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    Documentales indispensables hoy (2): Sans soleil (Marker, 1983)




    INVENTAR LO PERDIDO

    Por Santiago Andrés Gómez

    En uno de los momentos cruciales de Sans soleil (Marker, 1983)[1], Sandor Krasna, narrador ficticio por vía de una locución femenina que refiere “de pasada” sus cartas, cuenta que lo que vio cerca de Tokio, en una protesta masiva contra la construcción de un hotel en un entorno ambiental sensible, era igual a las protestas que veinte años atrás intentaran detener el proyecto.



    La sucesiva inquietud por esa identidad falsa, que apenas verifica un fracaso, la solventa, en la urbe, un artista visual que somete las imágenes nuevas al efecto de solarización. “Si la realidad no cambia, que cambien las imágenes”, piensa el artista nipón, según le cuenta Krasna a la narradora del documental, quien todo nos lo relata en un cálido tono neutro, “él ha dicho”…

    Tema, perspectiva, imagen, elocución, basta destacarlas en el fragmento que acabo de describir para captar algunos, ciertamente esenciales, giros que Marker, no por vez primera en su obra, pero jamás tan poderosamente, inscribe como corazón invisible, como latencia o sueño no cumplido del cine. El objeto no es preservar, sino acaso inventar lo perdido. Crear un monumento al sentimiento que las cosas inspiraron.


    El centro de las disquisiciones de Krasna es un pensamiento que en siglos lejanos formulara una dama cortesana del Japón: el de conservar en una lista los objetos o hechos cercanos al corazón. Marker, luego de sentir el paso del tiempo, luego de mirar el mundo y saber las huellas que del tiempo ha dejado el mundo en sus cintas, parece sentir al cine como un misterio, tal como en otro momento lo identificara Godard.

    Por ello el efecto se asemeja al afecto, y no lo perfecto.



    Todo es una mediación, como lo reitera François Niney[2], no un registro, todo se ve nítido y cercano, en una deliciosa captura de los colores rutilantes del África o decentemente modulados en la frialdad de Tokio o la verde gelidez de los paisajes nórdicos, pero las palabras de quien solo por deducción sabemos camarógrafo no hablan tanto de lo que vemos como de lo que ello consigue despertar en él.

    Y es la mujer, reitero, quien recibe esos recuerdos, sin que se hable de la relación entre ellos, y solo habla ella lo que las cartas le dicen, o acaso el recuerdo de un diálogo que permaneciera tácito. En cualquier caso, las imágenes aparecen con una pertinencia angustiante, pues hay también cadáveres en putrefacción, en África, una jirafa asesinada, en África, y la felicidad, en un lugar perdido ya, que no se condice con nada.



    Marker no deja de hablarnos de hechos históricos, guerras, dinámicas sociales, esa banalidad que Krasna dice buscar con la compulsión de un cazador de recompensas, pero en la imagen lo que perdura tampoco pareciese condecirse con los sentimientos ajenos que a veces vemos asomar en ella, ni mucho menos con los hechos, que simulan una realidad infiel, ingrata.

    Esas imágenes parecen más bien hacer burla de lo que buscamos allí.


    Nunca el cine había sido tan desconsolador, tan profundo, tan inútil y tan necesario al mismo tiempo en cuanto a sí mismo, es decir, en relación con su propio rostro, o, lo que casi es lo mismo, en cuanto a su dimensión trascendente. Y es que las imágenes están detrás de nosotros, probándonos cuán poco estuvimos allí, cuán ilusos somos e indignos de ellas, y quien las ve ha de sentirse inconforme, aunque deba conformarse.

    ¿Habrá una última imagen?, se pregunta al final Krasna. Ciertamente, “las estatuas también mueren”…





    [1] El título traduce “sin sol”, pero la cinta es mundialmente conocida por el nombre original, como un sortilegio, algo acorde al propio espíritu de la cinta. Procede tal nombre de una pieza musical de Modesto Mussorgski.
    [2] François Niney, La prueba de lo real en la pantalla: ensayo sobre el principio de realidad documental, Universidad Nacional Autónoma de México, 2009, pp. 159-170