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    Antioquia audiovisual (12): Reciclando recuerdos, de Catalina Vásquez




    EL DIFÍCIL ARTE DE AMAR

    Por Santiago Andrés Gómez

    Ya hemos dicho que en la Universidad de Antioquia, bajo la guía de un cuerpo de profesores más robustecido en la formación teórica que antes, la Facultad de Comunicación Audiovisual está cosechando los primeros frutos perdurables de una producción documental en el marco de la enseñanza y la práctica de los alumnos. Reciclando recuerdos (Vásquez, 2010) fue uno de los primeros, en este sentido, y por ello hay que decir que estábamos en la deuda de dedicarle un espacio en este blog.


     
    Mejor Video Documental - Categoría Nuevos Creadores
    Festival de Cine de Cartagena 2011



    Los documentales ensayísticos, en primera persona, los autobiográficos y los llamados “performativos” son toda una gama en los últimos treinta años en el mundo, y no se puede suponer que El hombre imaginario (Fortich, 2011) o Reciclando recuerdos (ambos hechos por alumnos de la facultad mencionada) sean fruto de un atrevimiento puro, no mediado por la consideración de otros trabajos, entre los que brillan las obras de Berliner, McElwee y Andrés Di Tella, por no hablar de la multifacética Agnès Varda.

    Lo que hay que resaltar de Reciclando recuerdos es, primordialmente, la hechura, su capacidad de absorber lo que puede haber de vertiginoso en una decisión determinada, la de una chica por ir a grabar a su padre, quien abandonó a su familia hace diez años, en la ciudad donde sabe que está viviendo, y hacer de todo lo casual que la cámara convierte en imagen un flujo que abre trocha, que nos interpela en una búsqueda con nombre propio, para oír al hombre que persigue y también interpela.

    La calidez, si no inocencia, o desnuda, suave crudeza, con que nos habla Catalina, es semejante a la de la narradora de La primera piedra (Murillo/Bonilla/Campo, 2009), otro documental universitario, o a la de Marcela Gómez en Migración (Gómez, 2008), y puede decirse que obras como estas, y desde luego podríamos sumar a El hombre imaginario, pero sin duda hay más, están inaugurando una veta del documental nacional en la que no nos avergonzamos de nuestros dejos y amaneramientos.



    Marcela Gómez

    Hablamos incluso con una cierta solemnidad al final de todo, una moraleja adolescente, a veces, del estilo de los diarios juveniles, pero no encuentra menos el video un tono que es justamente como quisiera Catalina al lamentarse, en el momento que estoy pensando de que “dejamos de oír las pequeñas voces”… En el caso de ella, esas voces son el diálogo de ella y su hermana con su padre, un hombre que después de dejar intempestivamente a su familia, se dedicó al reciclaje en Puerto Berrío.

    El documental no deja respuestas generales, sino apenas el registro de una voz que ha logrado decantar por medio de la imagen el mito personal con que debe llenar su corazón para asumir mejor la vida. No es poco esto, si asumimos que el cine documental contemporáneo no hace otra cosa. Curiosamente, se nos sigue exigiendo, por parte de teóricos en ocasiones más severos, que aportemos algo a las ciencias sociales, o algo, por lo menos, novedoso, pero no verlo aquí es ignorar lo que sugiere.


    Se trata, para no ir muy lejos, de que el documental es tanto sobre Catalina como (o mucho más sobre ella que) sobre Osama o la búsqueda en abstracto del padre perdido… El documental está para que se hable sobre él, no tanto para decirnos él rotunda o sutilmente otras cosas, o para que uno resulte convencido de lo que nos dice. Catalina se confiesa, y lo que ve nosotros lo miramos desde otra óptica: desde luego somos otros, pero la mirada de ella al hablar con su padre nos está reservada solo a ti y a mí.

    Al final podemos testimoniar, como en los mejores documentales performativos (no tanto los de Moore, quien en su beligerancia olvida su virtualidad, pero tampoco hasta los niveles mágicos del brujo Berliner, por supuesto), la lenta conformación del mito personal que alimenta a la realizadora en la elaboración y conclusión abierta del mismo. Algo se supera, pero no es una corona, ni fúnebre ni para la realeza, que se termine de hacer, sino una neblina, para después seguir andando.