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    Un tigre de papel, de Luis Ospina



    Con motivo del homenaje rendido durante junio
    en la Biblioteca Pública Piloto
    al cineasta colombiano Luis Ospina,
    publicamos este texto, escrito en 2008, sobre una cinta
    que tal vez sea la obra cumbre del artista

    ***

    EL PAPEL ES DEL TIGRE

    Por Santiago Andrés Gómez (artículo publicado originalmente en Revista Kinetoscopio Vol. 18 - No. 81,Marzo - Mayo, 2008, pp. 21-23)

     
    Un tigre de papel (Ospina, 2007)
    ¡Que la verdad sea dicha!


    A principios del 2007, tras la muerte de Alape, del Mono Osorio y de Mayolo –su compinche-, Luis Ospina decía, con más perplejidad que tristeza, que su generación “ya estaba levantando el toldo”. Tenía que ser abrumador para un cineasta como él, que siempre ha sostenido una batalla manifiesta con la muerte, ver cómo se iban yendo, una por una, las personas con las que se había hecho hombre y con quienes también había trabajado recientemente en la elaboración de su última película, Un tigre de papel, la cual es además un dolido himno al estruendoso fracaso de los sueños que todos ellos tuvieron. Igualmente, el tener que someterse en ese momento a una delicada cirugía era algo que con toda seguridad le obligaba a mirar de frente y desde su propia entraña el absurdo implacable al que estamos abocados después del envión de tantas tardes apuradas y vencidas y de tanta música inolvidable en vano.

    Pero la cirugía pasó y el 2007 siguió andando. Luis terminó De la ilusión al desconcierto –una serie de cuatro capítulos sobre la historia del cine colombiano desde 1970 hasta 1995-, estrenó nacional e internacionalmente Un tigre de papel, publicó Palabras al viento. Mis sobras completas, el libro en que recopila más de treinta años de escritos sobre cine, y finalmente recibió el Premio Nacional de Video Documental por Un tigre de papel. Un año milagroso, en más de un sentido, pues él se ha ido convirtiendo poco a poco en un baluarte indispensable de su generación y, por eso, tales logros son menos abundantes que merecidos para alguien que, sobre todo por escepticismo y no solo por precaución, siempre se ha movido con cautela, y que en un principio parecía en su intelectual cinefilia menos creativo que otros artistas de su tiempo –mucho menos que Caicedo o Mayolo, para no ir muy lejos.


    Después de los cuatro largos años que separan a Un tigre de papel de La desazón suprema, su “retrato incesante de Fernando Vallejo”, Luis Ospina reapareció en el 2007 más encendido que nunca, y aunque su obra última cosecha una aprobación casi unánime, no faltan las voces que la cuestionan. Además de que existen no pocas personas que se preguntan qué hace en nuestro país –“aquí como somos de indios”, dicen- un realizador “tan inteligente y refinado” (o sea tan arrogante), otros, los menos, apuntan su dinamita conceptual a las implicaciones “reaccionarias” de un trabajo que parece hacer mofa de lo que cuenta hasta el punto de que su propia premisa hace suponer que el autor sostiene que nada de ello es real. Desde luego, Ospina parece aceptar de antemano esa suposición al afirmar que una de las ideas que lo animó a hacer Un tigre de papel es que “la historia es del que la escribe”.

    En verdad, dado el poder del lenguaje, dado el poder que tiene no solo el registro directo del cine sino la significativa articulación de sus imágenes, es muy fácil caer, deslizándose por los anillos de las teorías divergentes, en delirios inextricables que asimilan ese poder, visto como algo puro, al temible ejercicio práctico de cualquier ideología. No es posible negar que el cine, y en particular el cine documental, tiene una incidencia porque resultan convincentes su aproximación a la realidad o su representación de la misma. Del mismo modo, resulta inobjetable el hecho de que tal aproximación, mediada o no, gira en torno de algo más real y al mismo tiempo más oscuro, ya sea una idea o un suceso. De ahí que aquellos que piensan que la verdad está creada por el discurso no se diferencien gran cosa de los que están convencidos de que nada es representable: la postura es prácticamente igual.

    Testimonios inconcebibles al servicio de una verdad textual
    Un tigre de papel (Ospina, 2007), ó el dominio de la imagen sobre un mundo alucinado

    En Palabras al viento, Luis Ospina escribe a Mayolo privilegiando la actitud de confundir cuando el otro quiere que lo “desconfundan”. Esto no es solo una elección que Ospina forzó en Agarrando pueblo al tenor de las palabras de Luis Alfonso Londoño, el inolvidable personaje de aquella película. Es algo así como una decisión vital que cobra mayor fuerza cuando se ha visto que la realidad limitada a lo expedito, a la certeza de lo evidente, es menos que la propia anécdota y que cualquier concepto, es más irreal que su propia ausencia, no alcanza y, por más que duela, no es sino vanidad. El deseo de confundir con el cine, en cambio, se acerca más al sentido misterioso de la realidad, que es un acertijo, mírese por dónde se mire, un juego odioso y que resulta nada fácil para quien quiera recrearlo, ya que exige un sentido plenamente ajustado de la persuasión sutil con que nos somete el mundo.

    Con todo, Un tigre de papel no es una película reducible a su forma y ni siquiera a ese deseo de confundir que la engendró. No cabe alegar en ella una visión “reaccionaria” sino bajo el curioso engaño al que parece inducir y que sin embargo ella misma en su absurdo delata: verla de ese modo es actuar con la misma ingenuidad del espectador que, al final de su estreno en Medellín, le preguntaba a Ospina cómo era físicamente Pedro Manrique Figueroa. No es poco elogiable la profusión de minuciosos testimonios sobre Manrique, la fuerza de esos increíbles incidentes narrados con absoluta veracidad, el vértigo que producen tantos documentos impactantes por la nitidez de un origen remoto y vibrante, pero sentirse aun así sea ligeramente violentado por la crasa falsedad de ese hipnótico torbellino no es otra cosa que imponerse a uno mismo la mentira. A nadie afecta la falacia sino a quien le teme.

    Los pegotes de Pedro Manrique Figueroa
    Patrimonio indeseado de la Humanidad

    En cambio, en medio del embaucamiento en que vivimos, esta es una obra de completa seriedad. Hoy se estila añorar una u otra cosa de los años del Frente Nacional, una u otra cosa de los años sesenta o los setenta, e incluso algunos añoran cosas de los ochenta. Ospina, que los vivió todos, que tuvo de cerca a algunos de los más famosos íconos de esos tiempos, aprovecha la ocurrencia que tuvieron unos artistas plásticos al inventarse un artista ficticio, para volver al pasado de un modo tan jocundo como aterrorizado. Esos años fueron así de caóticos, de exultantes y desesperados, que la mejor forma de evocarlos es por todo lo que en ellos hubo de inconcluso. Nadie los añoraría de no ser esta una época terrible, y por supuesto nadie los añoraba entonces, cuando se quería un mundo mejor. PMF no es otra cosa que la cristalización de una tipología muy reconocible que en esos días proliferó y que por naturaleza se desea olvidar.

    El parlanchín que por un instante accede a una inspiración irresistible y así nos permite aceptar sus circunloquios, el que se sabe todas las canciones de salsa dura y saca a bailar a todas las mujeres sin que le importe mucho pensar en cómo baila él, el hombre convencido de que su lucha por la libertad eterna es la misma de esas masas desposeídas de las que hace parte, el que en los rayones de su libreta despide el fuego de un magno ideal, ese que es versado en cine y sin embargo detesta a los críticos, que hace de su vida un viaje permanente y en toda parte vive una aventura que no se molesta en recordar sino a veces, ebrio, el que no tiene idea de pintura pero se siente hermano de todos los pintores: ese es el Pedro Manrique Figueroa que yo conozco, y como el de la película, está en todas partes y solo deja un rastro de bullicio y algún escrito que, sumado a otros que abandona por ahí, haría una Biblia inútil.

    Un tigre de papel (Ospina, 2007)
    "¡Mi obra soy yo!"

    Porque al final de la película, ya de vuelta de todos los fracasos –incluso los voluntarios, como algunos amores felizmente rotos-, Pedro torna a ser la mejor expresión de un ser sin huella. Sus “pegotes”, sus poesías, su película (un minúsculo cortometraje), su prontuario en el FBI, su aparición en Holocausto caníbal, todo eso queda al margen de un juicio invicto que apenas si alcanzó a expresar en el Museo Nacional: “Mi obra soy yo”. Cuántos genios similares no conocemos, cuántos descubrimientos equivalentes en su insuperable grandeza no hemos escuchado, y a veces con una explicación sumaria. Cómo no habríamos de creerles a todos estos seres es algo que nada más nosotros sabemos, y que vale comprender de este modo: porque somos como ellos. Porque querríamos que nuestro ser fuera toda nuestra obra. El que semejante sueño sea imposible es algo que este video monumental deja en entre dicho.