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    Las mejores películas de los noventa



    Esta semana cumplió Madera Salvaje 18 años de existencia
    Publicamos un artículo escrito hace más de una década sobre las películas favoritas de los años noventa, como un regalo a nuestros amigos de toda la vida...
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    El pasado en cinta

    UNA LISTA DE MENTIRAS

    Por Santiago Andrés Gómez - La palomera perdida (artículo publicado originalmente en http://www.rabodeaji.com/No-2/artes/default.asp)

    Amo las listas por arbitrarias y a la vez falsas, por definitivas y a la vez incompletas, un poco maltrechas y letales, privadas y privadas de algo: no es posible "creer" en aquella lista de las doce mejores cintas de la historia, encabezada por El acorazado, que una votación en Bruselas hizo famosa por los años cincuenta, pero tampoco "actualizar" el reciente top que hicieron los críticos mundialmente y que incluyó, para siempre, a El toro salvaje como la mejor.
          

    Sospecho que la mayoría de listas de las diez mejores películas de los años noventa será encabezada, mira por dónde, por La lista de Schindler, y así lo prefiero, ya que es la más aceptable manipulación de su director, a que muchos piensen que Titanic es la mejor opción de esta noche o a que otros crean que Trainspotting, esa especie de Sociedad de los poetas muertos o paja de mi heroína, es un clásico, existiendo The Connection y cuando filmes sin ambiciones ni parafernalia como Vidas cruzadas, de Sean Penn, The Commitments o muchos otros, están a años luz de cualquiera de los infatuando de D. Boyle.


    En fin, que la siguiente lista también es de mentiras, como toda buena lista, pero no pretende ser de las diez mejores, sino de algunas de mis películas favoritas en esta década desastrosa, que ya es parte de sus películas, que siguen vivas, no como lo muerto, que las hizo y ya se fue.


    1. Por las nubes, de Michelangelo Antonioni



    Desde hacía tiempo Antonioni estaba incapacitado para hacer cine, hasta que su amigo Wim Wenders se lanzó al proyecto de este largometraje, en el que lo asistió permanentemente, como un lazarillo y más que como un lazarillo. Las imágenes tienen mucho de las cualidades del mejor cine de Wenders, un tono contemplativo superior que es el mismo de las grandes películas de Antonioni, el monstruo que dirigió La aventura y Blow Up. Un cineasta deambula por el mundo y observa, participa, imagina e ignora historias de amor que nos son expuestas de modo episódico e intercalado: allí se ve de todo, la pasión desde todos sus ángulos, y el sexo es entero el filo de un abismo, la luz de las alas, ni más ni menos. Lo otro, en cambio, todo lo demás, es sólo la espalda del cielo. La presencia de Malkovich y Fanny Ardant da idea de la complejidad de las miradas que envuelve la mirada de Antonioni, y la calma profundidad de sus diálogos, que concluyen la obra de uno de los más grandes arquitectos fílmicos de todos los tiempos (La noche, El eclipse, Identificación de una mujer). No hay arquitectura sin música, luego, la arquitectura es el cine: Antonioni, Ozu, Dreyer, lo demuestran.


    2. Refugio para el amor, de Bernardo Bertolucci.




    Después de la colosal El último emperador y antes de la muy hermosa, perfecta, Belleza robada, Bertolucci elevó un himno a la vida, a la fuga, al dolor, carajo, a la suerte, o sea al amor de los refugiados. Un músico americano atraviesa el Sahara con su mujer y un amigo dandy: el viaje es una experiencia arrasadora. Para él será el último, una fiebre implacable se lo llevará de la tierra; para ella es el inicio de un descubrimiento desconcertante y sobrecogedor, el de su propio ser mujer y la nada. Debra Winger, actriz sin par, acompaña a su esposo, mira el paisaje con él (también es Malkovich), mira el paisaje con él morir y la luna llena salir de nuevo. "¿Cuántas veces más verás la luna llena ?", se pregunta el legendario escritor Paul Bowles, ya anciano, autor de la novela original, en plena película.
         
    Ella, ida, se vuela de su amigo (Campbell Scott), termina siendo mujer, desierto poderoso, y no sabe cómo vuelve al mundo que había dejado, que ya es otro, que siempre estuvo solo. La intensidad de la narración, la belleza de las imágenes, la sensualidad del aliento, hacen de esta película una joya, una de tantas de su turbulento autor (La estrategia de la araña, El conformista, El último tango en París, La luna).

    3. 
    Adiós a mi concubina, de Chen Kaige



    Uno de los realizadores más destacados de la llamada Quinta Generación del cine chino, Chen Kaige (Tierra amarilla), es el autor del que es, a mi modo de ver, el gran clásico de los años noventa: un verdadero fresco de poder inmortal. Traición, tradición, cultura y decadencia son fuerzas que mueven a dos actores en un período de transición y esplendores agónicos.
       
    "Nací mujer", debe cantar el actor que hace papel de concubina en una ópera de la gran Opera China, llamada Adiós mi concubina, y uno de sus maestros, ya que siempre se equivoca y canta: "Nací varón", le lacera encías, paladar y lengua y glotis con la bola de un hierro que le mete en la boca, para que aprenda. El papel del otro actor no es menos singular: debe amar a esa mujer; su fuerza viril cuando los japoneses invaden China, años después, y violan el sagrado recinto del teatro viejo, trepida en una secuencia digna del más grande arte de Kurosawa o Sternberg. Al final los comunistas tiran el tinglado de colores míticos al suelo y levantan uno de luto rojo para acabar tanta humillación y humillar a cuantos se dejaron humillar. Después de lágrimas y una fatal sonrisa, después del amor de una verdadera hembra y del odio de los espejos y del opio de los peces, perdón, de la cortina, después de la revolución y de la restauración infames, el actor de rey corta la cabeza a su pobre, inmerecida concubina, para que no sufra. Esta obra maestra visual y rítmicamente insuperable señala, también, con lucidez inmemorial, los cambios radicales en la estructura mental de una sociedad, lo que son las "coyunturas", porque el artista sabe desde siempre que es una vasija y un áspid. Junto con ella, El olor de la papaya verde, La linterna roja, Rebeldes del Dios neón, todo el cine de Wong Kar Wai, de Takeshi Kitano, y los trabajos más personales de Ang Lee y de Wayne Wang, representan lo mejor de un cine asiático polifacético, internacional, moderno y, al mismo tiempo, profundamente enraizado en su cultura milenaria.

    4. 
    Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar.



    Otra de las grandes películas de la historia del cine que se hizo en los noventa fue Todo sobre mi madre, del español Almodóvar, quien es el inspirador de un nuevo cine español complejísimo, rico y digno de ser considerado, con el asiático y el cine independiente de Norteamérica, como el más ingenioso de este decenio. Si Alejandro Amenábar, Juanma Bajo Ulloa y, sobre todo, Julio Medem, son ya clásicos (Abre los ojos, de Amenábar, con sus ecos de Astruc y Vértigo, aún no se termina de asimilar bien, ni nada de Medem, que es tan bueno como Hartley), Almodóvar se confirma como un gigante al finalizar los noventa con una película impecable, contundente, impredecible y sugestiva como ninguna que hubiera hecho antes.

    La historia de una actriz que ve morir a su hijo arrollado por un coche en medio de la lluvia y decide entonces enfrentarse al pasado que él reclamaba, sirve para ser, en sí misma, una confrontación de valores humanos, de todo lo que las palabras esconden, del amor verdadero con lo inevitable: la muerte, el inflexible paso del tiempo; se trata la existencia como deseo inagotable o como temor inconfeso. Los homenajes a Tennessee Williams y Truman Capote, a Mankiewicz y Cassavetes, a Lorca, son palmarios pero inscritos en un estilo inimitable y depurado en bisagras alegres de tonos escalofriantes. Almodóvar, como Buñuel y Saura, es un formalista: es inútil buscar en su arte una lógica distinta a la locura de los planos encadenados. De aquellos maestros españoles, Almodóvar heredó sus angustias morales y, después de sus radicales primeras películas, ha madurado en su descripción: ahora la aberración está presente en todo de modo sutil, no hay nada puro qué atacar, así que bien, ataca.


    5. Avalon, de Barry Levinson




    El cine independiente de Estados Unidos se ha caracterizado por el tesón de cineastas recursivos - al menos en el principio de su carrera - al margen del gran negocio. Avalon pertenece a una categoría distinta del cine independiente: es la obra libre de un cineasta impersonal que se arriesga debido a su éxito.
    Barry Levinson, tras ganar el Oscar a Mejor Director por su trabajo en ese simplismo que es Rain Man, se atrevió a producir una película tal como la había soñado: una cinta escrita por él mismo, autobiográfica, sin nadie que le dijera qué hacer, sin sus concesiones típicas. El resultado es inclasificable, de honduras proustianas y, al mismo tiempo, con la gracia perdida del gran cine de estudio. Avalon, fotografiada por el gran Richard Avedon de El imperio del sol, de Spielberg, está confeccionada como una pequeña filigrana en su guión, en sus soluciones de encuadre, en su edición, y la sensación que deja es un embrujo de nostalgia e inocencia perdida.

    La historia de una familia emigrante es, al mismo tiempo, la de Estados Unidos: como en el cine de Woody Allen, particularmente Días de radio, percibimos que una cultura existe en los lazos afectivos inmediatos, en un parpadeo, en abrazos. El niño protagonista, en quien podemos identificar al autor, es testigo de una gesta cotidiana que se alza y se aleja en la memoria, sólo allí trasciende y sólo allí se distorsiona. Hoy por hoy, muy pocas películas europeas alcanzan profundidades espirituales como lo hace esta película imborrable, americana hasta el tuétano.


    6. En busca de Ricardo III, de Al Pacino




    Antecedidos por el éxito de Michael Moore y su espléndido Roger and Me, Hoop Dreams, de Steve James, Buena Vista Social Club, de Wim Wenders, Caro diario, de Moretti, Quién diablos es Juliette?, de Carlos Markovich, demostraron que el largometraje documental es un género que no ha perdido vigencia en la pantalla comercial de cine o de televisión. En busca de Ricardo III, de Al Pacino, mezcla explosiva de poesía y ensayo teórico, resonó universalmente y creo que se sostendrá como uno de los trabajos más innovadores y brillantes del arte de nuestro tiempo y como una renovación, un nuevo camino en su género.


    William Shakespeare, el más grande dramaturgo de la historia, y como dramaturgo, el mayor poeta y el más profundo artista de todos los tiempos, es hoy una imagen de la noche de vísperas; un fantasma recorre el mundo y en medio de cintas y cintas sobre su carne (Luhrman, Zeffirelli, Stoppard), Pacino, actor de teatro, levanta una tela de sueños. Vemos su rostro en una imagen olográfica de una tarjeta de crédito - el usuario oculta su nombre con los dedos - y sus palabras nos dicen cómo amar porque son sentimientos de un negro que lo ha leído al despertar en nuestra mente, en Central Park: "Dame una moneda", así se habla. Los actores son los dueños de Shakespeare, no los teóricos que lo leen. Todo actor es un lector vivaz. Quien no es actor no sabe leer. Las mordazas existen. Ahora sangro. Quiero un amigo que me mate por una mujer. Quiero nutrir una ponzoña. Quiero escapar con una dulce melodía. Quiero aprenderte. Labor manual y paciente de muchos días y aromas, este documental, nos permite conocer a Shakespeare: el loco, cómico, atormentado, abrasador torrente de palabras que se miden a los actos desmedidos por naturaleza. Es un modelo el montaje en su eclecticismo, las puestas en escena minimalistas y concentradas y el humor verdadero de esta curiosa opera prima, bizarra mas no bizantina.


    7. Kundun, de Martin Scorsese



    Es absurdo citar a una de las tantas hidras de ocho cabezas que influyen a Scorsese en cada plano a estas alturas de la vida, pero, por supuesto, aquí está otra vez Bertolucci. El tema de esta película, la vida del Dalai Lama, tan parecido al de El último emperador, encuentra una forma así de espectacular, pero, peculiarmente, más relajada. Todo lo deja fundir Scorsese en unas imágenes que no son fastuosas sino que hacen del fasto diligencia.

    Scorsese no deja de ser un bombardero antes que una majestad. Su inteligencia es tan grande que intuimos que ésta es una elección consciente, aunque consciente no quiere decir voluntaria: se le impone. Contrariamente al budismo imperial de Bertolucci, pasmoso y mortal como un grillo nativo, el de Scorsese mira con amor los guardaespaldas muertos: gran diferencia que explica la monotonía de El pequeño Buda y la vida de un pavo real en Kundun, de una escoba que barre el polvo de colores. Yo, que siempre pensé que era bueno equilibrar a Scorsese con una buena dosis de Disney, compruebo en esta película, producida por el estudio del querido y difunto Walter Elias en beneficio de la lucha por la libertad del Tibet, y dedicada al ánima de Catherine Scorsese, quien murió ese año (1997), que el catolicismo del italoamericano no se contradice con la nada cósmica, llorar aunque no se quiera llorar los niños del Tibet matando a sus padres obligados por los invasores chinos: "No llorar", dice Kundun, el Dalai Lama, cuando niño y Kundun, que no lloró al nacer, siendo ahora jefe de estado, levanta la mano derecha, como tapando el sol ante quien le cuenta y se lleva la izquierda a los ojos en un mismo gesto, Barbara De Fina, editora usual de Scorsese, monta un niño que grita de terror y dispara a sus papás, en un flash, "it's just a shot away", y el Dalai Lama seca sus lágrimas. No llorar, Dios, no llorar.


    8. A través de los olivos, de Abbas Kiarostami




    El cine del iraní Abbas Kiarostami ha tenido la importancia en los años noventa que tuvieron el indio Satyajit Ray desde los cincuenta, el senegalés Ousmane Sembene y el egipcio Youssef Chahine en los sesenta y setenta o, en los ochenta y noventa, el burkinés Idrisa Ouedraogo y el colombiano Víctor Gaviria. También el gran Anghelopoulos, en Grecia, y el yugoslavo Kusturica son, como ellos, representantes de un cine de insobornable compromiso étnico y antropológico, inspiradores del más crudo y precioso cine independiente. Kiarostami se apropia de las condiciones y los usos que el cine del tercer mundo ha impuesto en su país con usual fortuna (Naderi, Makhmalbaf) para ampliarlos inventivamente. Sus historias se pueden leer como parábolas de un modo inesperadamente fresco y el sabor de su cine se ha conseguido con el trato de lo que ese mismo cine puede absorber en sus manos, la tierra del Irán, como una virgen hermosa e indomable. A través de los olivos es la tercera parte de una trilogía de películas conocida como la Trilogía de Koker, la región donde el tríptico fue filmado: es la historia de una película y, de algún modo, la historia del cine, o sea la de una cultura y lo que esa cultura sufre en cuanto se observa, las transformaciones buenas de una crisálida que desaparece. El hombre y la mujer que protagonizan a una pareja en la película dentro de la película no hacen pareja en realidad y, como individuos, se ven confrontados ante el rígido papel social que se les confiere. Crítica al sistema en general y canto a la inocencia de los ojos mal criados, ésta es, más que una lección de cine, una lección de vida. La pureza primitiva de esta película es de una densa devoción y amor libre a sus cuerpos y la composición de las imágenes esconde una corriente de sentidos que va plena y desemboca en el eco y la música de las maravillosas secuencias finales.


    9. Secretos y mentiras, de Mike Leigh



    Mike Leigh es uno de los verdaderos maestros del cine contemporáneo, en el nivel de sus compatriotas Greenaway y Terence Davies, quienes con Ken Loach, Stephen Frears, Derek Jarman, Neil Jordan y algunos más, hicieron del cine británico, desde finales de los setenta, uno de los mejores del mundo. Su película Naked es uno de los retratos más fuertes que se hayan hecho sobre el frenesí de nuestros días, una cinta explícita sobre la brutalidad de la ternura de hoy; Life is Sweet, anterior, señalaba ya el camino auténtico de quien, pese a ser un realista, busca en el silencio de sus personajes el brillo de la irrealidad de sus ojos y gemidos.

    Secretos y mentiras, ganadora en el Festival de Berlín, es hasta el momento su más ambiciosa obra: en ella exigió hasta el límite la imaginación y el control a sus actores y, junto con ellos, creó una historia contada limpiamente por detalles ínfimos y por la serie de gestos casi imperceptibles de sus personajes. Un fotógrafo blanco de estudio y celebraciones sociales decide celebrar el cumpleaños de su sobrina, con quien no habla hace tiempo, en familia, y una odontóloga negra que descubre que la hermana del fotógrafo y madre de la sobrina, es también su verdadera madre, asiste a la fiesta invitada por ella. Para toda la familia el encuentro con sus propios secretos y mentiras resultará ser un golpe al yo, y un alivio. El brillante guión de este filme no se afana en llevarnos al conflicto central, éste va surgiendo por natural necesidad interna de los protagonistas, quienes son delineados con la sapiencia de un verdadero genio y la entereza de unos actores excelentemente trabajados en su íntima creatividad. El aferrarse a determinados ceños y convertirlos en rictus, el precisar un tono de voz característico para cada ser, son recursos que, con Leigh, ya no pueden considerarse meramente teatrales: es tal la precisión y la consistencia de su energía que se hace indiferente resaltar algún carácter viciado e imposible distinguir una pérdida de equilibrio en tan vital desgaste.


    10. La vida soñada de los ángeles, de Eric Zonca



    Sin duda, una de las películas más desgarradoras de los noventa fue La vida soñada de los ángeles. Es la primera de un filósofo francés y aunque devela la influencia de la Nueva Ola, sus alturas son las del Kieslowski del Decálogo o La doble vida de Verónica, las del Bergman de Un verano con Mónica o Juegos de verano, las del Pialat de A nos amours, Rossellini, Tarkovski y Erice: así de grande es esta película; no sólo salir y filmar en la calle o con la luz natural que entra por las ventanas o que destila un bombillo, pero más incluso que una fórmula cerebral como las que demostraron Rohmer en sus Cuentos morales, Chabrol en Los primos o El bello Sergio o Kaurismaki en Yo contraté un asesino a sueldo. Aquí la grandeza estética es indefinible, es la más pura esencia del cine, algo conmovedor que me produjo mil emociones distintas, una intempestiva ansiedad, una compasión demandante, una alegría miserable, un arrobamiento avasallador. Una mujer que anda sola conoce a otra fumando un porro en donde consigue trabajo, la echan por protestar un fuerte regaño y termina viviendo con su nueva amiga que, aunque hace bien su trabajo, renuncia; el apartamento no es de ella, lo cuida a una señora que está en el hospital y no conoce. La recién llegada se preocupa más por la dueña que su amiga y va al hospital, se entera de que la dueña del apartamento ha muerto y que su hija está moribunda tras un accidente, la empieza a visitar con frecuencia y le escribe un diario. Mientras tanto sale con su amiga, que se pone la ropa de la agonizante, sin importarle; la actitud de ambas hacia el sexo es, por supuesto, radicalmente opuesta. Cuando la joven guerrera se despide de su amiga, echada por ella de su casa ajena, encuentra el apartamento vacío porque lo han vendido y a la otra hembra tirada en un colchón, y muchas cosas han pasado. No la despierta, le deja una nota y la ve saltar por la ventana. Hay planos de La vida soñada de los ángeles, como en Vigo y Doillon, en los que el cine no existe y en los que el misterio de la vida lo sobrepasa todo: sólo actuación.
    En los primeros años de esta década vi alrededor de dos mil películas, luego me dediqué de tiempo completo a hacer, a pensar, a no dejar dormir mis películas, en video. Este formato es herencia del cine para el futuro; el futuro es ya. Aquí en Latinoamérica, Ripstein, Solanas y otros han entendido al fin que esto no es mentira. No obstante películas excelentes como Un lugar en el mundo, Fresa y chocolate, Estación central o El jardín del Edén, el cine de nuestra región está sometido a taras físicas y mentales que no le permiten sino raramente producir obras de verdadero sabor y corazón latino. Raúl Ruiz, quien es, con Rocha, el máximo poeta que haya dado nuestro cine, vive en Francia y hace películas con un ritmo que es otro distinto al de nosotros: es el suyo propio. Aquí, parece que sólo Víctor Gaviria puede hacerlo y concluir con categoría - de Subiela, de Ripstein, ni hablar.


    En Colombia, sin embargo, no se puede decir que La vendedora de rosas, de Gaviria, sea la película más importante de la década: también están Confesión a Laura, de Jaime Osorio, y, por supuesto, La estrategia del caracol, insólita obra maestra de Sergio Cabrera. Ambas cintas, la primera en un terreno intimista, la segunda en uno de espectáculo circense, son de gran agudeza y sus comentarios políticos, incisivos y relevantes. La vendedora de rosas es el acto de presencia inconfundible de un cineasta indispensable en el panorama mundial, cuyo No futuro permanece como una de las grandes obras del cine de nuestro continente y del cine.


    En el terreno del video la incidencia es mayor de lo que se cree. Obras como Un ángel subterráneo, de Oscar Campo, Diario de Medellín, de Catalina Villar, Nuestra película, de Luis Ospina, Calicalabozo, de Jorge Navas o cualquier video de Carlos Bernal o José Miguel Restrepo, se apreciarán en el futuro como el nacimiento de un nuevo país. La virgen de los sicarios, de Schroeder, cinta hecha en video de alta definición, la mejor que haya hecho un extranjero en nuestro país - por encima de Queimada, de Pontecorvo, de Crónica de una muerte anunciada, de Rossi, de Cobra verde, de Herzog, de La misión, de no sé quién - es un anuncio del futuro del cine, en especial en nuestra región.


    En esta selección no incluí cintas obvias, como Ojos completamente cerrados, la mejor cinta de Stanley Kubrick, como Maridos y esposas, de Woody Allen, o The Player, de Robert Altman, la trilogía de Kieslowski, La celebración, de Winterberg, Jackie Brown, de Quentin Tarantino, Olivier Olivier, de Agnieszka Holland, Todas las mañanas del mundo, de Corneau, Antes del amanecer, de Linklater, My Own Private Idaho, de van Sant, y más, muchas más, que no aprecié, pero otros sí - la verdad: no hay nada qué perder, pero el que vea estas películas, que no diga que no puede hacer cine:



    1. Codicia (1922), de Erich von Stroheim
    2. Ocho y medio (1960), de Federico Fellini
    3. Persona (1966), de Ingmar Bergman
    4. Paulina en la playa (1983), de Eric Rohmer
    5. Cantando bajo la lluvia (1956), de Stanley Donen y Gene Kelly
    7. Dios y el diablo en la tierra del sol (1969), de Glauber Rocha
    8. El espejo (1976), de Andrei Tarkovski
    9. La multitud (1928), de King Vidor
    10. Los olvidados (1950), de Luis Buñuel
    Son diez de las mejores que hubo hasta ayer.