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    Antioquia audiovisual (10): seriado "Cada lugar"..., de K-minantes Colectivo




    DEJANDO HUELLA
    Por Santiago Andrés Gómez

    Cuando escribí, en la octava entrega de esta serie de artículos sobre el audiovisual antioqueño contemporáneo, que las intenciones de K-minantes Colectivo siempre serían distintas a los resultados (ver  http://maderasalvaje.blogspot.com/2012/06/antioquia-audiovisual-7-documental.html ), la interpretación de esa frase, que es lo único en que termina consistiendo cualquier frase, puede tomar dos vías y, de ese modo, sucede igual conmigo, o sea: mis intenciones significantes pueden torcerse hacia muy otros resultados. Por un lado, es natural decirlo sobre cualquier documentalista a quien, no por cualquier cosa, deba considerar uno como tendiente más que nada, no solo en su actitud al grabar, sino en la forma que da a sus productos finales, a la contemplación. Por otra parte, pasa con los amigos de K-minantes lo que pasa con su maestro José Miguel Restrepo, y aquí debo acudir a ejemplos. Al final de ese perturbador y lúgubre poema llamado El paisaje (Restrepo, 2010), el autor ubica un rótulo en el que ironiza sobre el origen de las muertes en Medellín, dejando un espacio para la imaginación que el documental no consigue llenar.

    Quiero decir, cuando los muchachos de K-minantes afirman que en la serie que están pasando en estos días por sus canales de YouTube y Facebook, “cada lugar tiene su voz”, y que la realidad va tejiendo su ritmo, la verdad es otra. Una de las críticas más penetrantes que se han podido hacer al llamado documental de observación es, no su ambigüedad, sino en últimas su abstracción. Desde la fuente vigorosa del Direct Cinema, que heredó y puede decirse colmó el anhelo de Flaherty por recuperar el flujo de la vida, hasta tendencias más solapadas en su creación del mundo audiovisual que sus imágenes suscitan, como el Guerín de En construcción (Guerín, 2001) o el Philibert de Ser y tener (Être et avoir, 2002), pasando por todos los híbridos que puedan imaginarse y que en sus mixturas confirman la abstracción que he señalado en la imagen pura, la dimensión que el cine tiene de retrato o, como dijera Bazin, embalsamamiento de la realidad, queda en nada, o en muy poco, cuando se trata de transmitir las ideas o los sentimientos del realizador.


    MiReLato (K-minantes Colectivo, 2012)

    Los mismos padres del Direct Cinema tuvieron que poner un rótulo, al final de Silla eléctrica (The Chair, 1962), como hace Restrepo en El paisaje, para hacerle un debido filtro a lo que parecería, dado el acucioso pero exclusivo empeño de filmar, el simple abuso de un hecho escandaloso. No es otra cosa que un énfasis no expreso, pero sí manifiesto y casi evidente el que le imprimen Líberman Arango y Melisa Sánchez a la admirable serie que han creado, y por eso sus piezas, en verdad como cualesquiera, solo que con una destreza peculiar, son de autor, o de creación, como podría, no obstante, llegar a dudarse. Las distancias entre el documental de creación y el de observación no solo son borrosas sino falsas, puramente teóricas: más cine directo llega a ser, e incluso mucho más fiel a los  radicales preceptos originales, el brillante documental autobiográfico de Ross McElwee, que otros filmes que se precian de reverenciar con pudor una realidad intocada, como El sol del membrillo (Erice, 1993), que apenas al final, y majestuosamente, gira sobre su propia ilusión.

    Lo dicho apunta a quitar un velo de inocencia en José Miguel y sus alumnos: no es conveniente creer que otros van a ver lo que de ningún modo es visible y ni siquiera deducible solo porque nosotros sepamos, digamos, quién mandó matar al Flaco, en El paisaje, o, en el caso de la nueva serie de K-minantes, solo porque veamos a los sujetos del video hablando en apariencia por sí mismos. Los realizadores son tan importantes como el otro, y no deja de ser admirable que aparezcan siempre al inicio y al final de cada episodio, caminando, sin hablar jamás, como una estructura tan discreta y sensiblemente ideada, que no es lícito comparar estos trabajos a lo que ya tanto se ha hecho, en Señal Colombia e incluso Teleantioquia, desde la famosa serie Rolando Ando, de Discovery Channel, en los noventa. Aquí los viajeros no son protagonistas sino receptores reales de lo que vemos, y si invocan el seudo-monólogo de sus personajes, la ilusión es perfecta gracias a la notable entereza que tejen en esa especial relación humana en que una cámara siempre nos lleva a puntos críticos de afirmación y extrañamiento.


    Memorias desde el Sur (K-minantes Colectivo, 2012)

    Es la mirada de Líberman, un camarógrafo tan excepcionalmente dotado como solo un maestro de la talla de José Miguel sabría direccionar hacia el camino de lo no transitado. Pero si José Miguel Restrepo Moreno no tiene igual en la fluidez de sus movimientos a hombro o a mano, Líberman nos da aquí una lección en otro sentido. La cámara se mantiene siempre inmóvil, pero porque él la ha puesto a grabar su caminata con Melisa. Los encuadres mantienen una identidad, le dan un sello a la serie, pero tienen la variedad desmechada de la vida. En el tercer episodio, Semilla Arcoiris (2012), el personaje habla sentado en el suelo, descalzo, pero lo vemos como si estuviéramos tomando el sol con él, y sus dedos estuvieran al pie de nuestra cara. En un momento dado, él siembra, y  el camarógrafo y los editores hacen de nuestra mirada la tierra que recibe la semilla, en el tipo de encuadres que Chaplin decía odiar (desde adentro de una nevera, o desde el otro lado de la chimenea, por ejemplo), por ofrecer una subjetividad imposible, o lo que Bordwell, justamente, desmontaba como un "espectador ideal".

    Pero, ¿cuál emplazamiento es lógico jamás, o desde qué funcionalidad? Aquí, y sobre todo es demostrable en los planos que acompañan el riego del plantío en el tercer episodio, pero también en los dibujos que hace el artista del segundo, y en general en la edición de las interpretaciones musicales de todos los personajes, el mundo se escenifica con los movimientos más sueltos de todos ellos, pero son movimientos a la vez ritualizados de sus vidas cotidianas, y ahí se ve que existe una funcionalidad representativa para poner en escena, especialmente, la danza del realizador invisible con el mundo. Tal vez no exista un deseo de hacer esas secuencias (las caminadas introductorias y conclusivas también) como micro-ficciones, aunque terminen siéndolo en el producto final, que genera continuidades falsas o, al menos, artificiales, sino el deseo de "reponer" o rescatar la historia en la cual los realizadores están inmersos, un poco como si Víctor Gaviria o el mismo Flaherty, o el Isaki Lacuesta de La leyenda del tiempo (2006), dejaran ver su sombra, con menos ambiciones narrativas y, por ello, sin dejar de estar los realizadores de K-minante mucho más "presentes en ausencia" que en las ficciones referidas.

    En tal sentido, el armazón es más bien una bitácora revisada, no es el realismo las notas apresuradas del cine directo, ni tampoco la reelaboración más o menos fabulesca de una ficción verista, sino un diario de viaje bien decantado y corregido.


    Semilla Arcoiris (K-minantes Colectivo, 2012)

    Pero lo más admirable en esta serie es la producción. Melisa 
    y Líberman han puesto todo de sí en ello, e incluso el mero hecho de que puedan caminar por donde lo hacen, y no tanto de que no les hayan robado la cámara (aunque también), de que editen relativamente en poco tiempo y monten en YouTube cada semana sus viajes de conocimiento y reiterada iniciación, son cosas dignas de todo elogio, especialmente si se tiene en cuenta la elaborada costura de los video-clips callejeros o artesanales con que nos regalan en cada entrega. Serán ya imborrables en mi vida, y lo digo sin falso sentimentalismo, sin el menor patetismo, con la plena frescura con que se expresa este talentoso colectivo de realizadores, la simpatía que encuentra el guitarrista callejero al hablar y relatarnos su historia de carencias para aprender música, o la historia del abuelo del artista plástico, ancestro que emerge de nuevo en él, o los modos en que se toca el corazón y dice: “en este momento tengo 23 años” el guerrero de luz del tercer episodio.

    Yo quisiera lograr algo así con algún trabajo, y me daría por bien servido.

    EN NUESTRA PRÓXIMA ENTREGA
    HABLAREMOS DE PAN Y RÍO
    DE JUAN ANDRÉS GÓMEZ