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    Una decisión tranquila




    LA PIRA DEL VER

    Por Segundo Calvo


    Como las órbitas, como la idea de la Nada, envuelto un sayal en mi brazo para la lucha presto, como el sentir de un funeral o un espejo, la llegada mía tuvo por escenario un corral de alargado tajo y desmedida alhaja, y detritos y deleites milagrosamente figurados y condimentados.

    No cabía en mi mente duda por donde se vaciara la convicción de que los rostros y el movimiento no suceden en menoscabo de las facetas laboriosas y el fatigado envés obligante de cada contorno en los cuartos, mesas, pasillos, descosidas almohadas, dedos quemados, baldosas deslustradas. O todo vivía o estaba muerto con cosa por dentro que asoma.

    Ahora que recuerdo a Zonia como persona vinculada a mi dolör perenne, cual presa que hubo de perecer indignamente para la remoción de toda tranquilidad mía y exacerbamiento de mis poderes más indecisos e inopinados, doy gracias una vez más a “ese algo que soy” por no haber (“ese algo oscuro e indoblegable”, como dirían Borges o Shakespeare), por no haber, decía, accedido al gracioso y grotesco llamado del No, del anulamiento, del beso lerdo y letal del suicida que con tan alto derecho y decoro me habita.


    Matar a Dios me resulta fácil, y por ello bajar el brazo en el instante codornizo, en la inferior fisura, en el plumo envión del dardo emboquillado, suscita en los segundos postreros una pléyade de hogueritas como orquídeas fosforescentes de pistilo adormecido que del vientre mío invocaran estambres lujuriosos y/ó discontinuos en su flujo nutricio, para llenarse de vida y no de miedo, para alimentar en mí esa esperanza que tampoco, que jamás es vida, sino la pura fuerza del Ser, la pira del ver…

    Es Zonia en este nuevo renacer una de tales florecillas inflamadas, otras son igual espejismo igual de ardoroso y refrescante, igual hado, sensor coturno. Suertes virgilianas a veces motor indispuesto en temible cita se convierten. Así que digamos lo acechado, lo procaz y lo temible a que he arribado. Jalan mis dedos un hilo atado a mi última muela del juicio. “Ya. Después de la muerte no hay nada. ¿Pero ahora qué?", monologando así estiro mi brazo, toco un librito.

    “En general, quizá no, pero en mi caso sí”.
    Gustav Meyrink, El Golem

    Cierro un ojo, lloro por el otro. Y “Señor”, me susurro, “no me he matado para leer esto, aceptaré lo que suceda, desde ahora, tendrán que hacer, o deshacer los pilares y las hogueras, el patíbulo, el altar, las jerarquías, curules, consultorios, corredores, vestíbulos, prostíbulos, patios carcelarios, salones multimediales, elevadores, etc., etc., etc., pero yo jamás contra mí alzaré mi mano”.


    Cierro los dos ojos.

    “Porque ya he visto lo que habría pasado si no me mataba”, concluyo. Lloro por los dos ojos cerrados. Los abro, voy a poner el libro en su sitio y tropiezo. ¡Carajo! Es mi cuerpo. Ya no sangra. La cabeza está volada, el cráneo partido. La cara se hunde como una máscara desinflada, pero sonríe.

    “Gracias, Segundo”, dice.

    Al lado, Zonia, tal como la supe muerta a mis tres años. Era una tortuguita que me regaló el Tío Loco, y yo ponía a nadar en un balde colmado de inmutable peso acuático, las ondas que en torno de su nadito vacilaban, buscaban acomodo existencial en mi cerebro.

    Un día, al domingo siguiente, familia por costumbre tosca y sacra a misa arrastrome, y supliqué por Zandra, digo Zonia, dije que sola se quedaría, triste, y que sus ladros al vecino mortificarían.

    -          Póngale una cobijita, díjome Tío Loco, y me semejó ternura su insinuanza, por no mirar cómo estiró las orejas y cerró un poco párpados su sonrisa de malo.

    Sabía que yo un trapo le eché encima desde el primer día, el día sin días, pero él y yo pudímoslo haber evitado, no ella.


    De modo tal que fue y al regreso yo corriendo por el pasillo de la noche diurna ó de la desconfianza volé hasta el patio a jabón de ropa oloroso y alcé el trapo con esa sonrisa de niño enamorado.

    Zonia no se movía. Algo me pareció raro, algo. El corazón se agitó, la moví con un dedo, la llamé, no se movía.

    -          Está muerta, dijo con frialdad mi hermano.

    -          ¡No!

    Yo de lejos supuse el momento de la asfixia, la volví a mover, seguro de que Zonia respondería.

    -          ¡No!

    Era peor que su sufrimiento verla ya así. ¿Cómo no iba a tener alma?

    -          ¡Zonia!, exclamé con la voz rota.


    Ahora busco mi reflejo en la ventana. No hay. Está mi cuerpo echado, y en la pared un letrero que una mano termina de hacer con mis sesos.

    PRIMATUM LIMUS EST, POSTER PEDITUM

    Zonia está llegando a la puerta. Tiene que ser Zonia, liberada de mi recuerdo.

    Puedo descansar en paz, pero en mi percepción huidiza, en mi combada conciencia se oyen de nuevo las palabras que leí al no morir…

    “En general, quizá no, pero en mi caso sí”.

    Abro la ventana, y salto, elevándome en raudo vuelo hacia otra constelación…


    Mientras tú duermes, yo te leo.