pasado y futuro perfectos) sino más tiempos, sobre todo un tiempo condicional que poetiza radicalmente la oración. En eso, Dante es inigualable, aunque Lowry no queda demasiado atrás, ni en nada por debajo. Lo que me aseguraba este tipo de realidad verbal, de horizontes superpuestos y dimensiones entreveradas, era demostrar que el presente es solo uno de los tiempos, al menos en el reino material, digamos, o mejor dicho, que el presente es una ubicación en lo eterno, donde se puede transformar el absoluto justo desde la condición imaginaria del recuerdo y la previsión de un presente inmanifiesto.

    Digo allí hoy como recuerdo lo que en tanto escribía se desmoronaba hacia delante, dejando un dibujo de hollín en la esfera celeste, en virtud de corrientes atmosféricas de un lenguaje puesto en acto por la conciencia floja hallando flores, raíces, monedas y vetas de congelado gas noble, sopa orgánica ó paleta sin fin que estructura un palacio de vitrales vaciados en molde. No fue el recuerdo de la droga sino el lamento de quien supo el placer y el dolor en su tallo, en su muralla, en su propia carne.

    Justicia no es, nada es justicia, hay desquite, hay necesidad de compensación, pero la nada todo lo otorga, todo lo regala si en sus ojos nos vemos… Más que la conciencia limpia, que nos resulta imposible, y que nadie puede encarnar, pero que es la propia insignia del espíritu hablando y hablándonos, haciendo que lo seamos solo para nuestro propio provecho trascendente, no puede haber nada. Perdón, justicia, reparación, incluso olvido, todo esto, son palabras que queremos cuidar, son utopías, “paraísos de cucaima” como diría Estanislao Zuleta (en su Elogio de la dificultad), ¡pero además de añorarlas y prometerlas, cuánto les tememos…!

    Darse la debida importancia habría de ser tomarse uno menos en serio.

    Lo de legalizar la droga, lo de la sabiduría [virtual y en casos muy dañina] que otorga la droga, debe ser parte de otro escrito, no de este.

    Pero sí es menester decir que al Santiago que murió porque perdió la inocencia a manos de una comunidad asesina, la droga le permitió ver cuán ilusorio es, cuán imbécil, el mismo camino que él debe tomar como destino, cuando todo empeño, todo parlamento, toda queja y toda esperanza se afinca sobre el beneficio propio, y con tan acomplejada dignidad, que se enarbolan los valores del imposible, los valores que nunca sabremos ni podríamos asumir en su más debida significación impersonal.

    HOY SALDRÁ DEL AIRE NIDO DE GULUNGOS
    Y MAÑANA NO MÁS JUSTICIA
    FUERA DEL AMOR PERMANECERÁ INÉDITA HASTA NUEVA NUEVA