• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Prolegómenos a “Diario de viaje” 3 y 4



    Prolegómenos a “Diario de viaje” 3 y 4

    CÓMO HAGO PARA NO DROGARME DESPUÉS DE HABER PERDIDO EL SER EN ELLO



    Por Santiago Andrés Gómez

    Es curioso, pero por algo digo “prolegómenos”, como aperitivos a lo que serán mis próximos trabajos mayores, la tercera y cuarta parte de Diario de viaje, un como segundo bloque de lo que, apenas me vine a desayunar hace poco, fue un paso adelante, insólito, en el documental colombiano… Si yo no lo digo, nadie lo va a decir de frente, sino en melindres al pie de la Puerta del Sol, o en la penumbra de una cueva loca. Resulta que las cosas que se hacen repercusión tienen y pésimo sería que quien predica no sepa que mínimamente lo dicho ejerce su primera influencia sobre lo que de él se espera y se dice. Hace poco se ha empezado a dudar de mi capacidad mental y de la verdad de mi sobriedad, gracias a que he desatado todos los lobos de mi creatividad, arrinconada en sitios donde lo mejor era hablar de lo que no levante costras, aunque esas costras sean en verdad una gangrena purulenta que mejor sería lavar bien y airear. El momento llegará. Por mi parte, bueno es reconocer lo poético.

    Un lado raro es la variedad de nombres que empleo: Viejo Roble, Salvador Gallo, Segundo Calvo, Norma Allende. Como decía Peter Greenaway en Medallo y refrendaría Vargas Llosa, sano es llevar varias vidas mentalmente, y como sabe mejor que nadie Óscar Campo, al fin y al cabo es inevitable. Una cosa somos a veces y otra a ratos menos tenues, al vendaval le sucede una brisa seca, y cuando menos pensamos el sol despunta. Las mañanas son más largas en junio. Los huevos de algunos peces emergen cuando el agua se entibia, y así somos todos, cambiantes como Alma en Persona: nada tiene que ver esto con la conciencia, y a ésta mejor es desprenderla del afán por encontrar la calma que solo ella es, indiferente a todo. Si miramos con la lupa puesta en el fin del mundo que cada instante resopla, no alcanzaremos sino a sufrir con la talla del segundo que nos envanece allí, donde no nos alcanza. Baste esto, en verdad mi palabra es sabia, pero no muy mía. Atíname a reconocer como un buen alumno de la mística antioqueña, de vuelta del infierno: yo subo, de eso no tengas duda.

    BITÁCORA DEL INFIERNO SABÁTICO

    Me alargaría diciendo que mi amor a las drogas empezó por oír a Lennon y McCartney como sinónimo del uso y me imagino disfrute de las mismas, siendo tan sublime la belleza de The Fool on the Hill, que a mí oyéndola se me paraba y me quedaba dormido sin necesidad de mover un dedo [atención: al escribir esto mueven una silla increíble en el piso de arriba con rabia inaudita, perceptible aun sorda: voy para ese asunto, pues mi estructura es matemática, mi letra simple prueba de parábolas directas y enfáticas que evidencia la existencia como denuesto no dimensionalmente aplacable, aunque también sea sí, y desde atrás, desde siempre, un aplacamiento necesariamente denostable, en mi solfa, con mi ruedo]… Y cuando Paul Simon, el autor de The Sounds of Silence se saboreó la dedicatoria de una canción “a todos los marihuaneros de Nueva York”, yo dije algo así como: figuró. De hecho, pensé: seré tan genial como los Beatles, y drogadicto, y mis hermanos me tendrán que mantener.



    Ya había visto cómo un heroinómano o cocainómano, no recuerdo, se agarraba a tumbos contra las paredes, en una serie de TV (podía ser Lou Grant, o incluso Paper Chase, o mira por dónde, Baretta [no era Barnaby Jones]), por no poder sugestionarse en el paraíso de la mente somnífera. Para mí el afán era volver al terreno de los sueños, a esa tierra del Nunca Jamás de algunos cuentos infantiles. Ver las junturas de las cosas en el aire y en la esencia misteriosa, contigua, de su propia epidermis. Puedo brincar lejos y decir: ya lo logro (suena una alarma en la calle y alguien grita mi nombre: los vaticinios de H. G. Wells, Aldous Huxley, Philip K. Dick y George Orwell son verdad hoy, descifrada previamente por Althusser, Foucault y otros filósofos del poder y la resistencia).  Puedo brincar desde aquellos tiempos por encima de todo el dolör y el sufrimiento que causa el conferir la libertad y el placer a una sustancia, hasta llegar a la verdad meridiana de mi vida actual, una central entereza, debida a la meditación.

    Luego de sobredosis siniestras, luego de combates conmigo que veía en otros a quienes tomé por Satanás de mis Amores, luego de casi perder la vida, que hoy, mirando atrás, me lo da todo, porque lo que viví es mío, porque por mí existe y sigue exisitiendo, cuando ya no daba ni cinco centavitos por mí mismo, mi hermano Diego se decidió a detener el infierno en que vivían mis padres (todo eso está ya contado en otro lado), y me forzó a iniciar un tratamiento en serio, con muy pocas perspectivas halagüeñas. Si de algo me he de sentir orgulloso en mi vida, es del gesto de suficiencia que tuve al mirar hacia las montañas, lejos, muy lejos, y pensar que mi familia quería ayudarme, y que el mundo no era un enemigo. Hacerme amigo de mí mismo: eso es lo único que me tiene con vida. Y esa frase de mi tutor, Ángel Villamizar, un día, cuando menos lo esperaba: “Ámate, valórate… ¡Cuídate!”. Poco o nada sería todo eso si no hubiera descubierto algo mejor que el placer, y es la verdad del silencio holgado.

    DISOLUCIÓN EN EL SER INDESTRUCTIBLE



    La meditación obra en virtud de un distractor permanente que apenas vibra con las fibras más sutiles y firmes de tu propio ser, un mantram que el disciplinante facilitador ha descubierto en ti según conocimiento milenario. Sumirse en la pronunciación mental o evocación íntima, interna, de esta vibración, te aleja de cualquier realidad que consideres inaplazable o aun letal. Existe una certeza de lo imborrable que te afianza en la correspondiente certeza de una trascendencia que te comprende, que te desborda pero te acoge e impulsa sin esfuerzo hacia el reconocimiento propio y la simple dicha plena de estar vivo y respirar (ahora se me erizan las pestañas, y sé que no lloraré todavía, no todavía)… A la dicha se accede tan pronto se pierde porque la esperanza es el secreto de la vida, porque de esa dicha provenimos: el placer sexual es sagrado, es prolongación, muerte sublime para mucho más seguir viviendo… Mayor que el placer es placerse en el placer, la dicha del orgasmo está más en su no estar…

    Detrás de todo orden funcional ineludible y justo, necesario siempre y contundente, tanto como para no poder ser sino ello, y en ello, existe una Fuerza Central, reconocida de modos diversos pero equivalentes a lo largo de la historia humana, algo que sin duda gobierna nuestras vidas. No hay una separación entre ella y nosotros, pero desde luego nuestra especial capacidad para nombrarla y reconocer órdenes dispuestos de procedente manera y superpuestos entre sí en la vida propia y ajena del cosmos, hace más que inevitable, necesario un reconocimiento de inferioridad en el que nos sentimos solos por ser todo lo que llamamos, y especialmente nosotros, algo pasajero. Pero tal inferioridad conduce al recogimiento y al filial sentido de pertenencia en que se hunde quien se fuma un marihuano o se güele un gramo, o dos o tres, así, de a pincelazos, hasta que se le acaba, y ahí si viene la debacle, porque todo el sentido adquirido de retorno a la unidad indiscernible, se vuelve expulsión del paraíso.



    No es para vivir que medito, vivo para meditar. La unción del toque sagrado me toca ahora en lo más profano como un vistazo que señala la inoperancia final de todo afán meticuloso o despreocupado. Me veo. Rozo el absurdo de todo y no tengo vergüenza. Podría llamárseme antisocial si no fuera capaz de articular doblemente o casi en tripleta el sentido coloquial de todo bien disperso. Pensar que alguno se atribuye sus actos cuando son venia revertida del montón no deja de hacer risueño el felpudo trance de sus peripecias. Mas hay que contenerse y darle pie a la mención de sus hazañas, por parte del curita en el funeral o de la amante en la cantina, oyendo “nadie es eterno en el mundo”. Dejado libre y volátil el perfume de las ejecuciones sumarias al debate ajeno, lo pasado no es menos que el presente y el presente es un simple confiar en la prestancia de un bien último. Hecho nada, te concede al universo. Hecho nada, serás de los nuestros, te dice. Es una voz secreta, pacífica, materna y sin edad.

    CUESTIÓN PRÁCTICA

    En uno de los Hogares Claret, en la Clínica La Alborada, fue donde gracias al padre Gabriel Mejía descubrí la técnica insuperada de la meditación trascendental, por vía directa desde los Vedas, tras-milenaria, del Maharishi Mahesh-Yogui, el mismo que enseñó a McCartney y a Lennon, y a cientos de miles en Occidente y todo el mundo, y por supuesto del Guru-Debba, el maestro a quien canta Lennon en Across the Universe y a quien se agradece al final de cada trance meditativo por brindar el conocimiento trascendente a Maharishi con el fin de divulgarlo planetariamente a una humanidad que tanto lo necesita como está dispuesta y preparada. El texto La ciencia del Ser y el arte de Vivir, escrito por el citado Mahesh-Yogui, ahonda en lo que él mismo decidió como carrera profesional, para penetrar en las profundidades de un conocimiento superficial, o digamos de lo tangible: la física pura. No es desconocido, aunque tal vez se le siga diciendo charlatanería por mucho tiempo, que el vacío es casi impenetrable.


    Quiero confesar (de nuevo) el valor absoluto e imborrable de cada ser humano que me lee, y por supuesto el propio. Quiero determinar en este escrito como mensaje central la revelación incontrovertible de todo instante fugitivo como camino de impensable coherencia en pos de un remanso sumo, que no perderemos jamás, y que es más sano reconocer en la compañía y aun en la agresión del otro o de nuestros mismos recuerdos e impulsos. Quiero señalar que estuve a punto de perder la vida, y que en realidad perdí el ser en la droga, pero que he vuelto a él, o él a mí, y que llamo misión lo que el espíritu de la vida me susurra cuando adquiere sentido en mi experiencia abierta a la comprensión de mis semejantes. Como decía Luis Alberto Álvarez, o como era él, mi maestro en la crítica cinematográfica, yo soy ante todo un divulgador. Como artista, quisiera considerarme lo que entendía Andréi Tarkovski como sentido del poeta, y es poder afianzar los lazos que ineludiblemente nos unen a todos entre nos.


    Cuando salí de La Alborada quise abrazar al mundo, pero me he dado cuenta de que el mundo tiene una perversión infantil porque su abrazo condicione la verdad. En tal sentido, ser mortal no me detiene ante la idea de repetir como el Gran Maestro: “El viento sopla donde quiere”. He aquí el prolegómeno, el proemio a Diario de viaje 3 y 4. No sabemos lo que depara el destino, aun cuando tengamos en nuestras manos la decisión más definitiva. No sabemos lo que somos. Hemos olvidado la condición esencial de lo humano, quizás porque nunca la aceptaremos, o porque ella misma es el olvido o, quién sabe, una posibilidad de cambio o capacidad de éxito que obnubila, que no es conocimiento, que con todo y su asombrosa ligereza, con todo y su pavorosa inteligencia, capaz de mezclar la ingeniería genética con la nanotecnología, y hacernos dioses, no podrá revertir el tiempo, no cambiará su destino al tiempo en que pueda salvar el alma, y solo conseguirá su destrucción, al precio del más triste perdón divino.


    El banquete será luego.



    4 comentarios:

    clau dijo...

    Santi, más que un comentario me gustaría estar sentada con vos compartiendo un café y una buena conversación sobre todo esto que expones, sobre tu decisión justa y sabia de desatar todos los lobos de tu creatividad, desatar y poner en juego tu indudable capacidad no sólo mental sino creativa y creadora y tu valentía al levantar costras y mantener las heridas abiertas para que drenen, se limpien y quizá se sanen. Tienes el alma intacta y vienes de vuelta

    Madera Salvaje dijo...

    Gracias, Clau... ;) Pronto, más pronto que tarde, pues... Un abrazote.

    Yanneth Santamaría R. dijo...

    Qué bonito, Santy. Me alegra que tu ser esté de nuevo contigo y con quienes te rodean. El mundo siempre será un buen lugar mientras decidamos estar en él. Un abrazo.

    Santiago Gòmez dijo...

    Gracias, Yanneth. Te mando un beso y un abrazo.