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    Introducción El cine en busca de sentido




    Este texto es la introducción del libro
    El cine en busca de sentido
    (Editorial Universidad de Antioquia, 2010)

    Con su publicación queremos invitarlos
    a matricularse en el taller "Historia del cine",
    que estaremos dictando en la Universidad EAFIT

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    EL CINE EN BUSCA DE SENTIDO

    -Introducción-

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    Apología de la crítica

    James Agee
    Crítico de cine, novelista, guionista norteamericano


    Hace poco oí decir al presentador de un programa de la televisión local sobre arte: “Para nosotros, la opinión de los críticos no importa, el espectador es el mejor crítico”, y ante tales palabras, que expresan un sentimiento generalizado en todo el mundo de rechazo o desinterés por la crítica, vale la pena detenerse un instante en la introducción de este libro para demostrar que lo que ellas quieren decir, en el fondo, es que la crítica sí le importa mucho a todos, con tal de que, de un modo irracional, siempre se halague la opinión de cada uno, por infantil o alienada que sea.

    Si se mira bien, según esa contradictoria frase, que hoy fácilmente aprobarían los directores de más de un museo, de más de un periódico o de más de un canal de televisión cultural, a la crítica no se le menosprecia sino que, por el contrario, ha cobrado más vigencia, hasta el punto de que “todos somos críticos”, y por si fuera poco, “los mejores”, en lo cual, en todo caso, late la idea de que mientras más irreflexivos e incluso ignorantes seamos, mejor apreciaremos el arte, o por lo menos de un modo más justo con el artista y, sobre todo, con los demás espectadores.

    André Bazin
    Crítico y teórico del cine francés

    Tal vez nadie aceptaría que se quiera llegar a tanto, y que en ese sentido se crea que un analfabeta puede leer mejor que un filósofo, pero resulta que la democrática intención de respetar las impresiones de cualquiera, innegable en la corriente de desprestigio hacia la crítica, tampoco invalida la opinión del crítico, sino que antes la legitima indiscriminadamente, pues en últimas lo que se puede entender es que, ante la obra, él no habría de ser ni más ni menos que un cerrajero o que un barman, o sea, que su opinión, la opinión de cualquier analista, sería igual que todas, “la mejor”.

    Es natural pensar que lo que busca esta apertura creciente en el terreno de la apreciación es un diálogo, pero es preciso señalar que, por una especie de complejo, ese diálogo que se promueve, sobre todo por Internet, es totalmente estéril, ya que se quiere asumir de entrada que quien se sintió de tal o cual manera ante una obra de arte, “tiene la razón”, y así no hay lugar al debate racional: casi siempre, todo se reduce a decir “me gusta” o “no me gusta”, y cualquier manchón que deje un niño en un muro podría ser, si uno así lo quiere, una obra sublime, relevante o liberadora.

    Pauline Kael
    Crítica de cine norteamericana

    Por supuesto, es la razón a lo que se teme, y a un diálogo verdadero. En realidad, parte de la importancia de la crítica está en que todos los críticos piensan distinto, y en que muy pocos tienen la razón, entendiendo aquí como razón no la verdad, sino la conciencia del criterio, la meditada experiencia y la lógica y la sensibilidad en el discurso. Cada crítico encarna una sensibilidad peculiar que busca (o a veces se niega a) desentrañar sus propias emociones frente al laberinto de la belleza, y negarlos de plano es una actitud igual de pedante que la que se busca descoronar.

    Hoy más que nunca necesitamos asumir la actitud disciplinar de la crítica, lo que implica volver hacia quienes son y han sido su ejemplo. Si nos dejáramos guiar por los gustos de la mayoría, los premios Oscar serían el único patrón para entender lo que es una buena película, y el cine de Ken Loach, que jamás competirá por una de esas estatuillas, no merecería ser visto. Lo que parece atacarse, al negar la crítica, es la autoridad que portó en otro tiempo una actividad que siempre, tanto ayer como hoy, requerirá no sólo de entrega y de pasión, sino también de sutileza y de buen juicio…

    ¿Entonces, qué es lo que estamos atacando?

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    Guillermo Cabrera Infante [con Miriam Gómez]
    Novelista y crítico de cine cubano

    La verdadera crítica de cine no tiene que ver con la acepción nociva de “criticar”, pero tampoco con el simple acto de informar. Como lo señala Héctor Sierra en un artículo publicado en Kinetoscopio 13[1], la crítica de cine se encarga de apreciar, no tanto de ensalzar o de denostar como de indagar por el valor intrínseco de una película, aunque éste siempre sea determinado por nuestros sentidos. Si bien en esta apreciación, oscilando desde sus orígenes entre la tendencia de una perspectiva personal y la de una más académica, inevitablemente el crítico se involucra en juicios de valor –en el primero de los casos más afectivos y en el segundo sustentados por una argumentación teórica–, la diferencia entre una crítica de cine que manifieste un discernimiento claro de la belleza, grandeza o importancia de un filme, y otra que no lo haga, reside en dos factores fundamentales: la agudeza de quien se cuestiona por las razones de sus sentimientos u opiniones y, compaginada con tal agudeza, la consistencia con que el crítico se inscribe dentro de una tradición.

    François Truffaut
    Cineasta y crítico de cine francés

    Un crítico que no sepa encarar la compleja y singular emoción que le provoca una obra, por ejemplo un desagrado o una felicidad peculiares, que esconden más de lo que esas palabras dicen, no pasará de acudir a clichés o lugares comunes que, en el mejor –o tal vez el peor– de los casos, transmutará en fórmulas teóricas endebles. De otra parte, por hábil y recursiva que sea una sensibilidad en la manifestación de sus emociones, si no está respaldada por unos valores y unos conocimientos cuya vivencia se articule en el discurso, desnudará ingenuas, indigestas o gratuitamente iconoclastas las sugestiones comparativas que conlleva toda crítica. En la situación contraria, ya que en el fondo todo sentimiento tiene una razón de ser, y ya que toda postura habla de un mayor o menor conocimiento previo, cuando la crítica se nutre a la vez de un lenguaje de sutilezas y de un acervo ordenado de experiencias, el fruto que nos regala puede comunicar una personalidad sólida en sus más inesperados matices y un entendimiento abierto, rico y edificante sobre la obra.

    ***

    Los críticos de cine deberíamos entender que nuestra labor, cimentada sobre un conocimiento elocuente, tiene que ver por principio con las palabras de aquel reportero anónimo que dio testimonio, a fines de 1895, de ese hecho memorable que fue la primera función de cine, en el Café de los Capuchinos, en París, al concluir que en el futuro, cuando el cinematógrafo captara la función de una cantante de ópera y este acto pudiera reproducirse repetidas veces ante nuestros ojos y oídos, al fin la muerte sería vencida. Una crítica perdurable parte de la consideración de que el arte no sólo refleja sino que intensifica la vida, de que no es sólo la imitación de unas leyes naturales sino sobre todo el movimiento intuitivo, dentro de esas leyes que reproduce, de un espíritu que si no es absolutamente libre, sí es esencialmente libre.

    Serge Daney
    Crítico de cine francés

    La crítica de cine florece al establecer una relación estimulante entre esa vida que mueve a las películas y el formidable dibujo milenario que es la vida cotidiana, y al decir milenario me refiero a la percepción inmediata, fecunda, que nos permite asimilar con el disfrute de la belleza y con la atención puesta sobre nuestros sentidos, que del llamado principio de realidad, de la conciencia de que nos vamos a morir, surge la certeza inconsciente de lo imborrable, de que estamos vivos, de que somos. La crítica de cine puede tener esa vitalidad poética, ese don de belleza que en los mejores momentos emana del arte que contempla. Como preámbulo de este libro, en tiempos de desprestigio para la crítica, quiero dejar en claro esta profesión de fe, porque de otro modo el cine para mí carecería por completo de sentido.

    ***

    Este libro reúne trece ensayos sobre cineastas que hicieron cine para ser recordado, para trascender la exhibición y el consumo, y que no sólo –y no siempre– lo hicieron así como un objetivo, sino ante todo como el resultado de un inimitable, casi milagroso proceso de encarnación en su obra, que la crítica intenta asimilar. Si en los albores del cine los primeros teóricos se esforzaban por demostrar que el cine era un arte, en los años setenta se llegó a decir que el cine no era inferior, como arte, a la literatura. Hoy semejante idea puede llevar a exabruptos, si uno pone a “combatir” a Proust con Chaplin en una misma arena. El cine es un arte unitario que ha dado lugar a muchos delirios, y las teorías que buscan su especificidad sólo logran descomponerlo en una serie de recursos meramente funcionales, que nada nos dicen. Quien tal vez se acercó mejor a lo que el cine significa en cuanto descubrimiento portentoso del siglo XIX fue Serguéi Eisenstein, que suponía en él la refinación de un proceso biológico milenario.

    Glauber Rocha
    Cineasta y crítico de cine brasileño

    No es otra la magia del cine sino que puede llegar a cohesionar percepciones indescriptibles, inaprensibles, en un todo con sentido propio[2]. Bergman, consciente siempre de sus logros y fracasos, decía que con Persona (1966) había llegado a “rozar esos secretos sin palabras que sólo la cinematografía es capaz de sacar a la luz”. Con el cine los maestros generan ante unos ojos despiertos la textura de los sueños, y nos hacen entrever claridades que luego no podemos descifrar ni recuperar jamás del todo. En ocasiones la revelación consiste en que esa textura de los sueños no es muy diferente a la de la propia vida, pero la única tranquilidad que nos asiste al acceder a tal revelación es recordar que el cine procede de nuestra propia realidad, y que, en ese sentido, con su ayuda, con la permanencia de su luz, podemos vivir de otro modo. De lo contrario, se cae en la alienación más traicionera, y el cine se vuelve, como sucede mucho, una droga, la proyección ilusa y enfermiza de un rebaño infeliz.

    Cada una de las películas en las que me detengo al estudiar a los cineastas de este libro ha sido y será vista muchas veces, con el deseo de encontrar qué fue lo que me motivó a “repetirlas”, como se dice usualmente, y qué era lo que me llevaba, en últimas, a escribir este libro. Por qué prefería y sigo prefiriendo ver una y otra vez El sacrificio (Offret, 1986) en lugar de ir a ver los últimos estrenos, y por qué sentía la necesidad de acudir a todos los demás filmes de Tarkovski y luego reconstruir la impresión que generaban en mí. He escrito, mejor dicho, como quien se levanta sobrecogido a escribir un sueño estremecedor, o a contárselo a alguien, y trata de encontrar en todo cuanto olvida lo que de él mismo, allí, permanece oculto, aunque profundamente arraigado. Creo en estos sueños que evoco, creo que son el lazo que me une más profundamente con el mundo, y sólo quiero dejarme poseer por el espíritu que me habló en ellos, revelándome con su voz el sentido infinito de la vida.

    Louis Delluc
    Cineclubista, crítico de cine y realizador francés


    [1] “Sobre crítica cinematogáfica y crítica de arte”, Héctor Sierra, en Revista Kinetoscopio, No 13, Medellín, Centro Colombo Americano, 1993, pp. 84-88.
    [2] Las percepciones indescriptibles que el cine aísla en un todo, separan al cine de la literatura, por ser indescriptibles, y de la música, por ser, aún en la ficción más estilizada, percepciones inmediatas, y no unas cifras, unos conceptos o una memoria o asociación codificadas, como lo son las notas o cualquier secuencia tonal. Prescindiendo de los mamotretos de Delleuze o de las reflexiones de Bazin, esta definición improvisada del cine aspira a bastarse por cuanto al cine se le ha relacionado primordialmente con la literatura (incluyendo en ella al teatro) y con la música. Por demás, es de mayor importancia aquí el hecho de que el carácter plural de las percepciones indescriptibles, al ser congregado en un todo elusivo, literalmente invisible, otorga al cine esa magia peculiar, que tampoco es la de la fotografía, y que el arte de Bresson, Tarkovski y Bergman ha llevado a su punto cimero.