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    Algunas palabras más sobre Embera (Estefan, 2012)




    AJENOS AL PATRÓN

    Por Santiago Andrés Gómez

    Foto: Cromatophoro ©

    Un documental que diga desde su propio inicio que es el mensaje de la etnia que le da nombre, sienta su voz con toda autoridad como principio. La voz en lengua embera que narra y explica el periplo del pueblo Embera Dobida, propio del río, nos envuelve como en un ritual, y las imágenes van fluyendo tal cual si de un río se tratara. No se nos presentan algunas situaciones de compleja significación antropológica con protocolos de justificación. Las indígenas se pintan con labial y en su iniciación beben de una botella, no de un cazo, de una botella cuya etiqueta hay que ocultar, y nos hundimos en la estridencia probatoria del temple para ellas, y también para nosotros.

    Desde luego, el documental existe para quien sea sensible a sus imágenes. La lógica va pasando de un tema a otro bajo la mediación de una imagen ondulante, y entendemos que lo nuestro es un viaje en canoa. Por todo lo demás, la sensación de que el contacto inmediato y permanente con la naturaleza genera una humanidad más plena es inevitable, y no solo por la exuberancia, sino también por la entereza del trato entre los seres y la chispa del pensamiento mágico, al que asistimos en los alegres relatos de un viejo. Me siento tentado a pensar que hay un complejo enorme en la cultura occidental que mira con envidia el gesto desenfadado del llamado “aborigen precolombino”, que en los claustros donde yo estudié (el colegio San Ignacio, la Universidad Pontificia Bolivariana) siempre ha sido mirado como cosa del pasado.


    Foto: Cromatophoro ©

    Pero de hecho, y esto es obvio, el pueblo embera es tan del presente, que no es igual del todo a sus ancestros. Pese a ello existe como etnia, con sus valores íntegros, y se sabe amenazado menos incluso por la violencia que por la asimilación a modos y costumbres que niegan una diferencia tan enorme. Por esto deben retraerse y vivir en manada, lo cual era antes desaconsejado por los ancianos, quienes recomendaban vivir en torno al río, cada familia separada por media jornada de andadura. Las palabras mayores advertían del retorno del hombre europeizado, y es tan sencillo como decir que este, bajo las banderas de una globalización ávida y devoradora, los quiere negar a ellos bajo la mirada indolente de un pueblo mestizo que no sabe lo que pierde no solo al entregarlos al sacrificio moderno, sino al abandonarlos en su resistencia pacífica, pues además de que los indígenas quizá se disuelvan más aun en el mestizaje y en la miseria de las ciudades que en el imperdonable asesinato permanente de sus líderes, su tierra, que es la nuestra y ellos tan sabiamente cuidan y preservan, es anhelada por ejércitos cuya guerra también nos entorpece y hace día a día más ciegos a la vida, sin hablar del verdadero absurdo de sus objetivos.

    Foto: Cromatophoro ©

    La exigencia de paz de los pueblos ancestrales ha sido motivo de debate en los últimos días. El documental Embera, de Andrés Estefan y producido por Cromatophoro, no hace mención del acoso del fuego cruzado sino que da puntadas sobre el mismo y se concentra en los efectos del lento y, hasta el momento, inexorable replegar de la población embera: la dificultad para encontrar alimento, especialmente. Admirable en sus imágenes, pulcra y laboriosamente editado, concebido como expresión de una cultura que pareciera hablar como espíritu de la misma tierra, no cualquiera, donde la etnia embera ha existido armoniosa y amorosamente por centurias, Embera le debe tanto al cine documental de Flaherty como al universo humano donde reposa su atención. Estamos ante una obra que no hace un himno al “buen salvaje”, sino que retoma su voz para expresar algo más que su dignidad: su naturaleza, su identidad inviolable, por ser radicalmente ajena a los mandos del patrón social.


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