• Espacio de difusión y debate sobre el video y el cine nacional, y sobre temáticas relacionadas. Tribuna abierta a la diversidad y plataforma de discusión estética y política.

    Palabras sobre Óscar Campo (3)


    EL INDESEABLE HUMANISMO

    Por Santiago Andrés Gómez



    En un texto escrito a finales de los años noventa y publicado por la revista Kinetoscopio[1], Campo comprueba lo que eran sus temores de pocos años atrás, manifiestos en el número 21 de la misma revista (en las memorias de un seminario organizado en 1993 por el Cine-Arte Lumière, de la Universidad Pontificia Bolivariana [UPB] en el Centro Colombo Americano de Medellín): la globalización había generalizado ya para entonces un sistema tal de competición por el rating que significaba para el documental una lucha frenética por simplificar sus discursos, primero en pos de la subvención o el financiamiento de canales públicos que debían sobrevivir en desigualdad de condiciones y bregar a equipararse con sus rivales comerciales, y segundo con la lamentable consecuencia de que “el Real”, ese mundo al que se aludía, cierto que ya con menos inocencia, se uniformizaba por los esquemas de personaje, acción y escenarios llamativos, en conflictos harto bien delimitados.


    Eran tiempos, justamente, en que tal esquema entraba en franco desprestigio entre los realizadores más serios, o menos dependientes de la lógica industrial. Son años en que Óscar Campo, luego de una década de trabajo incesante, hace una pausa y concibe una nueva estética, o una nueva retórica para sus videos. El proyecto del diablo (1999) se constituye en un gozne tras-milenario en que un viejo pandillero, luego jíbaro internacional, apodado “La Larva”, teje, al parecer en el infierno, un monólogo delirante de la mano del director para convertir la imagen en un espejo transverso, un registro de sus visiones internas. Lo que antes era esbozo neto de subjetividades, se vuelve locura objetivada, si puede llamarse así: el congelado de un código que no llegamos a entender justo porque llega fácilmente a escandalizarnos, y que si no terminamos de tomar en serio es porque tememos a la alegorización, aunque esto no nos redima de estar profundamente involucrados en ella.

    Informe sobre un mundo ciego (2001) pareciera proseguir en lenguaje cifrado el desarrollo de esa inexorable degradación del mundo moderno que fuera “el proyecto del diablo” (la construcción de un paraíso en la tierra[2]), con imágenes que un narrador, muy al estilo de Marker, desde una “voz desviada”, como diría François Niney, proyectada hacia fines del siglo XXI, nos presenta como restos de un futuro que desconocemos pero del que imposiblemente somos “testigos transitivos”. La persuasión de lo visible consigue embebernos en una óptica más acusada del presente por el giro de una voz sita en el futuro: no es la misma imagen de un basurero común, un atraco o un centro comercial cualesquiera, pues nos vemos también, como espectadores, presos en un laboratorio, al decir de Hannah Arendt sobre los campos de concentración: un lugar donde el absolutismo quiere demostrar “que todo es posible”.


    Y no es casual que sean imágenes todas conseguidas por la Universidad del Valle. Son imágenes profusas que desde ahí también se emiten en coordenadas ensayísticas, cuyo valor no está en ser captadas, sino en la interpretación, en el modo en que aprueban, por ejemplo, el dato del porcentaje de desempleo de mediados del siglo XXI según patrones conocidos y probados ya suficientemente en el instante en que fue elaborado el video: imágenes que, como son articuladas en el cine de Campo, no cabrían jamás en un canal privado, ni por el electrizante panorama que así aportan, ni por la dislocación de su esquema, altamente peligrosa dada su capacidad de subvertir el discurso oficial. Y es que el juego de Campo es uno que da la opción de “liberarnos en la celda”, de rayar en las paredes, como ese preso al que Marker se asimilaba en Sans soleil (Marker, 1982): como una gotera que fuera haciendo mella.

    Las películas posteriores, como Kubrick luego de hacer su épica science fiction, son un regreso a una realidad más cruda, pero vista ya con una muy otra lente. El reportero morboso de Noticias de guerra en Colombia (2001), y las chicas de Tiempo de miedo (2003) son individuos integrados en un panorama más amplio, si bien su subjetividad (tanto en lo anecdótico como en lo perceptivo, en el discurso que aquello logra determinar en ellos) viene a ser un índice probatorio de coyunturas más amplias que, justamente, son las únicas que nos logran vincular en realidad con su experiencia, pues esta es pertinente no por lo que sea el individuo en sí, sino como función de ese laboratorio social que es Colombia. Campo redescubre, muy a tono con Althusser, que la libertad, incluso la de pensar, está sofocada por previos impulsos deliberados que, sin embargo, no podemos adscribir sino a operaciones ideológicas, impersonales.

    De este cruce desquiciado entre un colectivo que avanza casi podría decirse del todo por encima de las opciones individuales y una subjetividad atormentada por la inexorable incidencia de una participación obligada en la política de la vida social, aunque como decisión personal virtualmente inconexa con el todo, emergería, con innegable lógica y coherencia, Yo soy otro (Campo, 2008), una cinta de ficción en la cual el libre albedrío se halla fracturado o metamorfoseado periódicamente entre un deseo de acabar con el resto de la humanidad, lo que identificaríamos fácilmente como una reversión sicótica de la pulsión de muerte freudiana, y un deseo de fundirse en la marea de la vida social, eliminando a cualquier elemento indeseable o desadaptado, lo cual se acerca a ser una pulsión erótica igualmente sicótica, pero más cercana al éxtasis o paroxismo tribal de las sociedades absolutistas y de control.


    Ahora, en la imposible narración de una idea como esta en un relato que aspiraba a seguir la tradición del dopelgänger pero se cerraba el paso desde la premisa de que no existe un individuo base; o de que este es un promedio abstracto (con lo cual los dobles podrían ser ya triples o cuádruples, pero siempre con una base humana que los anularía como “equivalentes”), se puede hallar la esperanza inconsciente de que sí existe una humanidad natural, de que la narración siempre gira en torno a sujetos o al menos cuerpos que sí son en el tiempo, que se conduelen con otro sin atavismo condenable de supervivencia como especie, que anhelan el descanso con una pareja o se desvían de normas o patrones morales arbitrarios, pero siempre referidos a la convivencia, al acuerdo mudo y la valoración de la propia vida en la ajena… Hablo, en suma del acaso indeseado humanismo de Cuerpos frágiles.

    Desde luego es debatible mi convicción de que en este último trabajo de Óscar Campo se hace visible la adopción de una postura humanista ante las dinámicas macabras a las que hace referencia (la creación del concepto de enemigo en nuestra televisión), pero al decir que es debatible tal convicción mía, no deja esta de agitarse en una respiración concentrada sobre sí misma, dispuesta a hallar, si bien no su refutación, sí los puntos de contacto con otros conceptos y otras dimensiones que la expliquen y, por supuesto, permitan matizar su ilusa definición. El mismo Campo me ha dicho que su visión en este documental proviene de un pensamiento de izquierda, no marxista en este caso, pero sí materialista (y deudor del feminismo), que deja de lado la moral en que se fundan los “Derechos del Hombre”, y considera como base de toda decisión política un nuevo ámbito mental: el de la fragilidad del cuerpo.

    La mención de esta plataforma ideológica se tiene en consideración para mencionar que, ciertamente, no es natural ningún modo de ver el mundo, o que los valores con que somos criados o que tan normalmente asumimos para la definición de cualquier cosa, son, como le gustaría decir a los formalistas rusos –padres de la teoría del cine–, discursos “históricamente situados”. Hablar de defender la democracia mediante torturas, como está no visto sino aceptado que hace el ejército americano (y podemos suponer de buena fe que cualquier ejército que se diga demócrata y luche contra enemigos más que encarnizados, enquistados en cada cloaca) es algo que todavía muchos son capaces de justificar, razonando con pulidos silogismos, pero ante la abuela que esa tarde nos dice en la memoria o nos hace repetir sin pensar mucho “a donde fueres haz lo que vieres”, ellos no quisieran discutir y se deben morder la lengua.



    Esas personas que defienden la tortura, o al menos no la condenan, y que en el mejor caso no quieren saber de ella, luego llaman salvaje a la cliterectomía de ciertos pueblos africanos. Cuerpos frágiles nos enseña cuán posmoderno es el salvajismo, cuán ignorantes somos de la relatividad de nuestros propios valores al bandear en un mismo acto entre el asesinato premeditado y la defensa de la vida. El discurso que nos gobierna y ha hecho del mundo una cloaca de suites impolutas (“nada se condice mejor con el lujo que la mierda”, decía la Larva en El proyecto del diablo), precisa un escenario artificial para transformar la villanía del Real, que podemos suponer “un Natural” previo, contrario a la Arcadia feliz. “Para corregir lo natural fue creado el derecho”, filosofa el abogado de No matarás (Krotki film o zabijaniu, Kieslowski, 1988), pero esto no garantiza solución en una humanidad incesante y contingente.

    Allí descansa un otro al que no asimilamos, pues no podríamos jamás hacerlo, como un igual, ya que no lo es: pero el distinto, o anormal, será, desde nuestro punto de vista, solo él. Así, nuestro criterio parece obvio… Pero, “(…) como a casi todas las personas del mundo, a mí me horroriza el asesinato de alguien”, dice Campo. He ahí la fe en la humanidad que yo sostengo se mantiene firme en él: una fe que desconfía de cualquier poder que para sostenerse, como decía Ospina, deba fundarse en la eliminación de “manzanas podridas”, y que sobre todo nunca permita ver, al conglomerado que por supervivencia le atiende, el mecanismo que así se perpetúa de destrucción y dominio. Una fe que aún cree en la razón, pero no una razón instrumental, que explique toda acción amparada en criterios “incuestionables”, sino al contrario, que encuentre un fondo para el estupor, para la inacción, para el sagrado respeto.

    Cuerpos frágiles se inicia con la abierta sonrisa de la plana mayor del Ejército Nacional, comandada por el entonces Ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, dando una noticia por la cual deberíamos alegrarnos todos “los colombianos de bien”, y luego el presidente contemporáneo le comunica al país que la guerra sigue adelante “por el bien de nuestros hijos”. No he querido hacer un análisis formal a fondo, ni extenderme en los recursos retóricos, pero es preciso resaltar, en este aspecto, cómo Campo se alinea del lado de los observadores informáticos. Nos muestra menúes de archivos digitales donde tiene almacenada información delicada o sensible con nombres que llaman nuestra atención, pero el cursor pasa de largo y llega a lo que nos quiere mostrar, y a veces detiene el flujo de un video para hacernos caer en cuenta de que él está analizando, de que nunca estamos frente al tiempo “natural”…



    Todo el documental está segmentado en capítulos que se inician con el sonido y la imagen en tiempo directo del tecleo de su título: nos hace encarar el hecho no evidente, y necesario de exponer hoy más que nunca (pero solo porque antes casi no se evidenció en el mundo, y menos en Colombia), de que estamos frente a un discurso intelectual, frente a la intervención de un hablante sobre lo que él llama huellas de la realidad, huellas y fragmentos que nos movilizan, pero cuya significación depende de un entorno siempre tendencioso, como el narrador demuestra (el cuerpo destrozado de Raúl Reyes, en medio de las noticias, no es solo eso), y la película continúa en el examen de lo que la muerte del guerrillero suscitó. El texto audiovisual no teme tomar postura, pero es una postura en contra de los lugares comunes con que se descalifica al otro en pro de una causa que se defiende como inapelable e irreprochable.

    Así, los videos de la guerrilla y de FEDEGAN se revelan tan ingenuos y diabólicos como resulta más claro que es falsaria, no solo la dicción de los noticieros de los canales privados, sino la moral de la sociedad. Durante las marchas de las víctimas del estado, o contra el secuestro, cada quien busca sacar tajada: una de las víctimas del secuestro dice que ellos son “las peores víctimas”, y la madre de dos mujeres descuartizadas por paramilitares insiste en que no puede haber perdón para ellos, pero el testimonio parece direccionado, si no inventado, por Noticias RCN, y lo peor es la sospecha, o el hecho mismo de que la literal locura de la mujer pueda ser manipulada, o incluso puesta en tela de juicio. Lo que queda al desnudo son fines de control en toda información e imagen, que llevan a Campo a la evocación de la figura del panóptico, propuesta por Foucault para describir las sociedades de control.

    Se nos garantiza la seguridad siempre y cuando el peligro exista, siempre y cuando temamos o sigamos temiendo. Unos niños saltan dentro de un carro, felices, mientras todo un escuadrón termina de montar la llanta para que ellos puedan seguir por la carretera: imágenes como esta hacen de los comerciales del ejército una publicidad aterradora de la muerte obrando a favor del status quo: “aunque no nos veas, siempre estamos allí”. Pero Campo no llega a ser tan fanfarrón como para celebrar que tiene la razón. Él mismo sabe introducirse en el mecanismo que delata. Cuando un comercial muestra, con efectivos golpes de montaje rítmico, la abyección del secuestro, y el locutor pregunta: “¿Qué harías si encontraras al responsable de todo esto?”, la imagen nos muestra al realizador viendo el monitor donde termina de resonar esa frase. Desde luego, las imágenes nos interpelan, pero jamás nos piden la opinión.



    Desde los tiempos en que Eisenhower nos puso en alerta sobre la devastación a donde podría llevarnos la industria armamentista mundial, la imagen audiovisual se ha erigido como uno de los baluartes de la vigilancia en todo el planeta. Pocos años después, Estados Unidos descubrió la fabricación de misiles nucleares en Cuba, gracias a la fotografía satelital, y hoy por hoy el planeta entero está vigilado hasta sus más íntimos rincones[3]. Que pueda o no evitarse la guerra es superfluo, pues el mejor método para perpetuar el poder es darle prestigio: la infamia se labra desde los mecanismos en que admiramos a los héroes y en que pagamos mejor por diseñar muertes que por descifrar sueños. De tal forma, quienes estamos a salvo somos los culpables, pues disponemos qué pasa por televisión y qué no, con qué efectos y para qué. Por algo las discusiones sobre las licitaciones por el “tercer canal” son álgidas.

    Y por algo los canales comunitarios han sido destinados a permanecer en estado de raquitismo, y en Colombia las predicciones de Óscar Campo de 1993 se hacen realidad hasta un grado mayor de lo que él hubiera previsto. Hoy, Cuerpos frágiles apenas podría pasar por un solo canal del que yo sepa (y no es Telepacífico), pero mientras, el pueblo sigue siendo el único ganado que engorda a punta de hambre, y si toca comer del muerto, pues se come, sin que sea disculpable quien tampoco se puede condenar: esa triste piara que goza con el circo de las telenovelas y los “reáliti” como otro número del show de su guerra social. La usurpación de nuestros cuerpos por la ideología del consumo y la barbarie sigue siendo una decisión que la existencia pareciera tomar por nosotros, y nuestros suspiros por otra vida más real, en la cual no debamos elegir entre bandos de asesinos, la convierten en la más divertida tortura.

    Entre tanto, no podemos decir que Cuerpos frágiles contribuya a un aguzamiento del documental colombiano si no es indicando su camino como una encerrona. El ámbito que ha generado Campo, y hablo de su oficina y su casa y el aire en que se mueve su autoridad socarrona, y la Universidad del Valle en general, son casi conservatorios, claustros embrujados en donde se estuviera cultivando el ejercicio de una memoria analítica que a fines del siglo XXI tal vez pueda sobrevivir al simple fichaje de crápulas, reinas de belleza y goleadores en que no se ha convertido sino que al parecer ha resultado ser la imagen audiovisual desde siempre, a la luz de la teoría actual. Para nosotros son como una ciudad refugio, como esas de las que hablaba Luis Alberto Álvarez al referirse a las salas de cine de arte y ensayo: de los pocos sitios, y tal vez los más indicados, donde podamos realmente repensarnos en imágenes.







    [1] Óscar Campo, “Nuevos escenarios del documental en Colombia”, en Revista Kinetoscopio, Vol. 9, No 48, Centro Colombo Americano, Medellín, 1998, pp. 72-84
    [2] No olvidemos que años después, en el Senado de la República, cuando se instaure la Ley de Justicia y Paz, la construcción “de un paraíso en la tierra” será la fórmula con que el líder paramilitar Salvatore Mancuso defina lo que fueron sus propios sueños al crear y dirigir la Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).
    [3] Este es el asunto de un documental señero donde los haya: Imágenes del mundo e inscripciones de guerra (Bilder der Welt und Inschrift des Krieges, Farocki, 1988)