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    Antioquia audiovisual (11): Pan y río, de Juan Andrés Gómez y María Isabel González




    PARA QUE LO SEPA




    Por Santiago Andrés Gómez

    Del semillero “O ficción”, de la Facultad de Comunicación Audiovisual del Politécnico Jaime Isaza Cadavid, llega este video documental de cortometraje, entre cuyos directores uno de ellos, Juan Andrés Gómez, es o ha sido parte de K-minantes Colectivo y uno de los realizadores de Barrio Cine (Gómez & Grisales, 2011 [ver http://maderasalvaje.blogspot.com/2011/05/barrio-cine-de-juan-andres-gomez-y-juan.html]), proyecto ganador de la Convocatoria de Estímulos a la Creación del Municipio en 2010.

    La primera sensación que puede generar Pan y río (2010) es que lo pedestre se vuelve un estilo fácil, que uno puede salir con una cámara en la mano y conversar con cualquiera, y ya tiene su “documental”. Y puede suponer también uno que en últimas esto puede tener algo de verdad en cuanto lo que grabes será desconocido, e incluso en cuanto el documental te da ciertas licencias en la composición de la imagen.

    Pero son falsas ideas, y no hay que tener una sensibilidad muy despierta para ver, si le das su debido tiempo, que Pan y río es más que un documental respetable, sino incluso arrasador. Este retrato de un arenero del río Medellín no se funda en una etnografía profunda e incluso no sé hasta qué punto ya desvirtuada, ni es fruto de una larga amistad con el personaje, pero te da como un puño en la boca del estómago.



    Como asesor del trabajo y camarógrafo asistente, José Miguel Restrepo, que sin darse cuenta ha repetido alguna de las consignas más o menos iconoclastas de Dziga Vertov (“hacer cine es como hacer zapatos”), consigue llevar a los realizadores de este video a un punto en el que la dimensión comunicativa se vuelve esencial, lo cual no impide que haya sujetos para quienes esto sea solo parte del paisaje, y tal vez impresentable.

    Pan y río consiste en buena parte en los testimonios de un individuo por quien sabemos que es analfabeta, que tuvo grandes extensiones de tierra en donde vivía antes de irse expulsado por la violencia, que en el río encuentra desde una vaca viva hasta cabezas cortadas. Pero ha dicho en un inicio que si trabajara en una empresa ya estaría jubilado, para concluir que cada quien tiene cosas de las que nadie sabe…

    Esa frase la confirma luego el documental por las conversaciones posteriores en casa de él y su esposa… No es preciso que se expongan los preliminares del diálogo, basta acudir a algunos fragmentos para percibir cómo la violencia urbana los ha afectado a ambos, cómo una guerra lerda y devastadora se cuela en los intersticios de estas vidas tiernas que confiesan divertirse aún, gracias también a la ayuda siquiátrica…



    Ver cómo esta mujer le empuja su cabeza cariñosamente a su esposo después de decir que “lo tiene con droga” para que él no se deprima demasiado, y ver cómo él deberá mantenerse en ese trabajo demoledor, sacando montañas de piedra a mano, no sin el afán (como nos lo contara Mejía Vallejo en Al pie de la ciudad) de encontrar algo que le permita sobrevivir, y no sin luchar con otros que hacen lo mismo, es conmovedor.

    De imágenes que parecieran puramente expeditivas (las mismas que alguien quiso hacerme quitar del programa piloto para una serie sobre viajes por Suramérica, por lo cual hube de renunciar, tal vez bobamente, pero hoy creo que no bobamente), Pan y río pasa a las infidencias y el registro cálido de un personaje de quien uno jamás imagina que es más que eso, más que su oficio. La suma terrible es obra del demonio.



    Pero el que sepa desentrañarla, es otro demonio.