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    Dos excelentes cuentistas antioqueños: Rivas y Betancourt




    PERFECCIONES

    Por Santiago Andrés Gómez



    Hablo de David Betancourt y Luis Miguel Rivas, dos cuentistas paisas que, como se dice, darán de que hablar en un futuro ya muy cercano. De hecho, hace unos días Betancourt ganó un nuevo premio con un libro inédito (ya ha ganado varios concursos), y por el lado de Rivas es notable que en la Feria del Libro de Guadalajara haya aparecido en un evento que destacaba las promesas literarias de América Latina.


    Para mí, dejar los libros de los amigos en el nochero, mientras trabajo en el estudio de autores que he elegido moler y moler (como Caicedo en este momento) para mi libro de relecturas, o sea crítica literaria, es una de las mayores molestias, pues sé que César Alzate o Cruz Correa, por no hablar sino de dos, son escritores que tienen mucho que decirme como autores, y aun más como personas con quienes comparto o he compartido en algún momento, bien que mal, los mismos atardeceres y amores.

    En el pasado diciembre, de vacaciones forzosas, Betancourt y Rivas constituyeron para mí una sorpresa admirable, la mejor. La palabra genio la he dicho varias veces hablando de cada uno, y esto para quien uno no es sino el mismo que paga el bus cuando se sube, puede ser tontería, y más si esa hipotética persona enjuiciadora siente que Hemingway, Maupassant o Cortázar siempre fueron los dioses que son ahora en el panteón de la cuentística universal. Al menos, lo que puedo garantizar no es tanto que esta generación pueda ser como fueron la de los panidas y sus contemporáneos en Antioquia, o la de los nadaístas, sino que al menos aquellas fueron igual de sordas a su propia relevancia histórica.







    De Miguel Rivas sé desde hace mucho, y hablando con claridad, la palabra genio le cabe por un lado muy distinto al de David, y sé que es una expresión que empleo de modo peligroso, contaminante, que se puede ganar insultos. Miguel tiene tanto por conversar y tanto por decir, que yo creo que es mucho más lo que aún no ha escrito, o sea: que está por cumplirse a sí mismo lo que ya se ha garantizado, la posibilidad de vivir de la literatura. Para seguir siendo claro, ahí también hay algo, o quizá mucho, del genio.

    Miguel tiene, como Betancourt, una geometría narrativa especial en su cuentística, pero ella en su caso es menos constante o discernible de cuento a cuento. Son los suyos especies de parábolas o ideas metafóricas, imágenes conceptuales, que se fundan desde un principio y se sostienen hasta sus últimas consecuencias, como una versión menor, pero nada indigna, de lo que nos enseñaron o quisieron enseñar a hacer los razonamientos alucinantes de Kafka, Borges y Saramago. Así vuela Miguel, en ocasiones cumpliendo fielmente lo que el título pareciera cifrar como una fórmula cabalística.

    En esa línea, “La vez que todos fuimos Jairo” y “Todo me suena a tu voz” son cuentos perfectos, sin contar con el que da título al volumen editado por Rivas con la Universidad EAFIT (“Los amigos míos se viven muriendo”), pero además en ellos se capta una manera tan sencilla de asumir el pensamiento que solo otro cuentista antioqueño, Cruz Mauricio Correa, puede igualar en cuanto desvanecen los métodos del género y llegan directo a tu corazón, como si alguien te estuviera hablando mientras ambos miran para otro lado. Otros cuentos, como “Ayer me acechaba un objetivo” o la “Carta poco corta para un largo” ensanchan el irraciocinio de la fórmula de modo similar en su férrea estructuración, que es como si un sortilegio se volara en tu sueño.



    Si Rivas es un juguetón demoledor, Betancourt tiene un oído especial para concebir historias de todo tipo de personajes, aunque su estructura característica es de corte más clásico y patente y visible entre un cuento y otro. Lo grácil de una sensibilidad que pareciera captarlo todo, o aun más, lo esencial, se integra felizmente en lo que él, un lector juicioso, y filólogo titulado, sabe emplear o, más bien, en donde sabe adentrarse como pocos (el oficio), para que al final una sorpresa insólita te deje con la visión de lo que uno en la vida, al encontrar cosas similares, diría: “esto es para un cuento”.

    Mis cuentos favoritos de Betancourt son “Los siete números”, “Desencuentro” y “El secreto ahora es de los tres”, pero para quien quiera entender la perfección y ese poco más que lo es todo, le sugiero la lectura de “Ventana herida” primer texto de “Buenos muchachos”, el volumen que Betancourt publicara con el sello editorial Universidad de Antioquia. El conocimiento que este “buen muchacho” tiene de la vida, su capacidad para asimilar al otro, la maestría que demuestra al expresarlo, la noción clarísima de lo que es pertinente en el texto y relevante para la vida, son virtudes que nos enteran suficientemente de lo que es la calidad en literatura.

    Me hacía falta desde hace tiempo escribir de estos dos autores, quienes, por un privilegio extraño e invaluable para mí, yo puedo ver de vez en cuando para tomarme un café, o cualquier cosa caliente.


    1 comentarios:

    AN-ÓNIMO dijo...

    LOS LOGROS DE LOS AMIGOS SON COMO LOGROS PROPIOS. FELICITACIONES DAVINCI.