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    Antioquia audiovisual (8): "El hombre imaginario" (Fortich, 2011)



    SIEMPRE HAY ALGUIEN POR ESCONDER

    Por Santiago Andrés Gómez



    No es casual que de la Universidad de Antioquia provenga un documental de ensayo así de bien ajustado como El hombre imaginario (Fortich, 2011), ya que si la ignorancia es atrevida, no todos la ven con tan buenos ojos como para decir que eso es lo mejor que tiene. Por el contrario, nadie aceptaría ser un ignorante, más bien todos lo suelen ver (y ahí sí me bajo de cualquier tren) como un insulto, y de allí que jamás puedan considerar sus logros como el fruto más impersonal del riesgo, ni sus fracasos como muestra de una feliz inocencia. Freddy Fortich ha hecho una película que tiene aquello que una crítica argentina señalaba de una película de Fito Páez: “no tiene miedo al ridículo”, con lo cual la propia crítica recibió montón de críticas, pero como no he visto esa cinta, simplemente añado que, en el caso de Fortich, tan centrado está el autor en vacilar, que esa temeridad no existe, pues al ridículo él no lo concibe como tal sino nada más como una posibilidad en la visión del otro. Aquí el autor está inmunizado.

    Quien primero me habló de El hombre imaginario fue, si mal no recuerdo, Mario Andrés Pizarro, decano de la Facultad de Cine de la Universidad Manuela Beltrán, de Bucaramanga, y siempre que se toca el tema hay un pequeño debate, si no entre los hablantes que conozcan el documental, al menos en el interior de quien se refiere a él. De entrada, es un documental que choca con cualquier idea común que se tenga del asunto en Colombia, si bien no entre personas como Óscar Campo (quien ha hecho, al menos en sentido conceptual, cosas parecidas) o igual, la misma Marta Hincapié, en quien, como quiera que sea, las puestas en escena y otros dispositivos discursivos no realistas son más sutiles, pero también muy importantes, al menos sí entre la mayoría de personas que viven el documental como oficio, pues Fortich no solo se desentiende de la idea del registro probatorio, o como se suele pensar, “observativo”, sino más que nada de la seriedad, y esto en un nivel de juego tan inocente que es casi pueril.


    El hombre imaginario (Fortich, 2011)
    Foto: Facultad de Comunicación Audiovisual / Universidad de Antioquia - Freddy Fortich ©

    Pero en eso están no solo su gracia sino sus fabulosos alcances.

    Fortich se conecta con un estado de conciencia que consigue retrotraer a la perfección al aparataje del video contemporáneo, por ejemplo con dramatizaciones puestas previamente en evidencia, mediante insertos, cuando él mismo nos dice fuera de cuadro, que su documental es sobre la imaginación, o incluso antes, en el mero arranque, cuando muestra que toda imagen es mediatizada por filtros sonoros o probabilidades selectivas de edición. Pero luego esa onda lúdica infantil se hace más amplia, pues los juguetes son invocados como la razón para que Fortich, el realizador, vea la imaginación como un refugio. Lo que resulta es una metodología que nos quiere engañar hasta un punto tal, que la mayor ilusión está en que uno no se cree nada de lo que ve allí y siente que se apunta hacia un lugar externo al video, un lugar que es justo el espacio en que se teje todo. En ese sentido, son fascinantes las recreaciones en estudio, primero de la auto-lamentación, y luego el diálogo con su prima.



    El hombre imaginario (Fortich, 2011)
    Foto: Facultad de Comunicación Audiovisual / Universidad de Antioquia - Freddy Fortich ©


    En ese diálogo, Fortich busca demostrar el porqué de su postura inicial, o sea, que la imaginación es un refugio, luego de presentar una contradicción molesta en esos términos intelectivos, pero bastante incisiva, sobre su propia identidad como cobaya o ratón de laboratorio para su propia imaginación, y es que la imagen que tiene su madre sobre él, en nada tiene que ver con la percepción que tiene de sí mismo. Su prima le demostraría, según manifiesta Fortich a la orilla del mar, que la imaginación es el espacio íntimo en donde uno se logra concebir, dar fuerza a sus decisiones o variarlas, reconocerse frente a su propia capacidad de ser… Y no es cualquier cosa lo que esa prima dice. No comprendo cómo alguien pueda pensar que se trata de pura charlatanería verla reír, sudar, fumar y llorar en ese cuarto oscuro que el realizador y su director de fotografía crean en un parpadeo. Resulta que la imaginación que traman es la película: que su película es la imaginación… O sea, que el cine es su refugio.


    Mis respetos, a todo el equipo, y a los profesores. A veces las palabras sobran.