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    El cuarto asesino (adelanto)



    Uno. Visión del olvido y mendiga procedencia

    La oportunidad es menor, remota. Cada madrugada, Verónica la atrapa. A veces demora un poco su salto de la cama. Sólo un poco. Otras veces lo demora más, siempre que algo, un odio, un temor, la ata en demasía. Pero nunca es suficiente aquello, ni siquiera cuando el melindroso sueño, para amilanarla ante el dolor ineludible de la noche rota, del penoso despertar. Entonces se apoya en el codo, de un tirón alza la sábana traslúcida y refulgente por la efusiva energía de su cuerpo, y se pone una pantaloneta de rayas rojas y blancas que le queda ancha, como una minifalda del siglo XVIII, o una malla verde que emite un zumbido nervioso con el roce de los muslos, cualquier camisa de algodón, a veces por carencia la de nylon, que forra sus pechos indecisos y no conviene mucho a los sudores que prepara, los afelpados tenis de nutria, y sin encender la luz aún, alcanza su propia voluntad, la chapa de la puerta, que no ve y que ubica de memoria, o más bien por pura intuición, o por un conocimiento pleno de su alcoba, de su casa, de sí misma.

    La campana del reloj no ha dado las cinco.


    Atraviesa el salón de vistazos desconchados de diosas de mármol de su abuela, el prolongado ronquido del fuelle de partes flojas que con aliento propio y bocanadas tibias nutre, perenne, al menguado pero intenso fuego del hogar, desanda el retorcido útero del buque gimiente donde se agazapan de su paternal ancestro las orinadas ánimas, y baja por el zaguán claudicante de la muenda quieta y cadenillas inestimables, auspiciosas y presagiadas de lebreles y amigos falsos, pasa por la escotilla de los gatos y los patos y de los cargados sacos patibularios, ligera como una brisa, está ahora en la calle, bajo el amable influjo de las ceibas seculares y corpulentas que levantan un poco sus ramas, da unos cortos saltos, unos pasos sincopados sobre las lápidas de la acera, abre sus piernas en tijereta, descansa la pelvis en el suelo, abanica el aire con sus brazos de un tobillo a otro, sujeta la punta de un pie y con su nariz toca la cicatriz gorda y luenga de su rodilla derecha, una, dos, tres veces… Repite el mecanismo a la inversa y luego todo el juego una vez más, cierra las piernas y se eleva de un brinco, como activada por un resorte, y no ha caído cuando sus dedos la impulsan de nuevo. Gira con los codos en dos tiempos, se agacha sin doblar sus piernas hasta tocar el cementerio con una mano, la otra alzada, y al revés, rápido, tomando y botando el aire como una locomotora enana que corriera por dentro de su pecho…

    Se va a trotar loma arriba.

    Una niebla amarilla, tuberculosa, exhalan los yerbazales de la colina frente a las hexagonales celdas de la cuadra vieja, por entre las vítreas murallas del inacabado engendro catedralicio de la mafia, y Verónica asimila los quiebres de la acera, busca las reptiles malezas invasoras para aplastarlas y sentir su fuste, con un placer inmediato y sin consecuencias, en el corazón de la raíz propia, pero no mira al suelo, ni mira a lado y lado buscando mirlas que salten de estacas de nadie por entre las costosas cuestas… Sus ojos clavados en el saliente de la próxima curva lejana no inquieren sino al camino, aunque adentro de su bermeja noche simulan botar en desorden las negras y brillantes canicas que martirizan la indiferencia. Nunca más volver, o sea por ahora, o algún día, nunca más aceptar la criadera en que chueca la vida niña se extinguió, ni la madre vencida parir más consignas venéreas y llamados a cenar de prisa, ni el padre con su pica en el maletín a los decretos cumplir como una arteria coronaria… Pisar grácil, empujar apenas el suelo, dejarse conducir por el impulso certero y sin término, sin queja en las coyunturas o el armazón libre, someter el movimiento al pulso unitario del abismo perforado, fiel… Sobre todo, y esta vez su jamás es rotundo, nunca acceder a la lucha, al honor, a la victoria de Matamoros contra Castro, de Owen contra el Papa, de Botero contra Cuevas… Llevarse este olor a tierra y bejuco lejos de gente y collares, trotar a paso corto, ya van despuntando las cantinas tuertas, de pálido amanecer en su faz, y las quebradas de tobillos frescos se desplazan hacia mucho más atrás de lo que Verónica no quiere ni sabría anchar con cuñas del mismo palo…

    Canta el ofertorio de Brigart su hora de ensalmos virginales, cómo adora Verónica esta música, y los trinos y borceguíes solos escalan llamitas de cirios de porcelana, hasta que penetra el ámbito morado en los instrumentos centelleantes con un acento de cava, de nave de capilla, de nido de ratas, que le recuerda, por sus tonos fúnebres, la tarde en que supo que Julián no vivió más para darle en el solar desierto su cuerpo vuelto Saltina mojada con Manzana Postobón. Desde entonces siempre que Manzana, Saltina y así Julián: Julián tan niño y amable que sólo podía ser harina y agua azucarada, tan noble y tan descalzo, tan ufano en su desdicha de sabio, capaz de promover su pesante ausencia en Saltina y gaseosa, para manchar la vida de Verónica por ser muerto de afán no innato con su familia en grosera tragedia de página roja… “¿Volverás?”

    Su canto blanco mientras elevaba el vaso burbujeante fue nota limpia para el alma de Verónica, que ha lamentado el resto de sus años por no recordarla, y que en los motetes del siglo XV y en las fantasías del siglo XIX ha buscado luego una pureza similar, ya que sabida le resulta la incapacidad de sentir otra vez en columnas vibrantes su camino de ascenso como en aquellas tardes lo recorrió en voz del niño. Ahora todas las madrugadas trota y la ruta desigual señala su perdición constante del buque deplorable, del cuarto insomne, de los padres vetustos que otro día fueron antes y al otro después y ya casi nada, liberándose el mundo de sus paseos festivos a Puerto Triunfo, a Guatapé, y de todo lo que cansó sin esfuerzo y sin límite a la pobre niña rodeada de fortuna mientras lavaba los platos untados de salsa y de restos de arroz y de arvejas… Son, mientras trota, empeños de nevado, estribores de crucero veraniego, serpentinas en calles amanecidas de perros, pobladas por el sueño plomizo de tres o cuatro gentes raídas, y todo la pierde, sin esfuerzo y sin límite…

    Osa rehusar pícaras invitaciones de amigas, en la criadera, sólo para levantarse temprano.

    Vecinas no tiene de su misma catadura, de su traza.

    Osa negar la competencia para no ver otra vez la misma pista.

    Amenaza sin palabras salirse de todo, dejar el colegio, morirse de tedio.

    Baja una cuesta por la que un hombre cenizo conduce a un burrito cargado con una crepitante hoguera, sube de nuevo por donde nunca habría dejado de ver tres cruces de palo bailando una ronda infantil. Una niña cubierta de tachones se sienta en una piedra, al frente de unas ruinas calcinadas, con el codo en la rodilla, la mano con un crayón en la frente, y a su lado un balón de tripas pardas y mugrientas cabecea como un anciano oyendo noticias escabrosas de real testa en escaños de corte pagana. Verónica sigue su camino obligado, sin norte, pautada por los compases de una lasciva y ceremoniosa contradanza, preguntándose para qué, para qué. Para olvidar respondiendo, para olvidar, para nada…

    Para atisbar en qué órbita rota ciega su celda ingenua.

    Para porfiar cada amanecer su oportunidad perdida, para desecharla.

    La trocha sube, delgada, por una peña sin intervalos, erizada de ásperos arbustos, hasta una arboleda en la que un esqueleto uniformado de pañoleta escarlata al cuello, atado con flojera a un tronco seco, alza un triángulo oscilante de madera pulida. Sin espanto Verónica lo ve pasar. Destrepa haciendo equilibrios de cabra vieja por las rocas y escarpadas salientes del monte siniestro, como entrando en un mar que hubiera despreciado el repunte de sus valles, y de Verónica rebuscando florituras la vihuela que su esfuerzo amaina, oye los cascos de un par de jinetes que detenidos en remanso cimero, gobiernan su flanco diestro. Uno, con el sol a sus espaldas, sigue señalando al horizonte en un gesto congelado de terror. El otro, con su barba cana levantada por el viento, y su ceño hostil azotando, le dicta un grueso libro, con el dedo en alto…

    “… Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu”…

    Incapaz de ignorarlos, Verónica no llora ni vacila en su amortiguado descolgarse por la vertical pendiente. Abajo la húmeda penumbra de la hondonada robustece una flor palpitante que se enrosca sobre un niño desnudo, azulejo y dúctil, lo envuelve en sus carnosos pétalos dentados, y lo tritura y devora. “Para olvidar, para nada”…, se dice a sí misma la muchacha, y jadeante, ensopada, llega a la orilla de un manso riachuelo. Ante la gruta por donde surge la corriente cristalina, armónica, y un viento gélido, una anciana con cara de conejo, entunicada con el amorfo párpado de muchos ojos incrédulos, sale a llamarla con afanosos gestos de misterio y regocijo, como si la estuviera esperando de mucho tiempo ha.

    Su cabellera es humareda caprichosa, revuelta en veloces torbellinos.

    Entonces un silencio profundo retrae a la muchacha. En la cárcel de otro siglo, a través de todos los códices y rebaños, un sacerdote espabila frente a sus manos detenidas en el poema. La cicatriz de la rodilla se encoge y suspira, presta a devolverse, presta a hacer caso de la vieja eremita. La nada se expande lejos de la mañana, entre la delicadeza de sus pliegues inasibles. “Si obedezco, me aniquilará”.

    Verónica huye río abajo.

    El pasmo atónito de tantos ojos abiertos en la capa de la anciana le ha avisado lo que encontrará si accede a su llamado, si penetra en la cueva y recorre sus peldaños y pasillos húmedos y resonantes, y sabe que este encuentro debe ser el fin de su trayecto, y recuerda cómo ha temido igual todos los días al rostro terrible que encontraría si quisiera retar al pánico que le produce imaginarlo, cómo ha vuelto después sobre sus pasos, apresurada y sin hallarlos, por un sendero metamorfoseado en el tiempo bullente, y se duele de buscar siempre este mismo escalofrío ante el rostro deforme que anularía su ser, que se chuparía su alma, porque el regreso inviolado, desusado, logra olvidarla de tan horrenda impresión, a pesar de estos instantes en que una profética certeza le advierte del peligro letal que correrá al encontrarse sin nariz, mirando por las orejas y el mentón, relamiéndose la frente en un gesto monótono, animal y depravado… Y el vértigo que la invade mientras corre fulmínea y sin fuerzas, rayando tunas, rodando cascajo por la orilla, no es otro que el de respirar en ese rostro tumefacto, el de no poder ser nadie ni haber sido feliz alguna tarde ociosa con Julián en el solar desierto, ni indignada en el hastío de una vida gris por las manías deprimentes de sus padres, o por la presuntuosa exigencia que la criadera le impone, y ese vértigo es locura al descubrir que igual desconocería para siempre, si los ulcerados ojos de la monstruosidad que teme la miran, la música blanca de Julián, la nostalgia de haberla oído y de saberla perdida, el deseo de recuperarla, los sorprendentes placeres que ha vivido al intuirla, con gozo incomparable, donde menos se lo espera, en el silabeo griego de un himno ambrosiano, en los entreverados melismas semíticos de un madrigal isabelino, en el aria severa e insustancial de una ópera esplendorosa, a medias restaurada, o en las súbitas pausas de un scherzo en una sinfonía del romanticismo tardío…

    De pronto una melodía sonsa, sin motivo, se enreda entre sus piernas…

    “No soy yo, es mi cuerpo de jabalina lanzada por el miedo quien corre”…

    Cae al suelo, el jinete asustado la arrastra con él hacia el fondo del río…

    … No te extrañe que te diga: Es necesario nacer de nuevo”…, recita el monje cabalgando por encima de las aguas. “… El viento sopla donde quiere”…

    El estribillo insulso penetra por su sexo y sale por boca y ombligo. Verónica no entiende por qué así de arduo le resulta dejarse llevar por la corriente, y su visión borrosa adivina minúsculos petroglifos animados en el agitado lecho, que se mueven con premura, construyen puentecitos bajo el agua, cavan fosas de hilos burbujeantes, levantan torres que luego asedian, teatros que después talan, hospicios que demuelen, fábricas de aire, de nutria, de bombones, y hacen inventarios de triángulos y palabras dentro de escrupulosos conventos que el jinete penetra por una puerta de doble ala hasta salir Verónica trotando, su mente clara y despejada, por una bodega abandonada en un lote baldío donde unos niños flacuchentos escalan el andamio de una valla publicitaria de alcoholes tristes y buena conducta…

    Sin embargo el que sigue trotando es el cuerpo de Verónica, y ella apenas asiente. Un hombre fatigando la cuesta con un torno de carpintería al hombro, una anciana contando los puñados de mariposas que con la huesuda mano pasa de una caja de cartón a otra, un joven barbudo y sin camisa recostado con holgura al espaldar de la silla que tira hacia atrás, meciéndola sobre un par de monedas, son todo lo que ve, todo lo que sabe.

    “… Queda uno como nuevo”…, piensa.

    Al llegar a la empinada calle que la conducirá de nuevo a su lujoso y destartalado hogar, lo único que le preocupa es tener que bañarse y desayunar a las carreras para alcanzar el camión que todos los días, entre el bullicioso cacareo de sus compañeras, la lleva a la criadera.

    Como siempre, en la esquina, media cuadra abajo de su buque numerado, y en donde su cuerpo ya sólo va caminando, atrae de nuevo y mucho su atención una mendiga que no dice nada ni se mueve frente a los coches inflados que encara, detenidos ante el dorado dibujito instructor.

    Conductores y pasajeros parecen ignorarla, pero también ver algo a través de ella, pues le pasan estilógrafos luminosos, gafas enchapadas en uña de bisonte, billeteras de tracción doble de las que ni siquiera aciertan a sacar sus insignias.

    La mujer, deforme, con los ojos en orejas y mentón, sin nariz, recibe sus sonámbulos regalos sin necesidad de dar un solo paso, se lame la frente y al instante los desaparece con una maroma indiscernible.