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    Documentales indispensables hoy (1): "Imágenes del mundo", de Harun Farocki



    PARA QUE LA REALIDAD EMPIECE

    Por Santiago Andrés Gómez


    A principios de los noventa, el descubrimiento de Harun Farocki por la academia norteamericana significó un poderoso pero tardío auge que, vuelto a una fase en cierto modo canonizada, sin duda más estable, aún no termina.



    Por aquellos años, el interés de Farocki en cintas de desecho de cámaras de seguridad en cárceles norteamericanas no venía sino a intensificar una óptica quirúrgica del cine documental que a finales de los ochenta había encontrado su punto crítico de inflexión en Imágenes del mundo e inscripciones de guerra (Bilder der Welt und Inschrift des Krieges, 1988).

    Para muchos, Farocki es una especie de Foucault cinematográfico, y sin duda es un excepcional comentarista de dimensiones afines de la realidad social. Especialmente, en Imágenes del mundo… el cineasta alemán llega a demostrar que el cine es el panóptico, pero no el cine comercial o lo que convencionalmente se llama cine cuando salimos a disfrutar de una buena película, sino la imagen audiovisual, partiendo de su origen: la fotografía, e incluso la simple ilustración, el dibujo de algo, una fisonomía del paisaje que durante el Renacimiento adoptó carácter analítico.


    La demostración de Farocki se acerca a la aridez. Su documental no tiene los conectores lingüísticos del habla o del repertorio que Griffith y el primer Hollywood establecieran. Cortes secos ponen en paralelo, digamos, el prólogo, sobre el estudio de las corrientes hidrológicas, y el desarrollo histórico de la imagen en tanto estudio de la luz. Ambos tipos de estudio son amortiguamientos de flujos "significativos" del mundo real que así revierten en provecho posterior de quien conoce su funcionamiento.

    Curiosamente, la analogía con la luz se agiganta, ocupa casi todo el documental, y volvemos al final al estudio sobre el agua, con una imagen de la marea penetrando con fuerza el canal destinado a su análisis y en el audio una metáfora verbal que pide que “la realidad empiece”.





    La idea de que la ilustración, la fotografía y, por extensión, el cine, no podrán contener el impulso de una realidad que permiten conocer pero también tergiversar, si no negar, nos permite de nuevo soñar con la utopía de lo que no dejamos de considerar como un régimen social más humano, pero es admirable cómo el documental de Farocki nos pide, o más bien nos exige la participación en ese acto de presión.



    Como si de nada se tratara, como si fueran simples hechos que por sí solos hablaran, pero en verdad astutamente yuxtapuestos, los modos en que los nazis fotografiaron los campos de concentración, en que los “aliados” descubrieron los mismos, en que estos se negaron a liberar a los judíos allí presos en espera de una victoria total, o en suma, los modos en que la realidad habla en la imagen pero sobre todo en que tal información depende de la lectura que hagamos de ella, encuentra un impresionante recodo restaurador en la historia de unos judíos prisioneros en Auschwitz que escriben códigos ilegibles por los capos o los nazis, para ejercer un sabotaje al campo de exterminio, y lo logran.


    Las fotos aéreas que muestran los restos del sabotaje, nos dice Farocki, muestran cómo unos códigos cifrados “cambiaron la realidad”, lo cual se contradice con las imágenes del mundo que unos quieren ocultar y otros desestiman (no se deje de recordar el comentario de Marker en Sans soleil [Marker, 1983] sobre sí mismo como un preso que raya en la pared).


    En cualquier caso, el llamado a que la realidad comience implica hacer lo que la imagen nos impele a hacer, no solo por una conveniencia determinada, sino como una confrontación con lo real. Un paso atrás, en que ella nos refuta fríamente y hemos de asentir, abandonando el control, negándonos a él.


    QUE LA REALIDAD EMPIECE